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La agresividad de los adolescentes, cuestión de amígdalas

28/08/2009 00:07 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un estudio revela diferencias en la forma y tamaño de partes del cerebro a esas edades ¿Discute con sus hijos más de lo normal? Puede que no sea sólo algo visceral, sino un problema de amígdalas

Imagen gratisprogramas.org

La adolescencia es una fase crucial en el desarrollo de los circuitos neuronales relacionados con el comportamiento y la afectividad, aunque los especialistas tratan de desentrañar cómo la estructura cerebral influye en la actitud de los jóvenes problemáticos.

Ahora, investigadores australianos y estadounidenses han identificado regiones del encéfalo cuya forma y tamaño están directamente relacionados con la agresividad típica de esta etapa de la vida, en la que suelen surgir conflictos familiares, sobre todo con los padres.

Los resultados del estudio, dirigido por el Centro de Neuropsiquiatría de la Universidad de Melbourne y publicado en «PNAS», sugieren que los adolescentes con mayores amígdalas se enfrentan con más agresividad a sus progenitores.

Para demostrarlo, los psicólogos estudiaron los vínculos entre la estructura cerebral y la conducta afectiva de 137 voluntarios en su primera adolescencia. Al revisar los datos obtenidos, concluyeron que existe una relación directa entre la forma y el volumen de varias partes del cerebro y la agresividad.

Javier Quintero, jefe de Psiquiatría del Hospital Infanta Leonor de Madrid, explica que la comparación del tamaño de las amígdalas representa una línea de estudio en Psiquiatría que se relaciona con la violencia. «Los problemas de agresividad en adultos suelen tener origen en la adolescencia, llevando incluso a delinquir».

Las amígdalas son un par de glándulas, situadas en el fondo del paladar, que forman parte del cerebro e integran el sistema límbico, responsable del control de los sentimientos y las pulsiones, y que evita que se desate la violencia en momentos de tensión emocional.

Los investigadores identificaron también diferencias en la simetría del precórtex cerebral en los varones más agresivos, lo que podría servir para detectar posibles trastornos psquiátricos en ciernes.

El niño, desde el momento mismo del nacimiento, se reconoce hoy como un luchador, como un activo buscador de figuras de apego, como un organismo vital incipiente que se orienta hacia el establecimiento de vínculos de comunicación con su medio, sobre la base de que esa comunicación le va a permitir asegurar su supervivencia individual y la de su propia especie.

Así pues, la indiferencia afectiva temprana podría encontrarse relacionada con los comportamientos marginales y psicopáticos posteriores de ahí, como señala Alfred Adler, la trascendencia de los cuidados maternales tempranos con respecto a la futura salud mental y social del individuo.

La falta inicial de afecto podría impedir desarrollar sentimientos sociales positivos, los cuales serían sustituidos por un complejo condicionado de inferioridad.

En las carencias afectivas del primer año podemos encontrar, por lo tanto, las causas de la posterior insociabilidad.

En la adolescencia, el sistema está inmaduro, razón por la que algunos jóvenes controlan peor su agresividad

La frustración de los impulsos de sociabilidad provoca, la posterior aparición de conductas violentas e insociables. Y es que cada niño tiene una auténtica y originaria "hambre social". Hambre que desea y necesita satisfacer plenamente con su medio más próximo.

Es, precisamente, en la afectiva cooperación necesaria entre madre e hijo cuando comienzan a desarrollarse estas fundamentales aspiraciones sociales.

Una madre inmadura, neurótica o asocial puede transmitir escasos sentimientos afectivo-sociales a su hijo y éste, por su parte, se encontrará poco dotado para establecer una relación equilibrada y armónica con las otras personas.

Si con el transcurrir del tiempo las relaciones sociales con los demás son, por incapacidad del individuo, definitivamente insatisfactorias, se producirán deformaciones que se llaman"sentimientos de contacto".Estas deformaciones en los sentimientos de contacto darán lugar, probablemente, a diferentes formas desviadas de la personalidad, tales como neurosis social, psicosis y criminalidad.

Una trayectoria vital individual de una personalidad no integrada, a causa de la impotencia y la renuncia a la sociabilidad, conduce a un estilo de vida que, en un sentido activo, provoca manifestaciones de criminalidad o de delito y, en un sentido pasivo, expresa formas neuróticas de comportamiento, que en ambos casos son significativas del miedo del individuo a las exigencias sociales fundamentales: el miedo al amor o el miedo al trabajo.

Y en todos los casos se pone de manifiesto la ausencia del sentimiento social de responsabilidad ante los demás. A partir del segundo y tercer año el proceso de Socialización implica control e inhibición y el niño conocerá pronto, de esta manera, los límites impuestos por el medio.

La palabra "no" va a ser la que más va a escuchar a lo largo de su segundo año, cuando no controle sus esfínteres, derrame leche o deje caer un objeto al suelo.

La socialización impone un malestar, "el malestar de la cultura", en expresión de Freud, del que el niño trata de liberarse mediante actitudes oposicionistas y agresivas, a través de las cuales pretende alcanzar y conseguir su autoafirmación, el germen naciente de su personalidad.

Las palabras "yo", "no" o "mío" serán, por ello, las más preferidas en los meses iniciales del progreso lingüístico. Según Anna Freud (1937), el oposicionismo infantil de los dos años podría implicar un intento de, lo que ella denomina, "identificación con el agresor".

Con la utilización continuada de la palabra negación, el infante se identificaría con aquellos mismos que le imponen restricciones y, de este modo, se imagina hacer prevalecer su propia personalidad.

La actitud agresiva infantil, frente a las frustraciones que proceden de los adultos, va a adoptar la forma de intensas rabietas que comienzan a alcanzar un punto especialmente crítico a partir de los dieciocho meses.

Se establecerá, por tanto, una comunicación de aceptación de los deseos de sociabilidad o, por el contrario, de negativa hostilidad

En definitiva, cuanto más sufre un niño o un adolescente, a causa de sus sentimientos de inferioridad, tanto más se siente a sí mismo como desempeñando el papel de modelos adultos brutales y agresivos, modelos de imitación generalmente proporcionados por el cine, la televisión, juegos de rol y programas de videoconsolas. Todo se puede solucionar con un poquito de cariño de los padres a los hijos, hacerlos sentir importantes y darles el valor que se merecen.

Sin embargo, el tamaño de las amígdalas «no sirve para diagnosticar», es decir, que un volumen mayor no significa que la persona sea necesariamente agresiva

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Sobre esta noticia

Autor:
Graciela Parra Chacon (714 noticias)
Visitas:
5384
Tipo:
Nota de prensa
Licencia:
Creative Commons License
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luz (18/09/2012)

En aquellos casos en que si exista esa relación entre el tamaño y la agrasividad, ¿Cabe la intervención quirúrgica para reducir el tamaño de las amígdalas como fórmula que permita cambiar ese carácter impulsivo o agresivo?. ¿tendría algún efecto reparador?.