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El anarcosindicalismo español y el comunismo libertario

25/07/2011 16:46 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Desde la visión anarcosindicalista, las reformas de las elecciones libres impedían la total liberación de la clase trabajadora

En España, durante el período de la Segunda República hubo dos escisiones al respecto. La primera escisión, surge de una reacción por parte de sindicalistas ante el predominio de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) dentro de la CNT. Estos sindicalistas escribieron una carta exponiendo sus diferencias y se los conoció como los treintistas (pues esa carta fue firmada por 30 adherentes). La segunda escisión vino por parte del cenetista Ángel Pestaña, que fundó y lideró el Partido Sindicalista, aunque finalmente reingresó en la CNT y volvió a los principios anarcosindicalistas clásicos.

Su organización estuvo basada sobre grupos pequeños de afinidad anarquista de activistas autónomos. La FAI permaneció como una organización secreta e ilegalizada, incluso después del reconocimiento de su existencia dos años después de su formación. Su naturaleza subrepticia hace difícil juzgar la extensión numérica de sus miembros. Se estima que los miembros de la FAI justo antes de la revolución rondaban entre los 5.000 y 30.000. La cantidad de miembros se incrementó drásticamente durante los primeros meses de la Guerra Civil.

La FAI fue tácticamente revolucionaria, con acciones que incluían desde los robos de bancos para la adquisición de fondos, la constitución de bibliotecas populares a la organización de huelgas generales. Apoyó esfuerzos en contra de la dictadura de Rivera y la monarquía, y en 1936, contribuyó al establecimiento del Frente Popular a cambio de la liberación de los numerosos presos libertarios. Tras el alzamiento franquista, las organizaciones anarquistas comenzaron a cooperar con el gobierno republicano, no sin controversia. A la vez propulsó activamente la Revolución Social Española de 1936 en la cual veía llevados a la praxis sus ideas ácratas (colectivizaciones de tierras e industrias, municipalismo libertario, etc.), aunque ello llevó a la par casos de represión en la retaguardia republicana por parte de faístas (ante la oposición de destacados líderes cenetistas) no sólo contra simpatizantes del fascismo, sino incluso contra republicanos moderados, pequeños propietarios o la Iglesia.

El reformismo de la república llevó a los anarquistas a pregonar el grito "¡Antes de las cajas electorales, revolución social!". Desde su visión, las reformas de las elecciones libres eran fútiles e indeseables, e impedían además la total liberación de la clase trabajadora.

Un alzamiento tomó lugar en diciembre de 1933. Además de una fuga en una prisión de Barcelona, no se efectuaron ningún tipo de progresos antes de que la policía sofocase la revuelta en Cataluña y el resto del país. Zaragoza vio una efímera insurrección manifestada en la lucha callejera junto a la ocupación de ciertos edificios.

En Casas Viejas, los militantes rápidamente se rindieron cuando se vieron sobrepasados en número por las fuerzas policiales. Sin embargo, un anarquista llamado “Seis dedos” se atrincheró en su casa junto a su familia y prefirió resistirse al arresto. Su casa fue quemada, su familia asesinada, y los anarquistas, previamente rendidos pacíficamente, fueron baleados. La masacre provocó el repudió por parte de todos los movimientos políticos de España, inclusive los republicanos conservadores. Estos acontecimientos fueron conocidos como los sucesos de Casas Viejas.

Una importante huelga tomó lugar en abril, nuevamente en Zaragoza. Duró cinco semanas, deteniendo la mayor parte de la economía de Zaragoza. El apoyo a la huelga también se manifestó en otros lugares del país; los anarquistas de Barcelona tomaron el cuidado de los hijos de los huelguistas.

Revolución de 1934

Tras las elecciones generales de 1933, los radicales forman un gobierno monocolor minoritario liderado por Alejandro Lerroux, y apoyado en las Cortes por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Este último partido, de ideología clerical conservadora y antirrepublicana, al ser el partido más votado, se había convertido en la principal minoría de la Cámara.

En octubre de 1934, la CEDA retira su confianza al gobierno centrista de los radicales de Lerroux y exige participar en el mismo. El presidente de la República Alcalá-Zamora, a pesar de los temores que le inspiraba la doctrina de Gil-Robles sobre el occidentalismo de las formas de gobierno, decide indicar a Lerroux que se incluyan tres ministros de la CEDA en el Gabinete.

Sin embargo, este nombramiento no es aceptado por los partidos de izquierda, especialmente el PSOE, que esperaban una convocatoria anticipada de elecciones generales.

En las elecciones anteriores el PSOE habiendo obtenido 1.627.472 votos obtuvo 58 escaños, mientras que los radicales, con 806.340 votos obtenían 104 escaños, resultando que de los 8.535.200 votos emitidos, 3.365.700 fueron para partidos de derechas, 2.051.500 para partidos de centro y 3.118.000 para los partidos de izquierda. Esta diferencia se debió a la modificación de la legislación electoral, realizada en 1933 con el apoyo de los partidos entonces mayoritarios, entre ellos el propio PSOE.

En Madrid, el día 5, la UGT declaró una huelga general, que la CNT no apoyó. Los huelguistas intentaron el asalto a la Presidencia del Gobierno y después de dos horas de disparos, el gobierno de la República dominó la situación y encarceló a los sublevados.

En Vizcaya y Guipúzcoa los nacionalistas se niegan a secundar la revolución, pero la UGT declara la huelga general y ocupa paramilitarmente las zonas mineras e industriales, manteniendo esa ocupación en algunas de las zonas mineras hasta el día 12. La intervención del Ejército sofoca la revolución con un saldo de al menos 40 muertos, entre ellos algunos dirigentes locales carlistas de Éibar y Mondragón, muertos por los izquierdistas, y varios huelguistas, muertos en los enfrentamientos armados.

En Aragón, Andalucía y Extremadura los campesinos agotados por las huelgas que se habían producido durante los meses de marzo, abril y junio no secundaron la huelga.

En Cantabria la huelga se desarrolló del día 5 al 16, siendo su epicentro la zona industrial de Torrelavega y la cuenca del Besaya. La normalidad no volvió a Torrelavega hasta el día 18. El balance final fue de 11 muertos en la región.

En Barcelona, el gobierno de la Generalidad de Cataluña presidido por Lluís Companys, de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), proclama el Estado Catalán dentro de una República Federal Española, en la noche del 6 al 7 de octubre.

Catalanes: Las fuerzas monárquicas y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República han logrado su objetivo y han asaltado el poder. Los partidos y los hombres que han hecho públicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones (...)

En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del parlamento, el gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán de la República Federal Española, y al establecer y fortificar la relación con los dirigentes de la protesta general contra el fascismo, les invita a establecer en Cataluña el gobierno provisional de la República, que hallará en nuestro pueblo catalán el más generoso impulso de fraternidad en el común anhelo de edificar una República Federal libre y magnífica.

Este hecho provocó la proclamación del estado de guerra y la intervención del Ejército, mandado por el general Domingo Batet, que domina rápidamente la situación después de algunas luchas, en las que mueren unas 40 personas, la detención de Companys y la huida de Dencás, quien marcha a Francia. La autonomía catalana fue suspendida por el Gobierno y la Generalidad de Cataluña se sustituyó por un Consell de la Generalitat designado por el Gobierno, en el que participaron diferentes dirigentes de la Lliga Regionalista de Cataluña y el Partido Republicano Radical. También fue detenido Azaña, que se encontraba casualmente en Barcelona para asistir a los funerales del que fuera ministro de su gabinete Jaume Carner.

En Asturias la CNT mantenía una postura más proclive a la formación de alianzas obreras que en otras zonas de España. De esta manera esta organización y la UGT habían firmado en marzo un pacto con el que estuvo de acuerdo la FSA, federación del PSOE en Asturias, fraguando la alianza obrera plasmada en la UHP surgida el mes anterior. A La UHP se le irían uniendo otras organizaciones obreras como el BOC, la Izquierda Comunista y finalmente el PCE.

En Asturias la CNT mantenía una postura más proclive a la formación de alianzas obreras que en otras zonas de España

Los mineros disponían de armas y dinamita y la revolución estaba muy bien organizada. Se proclama en Oviedo la República Socialista Asturiana y se ataca a los puestos de la Guardia Civil, las iglesias, los ayuntamientos, etc., estando a los tres días casi toda Asturias en manos de los mineros, incluidas las fábricas de armas de Trubia y La Vega. A los diez días, unos 30.000 trabajadores forman el Ejército Rojo. Hubo actos de pillaje y violencia no achacables a la organización revolucionaria. Pero la represión fue muy dura donde los revolucionarios encontraron resistencia. Desde el gobierno consideran que la revuelta es una guerra civil en toda regla, aún desconociendo que los mineros empiezan a considerar en Mieres la posibilidad de una marcha sobre Madrid.

Durante el levantamiento izquierdista contra el gobierno republicano denominado revolución de Asturias. En el valle minero de Turón, en el corazón de Asturias, los dirigentes locales estaban convencidos de que se lograría una rápida victoria en la zona. Se pensaba tomar primero la capital de la provincia, Oviedo y luego poner a funcionar la República proletaria. Los sacerdotes y religiosos fueron considerados enemigos y se dio orden de detenerlos. Algunos pudieron evadirse o esconderse. Otros fueron encerrados en cárceles improvisadas y sometidos a múltiples atropellos.

A pesar de las advertencias dadas, en varios lugares se los fusiló sin piedad. Y en ocasiones ello se hizo después de una parodia de juicio popular, donde los comités revolucionarios se erigieron en tribunales y los jueces fueron los mismos verdugos. Fueron 33 los sacerdotes y religiosos asesinados. Los de Turón fueron los primeros religiosos asesinados durante la revolución de 1934 que fueron canonizados.

El 5 de octubre un grupo de revolucionarios arrestó a los ocho hermanos que trabajaban en la escuela de Turón y al sacerdote pasionista que estaba con ellos. Los nueve religiosos fueron concentrados en la Casa del Pueblo a la espera de la decisión que había de tomar el comité revolucionario. Al atardecer del 8 de octubre de 1934, bajo las órdenes de Silverio Castañón y Fermín García "el Casín", se abrió una zanja en el cementerio destinada a recoger los cadáveres de los hermanos, que fueron asesinados por un piquete que, a falta de voluntarios en Turón, había reclutado Silverio en las localidades de Mieres y Santullano.

El gobierno adopta una serie de medidas enérgicas. Ante la petición de Gil-Robles comunicando a Lerroux que no se fía del jefe de Estado Mayor, general Masquelet, los generales Goded y Franco (que tenía experiencia al haber participado en la represión de la huelga general de 1917 en Asturias) son llamados para que dirijan la represión de la rebelión desde el Estado Mayor en Madrid. Estos recomiendan que se traigan tropas de la Legión y de Regulares desde Marruecos. El gobierno acepta su propuesta y el radical Diego Hidalgo, ministro de la Guerra, justifica formalmente el empleo de estas fuerzas mercenarias, en el hecho de que le preocupaba la alternativa de que jóvenes reclutas peninsulares murieran en el enfrentamiento, por lo que la solución adoptada le parece muy aceptable.

Durante la revolución de 1934 la ciudad de Oviedo quedó asolada en buena parte, resultan incendiados, entre otros edificios, el de la Universidad, cuya biblioteca guardaba fondos bibliográficos de extraordinario valor que no se pudieron recuperar, o el teatro Campoamor. También fue dinamitada La Cámara Santa en la Catedral, donde desaparecieron importantes reliquias llevadas a Oviedo, cuando era corte, desde el Sur de España.

El general Eduardo López Ochoa, comandando las fuerzas militares gubernamentales, se dirigió a apoyar a las tropas sitiadas en Oviedo, y el coronel Juan Yagüe con sus legionarios y con apoyo de la aviación. La represión posterior fue muy dura.

En Langreo y en el barrio de El Llano de Gijón se llegaron a dar breves experiencias de comunismo libertario:

En la barriada de El Llano se procedió a regularizar la vida de acuerdo con los postulados de la CNT: socialización de la riqueza, abolición de la autoridad y el capitalismo. Fue una breve experiencia llena de interés, ya que los revolucionarios no dominaron la ciudad. [...] Se siguió un procedimiento parecido al de Langreo. Para la organización del consumo se creó un Comité de Abastos, con delegados por calles, establecidos en las tiendas de comestibles, que controlaban el número de vecinos de cada calle y procedían a la distribución de los alimentos. Este control por calle permitía establecer con facilidad la cantidad de pan y de otros productos que se necesitaban. El Comité de Abastos llevaba el control general de las existencias disponibles, particularmente de la harina.

Manuel Villar. El anarquismo en la insurrección de Asturias: la CNT y la FAI en octubre de 1934

En el resto de España hubo algunos incidentes reprimidos rápidamente por las fuerzas del orden republicanas. Se estima que en los 15 días de revolución hubo en toda España entre 1.500 y 2.000 muertos (aunque algunos autores hablan de 1.000 o de 4.000) de los que unos 320 eran guardias civiles, soldados, guardias de asalto y carabineros y unos 35 sacerdotes. La ciudad de Oviedo quedó prácticamente destruida. Y se estima que en toda España fueron detenidas y sometidas a juicio entre 15.000 y 30.000 personas que participaron la revolución. Los datos son difíciles de comprobar debido a la fuerte censura que se aplicó sobre esta revolución.

De las 23 penas de muerte inicialmente proclamadas como consecuencia de esta revolución, el presidente Niceto Alcalá Zamora conmutó 21: sólo fueron ejecutados el sargento Vázquez (entre otras cosas, había volado un camión con 32 guardias civiles) y "Pichalatu".

Reflexiones de los historiadores sobre los efectos de la revolución de octubre del 34

La historiografía ha debatido mucho sobre estos sucesos. Algunos autores señalan la importancia de estos hechos en la posterior Guerra Civil Española de 1936. Por su parte, el destacado político republicano Salvador de Madariaga, varias veces embajador y ministro, hacía la siguiente reflexión:

El alzamiento de 1934 es imperdonable. La decisión presidencial de llamar al poder a la CEDA era inatacable, inevitable y hasta debida desde hacía ya tiempo. El argumento de que José María Gil-Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era a la vez hipócrita y falso. Hipócrita, porque todo el mundo sabía que los socialistas de Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931 sin consideración alguna para lo que se proponía o no Gil-Robles; y, por otra parte, a la vista está que el presidente Companys y la Generalitat entera violaron también la Constitución. ¿Con qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931, contra sus enemigos más o menos ilusorios de la derecha, a aquellos que para defenderla la destruían? Pero el argumento era, además, falso, porque si Gil-Robles hubiera tenido la menor intención de destruir la Constitución del 31 por la violencia, ¿qué mejor ocasión que la que le proporcionaron sus adversarios políticos alzándose contra la misma Constitución en octubre de 1934, precisamente cuando él, desde el poder, pudo, como reacción, haberse declarado en dictadura? Lejos de haber demostrado en los hechos apego al fascismo y desapego al parlamentarismo, Gil-Robles salió de esta crisis convicto y confeso parlamentario, a punto que dejó de ser, si jamás lo había sido, persona grata para los fascistas (…) Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936.

España. Ensayo de historia contemporánea. Espasa-Calpe, Madrid, 1979, p. 362

El historiador norteamericano Gabriel Jackson, en su obra titulada “La República española y la guerra civil (1931-1939)”, publicada en 1965, defiende que estos sucesos aumentaron los odios y la polarización a dos bandas de la política española entre revolucionarios y conservadores, tensiones que acabarían llevándose por delante a los escasos republicanos que intentaban mantener la legalidad de la II República. Hugh Thomas tiene una opinión parecida (Libro Primero, Capítulo 10).

Otros autores, como el también norteamericano Stanley G. Payne, desmienten esta versión en varias de sus obras, señalando que los llamados republicanos, encarnados no ya en el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, sino en la coalición Izquierda Republicana de Manuel Azaña, habrían sido responsables de la desaparición de la II República española por haber colaborado sin apenas reservas con las facciones más extremistas, numerosas y revolucionarias de la época, representadas en el PSOE, permitiéndoles todo tipo de desmanes a pesar de su colaboración probada en la revolución de octubre.

Muchos autores han sido los que han disertado, desde muy diversas posturas políticas, sobre octubre de 1934 y sus consecuencias: así Joaquín Arrarás, Juan A. Sánchez García-Saúco, Ricardo de la Cierva, Ángel Palomino, Pío Moa, Paul Preston, Manuel Tuñón de Lara, y un largo etcétera, moviéndose desde las tesis de un golpe marxista y separatista contra España focalizado exclusivamente en Asturias y Cataluña, a una reacción espontánea de las masas trabajadoras y revolucionarias en contra de la inminente llegada al poder del conservadurismo, representado en la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), liderada por José María Gil-Robles, ganador por mayoría simple en las elecciones anticipadas de 1933.

Otras personas consideran absurdo definir como golpe los sucesos de 1934, pues al menos en Asturias no se intentó apoderarse del Estado, sino derrocarlo, como indican los procesos de comunismo libertario que se dieron en diversas localidades.


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Jaime Bel Ventura (52 noticias)
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