El arlequín y la puerta con el corazón de plata esmaltado

El cielo cerúleo resplandecía con el lustre del satén.
De pronto, la madrugadora mañana luminiscente atrincheró la luz del alba tras tupidas atalayas de fúnebre negrura, conformadas por orondos cumulonimbos que amenazaban con descargar cellisca invernal.
La pequeña Merivyn se apresuró para refugiarse bajo el cobijo seguro del soportal del espigado y altísimo bloque de 15 pisos donde vivía.
Izó la mirada, como hacía a diario cuando regresaba del colegio, y sorprendió a su madre asomada a la ventana, en la séptima planta.
Ondeaba la mano. Ella le devolvió el saludo y le regaló una sonrisa apocada y efímera.
Tan pronto como su figura menuda y alevín se guareció del temporal en ciernes, atronaron los primeros clarinetes de rugidos de truenos, acompañados inmediatamente por su leal comisión de relámpagos con forma de espeluznantes guadañas y tridentes que inundaron su alma inocente de augurios funestos.
La temperatura se desplomó en picado como una vagoneta cargada de hielo que se arrojara desde la cumbre de un glaciar.
Aterida de frío se abrochó su abrigo rojo y se subió la cremallera hasta el cuello.
Entonces comenzó a llover. Arreciaban los densos goterones contra el pavimento de un modo casi beligerante, impío y cruel, con ira desgañitada, como si en su arremetida gritaran los nombres de ángeles ajusticiados que plañieran sin consuelo.
Durante unos minutos Merivyn contempló feliz como caía la lluvia, columpiándose en el aire...
Soñadora, inhaló su aroma, que venía preñado de fragancias de hierba mojada y pétalos de rosas arrojados al viento.
La encantaba ese olor rezumante de vida, bautizada con la lluvia que surgía de manera inopinada.
Se giró y contempló el telefonillo, con todas esas "cuádrigas" de botones plateados que, introduciendo un código numérico de cuatro dígitos, la pondrían en contacto con su madre o cualquier otro vecino.
La mayoría eran ya septuagenarios jubilados, aunque también había parejas jovenes con niños de su misma edad.
Buscó el que le interesaba y marcó en el teclado: "1919".
A continuación, presionó un botón con un dibujo de una campanilla que a la pequeña le parecía coqueta y distinguida, como las que utilizaban las ricachonas damas de la nobleza para llamar al servicio cuando querían que les sirvieran el té en el gran salón, lleno de cuadros de antepasados y una inmensa chimena que siempre estaba encendida....
Sonó un timbrecito de tonada jubilosa y cantarina y la campanilla trepidó alocadamente, como beoda, como atolondrada.
A Merivyn Siempre le hacían gracia sus frenéticas sacudidas bailongas.
Nadie contestaba... "¡qué raro!"
Su mamá no debía haber escuchado el timbre. Volvió a insistir, y hasta tres, cuatro veces más.
Contumaz, el mutismo de aquel displicente interfono... su madre no contestaba, no abría la puerta...
Con leve ademán de disgusto escarbó entre la maraña de fruslerías que hiperpoblaban su bolso rosa y amarillo, con forma de delfín y dos enormes orejas puntiaguadas de liebre a modo de asas, y rescató de la región más abisal su manojo de llaves, que venían prendidas en un simpático llavero con la figurita de Alicia, la pizpireta muchachita que se perdía en el País de las Maravillas.
Seleccionó una, tan alargada como un florete, y la introdujo en la cerradura.
Entró a toda prisa en el portal, que la recibió en su seno regalándole su embozo de calor presurizado. Presionó un interruptor que encontró empotrado en la pared e inundó la estancia un lánguido fulgor melancólico y desfallecido, como una sonrisa desinflada.
Se hizo la luz, valetudinaria y ojerosa, para alumbrar un henar... un misérrimo cobertizo sujetado por recios pilares de madera amazacotada.
-"Pero... ¿donde estoy? ¿Qué es esto? ¡Me he perdido...! ¿Qué ha pasado aquí?
Merivyn estaba totalmente aturdida y asustada. El portal, donde vivía junto a su madre, donde vivían otros vecinos, había desaparecido...
Se arrimó a la puerta, que ahora era de mimbre, y oteó el paisaje que se extendía al otro lado de los cáñamos arracimados.
Lo que contemplaron sus expresivos ojos avellanados le dejó estupefacta. Las calles ya no estaban, se habían volatilizado. El camino recorrido desde el colegio se había convertido en un océano inmenso de aguas bermejas.
Aterrada, la niña retrocedió sobre sus pasos y trastabilló. Azarada, se recompuso entre la paja, que hedía a bestias confinadas y poseía la desagradable cualidad de las ventosas besuconas.
-"Todo ha desaparecido.... ¿donde estoy? ¿donde está mi mamá?
Merivyn comenzó a sollozar desesperadamente, impotente, sola y abrumada.
No había ni un solo lugar en el mundo ni una sola persona a quien pudiera recurrir.
El suelo se movía... de hecho, toda la estructura se movía. Fluctuaba acosada por el mar, sometida a una danza pendular. La sensación era como encontrarse sobre una gabarra o una chalana ligera mecida por un oleaje extremadamente bravío y malintencionado.
-"¡El cobertizo está flotandoooo.....! ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿donde está mi mamá?
La pequeña no cesaba de gimotear, pero entonces se avergonzó de su actitud pueril y decidió que no mejoraría su situación quedándose allí quieta, sin hacer nada, sin buscar una solución.
Escrutó con atención su entorno, consciente de que aquella claustrofóbica nao a la deriva era lo más análogo a un hogar que tenía a mano en ese instante.
Inicialmente su visión periférica se adaptó con indolente acomodo a la paja, los postes de madera.... ¡Y una escalera de caracol!
Merivyn estalló de alegría, rebotando sobre la paja mollar.
-"!Eso no estaba ahí antes!, pero claro... tampoco estaba el mar, aquí estaba mi casita, y mi mamá... -reconsideró la pequeña, asaltada por un nuevo y enérgico brote de lagrimones-
La pequeña se enjugó los ojos con sus delicadas manitas blanquecinas de princesa de cristal.
Desesperada, buscó con la mirada la escalera de caracol, orando en silencio para que prosiguiera allí, que no se hubiera marchado flotando, que no se la hubiera tragado el diabólico oleaje que lamía el cobertizo con lengüetazos cada vez más impetuosos.
Merivyn se Aproximó a la escalera y escrutó arredrada hacia el punto más alto de aquel camino hacia arriba acaramelado de sí mismo...
-FIN DE LA PRIMERA PARTE-
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Comentarios de El arlequín y la puerta con el corazón de plata esmaltado
Adela (23-01-2012 09:49)
Victor Virgós (23-01-2012 13:05)
Sobre esta noticia
Autor: Victor Virgós (557 noticias)
Fuente:
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Tipo: Reportaje
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