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Atrapados en la cárcel del tiempo

11/08/2014 04:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Con el inclemente sol derritiendo el asfalto y el implacable horno de fuego omnipresente al otro lado de la ventana, estos días de verano despiadado se convierten en jornadas repletas de apatía y aburrimiento, de enormes cargas sobre los hombros de la impotencia

Con el inclemente sol derritiendo el asfalto y el implacable horno de fuego omnipresente al otro lado de la ventana, estos días de verano despiadado se convierten en jornadas repletas de apatía y aburrimiento, de enormes cargas sobre los hombros de la impotencia. Este país de medio millón de kilómetros cuadrados, que hasta hace poco más de un lustro brillaba con luz propia (¡cómo brillaba!), ahora tiene que buscar conexiones en cables alternativos, foráneos, en los que pueda acoplar los múltiples enchufes de su incapacidad manifiesta, con lo que esta época estival, de vacaciones, de escapadas a la costa o la montaña y de diversión desenfrenada, se nos muestra con toda su crudeza y una desbordante hostilidad a los que debemos conformarnos con la piscina municipal o el ríachuelo del pueblo de la infancia. Y si hablamos de Galicia, estamos a punto de volver al candil de carburo y a las velas de sebo; esta esquina peninsular, de naturaleza pródiga y capacidad ilimitada, se deshace en espasmos retóricos y frases prefabricadas para cada ocasión particular. A través del cristal de las horas, observamos los días transparentes y sofocantes, con su pesado fardo de incertidumbre, en los que vemos un futuro tan inestable como un río desbordado, un viento huracanado o una inclemente nevada a mediados de enero, y nadie atiende nuestras necesidades ni parece escuchar los diarios lamentos de los que tenemos que avanzar titubeantes con enormes piedras de insuficiencia atadas a los pies, que se niegan a moverse entre el barro de la desesperanza. El clima se suma a las vicisitudes de cada amanecer y sus efectos multiplican el desaliento; también en verano la lluvia es parte de nuestras lágrimas, el viento, aunque suave, es la masificación de miles de suspiros entrecortados y la playa, que a muchos divierte y aviva los clic de las cámaras digitales, no es más que la acumulación de un sinnúmero de hojas curriculares metidas a empujones en el inaccesible congelador de la desmemoria empresarial. Hasta las calles, empedradas, ardientes y sudorosas, nos encaran y gritan desde una esquina cualquiera su malestar por tanta intransigencia. No somos más que marionetas movidas por los hilos del tiempo y su perversidad, primavera, verano, otoño e invierno: si llueve, botas y paraguas; con viento fuerte, no soltarse del televisor; si nieva, buena chaqueta, gorro y bufanda, y si el sol busca quemarnos hasta el alma, gorra, sombrero o quedarse a la sombra de un árbol protector de nuestra agonía. Sin embargo, no hay nada que pueda librarnos del otro tiempo, ese que huye velozmente del almanaque existencial y nos acorrala contra las cuerdas en el improvisado cuadrilátero del desempleo, del que nadie sale ileso tras largos meses o años de ingrata realidad, en las interminables listas de una institución tan ineficaz como infructuosa en su cometido esencial e ir allí para entregar tus papeles es como ir a un SEPElio del que ha muerto para siempre sin esperanza de que resucite ni al tercer año. En todo caso sé que al menos soy parte de la historia, un número clasificado en el anaquel de las estadísticas, un sujeto que camina y se acomoda la gorra en el reflejo de un escaparate de rebajas veraniegas, inaccesibles a pesar del descuento y las ofertas de temporada. Puede que sea esta ciudad, los días, los cincuenta y tantos años a la espalda como un mazazo en el corazón de los sueños, la perversión del calor asfixiante que hace hervir hasta los huesos en un lodoso caldo de angustia. No encuentro respuestas precisas a tantas interrogantes, pero, como buen masoquista, sigo haciéndomelas una y otra vez, aunque solo sea por despistar al hambre y confundir a los demonios de la displicencia. Los más de cuatro millones de desempleados de este país podríamos desatar tempestades de exigencias sin que nadie se entere de nuestra existencia y sólo atinamos a decir que nos aprisiona un cansancio inusitado, una desazón en el cerebro que se pasea triunfante sobre el silencio de los que regresamos abatidos a casa después de una larga jornada tocando puertas y escuchando la misma frase diabólica repetida una y otra vez: “Ya le llamaremos”. Al sol que se mete como un fogonazo por las rendijas del alma y a este verano desdichado que golpea con furia los cristales de la depresión enfermiza, se les une la impaciencia, el abandono y la tristeza de la inutilidad multiplicada de pesimismo. No hay problema alguno en envejecer, en adquirir sabiduría, en vivir y desarrollarse durante décadas dejando huellas en los caminos del mundo; la situación se complica cuando a la pobreza y el desánimo se le unen la desdicha, las contrariedades y el temible desempleo.

A través del cristal de las horas, observamos los días transparentes y sofocantes, con su pesado fardo de incertidumbre, en los que vemos un futuro tan inestable como un río desbordado


Sobre esta noticia

Autor:
Julio M. Prado (16 noticias)
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Tipo:
Opinión
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