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De Belén Esteban a Miguel Ángel Revilla

06/07/2013 00:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hubo un tiempo en que éramos ricos. Por entonces, quizá lo recuerdes, nos preocupaban cosas como el terrorismo, las guerras que mataban en nuestro nombre, los desastres ecológicos o el precio de los pisos. Nadie prestaba atención a la sección de economía (en aquella época se llamaba páginas salmón), y Marca y Hola eran las biblias de los silencios incómodos.

En las peluquerías y en los bares de barrio se hablaba de Belén Esteban y del último incidente escatológico de Gran Hermano. Hasta que un día, en plena deriva de la opulencia, Lehman Brothers se fue al carajo y arruinó el mantra del crecimiento infinito. Zapatero, cano de golpe, prometió que aquello no iba con nosotros, pero la gent, que es muy suya cuando quiere, le llevó la contraria quedándose sin trabajo.

De la noche a la mañana, las conversaciones en bares y peluquerías se volvieron más oscuras. El personal ya no tenía muchas gracias de reír la última gracia idiota del cocainómano de moda que pretendían los programas de máxima audiencia. Telecinco, siempre a la vanguardia, comprendió que se avecinaba un cambio sociológico, lo que implicaba nuevas preferencias por parte del espectador. Alguien pensó: si la gente ya no habla de nuestros programas, hagamos programas sobre aquello de lo que habla la gente.

Telecinco abrió entonces las puertas de su prime-time a políticos de renombre que empezaron a dejarse ver en formatos que, hasta ese momento, habían sido estandarte de frivolidad en el mejor de los casos y estulticia en el peor. Pepe Blanco marcó un importante hito cuando, siendo ministro de Fomento, acudió a La Noria para explicar aquellos protorecortes de su Gobierno. No era el primer político que se plantaba en aquel plató, pero sí el primer ministro. Era 2010, y las excusas de Blanco fueron vistas por casi dos millones de espectadores.

El barómetro del CIS mostraba que las preocupaciones de los españoles estaban cambiando. El puesto que antes ocupaba ETA había sido tomado por los políticos. Telecinco fue pionero viendo en el descontento social una oportunidad de negocio. La indignación, en efecto, podía monetizarse . ¡Incluso Wyoming empezaba a pisar los talones de un neurótico Pablo Motos que ya no sabía qué más reventar! La fórmula desarrollada por los cráneos privilegiados de Mediaset resultó ser asombrosamente sencilla: toma el formato de un programa rosa y sencillamente cambia de personajes.

Este nuevo género a mitad de camino entre el Estado de la Nación y una fiesta en Pachá fue bautizado con un anglicismo en relativo desuso por estos lares: infotament . La Sexta, cadena joven necesitada de una identidad de marca, decidió entonces jugarse el todo por el todo. Mientras los abogados de Jaume Roures cerraban el último ejercicio fiscal de Zapatero y corrían con la pasta, La Sexta destinó el grueso de sus recursos a convertirse en la televisión indignada.

Además de contratar a malos periodistas y excepcionales cómicos, La Sexta extendió cheques a profesionales de la crónica rosa más lamentable, la de las persecuciones y las demandas, para que se reciclaran en el compromiso social. El resultado, así lo constatan los audímetros, es un éxito apabullante. Y extraño. Debates sobre los desahucios interrumpidos por cortes publicitarios de Bankia, Santander y BBVA cautivan cada semana a millones de espectadores. Miguel Ángel Revilla se ha convertido en la nueva Belén Esteban, el príncipe del pueblo que lo mismo clama contra la corrupción que te escabecha un lomo de bonito. Todo cambia para que nadie cambie.

En los bares y en las peluquerías ya no se habla de la casa de Gran Hermano, sino de la celda de Luis Bárcenas. Que una cosa sea mejor que otra dependerá de lo que digan las urnas, que son como los audímetros pero un poco menos democráticas.


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mimesacojea.com
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Reportaje
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