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Campo de golf, otra opinión

18/02/2013 22:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Estas instalaciones son grandes consumidoras de dos recursos: suelo y agua. Consumen mucho suelo (a veces en zonas de elevado valor ambiental) porque el golf precisa de extensiones considerables de terreno para su práctica, y gastan mucha agua porque hay que regar frecuentemente para mantener las praderas en buen estado, sobre todo en zonas como la nuestra con escasas precipitaciones.

Aunque se suele vender como una "mejora" del paisaje local, un campo de golf representa, en realidad, un cambio absolutamente radical y destructivo del paisaje y el ecosistema preexistente (ya sea natural o manejado por el hombre), que es sustituido por otro con unas características completamente extrañas a la realidad ecológica del ámbito mediterráneo. Por esta razón el mantenimiento de un campo de golf en buen estado requiere el empleo masivo de recursos para suplir las incompatibilidades ambientales (es como querer cultivar naranjos en Finlandia, por ejemplo, ocurrencia que requeriría enormes inversiones y un inasumible gasto energético). En este caso el factor clave es el agua. Pero de eso hablaremos luego.

Al realizar un campo de golf, rara vez se respetan los condicionantes topográficos y edáficos locales. Lo habitual es recurrir a maquinaria pesada para adaptar el terreno a las características del proyecto y a las peculiaridades del recorrido, de manera que se descuaja la vegetación natural (puede que si hay algún árbol se salve), se eliminan desniveles, se suavizan pendientes, se efectúan drenajes..., cosa que lleva aparejada la transformación de los perfiles naturales del terreno y la eliminación de las capas superficiales del mismo, sustituidas por gravas, arena y mantillo para favorecer la implantación del césped.

Otro aspecto profundamente negativo de este tipo de instalaciones es su inagotable necesidad de insumos químicos como fertilizantes, herbicidas, insecticidas..., sin los cuales el mantenimiento de impolutas y alfombradas praderas sería imposible. Estas sustancias químicas (altamente tóxicas en muchos casos) son lavadas por el abundante riego y acaban inevitablemente en los acuíferos subyacentes y en los cauces próximos.

Una de las razones de mayor peso para oponerse a los campos de golf en latitudes mediterráneas es, obviamente, su consumo insostenible de un recurso crecientemente escaso como es el agua. Se ha calculado que un campo con 18 hoyos (unas 40-50 hectáreas) consume entre 150.000 y 300.000 m3 de agua por año, y hay estimaciones que apuntan incluso a consumos mayores, de 15.000 m3 por hectárea y año. No obstante, el gasto de agua es muy variable dependiendo de factores diversos, como la climatología local, la geomorfología del lugar, el diseño del campo o el empleo de unas u otras variedades de césped. En este sentido, no todo el campo de golf demanda las mismas cantidades de agua y los mismos cuidados, puesto que las zonas de "green" son las que necesitan las variedades de césped más exigentes y en ellas el suelo se ha modificado previamente en profundidad. En todo caso todos los sectores, en mayor o menor medida, requieren de riego y ya dependerá del grado de tecnificación y eficiencia de la instalación ser más o menos devoradora de agua. Hay que señalar, también, que el diseño de campo "americano", que supone la inclusión de extensas láminas de agua (como es el caso del proyecto de Móstoles), lejos de ser ambientalmente más sostenible, resulta todavía menos aconsejable, ya que la evaporación en las lagunas artificiales incrementa el gasto de agua (no hay más que pensar en cuantos litros se pueden evaporar en un bonita tarde de julio a 40º a la sombra).

Uno de los argumentos más queridos de los sectores progolf —que lo usan con profusión cual mantra— es el del empleo de agua procedente de depuración o, en todo caso, agua no potable para el riego de las instalaciones. No se puede regar campos de golf con agua procedente del abastecimiento urbano y, en todo caso el promotor, cuando solicita la construcción del campo, tiene que indicar el origen de los recursos hídricos que demandará la instalación. Sin embargo los datos que yo tengo (aunque son antiguos y habría que actualizarlos) dicen que solamente el 30% de las instalaciones emplean efluentes de depuradora para el riego. El resto usan aguas subterráneas de buena calidad y, en algunos lugares, directamente recursos detraídos del abastecimiento público.

Sea como sea, conviene saber que el argumento del agua depurada y/o de pozo, suele ser bastante falaz. Por un lado en muchas ocasiones no existe un suministro de agua depurada suficiente para mantener un campo de cierto tamaño y, por otro, la calidad de esa agua tiene que ser considerablemente alta si no se quiere perjudicar la salud del césped. Además el agua depurada o procedente de pozos utilizada para regar una instalación suntuaria y con frecuencia privada y restringida al disfrute de unos pocos, puede tener usos con un interés social y medioambiental considerablemente mayor, como riego de jardines, limpieza de calles o incremento del exiguo caudal ecológico de la mayoría de nuestros ríos y arroyos; eso por no hablar de limitar la sobreexplotación de un recurso estratégico como son (y lo serán más en el futuro) las aguas subterráneas. De manera que argumentar que se usa este tipo de recursos para mantener verdes las instalaciones, no es más que un ejercicio de demagogia que no justifica el verdadero derroche de recursos naturales que representa.

Otro dato importante a tener en cuenta es que el riego de un campo de golf (incluso si se lleva a cabo con efluentes de depuradora) debe contar con la correspondiente autorización por parte de la Confederación Hidrográfica de turno (en este caso la del Tajo) y que los usos recreativos son los que tienen menor prioridad en cuanto al otorgamiento de concesiones, que sólo podrán hacerse si se garantiza previamente el abastecimiento para otros usos (urbano, industrial, agrícola...). Es discutible afirmar que Madrid tiene garantizado el abastecimiento para todos los usos, sobre todo teniendo en cuenta el incremento del consumo registrado en los últimos años y que esta Comunidad Autónoma depende para su suministro de un territorio cada vez más extenso, que sobrepasa sus propias fronteras, con la consiguiente expansión de la huella ecológica de los madrileños (en estos momentos el canal de Isabel II gestiona nada menos que 14 grandes embalses en varias provincias para surtir a Madrid). Cabe plantearse ante estos datos si es ya suficiente con los 31 campos de golf que existen en Madrid, o si necesitamos perentoriamente construir los restantes 30 que están en proyecto; si esto fuera así, Madrid gastaría unos 35 Hm3 al año en regar unas instalaciones perfectamente prescindibles: el equivalente al gasto generado por una ciudad de 500.000 habitantes y todo esto frente a un escenario de cambio climático que prevé un descenso de los recursos hídricos en la cuenca del Tajo de, como mínimo, el 17% para los próximos años. Sin duda el perfecto ejemplo de "desarrollo" insostenible.image

El golf, por alguna oculta razón, suele estar en nuestro país ligado a prácticas escasamente transparentes. Valgan un par de ejemplos. Hoy día la legislación obliga a regar con aguas no potables, preferiblemente procedentes de depuradoras, cosa que jalean los promotores; lo que no dicen, sin embargo, es que para eso se precisan aguas depuradas de excelente calidad (y en cantidad) cuya regeneración solo es posible alcanzar con sofisticados sistemas y elevadas inversiones. Además esos efluentes ya depurados han de llevarse hasta el campo de golf mediante una serie de canalizaciones desde las EDAR. En resumen, un pastizal. Pues bien, en Madrid ya hay precedentes en los que el Canal de Isabel II ha costeado las obras de depuración y transporte hasta los campos de golf con dinero público, sin dejar claro en absoluto si las empresas beneficiarias lo van a reintegrar y cómo o cuándo lo van a devolver (y son muchos millones de euros). Otro ejemplo flagrante de presunta prevaricación y mal gobierno en torno al bello deporte del golf, ha sido la recalificación de terrenos y la modificación a la carta de la normativa ambiental en varios espacios protegidos de Madrid, para hacer posible la construcción en su interior de unas instalaciones que contaban con varias DIA negativas. Finalmente otro ejemplo: en algunas ocasiones el golf se convierte en un trasvase de suelo y recursos públicos hacia una empresa privada que se lucra de ellos, en un horizonte temporal de varias décadas y sin apenas contrapartidas. De esto también hay, desgraciadamente, ejemplos en la Comunidad de Madrid.

Otro argumento muy usado por promotores y administraciones para justificar la construcción de campos de golf, es el de la creación de empleo y riqueza para las áreas donde se implantan. Una vez más, esta justificación no es más que un fácil recurso de argumentario, demagógico y sin justificación real. Los campos de golf no generan tantos puestos de trabajo como se dice, ni traen bajo el brazo la prosperidad (salvo que nos refiramos a la prosperidad del promotor). Estas instalaciones generan empleo de baja calidad y cualificación durante su construcción, pero en la fase de explotación se precisa mano de obra especializada, cuya dotación corre a cargo de la empresa explotadora que recurre a su propio personal, de forma que apenas quedan unos pocos empleos para personal no cualificado en labores de mantenimiento.

Los campos de golf están asociados íntimamente a la especulación urbanística en nuestro país y, por ello, su desarrollo más notable ha tenido lugar bajo el paraguas de la burbuja inmobiliaria y el pelotazo urbanístico (quien no recuerda ese binomio inseparable urbanización de lujo-campo de golf). Su sola implantación dispara los precios de la vivienda y el del suelo mediante la creación de un espejismo de riqueza y prosperidad irreal y artificiosamente orquestado. De hecho el golf era un deporte desconocido en España y su práctica se ha desarrollado a golpe de publicidad y campañas de imagen que se han cuidado de crear la relación lujo-golf-exclusividad, de manera que para muchos la práctica de este deporte es más una cuestión de prestigio social y de apariencia (juego al golf, luego soy un tipo importante, o al menos lo parezco) que de verdadero interés por el ejercicio físico.

A tenor de lo expuesto es evidente, por tanto, que la construcción de más campos de golf no puede ser la prioridad social o la necesidad inexcusable que se esgrime desde ciertos sectores, pues este deporte no deja de ser una práctica suntuaria, minoritaria y elitista que detrae recursos para otras necesidades mucho más importantes y socialmente más rentables, a costa de un elevado impacto ambiental.

Ángela Álvarez Chavez

Responsable Organización UPyD Móstoles


Sobre esta noticia

Autor:
Upyd Móstoles (48 noticias)
Fuente:
amigosupydmostoles.wordpress.com
Visitas:
623
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
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