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De Camuñas a Paracuellos, pasando por Madrid

31/01/2010 21:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Yo tenía apenas veintiún años, y Pedro, de unos quince, sólo me tenía a mí. En aquellos días se estaban produciendo los fusilamientos de Paracuellos del Jarama. Nadie sabía a ciencia cierta qué ocurría con los presos de las checas

La adivino nerviosa. Sus manos, deformadas por el reúma, no han perdido un ápice de elegancia con el paso de los años. Pilar Puyol y de Garcini (la Nena), se atusa el pelo con las yemas de los dedos mientras deja escapar una bocanada de humo. Yo permanezco impaciente, boquiabierto; apoyo mis codos inocentes sobre la mesa y fijo mi atención en los cálidos ojos de mi abuela, colmados de experiencias. Son doce años los recorridos por mi espíritu. Hablemos pues de ello. Abramos el libro de la memoria histórica individual, la única existente en realidad. El otoño se deja ver en las tardes frescas de agosto. Tras la tormenta, el aroma a tierra mojada lo invade todo. Algunas hojas secas y otras todavía húmedas cubren el jardín crujiente. Mi abuela apaga el cigarrillo. Acto seguido enciende otro como lo hiciera Ava Gardner en los descansos de un rodaje. Saca el pitillo, lo sacude en la mesa, lo posa en la boca y lo enciende. Después moja sus labios en su vaso de cerveza sin espuma. Luego me mira fijamente.

Todo esto que ahora disfrutas, este jardín y este casón, se vieron un día asaltados por los vecinos a quienes tanto ayudó mi madre, tu bisabuela María. Me viene a la memoria aquella ocasión en la que, una vez finalizada la Guerra Civil, retornamos a este rincón de veraneo para recuperar lo que hasta aquellos fatídicos días había sido nuestro. Todo se veía patas arriba. Los maravillosos incunables de mis tatarabuelos yacían por los suelos con sus páginas desmembradas, expuestos a las ratas; aquello parecía más bien una escombrera. Mi madre era una mujer muy fuerte, por lo que siempre cuidaba de demostrar su debilidad. Había superado su viudedad con una gran entereza y se había hecho cargo de sus cinco hijos con el único apoyo de su hermana Rosa. En Paracuellos del Jarama se la quería mucho. ¡Doña María! ¡Doña María! María de Garcini, decía ella con humildad. Una vecina se nos acercó cuando salíamos de entre las ruinas y nos dijo, en confidencia, que las hojas de los libros que faltaban habían sido utilizadas para envolver enseres y comida. Al poco de empezar la guerra, la casa fue asaltada (recuerdo perfectamente sus lágrimas al decirme esto), como también lo fueron nuestras vidas (aquí lloraría yo, creo).

Pueden imaginar la emoción de mi abuela Nena al rememorar tan amargas experiencias. Como también han de suponer mi gesto de fascinación. Estaba asistiendo, como testigo privilegiado, al mayor testimonio del que uno puede disfrutar, el de su propia familia. No existe conversación más pura y más perenne que la establecida entre una abuela y su nieto. Sí, Paquito (que así me llamaban mis abuelos maternos), sí. –Continuó-.Poco antes del comienzo de la guerra, tuvimos que empezar a tomar precauciones. Las calles de Madrid se tornaron muy peligrosas tras la llegada del Frente Popular al poder. No se necesitaban más razones que la Fe, la anterior lealtad al Rey (que guardó por siempre), o el haber ocupado algún cargo público o privado "sospechoso" durante los años previos a la llegada de la República (mi tatarabuelo ejerció de director de la Escuela de Caminos, Canales y Puertos de Madrid) para pasar a ser víctima del acoso de la autoridad gubernamental.

Porque el testimonio de aquellos infames años de fratricidio ha de permanecer en la memoria de las víctimas, ha de apagarse con ellas para transmitir esperanza a nuestros hijos

Tras saber que nos hallábamos inscritos en una lista negra, mi madre nos alentó a escapar. A ella la encarcelaron en una de aquellas terribles checas, sin que nosotros pudiéramos hacer nada al respecto. Dos de mis hermanos lograron alcanzar la zona "nacional" y se sumaron al ejército de Franco para luchar por Dios y por nuestras vidas (ninguno sobreviviría a la contienda). Por contra, José María, el mayor, no pudiendo salir de Madrid para unirse al Alzamiento, hubo de esconderse en un piso del centro; así como mi hermano pequeño y yo, quienes nos vimos obligados a tomar refugio en la casa de la calle Eraso, el otrora hogar en nuestra feliz infancia. Yo tenía apenas veintiún años, y Pedro, de unos quince, sólo me tenía a mí. En aquellos días se estaban produciendo los fusilamientos de Paracuellos del Jarama. Nadie sabía a ciencia cierta qué ocurría con los presos de las checas. Sufrí mucho por mi madre. Recé mucho, cada día. Madrid se había transformado en una enorme cárcel, donde el simple hecho de ser reconocido podía suponer la tortura y la posterior ejecución. Cada día desaparecía más gente. La confusión y el hambre arremetían contra nuestras inocentes vidas. ¿Quién me iba a decir a mí que habría de pasar vivir esas experiencias? ¿Acaso merecíamos tanto sufrimiento?

La casa de la calle Eraso disponía de varias plantas. Cada noche nos ocultábamos en una distinta, para evitar ser descubiertos. Unos días debajo de las camas, otros en los armarios. Cualquier rincón se podía convertir en un buen lugar donde albergar nuestro silencio con abrazos y con lágrimas. Apenas sí se distinguía nuestra respiración, en ocasiones contenida. No debíamos hacer el menor ruido. Otros vecinos no albergaron tanta suerte y se les daba ya por muertos. El miedo y el hambre nos hicieron víctimas del insomnio, y sólo el extremo agotamiento y las ganas de soñar nos servían de somnífero. Cada despertar implicaba un esfuerzo inhumano. Me veía sorprendida por las decisiones que era capaz de tomar con tal de resguardar nuestras vidas. La hambruna era terrible aquel entonces; comíamos lo que teníamos a nuestro alcance cuando buenamente teníamos ocasión. Recuerdo haberme alimentado hasta de la carne de un gato; y eso si tenías suerte. La gente se mataba en las calles, incluso por las ratas.

El Alzamiento se nos ofreció como nuestra única opción. Nos vimos obligados a luchar en un intento desesperado por la salvación. Primero fuimos amenazados, luego perseguidos, después encarcelados, asesinados o sometidos a unas condiciones inhumanas. Parecer de derechas se penaba con la muerte, no digamos serlo. Hoy tengo la extraña sensación de que aquello nunca hubiera sucedido. Pero así fue. No sé hasta dónde alcanzan las secuelas en el alma. Aunque, desde luego, hace tiempo que me vi capaz de perdonar a quienes nos infrigieron tanto daño. Deseo que nadie jamás vuelva desenterrar esas dramáticas páginas de nuestra historia. Todo está bien así. Lo hemos asumido y hemos aprendido a vivir con ello. Porque el testimonio de aquellos infames años de fratricidio ha de permanecer en la memoria de las víctimas, ha de apagarse con ellas para transmitir esperanza a nuestros hijos. Así lo hemos actuado nosotros. Todos los españoles, fuera cual fuese el color, perdimos algún ser querido. En nuestro caso, la ausencia de mis dos hermanos Chapito y Pascual se tradujo en un lastre insuperable para nuestro espíritu. Nunca hemos dejado de rezar por ellos. Recuerdo cuando, pocos días después de finalizar la guerra, recibimos una carta de Chapito; comenzaba: “madre, estoy bien”. Así de cruel puede llegar a ser el destino. Mamá cerró su puño y arrugó los folios atrapada entre sollozos. Mientras tanto, en la calle, unos festejaban la victoria; otros se conformaban con asumir su supervivencia. Jamás vi a mi madre celebrarlo, el precio pagado había sido demasiado alto para ella.

Paco Bono

Más en http://www.pacobono.com

http://www.democraciatotal.com

Colaborador en http://www.espana-liberal.com


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Paco Bono (52 noticias)
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