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El carnicero, una siembra de muertes en un país bendecido por Jehovah

30/03/2018 17:59 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El barquito junto al cual corría George era obra de Bill. Lo había hecho sentado en su cama, con la espalda apoyada en un montón de almohadas, mientras la madre tocaba Para Elisa en el piano de la sala y la lluvia batía monótonamente la ventana de su habitación

Fuente Literaria/ Relatos de Ciencia Ficción/ I- 45.

El carnicero, una siembra de muertes en un país bendecido por Jehovah

Torrenciales aguaceros llenaron los caminos de agua y los niños de la comarca empezaron a construir sus barquitos de papel para echarlos en las torrenteras de agua, uno de ellos cabeceó, ladeo y empezó a enderezarse en medio de los remolinos. La gente con sus paraguas, se detenían en las esquinas, algunas oscuras, para esperar al líder de masas en ese lugar. Llovía, sin cesar desde hace una semana y, los vientos azotaban las veredas de la urbanización.

Un chiquillo de impermeable amarillo y botas rojas seguía alegremente al barco de papel. La lluvia no había cesado, pero al fin estaba amainando. Caía sobre la capucha amarilla del impermeable y a oídos del niño sonaba como lluvia sobre el tejado de un cobertizo … un sonido reconfortante, casi acogedor. El niño se llamaba George Denbrough. Tenía seis años. William, su hermano, a quien los niños de la escuela primaria de Derry conocían como Bill el Tartaja, estaba en su casa recuperándose de una aguda gripe. En ese verano de 1957, ocho meses antes de que comenzasen realmente los horrores y veintiocho años antes del desenlace final, Bill el Tartaja tenía diez años.

El barquito junto al cual corría George era obra de Bill. Lo había hecho sentado en su cama, con la espalda apoyada en un montón de almohadas, mientras la madre tocaba Para Elisa en el piano de la sala y la lluvia batía monótonamente la ventana de su habitación.

A un tercio de manzana, camino del semáforo apagado, Witcham Street estaba cerrada al tráfico por varios toneles de brea y cuatro caballetes color naranja en los que se leía: ayuntamiento de derry. Tras ellos, la lluvia había desbordado alcantarillas atascadas con ramas, piedras y cúmulos de pegajosas hojas otoñales. El agua había horadado el pavimento al principio y arrancado luego grandes trozos. Hacia el mediodía del cuarto día de lluvia, algunos trozos de pavimento eran arrastrados por la intersección de Jackson y Witcham como témpanos de hielo en miniatura. Muchos habitantes de Derry habían empezado por entonces a hacer chistes nerviosos sobre el Arca. El Departamento de Obras Públicas se las había arreglado para mantener abierta Jackson Street, pero Witcham estaba intransitable desde las barreras hasta el centro mismo de la ciudad.

Así, a varias horas de diferencia, un grupo de niños hacían escopetas de chapas para guerrear en el viejo terreno del Señor Juan Suárez, hermano de mi abuelo, para crear trochas imaginarias y desatar combates entre sí. Mundos imaginarios de una batalla fatal que se veía venir en el Medio Oriente, con grupos de mercenarios como Hezbola, Estado Islámico e Isis.

Allí, correteábamos como tres horas, porque ya en la tarde, unos predicadores montaban una gran carpa para predicar el evangelio y teníamos que bañarnos para ir al servicio espiritual.

Algunas veces, subíamos por Las Tejerías, una vieja urbanización vecinal, al pueblo de San Esteban a pedirle la bendición a los tíos y darnos un chapuzón en las aguas, mientras, otros preparan la leña para hacer un fogón y cocinar un asopado muy nutritivo hasta regresar en la tarde a la ciudad.

Mis primas, son mujeres bellas, con un acentuado pelo rojo y amarillentos, finas muchachas con acentuado acento español, sus piernas eran largas y flacuchas, pero, bien torneadas. Todas, residen con sus padres en la misma cuadra. Puerto Cabello es fácil de recorrerlo hasta los muelles Solo que, necesitamos voluntad para caminar, ver las estanterías de los portugueses, entrar a una panadería y comprar dos mendrugos para caminar, hasta divisar en los muelles, os barcos en la bahía o caleta y, las negras vendiendo sus dulcerías. La Capitanía de Puerto es un ir y venir de personas, firmando documentos, la mayoría eran migrantes como mis abuelos y sus hermanos.

George se detuvo detrás de las barreras al borde de una profunda grieta abierta en la superficie de alquitrán de Witcham Street. La grieta discurría casi exactamente en diagonal. Terminaba al otro extremo de la calle, a unos doce metros de donde él se encontraba, colina abajo hacia la derecha. Rió en voz alta, mientras el agua desbordada llevaba su barco de papel hasta unas diminutas cataratas formadas por otra grieta en el pavimento. El agua había abierto un canal que corría paralelo a la grieta y el barco iba de un lado a otro de la calle arrastrado tan deprisa por la corriente que George tuvo que correr para seguirlo. El agua formaba láminas de lodo bajo sus botas. Sus hebillas sonaban con un jubiloso tintineo mientras George Denbrough corría hacia su extraña muerte. Y el sentimiento que le colmaba en ese momento era, simplemente, amor hacia su hermano … amor y también cierta tristeza porque Bill no podía estar allí para ver aquello. Claro que él trataría de contárselo cuando volviese a casa, pero sabía que jamás conseguiría que Bill lo viese tal como éste sí lo hubiese conseguido. Bill destacaba en lectura y redacción, pero aun a su edad George tenía capacidad suficiente para comprender que no sólo por eso obtenía Bill las mejores notas; tampoco era el único motivo de que a los maestros les gustaran tanto sus composiciones. La forma de contar era sólo una parte del asunto. Bill sabía ver.

El barquito sólo era una página arrancada de la sección de anuncios clasificados del News de Derry, pero George lo imaginaba como una torpedera en una película de guerra de las que él y Bill solían ver en el cine Derry, en las matinées de los sábados. Una película de guerra en la que John Wayne luchaba contra los japoneses. La proa del barco levantaba olas a cada lado mientras seguía su precipitado curso hacia la cuneta del lado izquierdo de la calle. En ese punto, un nuevo arroyuelo corría sobre la grieta abierta en el pavimento creando un remolino bastante grande. George pensó que el barco se iría a pique. Escoró de modo alarmante pero luego se enderezó, giró y navegó rápidamente hacia la intersección. George lanzó gritos de júbilo y corrió para alcanzarlo. Sobre su cabeza, una torva ráfaga de viento otoñal hizo silbar los árboles, casi completamente liberados de sus hojas a causa de la tormenta, que ese año había sido un segador implacable.

Incorporado en la cama, con las mejillas aún sonrojadas (pero con la fiebre retirándose finalmente), Bill había terminado el bote, pero cuando George intentó cogerlo, Bill lo puso fuera de su alcance.

—Ahora t-t-tráeme la p-p-parafina.

—¿Qué es eso? ¿Dónde está?

—Está en el es-t-t-tante del s-s-sótano, al bajar —dijo Bill—. En una caja que dice G-gu-Gulf. Tráeme eso, junto con un cuchillo y un c-c-cuenco. Y una c-c-caja de f-fósforos.

George fue en busca de esas cosas. Oyó que su madre seguía tocando el piano, pero ya no era Para Elisa, sino algo que no le gustaba tanto, algo que sonaba seco y alborotado; oyó la lluvia azotando las ventanas de la cocina. Ese sonido era reconfortante, pero no así la idea de bajar al sótano. No le gustaba el sótano ni le gustaba bajar por sus escaleras porque siempre imaginaba que allí abajo, en la oscuridad, había algo. Era una tontería, por supuesto, lo decía su padre, lo decía su madre, y, aún más importante, lo decía Bill, pero aun así…

Ahora estamos al acecho de demonios

No le gustaba siquiera abrir la puerta para encender la luz, porque temía (era algo tan estúpido que no se atrevía a contárselo a nadie) que, mientras tanteaba en busca del interruptor, una garra espantosa se posara sobre su muñeca … y lo arrebatara hacia esa, oscuridad que olía a suciedad, humedad y hortalizas podridas.

Todos, odiaban al carnicero, le había hecho daño al país.

En Puerto Cabello, no le tememos al espanto, ni los cuentos de mi abuela, esta ciudad es bendecida por Dios, Su palabra es predicada en cualquier barriada, hay un gran sentimiento espiritual, pero, hemos sido abatido por la figura del carnicero, los demonios reclaman victimas ofrecidas y los santeros exigen compensación por sus trabajos cadavéricos, es una lucha incesante entre el bien como el mal.

En San Esteban pueblo fue construido un viejo local y la gente recorría un gran tramo y solo cantan salmos, voces de alegría por la salvación del alma.  Con   el tiempo se caminaba varios kilómetros hasta llegar    al templo evangélico, ubicado         cerca de la alcantarilla. Un lugar con areperas, mercados, estación de tren y es la única     entrada al puerto.

Los marinos, se escuchaban a lo lejos, se le conocía sus pisadas con su sable en mano, resguardaban la ciudad y atrás viejas busetas le acompañaban, cualquier persona encontrada sin oficio, se le detenía hasta el amanecer, donde se le presentaba a un juez local.

Nadie le tenía miedo a la oscuridad, los fines de semana era ir a la playa, otros ir al río con sus hortalizas, para los avezados, ir al viejo terminal para tomar un bus hasta Valencia, una capital cercana a cuarenta y cinco kilómetros

No importa, la distancia, todo niño tiene un sueño, como un principio de vida. La idea es persistir.

¡Qué estupidez! No existían monstruos con garras peludas y llenos de furia asesina. Somos nosotros mismos que destruimos nuestra esencia fluidica por nuestro entorno y amistades.

. el del monstruo, la apoteosis de todos los monstruos. Era el olor de algo que él no sabía nombrar; el olor de eso, agazapado al acecho y listo para saltar. Una criatura capaz de comer cualquier cosa, pero especialmente hambrienta de carne de niño.

El olor a sótano parecía intensificarse hasta llenar el mundo entero. Los olores a suciedad, humedad y hortalizas podridas se mezclaban en un olor inconfundible e ineludible

El viejo mercado de Puerto Cabello, siempre se mantenía limpio, mi abuelo, nos daba una licuadora de cebada  o avena por limpiar un saco de caraota, nada es gratis, todo es pago, por eso, crecimos como generación, la actual no sirve, quiere que el carnicero les regale todo.

El barquito de papel, siempre debe luchar contra la corriente, corre en aguas para la vida, debe estar bien construido y formado, alejado de las playas abarrotadas, nada de sequía, solo escuchar el sonido del piano, escuchar música, tranquiliza, es como el sonar de las conversaciones y risas, jamás tenerle miedo a la oscuridad, siempre tener una sonrisa entre las comisuras de los labios

                                                                                                                                                                                                                                                                                         ¡Sus dedos encontraron el interruptor!

Lo accionaron … y nada. No había luz.

«¡Maldita sea! ¡La corriente eléctrica!»

Bueno, aguántense, nadie sabe en sus entrañas que es el comunismo, solo los demonios prefieren este gobierno, son sus militantes, hermanos de los demonios.

George retiró el brazo como de un cesto lleno de serpientes. Retrocedió desde la puerta abierta, el corazón palpitante. No había corriente, por supuesto. había olvidado que la corriente estaba cortada. ¿Y ahora qué?

Mientras, nosotros cantando himnos y esperando mi partida en la motonave en un país extraño

—¿Te has muerto allí abajo, G-Georgie?

—No, ya lo llevo, Bill —respondió George, y se frotó los brazos para que desapareciese la delatora carne de gallina—. Sólo me he entretenido en tomar un poco de agua.

No importa, la distancia, todo niño tiene un sueño, como un principio de vida. La idea es persistir

—Bueno, pues date prisa.


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Emiro Vera Suárez (507 noticias)
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