01:08 (26-05-2012)

Los carteros y su relación con las mascotas de las casas donde deben de entregar la correspondencia

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Es común ver en dibujos animados o comedias americanas las peripericas que pasan los carteros de los Estados Unidos al entregar la correspondencia

John Adams se preciaba de ser un cartero de lo más profesional dentro del sector. Su área de entrega comprendía unas cuantas localidades del sur de Long Island. El lema archicélebre de “Ya puede llover, granizar o nevar, que el cartero ahí ha de estar” lo llevaba a rajatabla. Si llovía torrencialmente, un buen impermeable y pantalones de agua, si granizaba, un resistente paraguas rígido de fibra de vidrio y si nevaba, un buen abrigo de plumas, guantes y gorra de lana y botas de trekking le sacaban del apuro.

Aunque faltaba un cuarto condicionante en el lema. No mencionaba que cualquiera que fuese la mascota que cuidara de la casa escrita en la dirección del remite, el cartero jamás dejaría de entregar la correspondencia. En esa cuestión, John Adams era un experto en autodefensa.

Si el animal agresivo era un perro, dígase un doberman, un pastor alemán o un rottweiler, el spray antiviolador disparado al morro y a los ojos era un arma de lo más disuasorio. Si el can era de una especie algo menos agresiva, bastaba con distraerle con una hamburguesa de un restaurante de comida rápida. A veces el ojito derecho del dueño de la casa donde debía entregar unas cuantas misivas era un gato algo temperamental. En este caso se servía de unos ratones de felpa que andaban a pilas, artículo adquirido en un local de venta de productos de todo a un dólar. Estas dos especies, las de los perros y los gatos deberían de ser los enemigos más cotidianos de los carteros americanos.

El lema archicélebre de “Ya puede llover, granizar o nevar, que el cartero ahí ha de estar” lo llevaba a rajatabla

Por desgracia, abundaba gente muy excéntrica. Estaban los que preferían recibirle con anacondas gigantes o boas constrictores. John las mantenía a raya con un látigo similar al de Indiana Jones. Pero entonces estaban quienes poseían chimpancés, orangutanes o enormes gorilas ruandeses. Ante tamaña tesitura, los de menor tamaño se conformaban con un racimo de bananas, pero los más desarrollados no se atenían fácilmente a razones, y John debía de sortear su presencia disfrazado de matorral andante.

Otras veces su llegada diaria era recibida por una trompa de elefante de lo más indiscreta, palpándole la cara y robándole la gorra con toda la desfachatez del mundo. Un puñado de cacahuetes le servía para salir del apuro. Cuando se llegaba al siguiente escalón de los grandes felinos, tipo puma, tigre o león de la sabana africana, su antiguo adiestramiento como certero tirador del ejército le servía, apuntando desde la copa de un árbol cercano con un rifle prestado por un guía de safaris. Evidentemente utilizaba inofensivos dardos sedantes. Jamás recurriría a verdaderas balas.

Había más tipos de animales con los que se las tenía tiesas el bueno de John, pero las aquí descritas pueden pasar por una muestra representativa de todo lo que se encontraba en su trabajo diario.

Por tal motivo, y en honor de John Adams y del resto de los eficientes carteros de Norteamérica, desde estos humildes renglones expresamos nuestra más sincera admiración, pues sin su constancia, jamás recibiríamos las facturas del gas, de la luz y del teléfono.

Había más tipos de animales con los que se las tenía tiesas el bueno de John

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Autor: Robertelyankee (80 noticias)

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John Adams

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