Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Emiro Vera Suárez escriba una noticia?

Chinchorros y funerales, los acuritos de Caño Zancudo

17/12/2020 11:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

En Santa Barbara del Zulia, mi tía Elena, hermana de papá tenía un amplio dormitorio donde su esposo guardaba las pistolas y cuatro escopetas

Fuente Literaria/ Narrativa 187

.

En América Latina las funerarias constituyen el mejor negociado porque las muertes se incrementan por los gobiernos que desean perdurar más del tiempo establecido y sus presidentes se creen descendientes de las monarquías imperantes en el Medio Oriente.  En cualquier cuadra se le guarda respeto a cualquier difunto, cuyo deceso es parte del martirio entre el coronavirus y la hambruna, abriendo un gran espacio a la carencia de medicamentos. Los familiares muestran ya unos tacones y zapatos bien desgastados y las vestimentas no acordes con un acto funeral.

. Éramos hombres y mujeres de campo. En los años 1950- 68 llegaban del lado colombiano seis arreos de burros y mulas que le colocaban un gran suncho para amarrarlas y pasarlas de poste a poste por el río Chama, si era necesario. Estos escopeteros, cuyo número era un comando de veinte escopeteros se pasaban a las haciendas del lado venezolano a buscar alimentos y regresarse con los animales cargados de alimentos, forrados en sacos y la carne de becerros ya descuartizadas y saladas, esto, se lo cargaban a las mulas, en el tiempo recibieron el nombre de guerrilleros o paramilitares. Son los mismos agentes de negocios que prosperan a todo lo largo de la frontera colombo- venezolana-

Bueno, el cuarto tenía tres chifonieres y dos bombeé esquineros y tres escaparates.  Uno de ellos, era para el uso exclusivo de asistir a los difuntos, eran grandes fiestas de una semana, donde se dejaba oír los vallenatos, música de cuatro. Mi tía tenía cuatro juegos de zapatos no desgastados y trajes oscuros.

Se reunían en los patios y eran sopones y pures, plátanos con cuajadas y café traído de las montañas de Colombia, del departamento de Nariño. Así que cada grupo familiar se iba a sus casas con ojeras, ya al segundo día de parranda, todos iban directo al patio a buscar sopa o consomé para seguir bebiendo y bailando al muerto, luego de saludar a los familiares del muerto, se dirigían al ataúd y solicitaban la ayuda de dos doñas, lloronas, para que les acompañase a lloriquear por minutos y ya cumplido, detiene el llanto  en solidaridad automática  y mira al familiar más cercano en silencio, les toca los hombros y da el pésame. Todos saludan discretamente aquí y allá, cada veinte horas se cambiaba la guardia en las sillas cerca de la urna y debía estar sentada una familiar del fallecido, en representación de la familia, siendo la encargada de recoger la plata para el parrandon y los funerales en el cementerio.

Cuando se iba de La Fría, Táchira, a Santa Bárbara del Zulia. Era un gozo, tenía la posibilidad de montar la yegua que me regalaron y mi hermano Eliecer, un alazán negro muy alto que antes de comenzar a galopear levantaba su pata izquierda para revisarle sus cascos y herraduras. Sus padres fueron traídos de Colombia y estaban en un potrero aparte porque su alimento y vitaminas eran diferentes.

Un buen día, mi yegua desapareció y regresó al año, los guerrilleros se la habían llevado para cruzar la montaña hacia Barranquilla. Este traquear la lastimo mucho y solía acompañarme en un trotar lento a mi paso, por los caminos de la hacienda.

Alrededor del cadáver, había las plañideras, aquellas mujeres que rezongaban y lloriqueaban, constituían un grupo de amigas muy cercanas al núcleo familiar.

Lo que, si es cierto, siempre en el fogón había ramas y flores de acetaminofén. Si algún niño se despertaba, le daban un jarro para dormirlo de nuevo, se le desconocía a plenitud su poder curativo y, por ello, casi nadie enfermaba de fiebre o malestar por las lluvias o un resfrío. En mi caso, dormía en un chinchorro en la cocina y debajo corrían una manada de acuritos, la misma queda fuera de la casa y no tenia puertas, sí un buen techo de zinc y un buen fogón de barro, al otro lado una ruma de madera seca.

En el Sur del Lago, llueve demasiado y las mujeres cuando se dedicaban a lavar se alegraban porque unas iban al río y otras utilizaban lavadoras que los gringos traían por Cartagena de Indias o en curiaras la llevaban desde el puerto de Maracaibo hasta Bobures- Caja Seca, luego al Vigía y  Mérida, al Valle de Los Mocotíes., lo que más costaba era lavar los mosquiteros y fregar las olas, porque las pailas eran grandes, tía Elena y abuela asaban trescientos plátanos diarios para los caballiceros y peones de ordeño. Acá en Valencia, los menesterosos creyéndonos ignorantes nos venden seis plátanos por setecientos millones de bolívares, más ocho ceros adelante, así estará nuestra moneda de devaluada.

Aquí, estoy emborronando cartillas, en una lucha existencial porque mis ex novias comienzan a morirse para acompañar a mi esposa.  Pero, hace tiempo que no sé de mis viejos panas, nadie visita a nadie. Algunas veces pasaba por la calle de mi vieja parroquia para hablar un tanto con la liberada, una mujer casada con el viejo más rico de Naguanagua y el día que me gradué de docente me presto su casa residencial para festejar mi graduación, luego al otro día, una fiesta en casa de mis padres con mis tíos y amigos cercanos, esas fiestas la hicieron ellos y mi hermano Eliecer. Gustavo, la hija de la liberada me enseño a manejar y, me paso de una sola vez por la Avenida Bolívar, no me asuste. Era un viejo Mercedes Benz Alemán que un ferretero le había regalado a sus esposa, mi hermano en ese momento era su chofer y vio que el ricachón  al ver que su esposa le vendía artefactos del negocio, le quito el vehículo y mi hermano de inmediato le propuso negocio y en menos de dos días, ya el carro estaba en casa, hasta vendérselo a un chileno, su costo de mantenimiento era alto y mi sueldo apenas alcanzaba para mis estudios, la comida para la casa y ayudar a mis hermanos en sus estudios.

Necesitamos conocernos en la naturaleza

Nada es fácil. Hay que trabajar y esforzarse para ser burgués en Latinoamérica, porque si eres pobre te matan de hambre los militares y los comunistas.

Burgués, no es que se tenga dinero. Es quien trabaja afanosamente para remontarse sobre una plataforma económica y sobrevivir. Quien trabaja y ama a su familia es burgués. En Venezuela se deslastró la economía a lo más bajo para darnos un gobierno militarista y comunista que estimula el hambre como su escudo de fe para controlar el poder.

Luego de esta aclaratoria, me crie en casa de mis abuelos y tías en Puerto Cabello, pero, papá recién nacido me llevó al campo y nos criamos entre haciendas y fincas. Había un chofer de autobús que esperaba a mi abuelo Celestino en la avenida Flores de Rancho Grande y hacia su ruta, nos dejaba en el malecón y era un solo correr hasta dormirme y regresar. Mamá me acompañaba, para saber que era ella, le pasaba el dedo por su dentadura. Eva, sufrió mucho con sus piernas al nacer mi hermana Eneida en la urbanización Tamare en el Edo Zulia. Muy cerca de mi tía Mélida Vera de Ferrer en Ciudad Ojeda, una finca grande con un buen tanque de agua, donde aprendí a nadar, ganado, ciruelos, plátanos y animales. Mi hermana nació en Cabimas y mi hermano en Puerto Cabello, José mi padre viajaba del Zulia a Carabobo, para vernos nacer junto al mar. En el viejo hospital de Puerto Cabello.

En mí, esta vida es un reciclaje de la pasada, vengo de otros mundos con un gran voluntarismo.  Es la lógica de que ustedes me lean, así me hacen compañía y me descubren, no tengo complicaciones para el futuro porque de allí provengo. De la misma esencia de Dios y, ahora solo me dedica a llenar de cuartillas las plataformas digitales. Así amanezco, solo, sin una mujer al lado, ya que las novias comienzan a morirse, por cierto, solo tuve tres, una de ellas mi esposa. Luego traté de ser feliz con una andina, pero argullo que mentí, bueno todo escritor para vivir necesita de la imaginación, en eso, manejo bien las imágenes en un espectro cuántico dado por el campo físico, aprendí eso de mis hermanos, ambos ingenieros y aplico todo lo tomado de ellos en el campo literario, donde manejo el campo matemático y físico, fue noches y noches estudiando trigonometría y parapsicología, nueve años en eso. Pero soy humano, sensible y silencioso porque creo tramas y artículos políticos y mi memoria es un enjambre de ideas y opiniones. Fueron nueve años, haciendo planas de francés, latín, matemáticas y física, luego a la cuántica. ¿Porque la cuántica? Nos permite ver la otra parte de lo mental y físico, como se mueve lo espiritual en uno. Somos una memoria, un espectro de imágenes que se movilizan en cada ciclo y reflejan una realidad, no se pueden romper los pactos, mis pactos son con Jehová, me prohibieron asistir a entierros y pasar por el frente de casas que vendan idolatría, imágenes y matas para hacer brujería y hechicería.

Escribo a diario, soy una máquina plasmando letras en el computador, cada tres meses cambio los monitores. No reviso cada redacción, sé que están bien y los apruebo. Limpio el piso, friego, lavo mis vestimentas, arreglo la casa, no tengo mujer, soy heterosexual, estoy contra el aborto y amo mi familia. Pero, ¿Dónde se encuentran? Simplemente en otro mundo, el desconocido por todos los planetarios que huyen de su verdad.

Cuantos viven bajo una identidad falsa y quienes son sus amigos, no son sus amigos. Constituyen un maquillaje de la sociedad y poco se preocupan por su familia.

Veo las cintas de las coronas funerarias. Allí se quedan junto a su cuerpo en el cementerio. Al último funeral que asistí fue el de mi suegra Cecilia, antes el de mi tía Esther, ambas las amaba porque escribieron parte de mi destino, fueron enviadas directamente por el ángel de Jehová para describirme los hechos de mi trascendencia. Son días tristes por la muerte de mi hermano. No pude hablar con él y desnudarlo mentalmente, no me dio esa oportunidad. Los amigos son un engaño, son una envidia simétrica entre una realidad y otra, es desgairrarnos de ese Edén que nos espera y ya existe. Vivimos en urbanizaciones donde conviven enfermos mentales y zombis, dicen que son nuestros amigos y vecinos y salen sin tapabocas y te llenan los terrenos vacíos y los patios de basura para que vengan los depredadores. Y Así envejecemos entre ratas, chiripas y cucarachas, moscas, perros y gatos sin sanidad y veterinario que los vean.  Y aparecen las pandemias y se aprovechan los laboratorios. Al final, estamos frente a un ataúd.

Mi abuela, en San Francisco, nos esperaba sentada en un taburete junto a una mesa de madera vieja que se trajo de La Goajira. Mamá Eva, la abrazaba y besaba y, ya empezaba a envejecer. Pero, en Venezuela había suficiente comida, bebidas, carnes. Se comía bien pero el pueblo ahora, prefirió votar por militares y comunistas para pasarla mal. Su pelo lacio se cruzaba en mis pequeñas manos en un intento de retorno al paraíso perdido. De la hacienda se fue a Maracaibo y de allí al hogar de ancianos de Mérida.  Todas alertaban que me cuidaran, Esther, Elena, la otra Elena, Elisabeth Luisa, Albertina, Etelvina, Eva, todas me abrazaban y formaban círculos para vislumbrar mi futuro, hay asuntos que guardo silencio, pero, quien guarda mis silencios es Esther, si en una oportunidad le dijo a Thais, llamándola aparte, siendo las ocho y cuarenta y cinco de la noche, “ Cuida a emirito, Camco paso mucho trabajo desde niño y adolescente era el que llevaba el fruto del trabajo a mi hermana, Vera cumplió pero lo que ganaba lo regalaba, te recomiendo abraces y cuides a Camco porque su dolor  se convierte en furia espiritual”. Simplemente, conocía mis pasos y le contaba cada sábado que desayunaba en su casa junto a tío monche. Bueno, con sus camionetas y la muchachera nos llevaba a cuanto rio y mar había entre La Guaira Aragua y Carabobo con su hermano Humberto.

Bueno, la última vez que fui a La Goajira es terminando mi luna de Miel, llegue hasta Ciudad Ojeda y de allí al Moján y llegue a La Goajira. Cuando aparque en casa de Mélida estaba papá y mamá. De verdad no supe jamás quien les aviso que fui a terminar mi luna de miel en el Zulia. Por ello, digo que el existir es un ciclo, un tiempo, donde hechos pasados se repiten. Tengo atrás un sofacama Simón, se lo compré a la prima Nevi en el año 1965 junto a papá, yo trabajo desde niño. Mi hermana sin mi permiso vendió las dos poltronas y agarré una calentura fuerte, ese juego de muebles Simmons se lo compramos a Nevi por quinientos bolívares, papá le dio 200 y yo le cancele 300, pero, de esos, doscientos los cancelo Carlos Andrés Pérez que iba a la hacienda de Mélida siempre que iba a La Costa Oriental del Lago con Don Rómulo Betancourt y dormían en un cuarto preparado para ellos por la primera dirigente adeca y dirigente, los esposos Ferrer. Que derivó en la familia Pineda Ferrer.

Cuando íbamos a Mérida, desde Ciudad Ojeda, papá tomaba la vía a Bachaquero, donde teníamos familiares y amistades. En vacaciones, el arzobispo de Mérida pasaba por La Fría vía al Semanario Kermaría de La Grita y  me llevaba unos días y luego a la casa pastoral de Mérida, donde tres monjas me recogían y me llevaban a un aposento religioso por veinte días, Mérida la amo, y quise vivir siempre ella.

Nada hay oculto, somos parte de una historia y formo parte de las leyendas de Mérida, La Grita, Tovar y La Fría.

 

 

 

 

 


Sobre esta noticia

Autor:
Emiro Vera Suárez (2023 noticias)
Visitas:
5122
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Copyright autor
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Etiquetas

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.