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Cinco minutos más

25/02/2012 14:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se levanta pronto por la mañana, quedan tres minutos y aunque el despertador no ha sonado, se desliza entre las sábanas, procurando no despertarla..

Se levanta pronto por la mañana, quedan tres minutos y aunque el despertador no ha sonado, se desliza entre las sábanas, procurando no despertarla. La mujer duerme acurrucada a su lado, qué delicia más grande, le ha costado coger el sueño pero al final no ha tenido más remedio que agarrarse a su estela. Él, que lleva despierto algo más de media hora mirando de reojo los dígitos sobre la mesilla, intenta solapar sus movimientos, hacerlos inapreciables bajo la reposada respiración de ella. Mueve una pierna y la asoma fuera de la cama, alejándose poco a poco, haciendo pausa mientras ella escucha con los ojos apretados. Intenta no airear ni un poco las sábanas, boca arriba, arrimándose tanto al colchón que tiene que ir arrastrándose a trompicones, hasta que consigue dejar colgando la mitad del cuerpo. Contiene la respiración cuando ella se revuelve, cambia de postura. Con un pie desnudo apoyado sobre la tarima de madera, aguanta hasta convencerse que ella sigue dormida. Hace frío fuera y por un instante está dispuesto a izar a bordo la plantígrada huella, improvisando la posibilidad de quedarse dormido, pero un ratito nada más, cinco minutos de nada. Se acuerda entonces de su estancia en la estación polar de la Antártida. Vaya ocasión, él salía de una de las cabañas de madera a medio vestir, huyendo despavorido. Se había enganchado con el pomo de la puerta, tropezando y cayendo al suelo, rodando hacia el exterior. Había perdido una bota pero no se entretuvo en buscarla. Con una desazón que se le diluía en la sangre, quiso saltar hacia adelante mientras la ansiedad se le enredaba entre las piernas. No se movía. Quedó arrodillado sobre el encharcado suelo de la entrada, acuciado más que nunca por la necesidad de levantarse y ponerse a correr, sin mirar atrás. Podía sentir la terrible presencia a su espalda. Cada vez más cerca. Como una sombra: iba acercándose decidido, amenazando con el surco de unas garras que desangraban el aire. Apenas consiguió ponerse en pie, sin ayuda de su destreza, comenzó a deslizarse sobre las capas de hielo y barro. Antes de ponerse a correr, consiguió girar el rostro y por un instante creyó verlo.

Por entre el vano de la puerta, desde la oscuridad de la cabaña, relumbró el pelaje de la bestia. Él seguía corriendo, con el pánico descolgándosele de los labios, aterido de frío. Escuchó a su espalda un desgarro de madera que sobrevoló por encima de su cabeza. Con poca puntería, la mitad de la puerta cayó varios metros por delante. No tuvo tiempo de pensar. Movió las piernas, sin voluntad, sintiendo que no se movía del sitio: tuvo la sensación de encontrarse corriendo sobre una cinta mecánica. Miró hacia el suelo y no vio más que nieve. Aunque no corría. Sus pies se hundían lo suficiente como para hacerlo caminar como un ave sin alas. Sin embargo su intención seguía intacta: necesitaba alejarse de allí corriendo, sin mirar atrás. Hizo un nuevo y renovado esfuerzo. Y tropezó.

Cayó de bruces sobre la acolchada nieve mientras escuchaba las pisadas acercándose con brusquedad. Intentó arrastrarse por la nieve, nadando con los brazos. Avanzó tan solo algunos metros, antes de darse por vencido: los pasos se encontraban a su lado. Sobre su cabeza. Y él seguía boca abajo, sin más posibilidad para seguir huyendo. Así que simplemente se rindió.

Sintió la primera dentellada sobre la nuca, muy cerca del hombro. Ni si quiera le dolió. Simplemente notó un escalofrío que acabó por descomponerle la voz. Repitió dieciséis veces seguidas que no, mientras se llevaba la mano hasta la nuca, hundiendo la cabeza entre la nieve. Hasta que, sin remedio, sintió la segunda y definitiva dentellada, esta vez más arriba, junto a la oreja. La escuchó retumbando contra su cara. Con la mano abierta.

Entonces él se giró, con cara de pasmo, los ojos bien abiertos. Enfrentado, cara a cara, a la bestia. Qué pasa, le preguntó.

-¡Deja de patalear y levanta de una vez!- respondió la mujer.- Te has vuelto a dormir.


Sobre esta noticia

Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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Tipo:
Opinión
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