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Crónica de la Barcelona Perpignan Barcelona, 24-05-2014

03/06/2014 20:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Sobre el papel el Real Zaragoza no tenía que haber tenido problemas en liquidar aquella final pero no tuvo el día y el Celta se le atragantó.

Y se llegó a la lotería de los penaltis.

El equipo que a esas alturas tiene que estar de celebración suele hundirse porque tiende a mirar hacia atrás, en busca de respuestas, en vez de afrontar la cruda realidad. Y tiembla, pierde la concentración.

Pero aquel día de 1.994 el Zaragoza demostró aplomo y oficio. Metió sus cinco penaltis, Cedrún paró uno y el equipo construyó uno sólidos cimientos sobre los que seguir creciendo.

El recorrido, perfectamente señalizado por la organización, fue el siguiente (en negrita los controles-avituallamientos): Barcelona- Lloret de Mar- Torrella de Montgrí- Llançà- Portbou- Argeles Sur Mer- Amelie les Bains- Darnius- Boadella i Les Escaules- Besalú- Olot- Sant Esteve d´en Bas- Folgueroles- Calders- Forat del Vent- Barcelona.

La ruta, que la empecé con mi amigo Jon, abarcó 600 Km y 6.000 metros de desnivel y pude completarla del tirón (entiéndase sin parar a dormir) en 28 horas.

Aprovecho para agradecer a la organización y a los voluntarios el magnífico trabajo que desempeñaron y recomiendo este evento a todo cicloturista. Es una de esas marchas que cuando se acaban uno sólo tiene la certeza de que volverá.

Capítulo 1. Con la pólvora mojada

Llegaba muy bien preparado para afrontar la ruta sin agobios pero la semana anterior el Sol se esfumó, no hubo bicicleta, y bajo la lluvia las preocupaciones se comieron muchas horas de sueño.

Cuando el sábado sonó el despertador supe que iba a ser un día muy duro; eran las 4:15 y ya estaba cansado.

Y en los primeros kilómetros empecé a enterrar aquellas ilusiones que hablaban de un día despreocupado con copiosos avituallamientos y un sinfín de risas entre nuevos compañeros.

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Capítulo 2. Zozobrando

En Portbou (Km 236) pude ver un velero deslizándose, como sin esfuerzo, sobre las calmadas aguas del Mediterráneo. Se trataba de un paisaje idílico, de una tarde perfecta, igual que en mis sueños y, sin embargo, no pude sentir nada porque aquello no iba conmigo.

Lo cierto es que yo me arrastraba al son que marcaban los vaivenes de la carretera y empecé a hundirme bajo el terrible peso de los casi 400 Km que aún debía recorrer.

Afortunadamente compartí mis penas con Jon, que tiró todo el rato, y dos ciclistas más (de uno de ellos hablaré más adelante) que nos encontramos en el camino y en el avituallamiento de Amélie-les-Bains (Km 311) pude desconectar y aparcar las preocupaciones gracias a una amena conversación.

Y al levantarme de la mesa pensé que, a lo mejor, lo peor había pasado.

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Capítulo 3. Una retirada ordenada

Pero comenzó un puerto y en la parte final me descolgué.

La esperanza es lo último que se pierde pero estaba preparado para esta situación y cuando llegó el momento supe encajar el golpe y dar con la solución acertada.

A Jon (con el que me reencontré poco antes del cuarto avituallamiento, Km 361, porque había dado media vuelta en mi búsqueda) mi nuevo plan pareció indignarle pero era de una lógica aplastante y yo ya había tomado la decisión.

Le di la llave del hotel (compartíamos habitación) y le dije que siguiese con los otros dos ciclistas sin esperarme. El domingo nos esperaba un largo viaje y él tendría que afrontar las dos últimas horas solo. Y cuanto antes llegase más tiempo podría descansar. Además, yo iba a ir más tranquilo sin ningún tipo de presión por llegar pronto y necesitaba recuperar.

Tenía pensado esperar en ese avituallamiento a que llegase alguien por detrás pero finalmente me animé a salir con ellos y, sorprendentemente, pude aguantar hasta el siguiente control (Km Sant Esteve, Km 430).

Más sobre

Fue, como me dijo uno de los compañeros, un gran acierto. Me había ahorrado 70 kilómetros en solitario.

imageCapítulo 4. Aguantando la embestida

En Sant Esteve (sobre las 12 y media de la noche) no hubo falsas esperanzas, sabía lo que me esperaba y obré en consecuencia.

Dejé de pensar en los 270 Km que me quedaban para llegar a Barcelona y me centré en los 52 Km que me separaban del siguiente avituallamiento.

Nada más salir comienza el Coll de Condreu (Km 430) y en la primera rampa dio inicio mi periplo en solitario.

Avancé a trompicones y el frío de la cima me hubiese golpeado sin piedad de no ser porque llevaba puesta toda la ropa de abrigo.

Y con el tacto de aquel aquella indumentaria, la misma que llevo en las salidas invernales con la bicicleta de montaña, me acordé de mis caminos, de mis paisajes, rodaba por un terreno desconocido e inhóspito y muy tocado fisicamente pero me acompañaban mis montañas, mi casa, mis recuerdos y continúe con paso lento pero firme, de momentos más duros, allá en el oeste, me dije, has salido.

Llegué a las 4 de la madrugada a Folgueroles (Km 482) y tras una agradable conversación con los voluntarios (que además conocían la zona de Jaca por haber participado en la Quebrantahuesos), con el estómago lleno y quedando menos de dos horas para que amaneciese recuperé el optimismo.

Pregunté a qué hora había pasado mi amigo y me dijeron, creo recordar, que a las 3:25. Sí, había tomado la decisión adecuada.

Y disfruté mucho el amanecer camino del último control (Calders, Km 530).

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Capítulo 5. El reloj que no avanza

Bajando el Coll de Lligabosses (Km 550, más o menos) no tenía molestias físicas ni tampoco se me cerraban los ojos pero me costaba mantener la atención en la carretera y cuando vi que aún eran las ocho de la mañana me derrumbé.

Tenía la certeza, sabía, que no llegaría a la meta hasta las diez y aguantar dos horas más me pareció imposible.

Me había confiado, había bajado la guardia, lo di por hecho y ahora sólo me quedaba avanzar a la deriva y confiar en que la inercia me guiase hasta Barcelona.

Pero se obró el milagro y me rehice cuando pasé por Castellar (creo que era este pueblo, Km 562). Me sentí a salvo en sus calles, parando en sus semáforos, rodando despacio para mirar la señalización, viendo a la gente pasear y cruzándome con muchos ciclistas que salían de la gran ciudad.

De repente el reloj comenzó a avanzar mientras seguía pasando por más pueblos (o ciudades dormitorio) despreocupado y devorando esos últimos kilómetros.

Y así, cansado pero entero, llegué a la meta con la sensación de que hubiesen pasado tres o cuatro años porque la ruta dejó un torrente de pequeños y entrañables momentos, la prueba dejó una magnífica experiencia sobre la que cimentar futuros proyectos.

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NOTA: Uno de los ciclistas con los que rodé parte del recorrido estaba afectada por la esclerosis múltiple y hace este tipo de pruebas para demostrar a todo el mundo que, pese a la enfermedad, "sí, se puede". Tiene una web http:/jllayola.wix.com/sportislife cuya visita os recomiendo. ¡Hizo un tiempo de 26 horas y 48 minutos!

Mi amigo Jon completó la ruta en 26 horas y 47 minutos.

Página con toda la información de la prueba: http://bpb2014.blogspot.com.es/


Sobre esta noticia

Autor:
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paisajesciclistas.blogspot.com
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