Ya les daban 'su calaverita' en el siglo XVI
¿Qué tienen en común las calaveras, la corrupción, y la milpa? Si usted pensó que la respuesta es 'México', la respuesta es... ¡Correcta!
Todos sabemos que la celebración del día de Muertos es una de las más importantes y particulares de México. Diferencias locales y regionales aparte, esto es totalmente cierto. Después de que desaparecen las banderitas tricolores, las figuritas de cartón de chinas poblanas, niños charros con ojos pispiretos y teporochitos que se funden con el sombrero, comienzan a aparecer en las papelerías y las listas de útiles de los niños las catrinas de papel de China, calaveritas de azúcar, chocolate y amaranto, pan de muerto de muchas variedades; los mercados huelen a cempasúchil. Se nos dice desde pequeños que debemos recordar a los difuntos, y que tenemos una idea un tanto burlesca de la muerte (cosa que pude comprobar hace unos días cuando vi por televisión que se hacían predicciones estadísticas de cuántos ejecutados dejará en los próximos meses el truculento conflicto entre cárteles).
Pero ¿cómo es que logró sobrevivir una tradición que a no pocos extranjeros sorprende como un tanto macabra? Si hoy en día lo parece, imagínense para los conquistadores que veían al demonio hasta en la sopa.
Al cristianizar al país, los españoles se valieron de cuanto recurso tuvieron a la mano para 'convencer' (a veces con el cariñoso y piadoso recurso de la tortura) a la población que dejara sus supersticiones y cultos demoníacos. Incluso muchos frailes, sobre todo los franciscanos (reconocidos por no ser tan violentos), veían a América como el terreno privilegiado para establecer el reino de Cristo sobre la tierra, lo que precedería al apocalipsis.
Los cultos a los muertos tenían otra forma y otra fecha de la que tienen hoy en día. Aproximadamente en los meses de agosto y septiembre (noveno y décimo mes del calendario azteca) se hacían fiestas y ofrendas para recordar a los difuntos. Se veneraba a los muertos pequeños porque se creía que, cuando un niño moría, se convertía en tlaloque, integrante del séquito de Tlaloc que le ayudaban a hacer llover; se les ofrendaban elotes tiernos. Los muertos adultos, por otro lado, velaban en el más allá por la buena cosecha.
Tan importantes eran las ofrendas para que lloviera y para que hubiera buenas cosechas que, en vez de dejar de celebrar la fiesta por mandato de los piadosos reyes católicos, pasaron a celebrarla, muchas veces a escondidas, los días cristianos de Todos los Santos y el Día de las Ánimas. Eso sí, en todo el país varían las fechas y la duración de la fiesta, pero por lo general se hace entre el 27 de octubre y el 4 de noviembre.
Cabe mencionar que en la Europa cristiana existía la costumbre de dejar comida encima de las tumbas el Día de las Ánimas, como una forma de convivir con los muertos por un momento. Esta costumbre se consideró no compatible con el cristianismo en el concilio de Trento1, que concluyó en 1563, y se prohibió severamente. Pero para entonces ya habían llegado los conquistadores, y muchos no veían tan mal la costumbre mesoamericana, por ser parecida. Ya después, cuando se prohibió y cuando pasó la euforia de los evangelizadores, que se decepcionaron al ver que los indígenas no abrazaban la religión con el entusiasmo que se hubiera querido, la forma de celebrar el día de las ánimas se veía con ojos de sospecha, intuyendo que los indígenas escondían la idolatría en sus celebraciones. También resalta que las ofrendas indígenas eran mucho más generosas que las españolas, cosa que Motolinía alabó como prueba de que los indígenas eran buenas personas: bien pobres, pero bien generosos.
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Pero ahí no terminó la historia. Cuando llegaban los últimos días de Octubre, las comunidades, sobre todo indígenas, comenzaban a preparar los alimentos para las ofrendas. Sin armar mucho escándalo, de pronto le llegaba al cura del pueblo su correspondiente en comida, preparada y almacenable. De esa manera, aunque los curas vieran con malos ojos la tradición, podían llegar a contentarse con la generosidad silenciosa de los indígenas. Según Claudio Lomnitz2, cuando los curas tenían a su cargo varios pueblos, podían pasarse hasta seis semanas dando el rol, de pueblo, en pueblo, recogiendo su 'calaverita'. Por cualquier servicio religioso (bautizos, entierros, etc.) se les daba un pago, casi siempre en especie; pero ninguno de estos pagos era más grande que las atravancadas 'mordidas' que se escabechaban gustosos los servidores de Dios el Día de Muertos.
Y claro está, no podían ir por ahí a llenar de mazorcas sus sacos de Sancho Clós por más de seis semanas, porque más habría sido un abuso. El Tercer Concilio Provincial de México, al respecto, llamaba a los clérigos a la moderación:
“Justo es que los eclesiásticos se aparten no sólo de avaricia y codicia, sino como dice el Apóstol, de cualquier apariencia de ella; y a esta causa los ministros seculares y regulares de los indios no irán a celebrar fiestas algunas por las visitas y estancias de sus partidos si no fuere dentro de la octava de tales fiestas, y la celebración de Todos los Santos o Conmemoracion de Difuntos no se alarguen más de hasta los quince de diciembre [¡atásquense, pero no hasta Navidad!]” 3
Si bien estos patrullajes eran muy comunes, también habían curas más ortodoxos. Lomnitz cita un caso en Oaxaca, en que el cura del pueblo, sabiendo que iba a empezar la celebración, se quedó despierto hasta la noche y se escabulló inadvertido en una casa. El ritual que observó puede haber sido algo espectacular; sin embargo, quien lo narra poca atención le presta, pues está contando el heroísmo piadoso del cura. Se encontró con los deudos frente a la enorme ofrenda, cabizbajos y abstraídos en sus ruegos, como llorando (habría que ver de donde viene la famosa jocosidad de la celebración), y al cabo de un rato vociferó, rompiendo de golpe el casi trance en el que se encontraban los indígenas. Se apresuró a indicar que los podridos finaditos no comían ni bebían, ni mucho menos regresaban a la tierra, pues eran pura alma. A esto respondió uno de los indígenas (que estaban con la cola entre las patas, cachados con las manos en la masa), que de ser así, por qué a los españoles se les consentía poner pan, vino y carneros sobre las sepulturas. El clérigo, muy sagazmente, aclaró que “la intención de los fieles no era dar de comer a los muertos, sino dar aquella limosna a los Ministros en su nombre para que los encomienden a Dios con otras muchas razones, y les mandó comer de lo que tenían en su ofrenda”4. Gran horror ha de haber sido ser obligados a comer de la ofrenda: generalmente no se come nada de la ofrenda: en muchas tradiciones del día de los Difuntos, se considera de mal agüero, porque es quitarle a los muertos las dádivas que se les ofrecen.
Vemos, pues, que no sólo el día de muertos, sino muchas otras de nuestras 'bonitas' tradiciones provienen del famoso siglo XVI.
1El Concilio de Trento fue una serie de reuniones entre jerarcas católicos que sucedió entre 1545 y 1563, donde se reinstauró la Santa Inquisición y se buscó depurar la fé Católica para hacer frente a la Reforma protestante.
2Lomnitz, Claudio, Idea de la muerte en México, FCE, México DF, 2006, p. 109.
3Traducido del español antiguo. Toribio de Benavente, Motolinía, Memoriales; o Libro de las cosas de la Nueva España y los naturales de ella [1555], de. Edmundo O'Gorman, UNAM, México, 1971, p. 47v.
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4Lomnitz, op. Cit., p. 116
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