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Delcygate, un paso para la homogenización España- Venezuela hacia el izquierdismo

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15/02/2020 14:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Los movimientos políticos en el mundo contemporáneo debe desplegarse con mucha autoridad porque hay un juego de fuerzas espirituales, los dragones blancos contra dragones negros y esto, puede desequilibrar lo económico

El Reportero del Pueblo.

Pablo Iglesias, Secretario General del partido Unidas- Podemos ha asumido un nuevo eslogan populista para su región peninsular, donde ejerce funciones vice- presidenciales con Pedro Sánchez del PSOE y, su nombre elegido es, «la década de constitucionalismo democrático», ya las organizaciones de izquierda en el mundo tienen en su poder y bajo control, el manual para quedarse en el ejercicio del mismo, al menos diez, 10, años y obviar las limitaciones de mandato, por ello, con las mayorías parlamentarias desean desarrollar un alcance estratégico, cuya  finalidad es divulgar a base de repeticiones de concepto, la vocación irreversible de los militares en darle larga a sus ideas libertadoras con un grupo mínimo de civiles y tener control de la economía y alimentos.

Ahora, la mayoría de los izquierdistas se creen estar en el lado correcto de la historia, bajo un régimen que se dice benéfico y que solo espera una fácil espera en una árida travesía por el desierto sahariano, donde hay puntos de control de los franceses compartidos con los españoles. Es un mensaje disuasorio para que la oposición y su electorado se vayan apercibiendo de instalar en la opinión pública una suerte de pensamiento reflejo que asocie a este Gobierno con la idea de un régimen benéfico, epítome de la modernidad y del progreso y dispuesto a sacrificarse al servicio de la gente durante mucho, mucho tiempo

Esto en lo que hace referencia a la primera parte del sintagma, una breve entrevista de un ministro español con la vicepresidenta de Venezuela Delcy Rodríguez, cuya palabrería dada es secreto de Estado. Luego está la del constitucionalismo democrático, que completa la referencia al nacimiento de una nueva época, una segunda o tercera Transición que acabará de una vez con el mito de la primera, limpiará la Constitución de resabios franquistas y otras perniciosas adherencias y alumbrará una soberanía legítima y auténtica. Según este designio, los últimos cuarenta años han sido una estafa, un sucedáneo, una espuria farsa de libertades simuladas, un vistoso trampantojo de apariencia grata diseñado por los herederos de la dictadura para ocultar la ausencia de la genuina democracia: la fetén, la íntegra, la republicana. La que va a implantar la flamante alianza frente populista en virtud de su inspiración adánica. Y en consecuencia, La Monarquía estará fuera de La Moncloa y tendría dos nuevos huéspedes, el ex presidente o primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero y por el otro al ya famoso grupo Unidas- Podemos que asesora los gobiernos de Argentina y Venezuela, donde quizás estén bañados por las coimas de Odebrecht, ya que el ex presidente Lula Da Silva recomendó a esta constructora por sus obras fastuosas en períodos pasados a su reclusión y quizás pago  comisiones dentro de los contextos republicanos, más allá de la ley para darle fluidez al Foro  de Sao Paulo y controlar a en su estructura  política a Chile, reformando su Constitución.

El otro día, cuando presentaba el archivo de su fundación en Sevilla, Felipe González dijo con cierta ironía que la estabilidad de los primeros 35 años del pacto constitucional representa históricamente una anomalía, y que la verdadera normalidad española la ejemplifica el reciente quinquenio de la llamada «nueva política». Pero en este clima de refundación, la palabra de los antiguos líderes socialistas, que ya apenas se reconocen en su propio partido, apenas tiene el valor de una reliquia. Como para negar la evidencia del cambio de régimen que pronostican Aznar y otros gurús de la derecha. No es fatalismo ceniciento: es la voluntad expresa de quienes se creen investidos de una misión redentora que proclaman con iluminación de profetas, de arquitectos de una nueva era. Y como también consideran una antigualla el consenso, no dudarán en imponer su modelo de dominancia de medio país sobre el otro medio.

Así viene sucediendo en Venezuela, un desmantelamiento del estado de derecho constitucional e ir reformando leyes, bajo el patrocinio de La Asamblea Nacional Constituyente, regida por el Capitán, (a) Diosdado Cabello Rondón para avanzar en la ideologización del Cono Sur, bajo el patrocinio del Foro de Sao Paulo. En Argentina ya venía suscitándose bajo la mira de los esposos Kirchner y en Bolivia con la ayuda de su ex gobernante Evo Morales Ayma.

Hasta ahora, todo marcha bien, el Gobierno logra salir indemne del «Delcygate», en el que como mínimo el propio Gabinete ha reconocido hasta ahora seis versiones distintas y por tanto otras tantas mentiras flagrantes, la oposición puede irse de vacaciones hasta el final de la legislatura y volver sólo si encuentra una fórmula electoral para competir con alguna posibilidad contra el bloque frentepopulista. Porque la importancia de este escándalo ya no se centra en lo que Ábalos y la vicepresidenta de Maduro hablaron en el aeropuerto, ni en si la visitante vetada pisó o no territorio técnica y oficialmente europeo, ni siquiera en la hipótesis de que detrás del viaje estuviese Podemos, o más probablemente, Zapatero: la cuestión esencial es ahora la de un Ejecutivo dispuesto a hurtar información a la opinión pública y chulear impunemente al Parlamento. Y ése es un asunto primordial porque afecta de lleno a las reglas del juego. De lo que se trata es de saber desde el primer momento si en este mandato va a regir la soberanía del Congreso frente al capricho gubernamental, la voluntad de encubrimiento, la desviación de poder y la ley del silencio.

Sánchez e Iglesias lo saben y están tanteando su propia capacidad de resistencia contra la presión inicial de los partidos de la derecha. Para ellos resulta crucial levantar en estos compases una muralla de opacidad capaz de soportar cualquier ataque. El caso de la cita clandestina en Barajas medirá su potencial de aguante, el alcance del hermetismo con que puede afrontar la negociación con los separatistas catalanes. Este enroque insolente, esta exhibición de cesarismo arrogante no es más que la prueba del blindaje. Por un lado, es probable que el Gobierno prefiera asumir el desgaste de sus contradicciones y embustes antes de revelar comprometedores detalles que podrían dejarlo con las vergüenzas al aire. Por otro lado, está sentando las bases de una gestión impermeable basada en un sentimiento de superioridad moral que legitima su caudillaje y lo exime de rendir cuentas a nadie.

Por eso el pulso del «Delcygate» es decisivo. Perder este asalto auguraría a la oposición un tránsito duro y amargo a merced de un adversario crecido en su hegemonía y consciente de que su acorazado poderío mediático convierte las broncas parlamentarias en leves arañazos sin relevancia ni impacto. Pero si un partido que ha gobernado siete años carece de fuentes y contactos para hacerse con información clave escondida en el aparato del Estado, quedará en evidencia desde el primer ensayo su debilidad como antagonista de rango. Ésta es la clase de retos que sirven para calibrar la eficacia de un liderazgo. Y de su desenlace depende que sigan funcionando los códigos de transparencia, equilibrio de poder y respeto democrático o que la política española se deslice hacia un inquietante modelo autoritario de arbitrariedad y abuso de la razón de Estado.

Rusia, es el único Imperio que viene controlando su población de las estigmatizaciones de una falsa realidad dada por los Testigos de Jheová y Evangélicos Pentecostales

La Izquierda latina y europea, se encuentran en un camino de transición y los criterios sobran. Pero, no es tiempo para definir chantajes, nos vemos en una cita citas entre Venezuela y España la cita que en sí misma representa una escenificación inaceptable de pretendida simetría entre dos instituciones sometidas a una relación de jerarquía y por lo tanto necesariamente desiguales. Se mire por donde se mire, es un disparate. Y la estrambótica explicación de María JesúsMontero, comparando a los dos personajes con dos figuras de la Transición como Carrillo y Suárez, constituye un insulto a la inteligencia y a la memoria que no tiene un pase.

Con estas maniobras, los intelectuales izquierdistas están en este momento como un zombi, un espectro política y jurídicamente inhabilitado, razón suficiente para darle portazo al menos hasta que el Supremo resuelva el recurso que tiene planteado y, en la espera de las resoluciones de Zapatero en Venezuela, porque el dialogo y su programación constituye una falsedad, las cosas en política, deben darse en la teoría y la práctica, en este sentido, no debe haber algún monigote estrafalario y en un limbo inconstante. Ellos saben que, el pueblo es solo un árbitro de un simulacro impuesto desde hace veinte años, y que 1998 y 2013 son dos fechas claves, la primera para Venezuela y la segunda para España en lo que llamamos la crisis del franquismo.Y si nada de eso bastase - ¿qué más necesitaría un dirigente sensato? -, la agenda de la reunión que han fijado estos días, con la autodeterminación y la amnistía como únicas materias de «diálogo», no merece otra respuesta que el rechazo. Sánchez no podrá siquiera alegar engaño, ni utilizar la visita como ficción para mantener el artificioso «relato» porque el interlocutor es un juguete roto, un espantajo. Y es dudoso que, a Junqueras, que es quien lo ha impuesto, le sirva de algo este simulacro con el que trata de comprometer al rival interno en su estrategia de pactos.

Lo de hoy no alcanza la categoría de traición, de vileza o de contubernio con que seguramente la oposición etiquetará el encuentro. Es algo más torpe e inútil que eso: un gesto de sometimiento con el que el presidente menoscaba su crédito y arrastra el prestigio de las instituciones por el suelo para transigir con las exigencias de un preso. Un trámite vejatorio e innecesario sin el menor efecto porque el apoyo de ERC a los presupuestos tiene otro -y mucho mayor- precio. Una incursión al ficticio «cuarto del fantasma» con que en las antiguas casas de campo o de pueblo los niños se desafiaban a pasar miedo para acabar comprobando que no había nada dentro.

En España nunca hubo bipartidismo, mito transicional con el que socialistas y populares tapan hoy, como vergüenzas, las cesiones que durante décadas hicieron a nacionalistas catalanes y vascos. En la Cámara Baja eran más de dos, pero posaban como en las gradas de aquel «Grand Prix» que presentaba Ramón García, simétricas y señalizadas por las camisetas -azules y amarillas, mitad y mitad- que vestía el público llegado de esos pueblos de Dios, ahora España vaciada. Nunca hubo bipartidismo, sino ciclos legislativos de mayoría absoluta que se alternaban con otros de extorsión institucionalizada, también mitad y mitad, plasmados en el hemiciclo del Congreso a través de una división en la que siempre salían decimales. La cuenta de la vieja no falla,

pero se complica con un polipartidismo que obliga a encajar las piezas del tangram y a mandar a Vox al gallinero, como a TJ al tejado en «Los hombres del Harrelson».

Con diez grupos parlamentarios distintos, lo que va a elevar la factura del Congreso en casi un millón de euros anuales, los debates se prolongarán -a razón de treinta minutos por barba- durante unas cinco horas, tiempo suficiente para apreciar la diversidad a la que conduce la dispersión del voto y recorrer los senderos que se abren en la Cámara Baja para que los diez portavoces lleguen a una tribuna que en tiempos del fraude bipartidista era para los líderes del PSOE y el PP equidistante y cercana, bajando la escalera, cada cual en un sentido. Ahora hay que darse una vuelta, incluso un rodeo.

En cualquiera de los espectáculos que se desarrollan frente a un patio de butacas lo habitual es pedir en taquilla localidades centraditas, término que en la nueva política representa casi un desaire. Como a TJ al tejado, a los diputados de Vox los volvieron ayer a mandar al gallinero, todo interior, salvo el escaño con vistas de Santiago Abascal. Tiene razón Iván Espinosa de los Monteros cuando habla de «cacicada» para protestar por la situación de sus sillones, esturreados por los márgenes de un hemiciclo cuyas zonas nobles maneja y reparte lo que queda del bipartidismo. Espinosa de los Monteros se queja de la cacicada, pero en el fondo y al fondo está encantado. El victimismo y el agravio constituyen el alimento de quienes exploran y rentabilizan los extremos. Centraditas no nos quedan. Ahora, el Mar Mediterráneo da buenas vistas, como el Orinoco y mucho oro. Pero el gran error de la izquierda es criticar a Trump y al Reino Unido por su salida de la Unión Europea. Ellos no están comprando oro, lo vienen haciendo Turquía, Rusia y China, el mundo asiático. A Occidente le interesa es lograr ajustar el dólar y darle mayor vigencia en lo que llamamos el sistema globalizado de EEUU con sus colonias.

* Escrito por Emiro Vera Suárez, Profesor en Ciencias Políticas. Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño


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Emiro Vera Suárez (1419 noticias)
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