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La derrota del Estado mexicano (2006-2019)

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15/08/2019 05:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Durante 12 años lo único que se ha logrado en materia de seguridad es hacer más poderosos a quienes delinquen

Las actividades ilícitas a las que se dedican los grandes grupos delictivos en territorio mexicano, han dejado, desde hace poco más de una década, de ser únicamente el narcotráfico.

La inservible “guerra contra el narco” proclamada el 11 de diciembre de 2006 por Felipe Calderón, provocó, entre muchas otras fatalidades, la diversificación de delitos llevados a cabo por las organizaciones criminales. Y es que la nula estrategia, adicionada con la paupérrima lectura de la reacción que los cárteles tendrían ante la desbocada ofensiva de las fuerzas federales, desencadenó el caos y, por ende, un mayor empoderamiento de ciertos grupos de delincuentes en algunas zonas del país.

Durante todos estos años, a partir de 2006, se nos ha intentado vender la idea de que debido a la lucha contra el narcotráfico y a la supuesta merma que esta les ha provocado, los cárteles tuvieron que dedicarse a actividades como el secuestro, la trata de personas, la extorsión, el robo de combustibles, etcétera. Sin embargo, la realidad es otra.

El tráfico de drogas hacia Estados Unidos no ha disminuido; la influencia del narco en las esferas de poder y de los cuerpos de seguridad se incrementó; la base social de los cárteles, ya sea por conveniencia o miedo de los ciudadanos, se fortaleció; la cifra de homicidios dolosos es cada vez mayor; y, como ya lo comentaba párrafos arriba, los delitos se diversificaron.

Es decir, durante 12 años lo único que se ha logrado en materia de seguridad es hacer más poderosos a quienes delinquen. La variación de delitos no es el resultado de una triunfal avanzada policiaca o militar, simple y sencillamente es producto de la fuerza que tomaron las organizaciones criminales al haber derrotado a los gobiernos de Calderón y Peña Nieto. Sí, solo un necio no reconocería la derrota estrepitosa de 12 años de una guerra fallida y además innecesaria (solo basta revisar las cifras en materia de seguridad con las que Felipe Calderón toma posesión y las que entregó; más del doble de homicidios, el triple de secuestros etc.).

Actualmente podemos ejemplificar lo anterior con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Este cártel tomó fuerza durante el sexenio de Enrique Peña Nieto; de hecho, podríamos equiparlo con lo que fue el Cártel de Sinaloa para el gobierno de Calderón. Actualmente, el CJNG es prácticamente dueño de gran parte del occidente, de algunas zonas del sur y sureste, además de extender sus tentáculos al centro del país; su poder de fuego, económico y hasta político es extremadamente grande; y su violencia propagandística es inaudita.

Pero, ¿Cómo explicar tal poderío? La respuesta es compleja, pero a grandes rasgos podríamos resumir que dicho grupo de narcotraficantes es el resultado de la incompetencia, la corrupción y la soberbia de todos los órdenes de gobierno durante dos sexenios. La dirigencia del CJNG sabe perfectamente que ellos, y otros tantos, derrotaron al gobierno y que hoy están en condiciones de retar a quien se les ponga enfrente.

Infortunadamente, la política de seguridad del actual gobierno mexicano, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, no es muy diferente a la que sus dos antecesores implementaron. Está más que comprobado que la militarización del país, sin inteligencia de por medio, es una pésima idea. No basta con disfrazar a la milicia con otro nombre (Guardia Nacional) o declarar ante los medios que la guerra se acabó. En primer lugar, lo urgente es recobrar la dignidad y la figura de fuerza que el Estado debe transmitir. Esa misma dignidad y fuerza que fue tirada por la borda cuando el crimen organizado doblegó al gobierno mexicano.

Los recientes acontecimientos en Uruapan, Michoacán (estado, que por cierto fue en el que Calderón inició lo que posteriormente se convertiría en una auténtica carnicería), en donde aparecieron cuerpos colgados de un puente, así como restos humanos dispersados en avenidas de aquella localidad, son el símbolo más doloroso de un país en el que, por lo menos, dos mandatarios serán recordados por haber sido humillados por la delincuencia y por convertir a México en un enorme cementerio.


Sobre esta noticia

Autor:
Rubén Salazar E. (11 noticias)
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Tipo:
Opinión
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