15:50 (11-02-2012)

Cuando la derrota también significa victoria

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El análisis de los reales beneficios que logró Estados Unidos gracias a la Guerra de Irak y su analogía con Vietnam

Que haya un vencedor y un vencido, de eso se tratan las guerras, es el propósito por el cual surgen. La Guerra de Irak librada entre estadounidenses y el terrorismo islámico acaba de llegar a su fin, y sólo uno se llevará el título de ganador. Por el momento, parece que en las páginas de la historia oficial estará escrita la derrota para los estadounidenses. Las argumentaciones de los especialistas que ven a un Estados Unidos vencido parecen lo suficientemente contundentes: los elevadísimos costos de la misma, la pérdida de vidas norteamericanas en el campo de batalla, sumado a larga duración y el fortalecimiento de Irán, son algunas de sus justificaciones.

Sin embargo, la “derrota” estadounidense no funciona de otra manera sino enmascarando lo real, es una cortina de humo que nos despista y nos hace creer lo increíble. ¿Y en qué consiste lo no creíble? Que detrás de esta guerra, no hay ningún tipo beneficio político-económico y sólo se trata de una cruzada contra el “perverso” terrorismo. No se puede hablar de derrota cuando existe un grupo de nacionalidad norteamericana que ya obtuvo el título de vencedor hace tiempo. Incluso antes de que la guerra comenzara.

La elite de clanes familiares angloamericana, propietarios en las sombras del petróleo; la banca; los laboratorios; las empresas de armas; universidades y medios de comunicación más importantes del mundo, fue llenando sus bolsillos poco a poco, mientras miles de soldados estadounidenses iban cayendo muertos sobre el suelo iraquí. Se ocultaron detrás del telón los reales beneficios que se obtuvieron de la guerra, tanto en materia de recursos energéticos, como petróleo y gas natural para las empresas petroleras, como también los réditos logrados por las compañías que producen la carrera armamentista (tanto el petróleo como las armas son dueñas de empresas aglutinadas por este importante grupo de poder). Además de las ganancias por la venta de insumos a Irak para la reconstrucción de edificios, fábricas, rutas, puertos, aeródromos, etc, realizadas, a su vez, por empresas estadounidenses con sus profesionales.

Aunque cueste aceptarlo, hay personajes que facturan a grandes escalas a costas de una guerra y los marines, muchos de ellos latinos (que están allí más bien por la obtención de la visa que por su amor incondicional a EE UU), arriesgan valientemente sus vidas, creyendo pelear por una justa causa, cuando en realidad la importancia de la guerra no pasa por allí. En Irak se pone de manifiesto las políticas de acción con las cuales Estados Unidos se ha manejado siempre que intervino en un conflicto. Han engañado al mundo entero haciendo creer que actúan según sus ideales morales y como “protector del mundo” cuando eso sólo sucede en las películas made in Hollywood.

La Guerra de Irak nos recuerda que algo similar ya había sucedido tiempo atrás. La historia se repite, como un deja vu, sólo que el escenario y los “malvados” enemigos” cambiaron de nombre. Estamos hablando del sangriento conflicto en Vietnam. Nuestro compatriota Walter Graziano, economista y escritor, nos explica en Hitler ganó la Guerra que “Luchar contra los vietnamitas comunistas les podía ofrecer a EE.UU un pretexto para ingresar en una guerra que escondía muy sórdidos intereses económicos, uno de los principales era el petróleo”, y agrega: “Mientras los soldados norteamericanos y vietnamitas morían de a miles y decenas de miles de civiles inocentes perdían sus vidas, los barcos encargados de las exploraciones petroleras realizaban explosiones en la costa de Vietnam”.

De la misma forma que lo hace Graziano, José Antonio Vera, escritor y periodista español, en su libro publicado en 2005, La gran mentira. ¿Qué se esconde detrás de la guerra del petróleo?, afirma que “Cuando EE. UU. libraba la guerra contra los vietnamitas, la empresa Mobil hacía prospecciones off-shore en Vietnam del Sur”.

La elite precisó de una excusa para adueñarse del petróleo en Vietnam y por ende provocó el conflicto, de la misma manera que lo hizo en Irak siete años atrás

Si bien Vera reconoce que “fueron más importantes las expectativas que la realidad en cuanto a la cantidad de petróleo encontrada en esa zona, el hidrocarburo estuvo latente en aquellos conflictos, por mucho que la excusa oficial fuera la de la lucha por las libertades del capitalismo contra la opresión del comunismo. La libertad de los vietnamitas le importaba bien poco, en realidad, a los americanos y a los soviéticos. El control de las fuentes energéticas, mucho más”, remata. Las palabras de Vera al hablar sobre la guerra vietnamita suenan bastante familiares si pensamos en lo que aconteció desde el inicio en Irak.

Justamente cuando el comunismo era el enemigo, la zona de Indochina se creía que era una de las cuencas de hidrocarburos más ricas del mundo. En la actualidad, el territorio de Irak es la segunda zona con más reservas de petróleo del mundo y el Islam ahora es el enemigo. Habría que ser un ferviente creyente de las casualidades para pensar que lo que pasó en ambas oportunidades no fue planeado. La elite precisó de una excusa para adueñarse del petróleo en Vietnam y por ende provocó el conflicto, de la misma manera que lo hizo en Irak siete años atrás.

Personajes “malvados” como Osama Bin Laden, los cuales habían trabajado con la CIA, sirviendo como aliados contra el comunismo, en esta nueva guerra contra varios países árabes fueron utilizados como “chivo expiatorio”. Nos preguntamos dónde se encuentran las poderosas armas de destrucción masiva que Hussein poseía y cuán peligroso fue este enemigo para los Estados Unidos al que en su momento le vendió material petrolero con el objetivo de que fuera construyendo infraestructura a fin de aumentar la producción y luego derrocarlo.

Si aún no basta para que entendamos que el verdadero fin de la guerra no era eliminar a un dictador cruel que sometía al pueblo iraquí, por el bien del mundo, sino por un beneficio económico, Carl Herman, investigador estadounidense nos cuenta, en su artículo War with Iran: oil, lies and evil (Guerra con Iran: petróleo, mentiras y demonio), "El segundo y el tercer productor más grandes de África, son Angola y Gabón. Los dos países tienen dictadores, al menos, tan malos como Saddam. Los dos tienen buenas relaciones con los EE.UU y cooperan con sus exportaciones de petróleo”

Indudablemente, otra buena razón de la elite estadounidense para originar esta guerra fue el negocio de las armas, el cual se encuentra prácticamente monopolizado por unas pocas empresas norteamericanas e inglesas (Northrop Grumman, Lockheed Martin, Raytheon, Dyncorp, , General Dynamics, entre otras) que a su vez poseen estrecha relación con el oligopolio banquero petrolero de los clanes Rockefeller, Rothschild, Morgan, Harriman, etc. Para dichas firmas, el conflicto en tierras iraquíes es más que redituable ya que de esa manera aumenta el consumo e inversión de las armas.

Desde el punto de vista de su significado, la derrota y la victoria son dos palabras antagónicas. O se pierde, o se gana. Sin embargo, siempre se presenta la excepción a la regla. Los grupos de poder que manejan los hilos de Estados Unidos lograron que ambos resultados fueran factibles al mismo tiempo. Irak se convirtió en un ejemplo de cuando la derrota también significa victoria. Se le dio vida a un enemigo y a una guerra a propio antojo, se mandó a matar miles de soldados durante siete años y se utilizó el dinero del pueblo estadounidense para solventar los gastos. Se vistió una guerra con falacias que el mundo creyó. Como dice el dicho, las apariencias engañan.

Se le dio vida a un enemigo y a una guerra a propio antojo, se mandó a matar miles de soldados durante siete años y se utilizó el dinero del pueblo estadounidense para solventar los gastos

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Sobre esta noticia

Autor: Anabella Repond (6 noticias)

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Tipo: Opinión

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