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El día de las mujeres tristes

16/11/2010 17:43 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Fueron las niñas “bien educadas” de los año´s 80. Las niñas que ordenaban las primeras habitaciones individuales de los pisos con cuarto de baños. Las que salieron de las literas que compartían con sus hermanos y sacaron del armario compartido: bodys, mayas, medias de ..

Son tan buenas que todavía no conocen el mal que se infligen a ellas mismas. Son tan generosas para con su pareja que no ven el egoísmo que están sembrando en sus propios tiestos. El venero de amor que derrochan hacia los demás, les ha ido encallando el alma, removiendo las bilis, atragantando el estómago de ansiedad y sumiéndolas en un vacío tan hondo, que ni siquiera son capaces de alcanzar su profundidad, aunque lo saben. Ellas se sienten mal, pero creen que ese mal es merecido, conveniente y dichoso, de ahí que prefieran –sin pararse al diagnóstico- incubarlo en silencio, sufrirlo por amor a los demás, antes que recurrir a pedir auxilio por amor propio. Fueron las niñas “bien educadas” de los año´s 80. Las niñas que ordenaban las primeras habitaciones individuales de los pisos con cuarto de baños. Las que salieron de las literas que compartían con sus hermanos y sacaron del armario compartido: bodys, mayas, medias de fantasías, top, vestidos de terciopelo palabra de honor y vaqueros de pitillo y patas de elefante. Hermanas y amigas íntimas de sus primas hermanas, confidentes de estuche, cómplices de rime y pintura, celestinas de amores inconfesables que preferían compartir antes que perder. Clandestinas novias de los chicos que pretendían sus mejores amigas y amigas de los novios de éstas en la clandestinidad. Vivieron su sueño de hadas y convirtieron en realidad el cuento de pan y pimiento. Noviazgos de tira y afloja del asiento de atrás de aquel mítico “Sinca 1000”, donde para hacer el amor del verdadero amor que dura lo que dura, sólo bastaba apurar el cigarrillo “de después”, mirando el cielo estrellado por los cristales ahumados de placer. Algún que otro disgusto de enamorado y reconciliaciones gloriosas.

¿Dónde nos perdimos?, para perdernos tanto de lo que estamos perdiéndonos, al mirar con melancolía la felicidad retratada en las fotos de nuestra boda. ¿En qué momento, dejamos la dicha que sentimos al nacer el primer hijo?. Antes éramos -UNO -los dos, todo entrega, toda atención hacia esa carne sonrosada bienoliente fruto de nuestra sangre. Él era parte de nosotros, alguien que necesitaba ser TU y YO, para seguir creciendo. Ahora es EL y nosotros, nos hemos dividido –sin saber cómo ni cuando- para continuar criándolo.

Dividir es vencer, pero ellas están vencidas por dentro, aunque mueran de simpatía por fuera y lo más triste de su tristeza, es que sus respectivas parejas no lo saben. Ellos perdieron el tacto de apretar aquella mano, la buena costumbre de abrazar el amor diariamente en su pecho. ¿Fueron las noches de insomnio y llantina de niño…fue el sarampión, la otitis, la faringitis, la varicela…fue quizás: yo lo llevo al fútbol, mientras que tu te quedaste con las ganas de ir al parque…o el estrés sobrevalorado por el trabajo…el reparto de las tareas domésticas tan ingratas como desiguales…?

¿Dónde nos perdimos?.. en el templo impoluto de un hogar convertido en el escaparate de nuestras propias manías…en la madre solícita, consagrada en cuerpo y alma hasta el extremo de la obsesión…en la esposa sumisa que asumió el papel de madre y amante a la vez…en el apagafuegos de nuestra maltrecha economía, buscando la ayuda en el trabajo fuera de casa.

Se acomodó el amor en esta confortable habitación de matrimonio, donde sobra el televisor, el video y hasta las sábanas de seda, porque cada vez lo practicamos menos. Cuanto daría por aquellos abrazos y besos, por recobrar el aliento ahumado de nuestro “Sinca 1000”, donde no había agobios en el camino de regreso, ni niño que esperar a que durmiera.

Sólo les une una palabra de rutina –cariño- un gesto de belleza maquillada para engañar al cansancio. Necesitan ayuda, no sólo de salud corporal viven estas mujeres. Cuando aprendan a amarse a sí mismas, comprenderán lo mucho que se han negado: el tiempo, la importancia, la energía que le han prestado a las cosas insignificantes de la vida. Un grito de auxilio se esconde en la alegría transfigurada de sus caras. Apoyo, están clamando desde el silencio revelador de su angustia callada. Ayúdales a recobrar el viejo gusto de sentirse amadas con la simple palabra que cuesta lo mucho que vale: Te quiero, remedio infalible y balsámico, tan fácil de decir, como difícil de pronunciar.

Porque, “nadie se curó si antes no estuvo enfermo” (Fito)


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