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Jhon Dorado
Publicada el 26-07-2010 19:49 0 5

¿Dónde está nuestro cine?

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Es significativo que nuestro cine haya heredado la falta de confianza que afectaba a nuestros deportistas. Adolece de falta de identidad y de una tendencia excesiva al intelectualismo, pobre en ideas pero recargado en sus formas. Es momento de levantar cabeza

No hace falta mirar mucho la cartelera para adivinar que nuestro cine está de capa caída. Lejos quedó la impronta de Berlanga, Camus, o de guionistas como Azcona. Ahora que estamos en la edad de oro del deporte español, hemos heredado el problema de la falta de confianza y la confusión que acechaba a nuestra selección, la fuerza de autores tan potentes como Almodóvar, Alex de la Iglesia y Amenábar apenas si es capaz de tirar del pesado carro del arte cinematográfico nacional.

Muchas son las causas que han podido provocar este estado, la falta de espectadores, la industria salvaje americana, el imperialismo cultural de sus esquemas narrativos, la falta de creatividad, etc. Sin embargo, no es nuestro objetivo esclarecerlas. Lo que es indudable es que algo pasa, que se ha perdido en exceso la identidad y la calidad de nuestro cine. Quitando la de los tres autores mencionados pocas películas han sido aclamadas fuera y dentro de nuestro país. Y en pocas podemos reconocernos. Lejos están los autores que podían explicarnos quiénes éramos, que nos crearan personajes o historias que esclarecieran nuestra realidad, o, al menos, la criticaran.

Hay dos películas muy significativas del estado y las tendencias hacia las que se dirige el cine español, la celebrada “Celda 211” y la polémica “Habitación en Roma”. La primera ejemplifica la tendencia de nuestro cine a hacer películas americanas con argumentos españoles, la superficialidad a la hora de tocar los temas (por ejemplo de Eta, de la situación de los presos, etc), la exageración de la violencia, la simplificación del esquema narrativo que hacen de esta película un objeto entretenido y, a veces, emocionante, pero que no deja de equipararse a “Torrente” en estar desarrollando un cine carente de pretensiones, con el añadido de que además parece pretenderlo. Lo que ocurre es que al imitar un tipo de cine, al querer comprender nuestra realidad con la perspectiva de otra, la americana, se crea un producto falsificado, un poco insulso, en definitiva, un simulacro.

El cine español pasa de ser una imitación burda del americano, a convertirse aparentemente en el último refugio del cine como arte

El caso de Medem es justo el contrario aunque muy parecido en sus resultados, un cine lleno de pretensiones, cargado de figuras estilísticas, de excesivos e innecesarios juegos poéticos que acaban desdibujando y ocultando la historia que en un principio parece querer contar. Es increíble que este autor después de haber hecho películas tan banales y absurdas como “Lucía y el sexo”, cargadas de tópicos tan trillados como el “escritor atormentado”, que no desarrolla en absoluto la temática que tan claramente alude en el título, (salvo porque pone escenas sencillamente pornográficas, que como tal cumplen su objetivo), siga desatando críticas tan positivas. Y no es que tengamos nada en contra de él, que no digamos que es un autor que está intentando hacer cosas diferentes, e investigar otro tipo de cine, sólo que una película, un libro, un ensayo, no es más profundo porque sea incomprensible, porque sea esquivo o confuso. A veces, es cierto, que el significado de la obra se esconde, pero las más de las veces, la obra se esconde porque no tiene significado. El cine oscuro y aparentemente incomprensible de Médem no es más que eso, oscuro e incomprensible, pero no por eso profundo. De nuevo, en su última película recae en esa retórica cargada de adjetivos redundantes e innecesarios, aburrida e insustancial que, no es menos cierto, gusta en cierto tipo de espectador pseudointelectual. En esta tendencia el cine español pasa de ser una imitación burda del americano, a convertirse aparentemente en el último refugio del cine como arte, otorgando presupuestos, costeando películas con muy poca calidad e imaginación, pero que intentan hacer algo nuevo, por lo que quedan redimidas por ser solipsistas, aburridas y exasperantes.

Creemos que nuestro cine debe abandonar ambos derroteros, debe pretender contar grandes historias, explicarnos qué nos pasa, quiénes somos. Los tres grandes autores que hemos citado tienen puesto, desde muy distintas formas de entender el cine, el dedo en la tecla. Por qué simplemente no hacerles caso.

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