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La educación en Catalunya: crónica de una barbarie

29/11/2012 07:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El reparto competencial en materia de educación gestado desde los Pactos de la Moncloa de 1981 depositó en manos de los territorios un arma de acción retardada

La sociedad catalana, por mor de esa lacra eufemísticamente denominada nacionalismo, cuyo apadrinamiento lleva soportando casi tres décadas, se ha convertido en lo que podríamos llamar una realidad virtual, en una especie de espectro flotante en esa macabra asintonía reinante entre lo que representan las necesidades prácticas de las familias y empresas que componen su más elemental sustrato, y los avatares de una clase política empecinada en quimeras infundadas y en la perpetuidad de sus prebendas y privilegios.

El reparto competencial entre el Estado y las Comunidades Autónomas que en materia educativa se gestó a través de los Pactos de la Moncloa de 1981 y de sucesivas reformas de los Estatutos de Autonomía, con la perspectiva de los años se ha convertido en un suculento abono para el pasto de la manipulación, a través de las aulas, de ese colectivo tan vulnerable que representan los adolescentes, cuya personalidad afronta, en esa vital etapa, una expansión y desarrollo emocional determinantes para consolidar su visión del entorno más inmediato a lo lado de su trayectoria como adulto.

Tal es así que como subproducto de una caprichosa y miope programación de la enseñanza, las sucesivas generaciones de futuros contribuyentes han visto dirigida la educación recibida dentro del ámbito escolar por un horizonte puesto en el fomento aldeano de lo estrictamente concerniente a su patria chica, ignorando burdamente la universalidad y el origen profundo de las circunstancias históricas de la tierra que les vio nacer.

Este escenario, en una región de especial singularidad como Catalunya, donde el férreo control nacionalista ha marginado cualquier iniciativa ajena a su dictatorial empeño, alcanza cotas estremecedoras porque las últimas generaciones de ciudadanos catalanes han resultado literalmente trasfundidos del espíritu de esa particular santísima trinidad nacionalista: lengua, cultura y nación. De aquellos barros nos vienen estos lodos, que han convertido una próspera comunidad, punta de iceberg del conjunto de España en infinidad de ámbitos a lo largo de los últimos siglos, en un colectivo delirante socavado por su fiebre independentista.

La clave del mensaje nacionalista hay que encontrarla desde sus orígenes en considerar el castellano como una lengua impuesta por el estigmatizado centralismo español, ignorando que precisamente la promoción del español como lengua común de España arranca justamente de los autores catalanes del romanticismo del XIX; y para dar cumplida réplica, no pudo hallarse sistema más eficaz que el intervencionismo educativo, que en conclusión radica en utilizar el alto servicio público de la enseñanza para manipular conciencias y contaminar ideológicamente a sus víctimas propiciatorias.

En Catalunya vive una cifra que bien podría rondar los dos millones de votantes educadas en la intolerancia y el desprecio a lo español

Ese intervencionismo ha estado marcado por su carácter insidioso, y ha sido eficaz y sibilinamente vehiculado a través de disposiciones normativas habitualmente transmitidas a los responsables de centros educativos en momentos estratégicos que amortiguasen cualquier reacción adversa del profesorado de base que pudiera considerarse hostil a esa doctrina.

Pormenorizando sobre esos instrumentos educativos puestos al servicio del régimen separatista, señalaremos que en el ámbito de las ciencias sociales, el objetivo de adoctrinar llevó al esperpento de estructurar la asignatura de Historia en torno a la opinión como método de tergiversación, que no de interpretación, del devenir histórico, despreciando testimonios fehacientes y documentos tangibles, y limitando los conocimientos al mero entorno territorial catalán. Y en lo que al área lingüística atañe, la finalidad no ha sido otra que lograr que la única lengua vehicular fuese el catalán, ello sin olvidar la imposición de rocambolescas figuras como la del comisario lingüístico de instituto que recuerdan, por su sola mención, a las denostadas prácticas de la censura en la dictadura, o la arbitrariedad en la concesión de subvenciones bajo la premisa de cumplir con la eufemísticamente conocida como normalización lingüística.

Y como no podía ser de otra forma, el silencio cómplice de la gran mayoría de medios de comunicación, en gran medida intervenidos por el poder político y mutilados en uno de los más sólidos derechos constitucionales que es la libertad de expresión, impidió que trascendiese el rechazo de un significativo sector del cuerpo docente a tal aluvión de imposiciones.

De todo ello se extrae un fácil corolario: en Catalunya vive una cifra que bien podría rondar los dos millones de personas con derecho al voto educadas en la intolerancia y el desprecio a lo español, que han llegado a interiorizar ciegamente la existencia de la necesidad de construir una conciencia colectiva cimentada en un sentimiento nacional excluyente y sectario.


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Autor:
Alberto López (8 noticias)
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