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El 15-M o la invención de la política

21/09/2011 00:02 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Rafael Cid.-

Túnez, Egipto, Israel y España son países diferentes, culturas diferentes, geografías diferentes, historias diferentes, economías diferentes, y sin embargo en todos ellos se ha abierto paso un mismo movimiento de indignados contra el sistema. ¿Qué tiene en común esa diferencia de origen? Esa es la pregunta que deberíamos responder para poner en valor la irrupción del 15-M en el acontecer de unas sociedades tan distintas.

Y con ser importante esa herramienta comunicacional, no es la tecnología como cordón umbilical lo que está en la base de esos proyectos convergentes. Las redes sociales virtuales, la interactividad digital 2.0, son formatos de expresión, pero no activos sustanciales de este fenómeno que se revela como una semilla revolucionaria que trastoca el statu quo imperante haciendo que, como afirma Carlos Taibo en el título de un reciente libro sobre el tema, ya nada vuelva a ser como antes. Tan radical es la apuesta que, hoy por hoy, aquí y ahora, el 15-M representa.

Es curioso, pero lo que las revueltas populares destacan en conjunto es la necesidad de recuperar las esencias de la política (verdadera) y de la democracia (auténtica) como formas de convivencia entre libres e iguales. Política y democracia, dos conceptos tan manoseados por los poderes dominantes (lo público secuestrado por lo privado) que se han revelado como burdas banderas de conveniencia del sistema. Con lo que, al arrebatárselos a los usurpadores, los indignados están eligiendo el camino de la "revolución reformista" o, si se quiere, de la "reforma revolucionaria". Es decir, una transformación radical y exigente en el fondo y tolerante e inclusiva en las formas. Es como si por efecto de esa inteligencia colectiva que les motiva hubieran metabolizado que no hay revolución sin ruptura, pero que igualmente sólo existe cambio real en la ruptura si lo respalda una mayoría social de agentes sociales que lleva un mundo nuevo en su corazón, por usar la hermosa frase atribuida a Buenaventura Durruti.

Sin dirigentes, abierto a todas las ideologías y sensibilidades transformadoras, asumiendo el razonamiento y la palabra como supremo legislador, el movimiento de los indignados recrea la mejor tradición de la democracia participativa, autogestionaria y libertaria. En suma, la de la invención de la política, esa veta nunca totalmente colmada que arrancó hace 25 siglos en la polis griega y ha vivido agazapada en la conciencia del pueblo soberano a la espera de coyunturas que hicieran propicia su reaparición, ante la irreparable barbarie de lo que el discurso convencional nos presenta como el menos malo de los sistemas posibles. Ahí radica precisamente la clave del 15-M, su nudo gordiano, ese principio seminal que hace de sus propuestas un hito histórico y la primera muestra de revolución ciudadana del siglo XXI: en desmontar el mito suicida y placebo de la inmutabilidad del sistema.

Cuando los poderes del Este y del Oeste se confunden en un único modelo de explotación y dominación bajo la fórmula del capitalismo neoliberal; en el momento preciso en que la globalización anuncia el fin de las ideologías y de la confrontación entre antiguas potencias hegemónicas; en el decisivo instante en que el sistema totalitario y totalizante exige a sus súbditos cumplir el dantesco precepto "dejad los que aquí entráis toda esperanza", el 15-M, el movimiento de los indignados, Democracia Real Ya, o las variadas identidades que toma la insurgencia del pueblo en el ejercicio de su soberanía, rompe todos los esquemas y lanza un rayo de luz con el subversivo mensaje de ¡si se puede!, un grito que revela la oculta indigencia de esos presuntos poderes inapelables.

Se pudo en Túnez y en Egipto, derrocando tiranos e iniciando un proceso democrático constituyente de nuevo cuño que es visto con tanto temor por los Estados como ilusión por sus habitantes. Y ahora, en Israel y en España, mutatis mutandis, ese mismo tozudo y viejo topo que en sus contadas apariciones a lo largo de la historia demostró que son los pueblos quienes preñan el devenir de la humanidad y no las élites, mina la base misma del statu quo asumido como servidumbre voluntaria en que los poderosos han cifrado su perturbadora excelencia. Esa es por encima de cualquier otra la virtud simpar del 15-M: demostrar con su intransigencia democrática que se puede (y por tanto se debe) derrotar al sistema. Está en los genes, en nuestra primera naturaleza: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida" (Don Quijote de la Mancha, capítulo 58, 2ª parte).

El 15-M representa ese esfuerzo "quijotesco", anónimo y colectivo, que hace tiempo bullía necesario para que el profundo malestar de una sociedad canibalizada por el dinero y la deshumanización al servicio de los nuevos déspotas, emergiera bajo el atributo de la dignidad violada que nos hace personas y seres sociales. Es ese el destello que a veces, en los momentos más negros de la historia, fulge como una necesidad vital. El ¡si se puede! fue el grito que el anarcosindicalismo y el movimiento libertario izaron a todos los vientos en la guerra civil demostrando que incluso contra un pueblo en alpargatas, cuando está imbuido por ideales de libertad, dignidad y justicia, nada podían los mercenarios del sistema. El ¡si se puede! fue la fuerza motriz, la divisa enarbolada el 19 de julio de 1936 en Barcelona por García Oliver, Ascaso, Durruti y otros, que selló la vigencia de la revolución española frente a la criminal embestida del ejército fascista, vencido y derrotado por aquellos indignados que nos precedieron.

Pero el 15-M no es el pasado redivivo, no es un plagio ni un cliché. Significa, aún en sus primeros escarceos actuales, infinitamente más. En él hay un patente ejercicio de lucidez emancipatoria que supera fórmulas pasadas porque está asumido por hombres y mujeres de nuestro tiempo, con sus inquietudes, problemas y también carencias. Por eso rompe los esquemas de las ideologías acotadas y tiene esa enorme capilaridad social que le hace transversal a toda la sociedad civil, otorgándole una legitimidad pocas veces vista. Parafraseando a Cornelius Castoriadis en su definición de democracia, el movimiento de los indignados pretende "la autoinstitución de la sociedad por la sociedad misma". De ahí su radicalidad, su civilismo revolucionario, su carácter resistente, su no resignación, su proyecto acumulativo de mayoría social, deliberante, participativo, autónomo y no gregario. El 15-M es el primer movimiento contestatario y subversivo del siglo XXI que no es un movimiento de masas amorfas sino de voluntades conscientes y responsables. El tiempo de la rebelión de las masas, fermento de nuevos episodios autoritarios de dominación, ha pasado al desván de la historia por la irrupción de la ciudadanía activa que teorizó Hannah Arendt, y con ello la superchería de un Estado paternalista y benefactor, dogal utilizado por todas las oligarquías, camina hacia el ocaso reemplazado por una sociedad civil autogestionada y corresponsable.

Todas estas pautas están en el discurso y la acción del 15-M (es un movimiento andante y vivaqueante). Pero es un proceso. Una larga marcha que habrá que preservar, enriquecer y dotar. Que nadie espere "revoluciones de palacio", saltos en el vacío, apuestas del todo o el nada que por su propia evanescencia terminan donde empezaron, reafirmando el statu quo. La bondad del 15-M, su perfil más corrosivo, está en ese sabio "vamos despacio porque vamos lejos".

Y sin complejos. La democracia griega, con todas sus imperfecciones, limitaciones y flagrantes desigualdades, duró dos siglos y nació de una gran derrota militar. Su acto constituyente fue la Oración Fúnebre de Pericles por los muertos en la segunda guerra del Peloponeso. Por su parte, la expresión "Estado de Bienestar" se generalizó en el mundo con la política de "New Deal" implantada por el presidente norteamericano F.D. Roosevelt para luchar contra la gran Depresión. ¿Por qué en estos momentos de crisis sistémica del modelo dominante no habría de producirse una catarsis semejante, si además los avances técnicos y materiales existentes, puestos al servicio de la gente, pueden valer para eliminar los factores de miseria y dominación que el poder utiliza para justificar la permanente lucha fratricida entre sus sometidos?

Pero tan importante como la toma de conciencia de que ¡si se puede! son los atributos que el 15-M conlleva y que han hecho posible ese nuevo imaginario colectivo. Atributos que también representan una brecha con el modelo oficial, lo que contribuye no sólo a su ruptura teleológica sino también a su obsolescencia procedimental, eslabones de una cadena que, unidos ambos, hacen que el proyecto de los indignados adquiera una dimensión de alternativa real, difícilmente compatible con cualquier reposicionamiento doctrinario del capitalismo neoliberal. Me refiero a su categorización como un movimiento asambleario-deliberativo que ha hecho cierto el carácter público-social de la geografía urbana (la polis) donde ostenta sus señas de identidad el régimen. Me refiero a su renuncia a la violencia ofensiva, práctica o retórica, que tantas veces ha servido al sistema para justificar repudios, represiones y montajes a través del control orweliano de los medios de manipulación de masas. Y me refiero, finalmente al hecho descomunal e histórico de haber puesto en marcha un proceso de ruptura sistémica en usencia de representantes, líderes, famosos, mentores, dirigentes u hombres providenciales (a pesar de los ingentes esfuerzos de los poderes fácticos por poner nombre y apellidos a supuestos portavoces con el indisimulado objetivo de privatizar y acotar la revuelta permanente). Atributos todos ellos que posibilitan el ejercicio de la experiencia propia en un entorno en que el fraudulento elixir de la representación ahoga toda vestigio de humanidad, haciéndonos cómplices del poder. El pueblo sólo existe contra los líderes.

Esa condición de "anonymous" del movimiento de los indignados es, sin lugar a dudas, su lado más creativo y revolucionario, y la garantía de que estamos ante un proceso de ruptura para alumbrar una nueva dimensión de organización social profundamente democrática. En la estela de aquella otra clásica ya citada que contemplaba al hombre "como medida de todas las cosas" (Protágoras) siendo al mismo tiempo "animal social" (Aristóteles) en un marco de convivencia donde los ciudadanos que sólo se ocupaban de sus intereses privados eran tenidos por "idiotas" (raíz etimológica del uso deformado que se da al término en la actualidad).

Sobre el panorama esbozado cabría objetar que estas revueltas populares carecen de contenido económico preciso, si a la enmienda a la totalidad del sistema y a las acciones puntuales realizadas contra las ejecuciones hipotecarias, por ejemplo, se las puede considerar ajenas al mundo económico. Estamos tan acostumbrados a ver a los gobernantes como claque de los poderosos del mundo que ya no apreciamos que lo socialmente determinante es la voluntad política y no al revés. De suyo, las movilizaciones de los indignados han puesto de manifiesto que lo que la clase política llama Estado, gobierno o democracia sólo es una modelo de negocio.

La vieja isonomia (igualdad ante la ley), la isegoria (igualdad de palabra), la parresia (decir verdad), la elección de representantes por sorteo, su carácter de revocabilidad total, la potestad del ágora como elemento director de un estado bien ordenado (sin necesidad de Estado estructura), la acción directa, el sentimiento de comunidad y la convicción de que un hombre completo no necesita ser una autoridad, son valores que están presentes en ese inicial aleteo de mariposa que significa el movimiento de los indignados. Un aleteo que con el tiempo puede derivar en un ciclón y cambiar el mundo a mejor o morir insertado en el corcho de los funestos taxidermistas que ofician de cancerberos del sistema. Pero incluso así su mensaje resistirá flotando dentro de la botella a la espera de que alguien en la otra orilla recoja el testigo.

Rafael Cid

Nota: Este artículo ha sido publicado en la revista Al Margen, del Ateneo Al Margen, de Valencia.


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