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El cambio II

09/03/2012 21:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Se acercó sigilosamente. Miró hacia el interior con decisión y descubrió, con desconcierto, que la jaula estaba ocupada. Había otro habitante en su interior. Otro igual que él

Se acercó sigilosamente. Miró hacia el interior con decisión y descubrió, con desconcierto, que la jaula estaba ocupada. Había otro habitante en su interior. Otro igual que él. Con la confusión nublándole la mirada, quiso cerciorarse y se acercó cuanto pudo, tanto que el animal comenzó a revolotear, chocando contra los barrotes de la jaula, dando volteretas hasta que fue a parar hasta el rincón que más se alejaba de su presencia. Y allí se quedó. Sin moverse.

Se retiró unos centímetros, lo justo para atragantarse con la confusión de una pregunta. No comprendía por qué Martín Orvina había decidido entregar su jaula a otro. Ni lo entendía ni, sobre todo, lo recordaba.

Eso sí, recordaba que mientras se encontraba en la jaula, antes de ser libre (¿era de verdad ahora libre?), había observado a Martín Orvina llegar hasta su jaula. Le había asustado el humano, así tan de cerca, pronunciando sonidos de lo más desagradables: aquel movimiento de resonancias sin ritmo no era más que el particular trino de Martín, cuya función, al parecer, no era otra que la de ahuyentar a los de su especie. Luego le había aprovisionado de comida y agua. Recordaba, también, que poco antes de desvanecerse en el olvido, mientras se le obscurecía la visión, se atrevió a encararse al rostro del humano, que de nuevo se le había quedado mirando. Allí, en aquella posición, sintiendo a un Martín Orvina altivo y poderoso, con la arrogancia que le imprimía su porte, sintió él, desde su jaula, una envidia terrible hacia aquella deificación, unos celos que le obligaron a desear con todas sus fuerzas la transformación completa, la misma sensación todopoderosa de la que se sirve el ser humano. Y, tras un momentáneo sobresalto, nada más. No había más recuerdo.

Y ahora, otra vez aquella claustrofóbica sacudida. Comenzó a marearse y enseguida se dio cuenta que le costaba respirar. Necesitaba, de verdad, encontrar aire que no estuviera dentro de aquella habitación. Le sobraban aquellos muros que se empeñaban en rodearle. Ansiaba un espacio sin fronteras, sin barrotes, con libertad.

No entendió cómo, pero consiguió deshacerse de sus inhibiciones: se coló por un resquicio de la ventana, hasta encararse sobre el alfeizar. Era un octavo piso, aunque eso poco importaba. Respiró profundamente. Comenzaba a serenarse. La sensación de vértigo se iba desvaneciendo con el viento que le salpicaba desde fuera. Hasta que se hubo sosegado.

Miró por última vez hacia el interior del apartamento. Aún tenía la esperanza, o el temor, de encontrar a Martín Orvina. Sin embargo, tan sólo consiguió escuchar un deformado sonido que en nada se parecía a un trino pero que indudablemente provenía del interior de la jaula. Para nada sonaba a cántico de pájaro. Muy al contrario, era más bien como un lamento. Algo que difícilmente hubiera podido entender.

Volvió entonces la mirada hacia el exterior, hacia la libertad. Sobre la mirada se dibujó una sonrisa. Dio un paso hacia adelante y agitó furiosamente las alas. Casi con desesperación. Fue entonces cuando se dio cuenta, ya demasiado tarde, que era él el poseedor del cuerpo de Martín Orvina.


Sobre esta noticia

Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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Tipo:
Opinión
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