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El cambio

09/03/2012 00:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¿Cómo podía ser, ya abría los ojos? Delgadísimos alfileres de luz parecían querer confirmárselo, empujando hacia arriba, en un aleteo de indecisión. Algo insólito había ocurrido si se había despertado ya

¿Cómo podía ser, ya abría los ojos? Delgadísimos alfileres de luz parecían querer confirmárselo, empujando hacia arriba, en un aleteo de indecisión. Algo insólito había ocurrido si se había despertado ya. Pero abrió grandes los ojos y se encontró que amanecía, con los rayos de luz en gamas únicas que llegaban desde el otro lado de la habitación, poniéndolo todo perdido de colores. Eso le hacía feliz. Intentó mover las alas pero aún tenía entumecido el cuerpo. Apenas consiguió agitarse, como a cámara lenta. Todavía no había despertado del todo.

Un momento, ¿dónde estaban los barrotes? Miró con decisión y sólo pudo encontrar los rectos muros de las paredes. Ni rastro de la jaula. Por un instante sintió una arcada de pánico. ¿Acaso era libre?

Según iba reconociendo los objetos que había en la habitación, recorriendo con la vista lo que antes ojeaba en cautividad, llegó a la conclusión de que no había peligro; todo estaba en su sitio, tal y como recordaba. Sin embargo, no entendía el porqué, sentía en las tripas aquella sensación extraña: le advertían que no todo era igual, que había algo que se le escapaba, algo que había cambiado…

Entonces saltó la alarma: ¿dónde se encontraba Martín Orvina? Tuvo tanto miedo en tan poco espacio de tiempo que el pánico le desordenó las ideas y terminó dando un salto, arrinconándose tras el sofá, cubriéndose el rostro con el ala izquierda.

Pero Martín Orvina no apareció. Ni rescoldo de su presencia. Él, por lo contrario, sí que seguía en la habitación. Un despacho bien grande, aunque terriblemente mutilado sin la presencia de su dueño. No parecía haber nadie más que él. Pero no era soledad lo que sentía. Había algo más, un sentimiento desatado, sin ataduras, sobrevolándole la mente. Un sentimiento de libertad que no conseguía hacer que escapara de su cabeza, lo mismo que cuando se encontraba en el interior de la jaula. ¿Podía considerarse, entonces, libre?

Saltó de un lugar para otro, con el cuerpo medio atrofiado, dando tumbos. Con curiosidad, se detuvo frente a algunos objetos que respondían a la luz de manera más brillante. Desconocía por completo qué eran, y sin embargo sentía gran curiosidad. Sin lugar a dudas, jamás había llegado a distinguir los objetos con tal precisión como ahora. Se quedaba admirando los colores, sobre todo los que olían a playa, lo cual le provocó unas irrefrenables ganas de cantar. Si no lo hizo fue porque en ese momento sintió un extraño vahído que a punto estuvo de hacerle la zancadilla. Medio aturdido, se separó cuanto pudo del líquido que había derramado sobre la mesa. Llevaba en la nariz, sin embargo, aquel tufo penetrante, por lo que siguió retrocediendo hasta chocar contra la pared. El aroma comenzaba a asfixiarle, disolviéndose por todo su cuerpo. Tuvo que dejar quietos los músculos para que desapareciera el sobresalto, flagelado por extensos escalofríos que le erizaron la piel.

Tardó todavía un instante en recomponerse. Lo suficiente como para centrar su atención en la habitación vacía. No había huella que hiciera entrever la presencia o ausencia de Martín Orvina. De todas formas, quiso seguir buscando. Necesitaba encontrar un resquicio de esperanza que le devolviera a la rutina, al acotado rincón de su jaula. Sin embargo solo encontró paredes con picaporte, muros que lo envolvían todo, hacia todos lados. Salvo, tal vez, por aquel lado, el del muro con luz, con ese gran hueco por donde la claridad entraba tan aceleradamente, inflándole los pulmones, encendiendo los colores de los objetos. Ahora, más acostumbrado a la deslumbradora luz, consiguió distinguir el objeto sobre el alfeizar de la ventana. Allí estaba. Su jaula. La jaula de Martín Orvina.

Continúa...

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Sobre esta noticia

Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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Tipo:
Opinión
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