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El dichoso trenecito

18/05/2009 12:46 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

¡Que coñazo señor mío!. La cosa es que casi ningún municipio llamado “turístico” se libra de uno de esos molestos y poco estéticos trenecitos turísticos que recorren las calles con exasperante parsimonia

¡Que coñazo señor mío!.

La cosa es que casi ningún municipio llamado "turístico" se libra de uno de esos molestos y poco estéticos trenecitos turísticos que recorren las calles con exasperante parsimonia.

Yo no voy a entrar aquí en disquisiciones sobre las molestias que el susodicho aparato causa al tráfico rodado o los valores estéticos, o, para ser más justos con la realidad, la absoluta ausencia de los mismos, de este tipo de inventos, trenes realizados en serie que igual sirven para recorrer cualquier playa mallorquina atestada de cemento y de alemanes cerveceros que una Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Lo que a mi verdaderamente me altera del bendito trenecito es su condición de canto a la comodidad.

En estos tiempos que corren, en los que la comida te la llevan preparada a casa, el trabajo lo realizas desde tu domicilio por ordenador y ya hasta puedes ver películas de estreno por Internet, sin necesidad de desplazarte hasta el cine, tiempos en los que el ocio cada vez está más enlatado, estos aparatejos nos privan de uno de los ejercicios más saludables y recomendables a la hora de conocer una ciudad, el de patear sus calles, el pasear descubriendo por nosotros mismos sus rincones, creando nuestra propia ciudad, algo fundamental sobre todo en el caso de núcleos históricos, que tanto tienen que ofrecer en el pequeño detalle.

Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad guarda en su mente, estoy seguro, recuerdos de sus paseos por distintas ciudades, rincones escondidos que aparecen de pronto ante los ojos curiosos del visitante, ajenos a las rutas habituales, y que se convierten en el verdadero alma del viaje.

Los defensores del invento alegan que el trenecito siempre va lleno, posiblemente de personas que tienen la intención de que le den mascada la ciudad, en vez de enfrentarse por sus propios medios a sus monumentos, sus playas o sus piedras.

Probablemente por personas que, con esa actitud de < < fast-food> > mental de la que tan difícil es liberarse en los momentos en que vivimos, prefieren ver el lugar sin el peligro de dejarse un tacón en uno de los cada vez más escasos empedrados.

A este paso, y siempre en aras de hacer más cómoda la visita, acabaremos recogiendo a los turistas en el punto de llegada, proyectándoles un vídeo en la oficina de turismo de turno, a través del cual podrán conocer las excelencias de la ciudad para después pasarles (propongo un tunelito para evitar en la medida de lo posible el contacto directo con la calle) al restaurante más cercano para que rematen la jornada con un cordero asado o una paella (supongo que al menos la comida no la preferirán virtual).

Ellos verán si se dejan.


Sobre esta noticia

Autor:
Juan Luján (3 noticias)
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Opinión
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El curioso (04/09/2009)

Felicidades por tus brillantes crónicas, pero tengo una curiosidad: ¿en que guerra trabajaste de corresponsal?