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El incauto

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21/09/2019 01:33 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

El retrato estereotipado del psicópata nos hace pensar en personajes de novela como Hannibal Lecter, o reales como Ted Bundy. Sin embargo, la mayoría de los psicópatas viven entre nosotros

Estaba siendo un mes de noviembre más frío de lo habitual. Llevaba toda la tarde nevando y parecía que la ventisca no tenía intención alguna de parar. Aurelio no recordaba un final de otoño igual en sus sesenta años de vida. Estaba sentado en la barra de un pequeño bar de barrio con una cerveza a su lado, hubiera preferido algo más fuerte, pero las pocas monedas que llevaba en el fondo del bolsillo derecho de su raído abrigo no le daban para más. Era todo cuanto había conseguido ese día pidiendo en el metro, hasta que los guardias de seguridad le acompañaran a las escaleras de salida.

No había muchos clientes y el camarero parecía tener ganas de echar el cierre, irse a su casa, darse un baño caliente y acurrucarse en su cómodo sofá frente al televisor para ver una película mientras toma un humeante tazón de sopa junto a su esposa.

El viejo del otro lado de la barra lo miraba con aire ausente y melancólico mientras calentaba sus manos con un vaso de café, y el otro cliente apuraba su carajillo observando sin mirar las noticias en el viejo televisor instalado en la esquina superior izquierda de la mugrienta pared del fondo.

Aurelio metió la mano en el bolsillo donde guardaba sus escasas monedas, las contó dos veces, se tomó de un trago el escaso contenido de su jarra y pidió otra cerveza.

El camarero lo miró con cara de pocos amigos y le sirvió la última, según le dijo, porque ya iba a cerrar. En ese momento se abrió la puerta de la calle y junto a una ráfaga de viento helado entró un joven frotándose las manos. No traía gabardina, ni prenda alguna de abrigo, sólo un jersey grueso de lana verde con una cenefa blanca a la altura del pecho. Se quitó los restos de nieve que se habían acumulado sobre sus hombros, que no eran muchos y se sentó junto a Aurelio.

-Parece que no va a parar de nevar esta noche.- le dijo mientras se acomodaba en el taburete y pedía un bourbon.

-¿No viene usted, joven, un poco fresco para una noche como esta?- Aurelio lo miraba intrigado.

-He dejado el coche aparcado al otro lado de la calle. Me apetecía tomar algo que me reanimase.- le contestó el joven con una sonrisa dibujada en los labios.

-Ya entiendo.- dijo Aurelio, y se centró en su jarra de cerveza. Sabía que cuando se la terminase tendría que salir ahí, a fuera y buscar un rincón donde cobijarse para pasar la noche.

El cliente del carajillo, dejó de pronto de mirar el televisor, pareció volver a la realidad, puso unas monedas sobre la barra y salió a la húmeda y terrible noche no sin antes subirse el cuello de su abrigo y anudarse fuertemente la bufanda.

Entonces Aurelio se dio cuenta de que el joven del jersey verde lo estaba mirando divertido. Iba a decirle un par de cosas cuando este se adelantó y le ofreció tomar un bourbon con él.

-Por favor, póngame otro de estos y uno al caballero.- pidió sin desdibujar la sonrisa de su rostro.

-Es el último, voy a cerrar.- informó el camarero secamente.

Aurelio pensó que el muchacho debía ser nórdico o algo así, tenía el pelo largo y rubio y una barba poblada y bastante larga también. Sin embargo, no tenía acento alguno. Cuando el joven abrió la cartera para pagar, se fijó en que la llevaba repleta de billetes de diez, veinte y cincuenta.

-Tómese su bourbon, le reconfortará, voy al baño, vuelvo en un minuto y nos vamos, quiero proponerle algo, y por supuesto le pagaré bien.- dijo el joven rubio del jersey verde.

Aurelio, se quedó sentado esperando con una mezcla de incredulidad y recelo, pero no tenía otra opción, además parecía un buen chico. Seguramente no le iba a proponer nada extraño. Y, ¿que otra cosa podía hacer en una noche como esa más que buscar un rincón resguardado de la ventisca y pasarla encogido y tiritando? De esta manera, quizás se ganase unos cuantos euros.

-Coja usted el cambio.- dijo el que parecía nórdico al volver del baño. Y ambos salieron al frío de la noche otoñal para alegría del camarero, que ya limpiaba la barra sin mirarles siquiera.

-Ahí enfrente hay un bazar chino, ¿puedo antes pasar a comprar una botella de vino?- preguntó Aurelio esperanzado.

-Claro, ¿cómo no?- contestó el muchacho, mientras abría la cartera y le tendía un billete de veinte.- Compre mejor una botella de algo más fuerte.- y le tendió el billete.

Los psicópatas son egoístas, insensibles y violentos. Estos rasgos característicos de su personalidad antisocial

-Gracias, compraré una botella de whisky. Es más apropiado para una noche así.

Cuando Aurelio salió del comercio con la botella en una bolsita de plástico, el desconocido estaba ya en el coche y tenia el motor encendido. Esperaba con la calefacción puesta. Aurelió se sentó en el asiento delantero junto al conductor cerró la portezuela y abriendo la botella echó un largo trago.

-Tranquilo, viejo, tómeselo con calma.- y se pusieron en marcha, mientras Aurelio, ajeno al consejo, le daba otro largo trago al líquido abrasador.

-Es muy sencillo lo que quiero que haga, amigo. Tengo que llevar unos cuantos muebles a mi trastero, El problema es que tengo el cierre roto y mientras hago un par de viajes con la furgoneta para dejar esos objetos, necesito que usted se quede allí. Le pagaré cien euros si me ayuda, cuando haga mi último viaje ya me quedo yo hasta que por la mañana venga el vigilante y dé parte de lo de la cerradura. ¿Le interesa?

-Por supuesto que sí.- contestó Aurelio algo embriagado ya.

-Excelente, entonces le dejo allí, y yo me voy a por la furgoneta que ya la tengo cargada con el primer porte.

Llegaron a un polígono industrial a las afueras de la ciudad y entraron en una zona de naves bajas con cierres rojos, giraron en la tercera calleja a la izquierda y el chico del jersey verde detuvo el coche en uno de aquellos idénticos almacenes, el 124, se bajó y levantó el cierre que efectivamente estaba abierto y la cerradura reventada.

-Intentaron forzarlo la noche pasada, pero aún estaba vacío, no pudieron llevarse nada.-Explicó el joven, Aurelio seguía sentado dentro del coche, estaba echando otro trago, se retiró la botella de los labios y asintió distraído.

Al bajarse del vehículo se tambaleó y calló al suelo aparatosamente. El joven dejó el cierre levantado anclándolo con una cuerda a un clavo colocado en el dintel y se acercó para ayudar al pobre borracho a levantarse.

-Lo siento.- se excusó Aurelio avergonzado.

-Le dije que se lo tomara con tranquilidad.- apuntó el muchacho sonriendo.

Había un sillón un poco raído al fondo, y junto a él una mesa camilla. Apiladas en una de las paredes laterales sin ventanas unas diez cajas descansaban cerradas y etiquetadas. Una vitrina vacía y un arcón como esos en los que los piratas guardaban sus tesoros adornaban la otra pared lateral.

-Siéntese en aquel sillón, yo voy a dejar el coche y a por la furgoneta para ir trayendo más objetos. No le robaré más de dos horas. Le pagaré en cuanto haya terminado, recuerde que si se va no cobra.

-Tranquilo, tengo esto.- dijo Aurelio acariciando la botella medio vacía.

Cuando el joven giraba ya en dirección a la A-3, se quitó la peluca y se arrancó de un tirón la barba postiza, suspiró hondo y soltó una sonora carcajada guardando ambas en la guantera del coche. Todo había salido como había previsto, y el viejo borracho holgazán cargaría con todas las culpas. Nadie podría relacionarle con aquello. Además el pobre diablo estaría mejor en la cárcel, donde tendría dos comidas y alojamiento. Sí, mucho mejor que tirado en la calle y durmiendo la mona en cualquier rincón bajo un cartón o una sucia manta llena de chinches.

Él se quedaba con los diamantes y el viejo estúpido dormido en ese sucio sillón con el cuerpo de aurora en el arcón. El resto era trabajo de la policía, cuando el guarda llegara por la mañana y les avisara, al encontrar el cierre del almacén levantado y al aturdido idiota allí esperando junto al cuerpo estrangulado de Aurora en el arcón. ¿Y qué podría decir este? ¿Que un tipo rubio de largos cabellos y barba espesa le había dicho que esperase junto a un cadáver? ¿Quien le iba a creer? Y si era así, que buscasen. Él era moreno y llevaba un coche robado con matrícula falsa que abandonaría en lo más profundo de un viejo cementerio de vehículos atestado de chatarra inservible.

Por fin un golpe de suerte, ahora la vida sería maravillosa, era rico y podría vivir todos esos sueños que tanto había deseado realizar. El futuro se presentaba muy prometedor.

Aurelio escuchó cómo el coche se alejaba del almacén y el rugido del motor se perdía en la distancia. Dejó la botella sobre la mesa y se levantó para echar un vistazo, abrió unas cuantas cajas y sólo vio en ellas ropas viejas y trastos sin valor. Miró el arcón, pero no le inspiró ninguna suerte de garantías de que en él fuese a haber tampoco nada valioso, el chico era un don nadie, con trastos viejos quizás heredados del piso de su abuela recientemente fallecida. Él ya tenía lo que quería, abrió la cartera que le había robado cuando se calló al salir del coche y el muchacho vino a ayudarle. Lo hizo limpiamente, igual que cuando en el metro tropezaba con algún incauto y le aligeraba el peso de algún bolsillo. Sacó el fajo de billetes, había al menos unos mil euros. Dejó la cartera sobre la mesa, el muchacho había sido un joven amable y educado, así cuando volviera podría al menos recuperar su documentación.

Se levantó el cuello del abrigo y salió a la gélida noche contento. Cuando venían hacia los almacenes había visto el cartel de una pensión, esa noche dormiría en una cama caliente y por la mañana se daría un buen baño, luego buscaría una cafetería y se tomaría un desayuno completo, zumo, café, tostadas y hasta dejaría unos céntimos de propina. Después bajaría al metro e intentaría aumentar su fortuna con algún que otro despistado. Lo sentía por el joven, pero así era la vida y él tenía que vivir la suya. Tenía que sobrevivir.


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Aicrag (21/09/2019)

Qué giro tan inesperado. Se lo tiene merecido el joven imbécil por querer engañar a un pobre borrachín sin casa.
Un relato genial.
Un beso por tu ingenio Aicrag.