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El incendio del Maestrazgo de 1994

04/12/2011 21:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image El incendio forestal del Maestrazgo fue provocado por un rayo caído la tarde del día 1 de julio de 2004 en el término municipal de Villarluengo. Sus efectos se observaron a la mañana siguiente, y fue entonces cuando se iniciaron los trabajos para su extinción. Ésta se hizo especialmente difícil por la enorme sequía acumulada aquel año, la ola de calor con vientos altamente desecantes que aquellos días invadieron la Península Ibérica, lo quebrado del terreno por donde se extendió el incendio forestal, la escasez de infraestructuras desde donde apoyar la extinción, la continuidad de la vegetación forestal y la simultaneidad de varios incendios forestales que acaparaban los medios de extinción. Resultado de todo ello fue que ardieron casi 30.000 ha en el Maestrazgo, 20.000 de ellas, en la provincia de Teruel

Inmediatamente tras la extinción del incendio se iniciaron los trabajos de restauración y, en primer lugar, la reposición de infraestructuras a los núcleos urbanos afectados. Tras ésta, se ejecutó la reposición de caminos forestales, despejándolos de troncos caídos y derrubios de las laderas, así como de los árboles y rocas inestables que amenazaban caer sobre carreteras y caminos. Simultáneamente, se realizó un inventario de lo quemado y se elaboraron las órdenes de enajenación del arbolado aún aprovechable. Por último, se realizaron los primeros ensayos de la restauración. Transcurridos casi quince años desde este siniestro, se evalúa el resultado delos trabajos llevados a cabo en la provincia de Teruel para la restauración de los ecosistemas afectados por este gran incendio forestal.

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LOS PROBLEMAS INICIALES La saturación del mercado nacional de madera afectada por incendios y la escasa rentabilidad de su extracción en estas sierras mal comunicadas con los centros de transformación hicieron que buena parte de las maderas y leñas del incendio no se pudieran extraer. Esto añadía una dificultad más a la restauración, puesto que quedaba en el monte una ingente cantidad de madera muerta, que además de ser un foco de plagas suponía un riesgo de nuevos incendios, una enorme dificultad de movimiento por el monte y un problema permanente para la seguridad de las personas y bienes por la caída de árboles. Los problemas erosivos tras este incendio forestal eran elevados por la enorme extensión del mismo, lo que lleva consigo, como efectos negativos: falta de cobertura vegetal que reduzca la energía de la lluvia y el viento; degradación de los agregados del suelo por las altas temperaturas y la incorporación de cenizas que elevan el pH y taponan los poros; elevada pendiente de las laderas expuestas; etc. A ello se suma la vulnerabilidad del embalse de Santolea, que recoge la mayor parte de los acarreos producidos por la erosión, y de la cuenca del río Bergantes, de acusada torrencialidad.

PRIORIDADES De todos los recursos afectados por un incendio forestal, es el suelo sin duda el recurso natural más importante, pues de él depende la recuperación de todo el ecosistema, y a la vez, el más vulnerable, especialmente en grandes incendios y en terrenos con pendientes elevadas. La muerte de la vegetación por causa del incendio supone, en general, una disminución de la interceptación de las precipitaciones y un incremento de la escorrentía superficial y subsuperficial. Los fuegos de copa intensos provocan la combustión directa del follaje o, en su caso, la caída posterior del mismo por la muerte del ejemplar afectado, lo que ocasiona una inmediata disminución de la interceptación, con el consiguiente aumento de la fracción de la precipitación que alcanza el suelo. Además, la desaparición de las copas anula la transpiración, y al facilitar el aumento de la insolación y de la ventilación se incrementan las pérdidas por evaporación. Los fuegos intensos de superficie consumen la hojarasca y parte de la materia orgánica de los horizontes superiores del suelo. Por consiguiente, también se elimina la capacidad de retención de agua por la misma. Las consecuencias del fuego sobre la infiltración se encuentran en estrecha relación con los cambios de las propiedades físicas del suelo que éste puede inducir, especialmente en los horizontes orgánicos y en los primeros centímetros de suelo mineral. El fuego altera el acople de las partículas minerales con la materia orgánica y, por tanto, puede modificar las propiedades que dependen de la agregación de las partículas, como la humectación del suelo y la infiltración. Las modificaciones producidas son función de la intensidad alcanzada por el fuego, de la que dependen la desecación y encostrado que se produce. image

La eliminación que lleva a cabo el fuego de la capa de hojarasca y de una parte de la materia orgánica del suelo permite que el impacto de las gotas de lluvia sobre la superficie del suelo mineral desplace las partículas finas y las cenizas de la combustión del material orgánico. Estas partículas pueden obturar incluso los poros de mayor diámetro. Otro fenómeno que reduce la tasa de infiltración es la formación de una capa hidrófoba. Esta capa, repelente al agua, se forma en los primeros centímetros del suelo por la condensación sobre las partículas minerales de compuestos orgánicos vaporizados en la combustión de la materia orgánica. Otro aspecto a considerar es la pérdida de cualidades químicas. Las cenizas producidas en los fuegos tienen gran cantidad de cationes activos, lo que explica el aumento de alcalinidad que se produce en suelos incendiados, que son especialmente graves en suelos calizos en donde el pH es ya elevado. La capacidad tampón del complejo del suelo es limitada, y ante un aporte tan extraordinario de cationes y en unas condiciones de degradación física por las altas temperaturas, el suelo es incapaz de neutralizar el pH. Esto conlleva una compleja serie de reacciones de equilibrio y desplazamientos químicos y biológicos con precipitaciones de agregados y disminución de las fuerzas de cohesión de las partículas del suelo, incrementándose la vulnerabilidad frente a otras agresiones. Además de las pérdidas físicas de suelo por erosión laminar y en regueros, hay que considerar el deterioro que se produce aguas abajo en los lugares de deposición de estos arrastres. Generalmente, los episodios tormentosos que generan pérdidas de suelo en las laderas se convierten en inundaciones en las vegas y pueblos de las riberas, con depósito de estos arrastres cuando la energía del flujo disminuye, lo que también produce pérdidas económicas y daños ecológicos en los cauces, sotos y riberas.

ACTUACIONES La actuación más urgente consiste en prevenir las negativas consecuencias de la pérdida de suelo. Esta labor de defensa del suelo ha de ser tan precoz como resulte posible, pues, como se ha indicado, es el recurso más vulnerable de cuantos se ven afectados por el incendio. Las soluciones son múltiples, pero en la zona incendiada del Maestrazgo se actuó en dos frentes: las laderas y los cauces. En las laderas, mediante dispositivos que limitan la erosión, que evitan el impacto de la lluvia o el viento sobre el suelo, la generación de caudales de escorrentía, la erosión laminar y en regueros, y que favorecen la infiltración y dilatan los tiempos de concentración. En los cauces, mediante dispositivos que evitan la erosión de los lechos, así como los que evitan las inundaciones de las vegas y otras zonas de depósito. Una solución que se está revelando eficaz contra la erosión del suelo en las laderas afectadas por incendios forestales es el empleo de los propios restos de la vegetación quemada para la restauración hidrológica de estas superficies. Si arde un bosque, lo habitual es que a las pocas semanas o meses se produzca un aprovechamiento forestal para la extracción de la madera chamuscada. Quedan sobre el terreno los restos del aprovechamiento y de los matorrales afectados. En otros casos, cuando la madera no se ha podido aprovechar, se dispone de un volumen importante de material vegetal muerto. Estos restos vegetales suponen riesgos para la seguridad de las personas y bienes, puesto que pueden caer de forma incontrolada a carreteras, caminos, embalses, etc. También suponen un riesgo de generación de plagas de perforadores, así como inconvenientes para la gestión del monte, ya que al estar esparcidos por la superficie afectada dificultan las posteriores labores selvícolas, al tardar muchos años en descomponerse, sobre todo en climas áridos. Ahora bien, estos restos pueden emplearse para la protección contra la erosión, como se ha hecho en los montes del Maestrazgo de Teruel, mediante su triturado y esparcido por la superficie afectada por el incendio, creando un acolchado de astillas que proteja al suelo del impacto de la lluvia, mejore las condiciones de humedad y disminuya la insolación del suelo, facilitando las condiciones para la regeneración de la vegetación espontánea. Otro efecto del acolchado de astillas es que se favorece y acelera la propia descomposición y mineralización de estos restos y su incorporación al complejo del suelo y recirculación de los nutrientes. Esta técnica tiene limitaciones debido a que en las zonas con pendientes elevadas la estabilidad de los acolchados se ve comprometida. Por ello, para las laderas es más adecuado otro sistema de puesta en valor de los restos: la recogida y apilado de los mismos en fajinadas y empalizadas dispuestas en las laderas siguiendo líneas de igual cota, o bien rellenando cárcavas y regueros. El efecto corrector del riesgo de erosión hídrica se consigue por la barrera permeable que supone el entramado de troncos y ramillas de las fajinadas y empalizadas, donde se produce la interceptación del flujo de escorrentía, su laminación y la retención de parte de los sedimentos que arrastra este flujo. La disposición de líneas de fajinadas o empalizadas de forma paralela y repetida cada cierto tramo a lo largo del declive de la ladera tendrá en consecuencia un efecto neto muy favorable a la estabilidad del suelo y a la disminución de riesgos aguas abajo. En las bandas ocupadas por las fajinadas y empalizadas también se beneficia el suelo del efecto acolchado. La técnica constructiva es conocida desde antiguo y ha sido empleada con éxito para la corrección y restauración de laderas del Maestrazgo. Consiste en el apeo de los árboles y arbustos, desramado y tronzado de los mismos. Estas leñas se recogen y se apilan en montones acordonados en líneas de igual cota. La disposición del cordón se hace buscando anclajes naturales del terreno, como rocas o tocones, o generando estos anclajes mediante estacas clavadas en el suelo, piedras, cuñas de madera, etc., de forma que se asegure la estabilidad de la estructura. A continuación se colocan apoyados en estos anclajes los troncos y ramas más gruesas, procurando que la estructura sea sólida y continua. Sobre esta estructura, y aguas arriba, se dispondrán los restos de menor calibre de la vegetación troceados y apilados, buscando el mayor grado de compactación y continuidad que sea posible, de forma que la estructura permita, como ya se ha indicado, la laminación del flujo y retención de sedimentos. El tamaño y la separación de los cordones se establecen en función de la cantidad de restos disponibles. El cordón tendrá un perfil sensiblemente triangular, con una base de ochenta a cien centímetros y una altura del mismo orden. La ubicación de los cordones considerará, además, la pendiente y las irregularidades del terreno, pero una separación de entre ocho y doce metros se ha revelado como una medida razonable. También se han de tener en cuenta las posteriores necesidades de gestión de ese territorio. En las cárcavas y regueros, la técnica constructiva es similar. Se trata de encontrar las zonas de mejor anclaje y en ellas disponer las estructuras transversales de troncos y ramas apiladas de forma que se lamine la corriente y se retengan parte de los sedimentos. La entidad de la estructura se ajustará dependiendo de la dimensión de la cárcava. image

La disposición de troncos y ramas apilados también puede hacerse en el sentido de la corriente en cárcavas y regueros pequeños, siendo aún mayor la eficacia de la estructura así dispuesta. La duración de estas estructuras es variable en función de las especies vegetales, del volumen de restos, de su compactación y del grado de humedad y temperatura. Los principales descomponedores de la madera son los hongos, por lo que en los enclaves en que se dan las mejores condiciones para su desarrollo se acelerará el proceso de degradación de la estructura e incorporación al suelo. En el Maestrazgo, las fajinadas construidas en el año 1995 en zonas con unos 500 mm de precipitación media anual y exposición de umbría casi han desaparecido en 2008, mientras que en solana las fajinadas todavía son funcionales. La ventaja es que la regeneración de la cubierta vegetal es paralela a esa misma evolución: en las zonas de umbría se puede considerar que la vegetación regenerada ya es eficaz para evitar la erosión del suelo, mientras que en solanas la cubierta vegetal todavía es insuficiente. Para dar mayor estabilidad a los cauces y reducir los acarreos, en cauces y barrancos de cierta entidad se realizaron obras de mayor consistencia y durabilidad, mediante diques, fundamentalmente de mampostería hidráulica y gavionada. En el Maestrazo se han realizado diques en los principales barrancos que vierten al embalse de Santolea. El nivel de colmatación pasados quince años es variable, dependiendo de los acarreos de cada cauce, pero puede considerarse como una estructura clave para limitar la erosión remontante en los cauces y laderas. La regeneración natural de la vegetación ha sido muy importante en la mayor parte de la zona afectada por el incendio forestal, especialmente en las zonas pobladas previamente por pino carrasco y especies del género Quercus . En zonas de escasa regeneración natural o de vegetación poco eficaz para la conservación de los suelos se ha procedido a labores de repoblación artificial para lograr una cobertura óptima de vegetación. Se ha repoblado con las especies presentes en el terreno, mayoritariamente pino carrasco y encina, mezcla que se enriquece con alguna otra frondosa, como los serbales. El resultado de estas repoblaciones ha sido bueno, pues son especies bien adaptadas a las características de la estación. Todas las actuaciones llevadas a cabo han precisado, además, dotar a este territorio de infraestructuras necesarias para la gestión forestal, especialmente la apertura de nuevos caminos que permiten un mejor acceso a estos montes, así como la creación de balsas, áreas cortafuegos y casetas de vigilancia contra incendios. En las zonas donde ha habido regeneración natural del arbolado, en muchos casos de forma explosiva, con densidades elevadísimas de regenerado natural de arbolado, se ha comenzado a dosificar la competencia en aquellos rodales en que la densidad de arbolado ha sido mayor. Esta dosificación de la competencia se realiza de forma mecanizada y manual. El reto para los próximos años es mantener toda la infraestructura creada en condiciones óptimas para la gestión de los montes, así como continuar con la dosificación de la competencia mediante clareos en los rodales en que el arbolado es más denso, así como comprometer a la población local en la defensa de sus montes.

Desde Forestales


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Autor:
Maestrazgomagico (2333 noticias)
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maestrazgomagico.blogspot.com
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