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El poder de la elite

30/10/2010 19:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

“Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad” (Bertolt Brecht)

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

Cada vez son más los analistas, pensadores, escritores y observadores que consideran que en la actualidad (y desde hace ya varios años) son las megacorporaciones las que realmente ejercen el poder en el planeta Tierra. Según este razonamiento, los Estados nacionales, aún siendo importantes, han quedado reducidos a simples carcasas, como entes que ejercen el control y la administración de los países, pero no detentan el verdadero poder.

La escritora y ensayista británica Noreena Hertz, en su libro titulado “El poder en la sombra. Las grandes corporaciones y la usurpación de la democracia” (Grupo Editorial Planeta, 2001), nos advierte acerca del alarmante avance de este proceso en el mundo. Cita, por ejemplo, que de las cien mayores economías del mundo sólo 49 son Estados-nación, mientras que 51 son empresas. La autora afirma sin eufemismos, que “el nuevo orden mundial pone en serio riesgo la supervivencia de las democracias como sistemas representativos de la voluntad, los deseos y las aspiraciones de las mayorías, aún en las naciones más desarrolladas y menos dependientes del orbe”. Hertz atribuye esta alarmante posibilidad al desmesurado poder de las multinacionales, alimentado por la globalización del capital y de los sistemas financieros, la expansión del imperialismo económico y la cómplice obsecuencia de los gobiernos nacionales. Y asegura que, actualmente, 300 multinacionales detentan nada menos que el 25% del total de los activos del mundo. Para ejemplificar esta teoría, veamos el caso de la empresa Nokia, cuya sede y origen están en Finlandia. Según el doctor Conrado Varotto, Director Ejecutivo de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales de la República Argentina (CONAE), “la facturación actual de Nokia equivale exactamente a cinco veces el producto bruto anual de Bolivia y más del doble del producto bruto anual de Ecuador”.

Analicemos: Cuando Bush padre hablaba frecuentemente acerca de que la humanidad se estaba aproximando a un “nuevo orden mundial”, sabía perfectamente a lo que se refería. Cuando Gorbachov, todavía en el poder en la ex Unión Soviética, le contestaba que para que “un nuevo orden mundial fuera posible, Estados Unidos debía previamente ayudar a la URSS”, también sabía perfectamente bien de lo que estaba hablando. Concretamente, se estaban refiriendo a la conformación de una especie de ente supranacional que, “flotando” por encima de los gobiernos nacionales gracias a su inmenso poder económico, manejaría en un futuro próximo (cual titiritero habilidoso) los hilos de los grandes asuntos mundiales.

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Pensemos en los tremendamente poderosos conglomerados económicos, financieros, tecnológicos y productivos que controlan el petróleo, la banca, la fabricación de armas y elementos militares, los laboratorios farmacéuticos, los megamedios de comunicación, las terminales de automóviles, camionetas y camiones, los fabricantes de aviones, etc. El alcance de estos verdaderos “monstruos” es fenomenal, llegan con sus producciones hasta los rincones más recónditos del planeta. Un Estado nacional no, por supuesto que no.

Además, los omnipotentes dueños de estos grupos suelen poseer intereses cruzados por pertenecer a dos o más sectores, lo que incrementa su poderío.

Al respecto, vale analizar detenidamente un punto de vista muy especial: Arnold Toynbee, autor de la obra en veinte volúmenes “Historia de la Civilización Occidental”, pensaba que si se hacía un recorrido histórico y estudiaba a las principales civilizaciones, se constataba que cada una de ellas había comenzado un inexorable declive muy poco después de haber alcanzado su máximo esplendor, y poco después de haber estado a punto de alcanzar una fase “global”. Bien, la elite anglo-norteamericana, como depositaria del poder mundial y conocedora de este concepto de Toynbee, estaría buscando lo mismo que el Imperio romano, Napoleón, el Egipto de las pirámides y la corona británica habrían intentado lograr sin éxito, ésto es, la perpetuación de su dominio internacional. La diferencia, ahora, sería que, con el actual desarrollo de la ciencia, la tecnología, la informática, las comunicaciones, el mundo es más “pequeño”, y la posibilidad de globalizarlo en un esquema petrificado y sin cambios, en lo posible perpetuo, es para la elite no sólo posible, sino también mucho más probable y deseable.

Me pregunto lo siguiente: ¿Podemos hacer algo los que somos simples ciudadanos, compradores de los productos y sustancias que elaboran estos grandísimos “pulpos” de la economía internacional? ¿Tenemos entre nuestras manos la posibilidad de hacer algo? La leo a Noreena Hertz, según su punto de vista, sí, las personas comunes debemos “redoblar la movilización antiglobalización, denunciar los excesos de las multinacionales y realizar boicot de consumidores contra empresas de probada conducta antiética”.

Hagámosle caso…


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Prensa Libre Valenciana (108 noticias)
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