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Maestrazgomagico
Publicada el 09-10-2011 22:10 0 3

El Romancero del Maestrazgo

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image Diego Catalán: "El archivo del Romancero, patrimonio de la humanidad. Historia documentada de un siglo de historia" (2001)

Desde Cuesta del Zarzal

El encuentro entre investigadores de áreas distintas del Romancero, propiciado por el "Pri­mer coloquio internacional" de 1971, tuvo como consecuencia lateral reactivar la labor de exploración del Romancero oral en la Península Ibérica, que el Seminario Menéndez Pidal había dejado morir por haber dado prioridad a la publicación de los ingentes materiales ya reunidos. La experiencia recolectora en la sub-tradición sefardí, de S. G. Armistead, J. H. Silverman e I. J. Katz, y en la sub-tradición portuguesa, por J. B. Purcell 77 , constituían un nuevo modelo para la investigación de campo. Las posibilidades de recoger textos y músicas con las nuevas graba­doras manuales que la industria electrónica había colocado en el mercado y que venían siendo eficazmente utilizadas por los citados investigadores norteamericanos invitaba a reformular los métodos de encuesta que en tiempos pasados habían permitido reunir el conjunto de los textos del "Archivo del Romancero Menéndez Pidal / Goyri".

En consecuencia, con ocasión del "Coloquio" de 1971 (publicado en 1973) me decidí a "insi­nuar" lo que debiera ser un proyecto prioritario en el campo del Romancero tradicional español: "Debemos organizar su sistemática recolección en un futuro inmediato (...). La nueva re­colección debe hacerse con métodos y aparatos modernos, en una forma similar a como tra­bajan los profesores Armistead, Silverman y Katz sobre el Romancero sefardí emigrado a Is­rael y los Estados Unidos, o como ha trabajado últimamente la señora Purcell en las Islas Portuguesas (...). Es preciso seguir el ejemplo de aquellos países que, como Rumania, tratan de simultanear la transformación social y, por otro lado, cultural del país, con una recolección «total» de su folklore, de su cultura tradicional amenazada de extinción. En la España de hoy, si hay en curso alguna revolución, es claro que ésta afecta especialmente a las masas rurales, cuya vida tradicional está dejando paso a otra vida nueva de raíces no campesinas. En tal co­yuntura, esta obligación de que hablamos se hace perentoria (...). Creo que la exploración del Romancero en España nos deparará sorpresas extraordinarias. Pero no hay tiempo que per­der. Es preciso que la recolección se lleve a cabo antes de que esos campesinos, que hoy se sientan delante de un televisor escuchando pasivamente una música ciudadana, olviden su vieja y noble cultura musical, antes de que el impacto repetido de los nuevos ritmos mate su añoranza por la música que oyeron junto a la lumbre del hogar en las noches de invierno o como acompañamiento de las faenas del campo o de la casa". Pero mi esperanza de que la tradición romancística heredada siguiera aún viva en España, como entre los emigrantes sefardíes y portugueses o los habitantes de las Islas Atlánticas, era sólo una hipótesis: ¿habría podido sobrevivir el Romancero español al impacto de la "revolución del campo" que, propiciada por la emigración masiva del campesinado durante los últimos decenios a las ciudades industriales españolas y al extranjero, había acabado con una multisecular forma de vida? El "Seminario Menéndez Pidal" no estaba, por entonces, en condiciones de responder a esta pregunta: "El fin de las excursiones romancísticas de Galmés y mías, en los años 50 [recordaría yo en 1977], coincide con el comienzo de una importante empresa, la publicación del Romance­ro tradicional de las lenguas hispánicas de R. Menéndez Pidal y M. Goyri por el Seminario Menéndez Pidal. La publicación exhaustiva de textos —viejos y nuevos— del romancero, que en él se acometía, es una tarea tan apabullante para el pequeño equipo de investigadores con que la Cátedra-Seminario Menéndez Pidal ha podido contar, que no puede extrañar que, duran­te varios decenios, volviésemos provisionalmente la espalda a la tradición oral en cuanto fuen­te inagotable de nuevas versiones". Era preciso regresar al campo para poder determinar si el Romancero "aún vive" y qué sorpre­sas podía aún deparar la recogida de romances en tierras de España antes de que "la secular­mente «moribunda» tradición romancística" se encontrase "muriendo de veras, víctima de los golpes fatales que asesta( )n la emigración, de una parte, y la pantalla televisiva, de otra". Diversas experiencias puntuales de exploración de la tradición oral española realizadas en 1973, 1974 y 1975, proporcionaron, por entonces, respecto a esta incógnita, datos en aparien­cia contradictorios: de una parte, era evidente que la vida rural estaba profundamente alterada por los factores señalados; pero, a la vez, en cuanto al romancero se refería, pese a la decadencia de la tradición, se producían preciosos hallazgos inesperados. El 17 y 18 de Marzo de 1973, Je­sús Antonio Cid, que había empezado a trabajar sobre el Romancero en el "Archivo Menéndez Pidal / Goyri", realizó, de improviso, una excursión a Extremadura, que, al planearla pocos días antes (el 10-III-1973), me había anunciado en los siguientes términos: "El jueves próximo iré con don Julio Caro Baroja a Garganta la Olla. Él va a estudiar y ha­cer dibujos en relación con la vivienda rural, yo le ayudaré algo en el estudio que va a conti­nuar sobre la diosa del mito que está en la base de la Serrana y, por mi cuenta, intentaré hacer algo de recolección de romances, aunque no me hago muchas ilusiones por la inexperiencia y el poco éxito que tuve hace algún año en Galicia y Guadalajara (...)"; pese a esta desconfianza en sus dotes de colector, lo recogido por Cid en aquella visita a Gar­ganta de la Olla (Cáceres) dejó ver que el romancero extremeño no parecía estar abocado a una próxima extinción En Diciembre de aquel año, estando impartiendo los cursos graduados, arriba descritos, del programa de la Universidad de California en conjunción con el "Seminario Menéndez Pidal", aproveché un fin de semana para trasladarme con los estudiantes y con algunos colegas intere­sados en la experiencia (Antonio Sánchez Romeralo, Elena Romero y Antonio Cid) al Maes­trazgo (Teruel y Castellón), a ensayar una especie de seminario-encuesta. La rápida excursión (medio turística, medio educativa) me permitió entonces constatar: "Fuera del lugar de Pitarque, en donde la existencia próxima, hasta hacía poco, de unas fá­bricas de hilaturas y de tejidos había favorecido la creación de un acervo tradicional común entre los trabajadores, los pueblos y aldeas visitados nos ofrecieron una tradición muy decaí­da y una vida comunal fuertemente minada por la emigración masiva de hombres y mujeres en edad de trabajar"; no obstante, la experiencia colectora produjo alguna versión curiosa, como la del romance del Conde Niño complementado con La enamorada de un muerto de Cantavieja (Teruel) , en que es San Lorenzo el galán que corteja a la doncella y de quien, una vez muerto por la madre, ella tra­ta de guardar, como prenda de amor, la cabeza; versión en que, por muy santo que fuera el de­gollado, la reliquia se descompone, ante la perplejidad de la enamorada, según ocurría en las ver­siones del tema no absorbidas por el romancero sacro: Y ella cogió la cabeza y a un arca la fue a echar. Y al otro día 'e mañana la cabeza fue a mirar: los ojos se le sumían, la cabeza se le hacía mal. —Si se lo digo a mis padres, mis padres me matarán; si se lo digo a mis tíos, mis tíos lo callarán (...). La excursión fue, por otra parte, productiva como consecuencia de su carácter didáctico. Varios de los participantes en la encuesta trataron posteriormente de repetir, por su cuenta, la expe­riencia recolectora.

En efecto, uno de los estudiantes del curso, Francisco Romero, realizó seguidamente varias pe­queñas encuestas, cuyos resultados remitió al "Archivo del Romancero Menéndez Pidal / Goyri". En una de ellas, en Abril de 1974, tuvo la fortuna de recoger un romance de extraordinaria rare­za en Segorbe (Castellón), de boca de una mujer, de 84 años, procedente de Beas de Segura (Jaén): se trataba de la segunda versión peninsular conocida del romance de Lanzarote y el cier­vo del pie blanco, comentado métricamente en el s. XV por Nebrija, del cual, fuera de Canarias, sólo se había recogido en el pasado otro texto también andaluz. Como la versión turolense del Con­de Niño + La enamorada de un muerto, este romance artúrico había adquirido carácter sacro: Sale Jesú el Nazareno con la espada enguarnecida, s'ha encontrado un ermitaño y estas palabras decía: —Dime aónde está ese ciervo, ese ciervo 'e la guarida. —Esta mañana lo he visto, tres horas antes del día, comiendo manos de hombre y otra cosa no tenía (...). Por otra parte, Antonio Sánchez Romeralo, en el mes de Mayo de 1975, viajó por unos días al valle de la Alcudia (Ciudad Real) con la intención de seguir las huellas de "la loba parda", so­bre cuya muerte cantan los pastores de toda España un romance que, según ya dije, don Anto­nio estaba publicando, a invitación mía, en el volumen del Romancero tradicional de las lenguas hispánicas titulado Romancero rústico; y allí, en los "quintos" del Valle, recogió versiones de La loba parda entre pastores trashumantes de diversas comarcas. No dejó, sin embargo, de observar factores negativos para la pervivencia del Romancero: "El Valle de Alcudia, un valle ancho y dilatado, es todo él rico pastizal, dividido en quin­tos, cada uno con su caserío y sus corralizas, muchos de los cuales se alquilan a pastores del Norte que vienen a pasar la invernada. El invierno es largo y es duro pasarlo en soledad. An­tes, los pastores dependían más los unos de los otros, para conversar, y, en las fiestas, para ale­grarse en común, y las reuniones conducían de modo natural a la transmisión de la tradición oral (cuento, canción, romance...). Ahora la televisión, que vimos en casi todos los quintos que visitamos (en forma de aparatos de pilas, porque hay muchos quintos aislados, fuera de las redes de conducción eléctrica), hace que los pastores vivan más encerrados en sus caseríos y aislados entre sí. La cuestión es saber cuánto durará la fascinación de la televisión, y si, cuan­do ella pase, retornarán las costumbres de antaño". Aquel mismo año de 1975, Antonio Cid indujo a un grupo de estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid a realizar (para la profesora Alicia Redondo) un trabajo de recogida de material folklórico con especial atención al Romancero y los instruyó someramente sobre cómo realizar la encuesta. Los romances reunidos en comarcas varias por los estudiantes fueron trans­mitidos después por Cid al "Archivo del Romancero Menéndez Pidal / Goyri"; su sorpresa fue extraordinaria cuando, entre los materiales procedentes de la Maragatería coleccionados por Juan Antonio Sánchez Belén y Dimas Navarro halló una espléndida versión de Marquillos, di­cha, el 21 de Marzo de 1975, por una mujer de 84 años, en Val de San Lorenzo, romance que, hasta entonces, sólo parecía haber sobrevivido en rincones de la tradición catalana (en Alguer, el enclave catalán de la isla de Cerdeña, en Formentera, en Ibiza, y en el lugar de Sora, Barcelo­na), y contaminando a otro romance, en una versión judeo-española de Oriente: El traidor era Marquitos, todos le llaman traidor: por dormir con su señora, ha matado a su señor. —Abre puertas, Catalina, ábrelas, mi lindo amor.— (................................ ..............................) Catalina, como diestra, sus puertas trancó mejor; Marquitos, como valiente, al suelo se las tiró. (................................ ................................) La mandara hacer la cama, y él con ella se acostó. S'otro día por la mañana Catalina madrugó: —Subiráste en aquel alto, en aquel alto corredor y allí verás tus criados si trabajaban o no; allí verás la truchita cómo llamaba al salmón y allí verás la paloma cómo llama al perdigón. — Catalina, como diestra, a la mar honda lo tiró. (............................ ..............................) A cabo de nueve meses, ya Catalina parió. (............................. .......................) S'otro día a la mañana subió al alto corredor, allí cogiera su niño y a la mar honda lo tiró. —Ahí vaigas tú, mi hijo, vaigas con mi bendición; no quiero que quede casta de aquel gran falso traidor. El hallazgo fortuito, en 1974 y 1975, por encuestadores noveles, de unas "joyas" romancísticas como las versiones de Lanzarote y el ciervo del pie blanco y Marquillos, considerado en el con­texto sociológico de ruina generalizada de las "costumbres de antaño" observable en las más di­versas regiones del campo español, hacía posible pensar, de una parte, que aún estaban al alcance de los investigadores del Romancero oral otras "joyas" de similar valor cuya desaparición era in­minente, y, a la vez, que el riesgo de dejar para mañana la recolección sistemática propuesta en el Primer coloquio del Romancero era enorme. Pero hubo que esperar a la maduración de la "co­nexión americana" para que el "Seminario Menéndez Pidal" pudiera iniciar ese proyecto.

También por entonces, durante mi estancia en España en el curso 1973-74, hice un descubri­miento acerca de la pervivencia del Romancero en la tradición oral que abría nuevas perspectivas a la investigación: al escuchar cantar a Antonio Mairena, en La gran historia del cante gitano-anda­luz, una versión del romance de El conde Sol (= La condesita) , comprobé que no había sido, se­gún todos creíamos, una superchería de Estébanez Calderón, "El Solitario", la reconstrucción que hizo (en una de sus Escenas andaluzas) del ambiente en que, entre la gitanería de Triana, decía ha­ber oído cantar ese romance. En efecto, el texto grabado a Mairena en un disco de "Columbia" no se basaba en la versión que, revestida de ropaje retórico romántico, fue publicada en el siglo XIX, sino en la que en verdad oyó cantar "El Solitario" al gitano apodado "El Planeta" por los años de 1824 ó 1838, versión que, con escasas variantes, evidentemente permanecía aún viva en la tradi­ción de los Puertos siglo y medio más tarde, habiendo sido transmitida de generación en genera­ción por los cantores de corridos y alboreas hasta llegar al conocimiento de Mairena. ¡La existen­cia de un «romancero gitano» era, pues, una realidad, al margen de su leyenda literaria! image

El Maestrazgo se había vaciado de hombres y mujeres en edad de trabajar. Emigrados a Europa, habían dejado en su tierra a los niños con los abuelos. Era un triste panorama el del campo. ¿Se oían en aquellos pueblos en ruina las últimas voces de una tradición en vías de extinción?.

Cantavieja , donde logramos recoger una versión del Conde Niño con motivos adicionados de La enamo­rada de un muerto (Marzo 1973). image

El hallazgo, poco menos que fortuito, en La Maragatería, el año 1975, del romance de Marquillos, "desaparecido" de la tradición castellana en el s. XVI, Fue un aldabonazo en la labor del Semi­nario Menéndez Pidal: ¡La recolección de romances era más urgente e importante que la publicación de los materiales del Archivo!.

Carolina Geijo, can­tora de Marquillos, laborando en la de­vanadora del telar familiar (foto Joa­quín Amestoy).

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Autor: Maestrazgomagico (1160 noticias)

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