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El taxista de Peñaranda

16/05/2009 12:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

PROVINCIA de Salamanca. Once de la noche. Peñaranda de Bracamonte. Mi amigo B me cuenta la odisea que le ocurrió una noche, hace dos semanas, cuando tras regresar de un maravilloso crucero por el Mediterráneo recogió su coche en el aeropuerto de Madrid para dirigirse a Salamanca, donde vive.

Con eso de las prisas y las ganas de llegar a casa, no paró a poner gasolina hasta que la aguja le avisó de que estaba en la reserva. Él estaba tranquilo, porque sabía que había una gasolinera antes de llegar a Peñaranda. Así era, pero cuál no fue su sorpresa cuando el gasolinero, un tipo de esos duros, muy habituales por estas tierras, se negó a ponerle gasolina porque acaba de cerrar. «Deme una lata con cuatro o cinco litros al menos», le suplicó mi amigo B, pero el gasolinero se negó y le dijo que se las apañara en Peñaranda. Así lo hizo, conduciendo a ochenta por hora para no gastar y no quedarse tirado en medio de la estepa. Por fin, llegó a Peñaranda.

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Respiró; «estoy salvado", se dijo. Pero la gasolinera estaba cerrada, lo que le produjo una tremenda desazón. Acudió entonces a pedir consejo a una cafetería, por suerte abierta, que está en medio del pueblo, en la carretera. Tuvo alguna fortuna, por cuanto «el hombre era un tipo amable», o sea, un 'rara avis' en esta tierra en el que a veces parece que todos los hombres han salido de las películas del Oeste de Sergio Leone con música de Ennio Morricone: adustos, feos y con cara de pocos amigos. El buen hombre le dijo a mi amigo B que nadie abriría ya esa gasolinera y que lo único que podría hacer es llamar al taxista de Peñaranda y que le llevara hasta la siguiente para llenar una lata. Mi amigo B, que además estaba con su mujer, mi amiga C, y que de paso sufría las arremetidas de esta -con razón- por su improvisación, no tuvo más remedio que hacerle caso al hostelero. Llamó al taxista de Peñaranda que presto vino al encuentro. «Suba», le dijo. Y mi amigo B allí que se fue en busca de alguna gasolinera. Ya eran las 11.45 horas y se temía lo peor: «Voy a tener que llegar hasta Salamanca», pensó. Tuvo suerte. Antes encontró una gasolinera donde le llenaron una lata de cinco litros. En el camino el taxista de Peñaranda tuvo tiempo de contarle muchas cosas a mi amigo B, entre ellas que lo de esa noche era frecuente, y que eran muchos los que se encontraban con las gasolineras cerradas; es más, le dijo que él a veces llevaba una lata de cinco litros en su taxi para emergencias. Increíble, pero cierto. En la Villa tan nombrada, a cuatro pasos de la Capital de la Cultura, signo de esplendor, en la Castilla y León que lucha por atraer turismo y abandonar la desesperanza, mi amigo B y mi amiga C se encontraron con la realidad de esta tierra, tan parca, tan incomprensible, tan orgullosa en su miseria. ¡No tienen solución!


Sobre esta noticia

Autor:
Juan Luján (3 noticias)
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Tipo:
Reportaje
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