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Errores judiciales en serie

28/09/2009 22:49 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La jueza que convirtió convicción en axioma. No los que dicen ¡la de casos que habría que revisar!, ¡quita, quita! Aquí todo lo hemos hecho de maravilla

A la situación que mejor no hubiera sido creada porque sus efectos han sido peores que la situación de la que parte o que los de otra decisión que se hubiera tomado al respecto se le llama error.

Eso es lo que vienen apoyando y fomentando los juzgados que dirimen cuestiones de familia desde que empezaron a aplicar los criterios reduccionistas que aplican a las personas diversas a las que se los aplican. Entre los criterios que encontramos está el de los jueces que piensan que no son ellos los indicados para meterse en cuestiones de alcoba e infidelidades y que dónde están los grandes casos. Si no hubiera estrellas en el cielo, no habría astrónomos, pero los jueces, aunque les pese, están para resolver los problemas también intrafamiliares, porque divorciarse es un derecho que debe registrarse para que empiece a surtir sus efectos. Creen que si los progenitores son ya mayorcitos como para solucionar sus problemas no van a hacerlo ellos, así que tiran de la sentencia estándar y listo, sólo preocúpate, secretario, de cambiarle el nombre (y a veces hasta eso falla, que hay autos con los nombres de un padre y los de sus hijos mezclados con los de otros). Los más concienciados aplican el favor filii, el mayor beneficio del menor, pero generalmente lo confunden, cuando no lo funden cínicamente, con lo que diga el niño: que sea éste el que resuelva los problemas que los mayores no saben resolver. Este argumento de lo que diga el niño, que puede llegar a sonar muy bien, es en realidad de una hipocresía endiablada por esa responsabilidad que carga sobre las espaldas de los menores en el presente y para el futuro, y porque invierte los civilizados roles en la familia y así el niño se vuelve padre de sus padres-hijos, además de que da pie a todo tipo de presiones sobre el niño, ésas que presuponen automáticamente en juzgados y puntos de encuentro familiar que proceden por igual de ambos progenitores y sus familias (la naturaleza humana, ya se sabe) y que, sin embargo, a veces proceden del propio Juzgado: a ver, niño, con franqueza, tú ¿con quién quieres vivir?, di un nombre, venga, anda, dilo y acabamos rápido: “Se aprecia que el menor está más unido a…” Hay también jueces, tanto hombres como mujeres, que piensan que lo mejor para los niños es estar con la madre, categóricamente. Ni siquiera discriminan por edades, algo que estuvo en la legislación y que se consiguió suprimir (gracias al trabajo de una asociación catalana, tengo entendido), pues sólo sigue un criterio pretendidamente biológico y natural por el que las crías deben estar con las madres. Si fuéramos sólo animales, iríamos al veterinario o al etólogo para que resolvieran nuestros problemas y no al Juzgado. Pero resulta que hay muchos hombres, muchos, que ocupan el rol tradicionalmente tenido por maternal, y no sólo me refiero a comidas, parques, médicos, deberes, tutorías, sino también cariño, emociones, valores, amor. Esto que sigue está tomado de un email de una jueza: “los hijos tienen que estar con la madre. Ya lo verás como yo algún día”. O no, añado yo. Lo llamativo es que lo dice sin dudarlo, para ella es inexorable, como un axioma. De tal forma que también sabemos cómo van a ser inexorablemente sus sentencias de mañana, pero también las de pasado mañana y así en adelante hasta su jubilación. A la acción del juez que presupone al dictar sus resoluciones se le llama prevaricación, y si podemos saber de antemano qué sentencia saldrá para casos distintos, personales y diversos estamos ante una prevaricación continuada. Hay que estudiar cada caso y contar con los progenitores, con los dos: no pueden ser invitados de piedra a la disolución de su propia familia despachada en quince minutos. Aunque, mirado desde cierta perspectiva, al menos aquí no se aplica ninguno de los otros dos criterios que faltan en este ensayo de clasificación: el ideológico que-no-pase-ni-uno de las radicales y el exógeno lo-que-diga-ésta de las sustitutas.

De los errores debieran derivarse acciones: atribución de responsabilidades, establecimiento de compensaciones, pago de retribuciones. La gente no va a los juzgados porque haya olvidado. Va precisamente porque no quieren olvidarse hasta que pueda hacerlo, porque siente que alguien le debe algo y no puede o no quiere cobrárselo por su propia mano. Los jueces no pueden olvidar hasta que sea el momento de hacerlo. Puede llegar a ser ofensivo el trato que se da a un progenitor desde el estrado (una forma más) al invitarle una y otra vez a olvidarse de todo y a empezar un nuevo diálogo después de que una de las partes, sólo una, la suya, haya recibido un número abultado de denuncias, por los motivos más peregrinos, además de haber sido vejada, humillada, despojada, etc., motivo primero de las denuncias, y, sobre todo, desposeído del contacto con sus hijos y viceversa, porque es mejor romper el diálogo unilateralmente desde el principio (a veces con una orden de incomunicación) para demostrar que hay desacuerdo, momento en el que se desestima cualquier coparentalidad. En los informes periciales del juzgado, la “intención secundaria” no aclarada de denuncias como ésa es el uso y disfrute del domicilio familiar con carácter no precisamente familiar, pero eso no se tiene en cuenta porque se atiende antes a lo que diga el niño, por ejemplo.

Responsabilidades, compensaciones, retribuciones, especialmente cuando esos errores vienen provocados en cascada por una furia que sólo nace de las pasiones turbias, como el despecho soberbio, los celos, el odio desatado por la frustración, la codicia, la voluntad de victoria en asuntos de familia y de sexos, alimentada por un feminismo nacional embriagado desde que Gobierno, Parlamento y Juzgados se hicieron sus rehenes pensando que así alcanzarían la gloria entre las generaciones futuras e internacionales. ¡Por fin en España la mujer fue incluso más importante que el hombre! (aunque a éste le llevaran los diablos por ello, pero ya se le pasará, es que es un poco reaccionario y traga despacio). Todo bajo el nombre de discriminación positiva como eufemismo técnico.

Pero, ¿van a decir en el juzgado nos equivocamos? No la jueza que convirtió convicción en axioma. No los que dicen ¡la de casos que habría que revisar!, ¡quita, quita! Aquí todo lo hemos hecho de maravilla. Aseguramos así nuestra protección y, por exceso aunque sea, la de las verdaderamente violentadas. (Sí, Marga, nadie niega que las haya; se niega el número de maltratadores. Dos años después aún figuran en una lista abultada en la que no debieron estar o de la que debieran haberles borrado en todo caso por ley en las 24 horas siguientes a la absolución. No se hizo la ley para que crecieran las estadísticas de éstos, sino para que bajaran las de aquéllas).

¿Lo van a decir en el Parlamento? ¿Respecto a algo que votaron por unanimidad o por la mayoría más simple tras un error al pulsar en una sesión de madrugada hace cinco años, tal y como lo explican tan anchas en este caso?

¿Lo van a decir las señoras que se dedican a denunciar a sus maridos cuando ya ha empezado el proceso de divorcio y quieren asegurar la ganancia? Evidentemente no han iniciado el lío para desdecirse ni les interesa meterse en el otro lío de hacerlo. Eso si llegan a tener conciencia de ello, que también hay quien es rehén de un pensamiento sectario y llega a convencerse de que necesariamente ha sido sometida, violentada, victimizada desde el mismo momento en que conoció a su pareja. ¿Qué más prueba de ello quiere que el hecho de que es mujer? Defiende tus derechos, mujer; llevas años, siglos, milenios oprimida; ahora puedes desquitarte y contribuir; firma este papel por el que te represento, todo es gratis; somos de una asociación subvencionada; cuantas más seamos, mejor; denuncia, denuncia, denuncia lo que sea. Aquí el eufemismo técnico es tolerancia cero.

La palabra ‘familia’ se evita. Incomoda desde hace varias temporadas, antes de que se llevara lo rosa y lo malva, y se identifica más con la derecha y la Iglesia. No es una palabra del diccionario progre, sino del retro. Hay más uniones con hijos que familias. Significativamente, cuando el actual presidente del Gobierno tuvo que referirse en un discurso preelectoral a los diversos tipos de familia y se vio con la palabra repetidamente en la boca, no hizo referencia a las familias divorciadas. Ésas se ve que han pasado a ser ‘monoparentales’. El desplazado que arree y empiece de nuevo: si quiere prosperidad, que se aplique; si quiere familia, también. Sus hijos ya no son suyos más que para las pensiones, la hipoteca y ciertas visitas que las justifiquen. Cajeros automáticos con piernas, pero no parte de una familia.

Hasta que una sentencia clara no condene los atropellos de una de las peores tareas legislativas que hemos sufrido en este país desde Fernando VII (memoria histórica para todo y para todos), sin salir de los asuntos sociales, especialmente los familiares y los de igualdad, parece que aquí del burro no se apea nadie. Los divorciados no tienen la fuerza de un lobby, su poderío económico libre es ínfimo y son despreciados o tratados con conmiseración; su imagen ya está debidamente acuñada por los medios: tristones que se van airando porque quieren pagar menos, repiten.

Por mi parte, yo no dejo de pensar que todo esto se lo han hecho a mis hijos por una cadena de errores serializados. Errores legislativos, errores personales, errores judiciales. Que no era necesario tampoco en su caso. Que es un error llamarle a eso divorcio, civilización o justicia. Es otra cosa, errónea.


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