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Espectros en las sinagogas, el despertar del Islam

03/10/2018 05:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La literatura generada en los últimos veinticinco años en lo que se refiere a la espiritualización de la guerra es muy amplia

La Tecla Fértil

 

A lo largo de Europa, los ciudadanos con simpatías políticas de derecha tienen una visión mucho más negativa de los musulmanes que los de la izquierda. En Hungría, el 76% de ciudadanos de derecha los ve negativamente, mientras que entre los ‘zurdos’ el porcentaje a 69%. En el Reino Unido, estos porcentajes son de 35% y 28 % respectivamente, mientras que en Italia es de 89% y 59%.

En Hungría, el 76% cree que los musulmanes que llegan a su país buscan ser diferentes al resto de la sociedad, mientras que el 16% piensa que buscan adaptarse a las costumbres locales. Similares resultados se dan en Grecia con el 78% y 11% respectivamente, mientras que en España la división es de 68%y 24%.

L Uno de los debates más característicos ha sido el que ha tenido como epicentro la aplicación –o no- del concepto “revolución” a los cambios producidos en el modo de hacer la guerra. Aunque el debate es reciente, no lo sería su objeto de análisis. Es decir, revoluciones militares las a habido siempre, desde que hay guerras, de modo que este concepto viene a incidir sobre aquellas novedades –aquellos puntos de inflexión– que han propiciado una ventaja comparativa de una importancia tal que ha sido suficiente para decantar la victoria final en beneficio de alguno de los contendientes.

Existe cierto consenso en la idea de que no estamos ante revoluciones por el mero hecho de que esos cambios de paradigma sean muy rápidos. Más bien, lo relevante es que sean profundos, aunque la maduración de cada revolución militar pueda ser cosa de bastantes años e incluso de algunas décadas (Colom 2008: 46). De ahí que no sea fácil establecer un cronograma, a no ser que se tomen como referentes las fechas en las que ya se implementan esas novedades en algún o algunos conflictos concretos. Pero, si somos coherentes, nos daremos cuenta que algo similar ha sucedido en el ámbito –más conocido– de las revoluciones sociales o políticas (¿acaso la Revolución francesa, o la bolchevique, no fueron larvándose durante décadas antes de sus respectivos estallidos, en 1789 y 1917?).

Aunque algunos estudios versan sobre las guerras híbridas o  hybrid warfare (en adelante, HW), y lo hace, además, proponiendo el análisis de un escenario concreto (el vigente conflicto de Ucrania), conviene tener en cuenta –siquiera sea de modo sumario– el marco teórico fundamental de las revoluciones militares, a fin de mejor comprender el impacto real de esta nueva forma de conflicto –de esa “hibridación”– que parece tan extendida en estos primeros años del siglo XXI. De ahí que, para empezar, sea útil mencionar algunos de los aspectos fundamentales de este debate.

En realidad, ni siquiera existe una única definición de revolución militar. Todo depende del plano sobre el que se desee operar (o al que se conceda más importancia). Por ejemplo, la conceptualización más sencilla y más fácil de visualizar es la revolución tecnológica militar (RTM, en adelante). De acuerdo con esta idea, los elementos causantes de las ventajas comparativas a las que antes hacía alusión serían novedades en el terreno del armamento o bien de otras tecnologías directamente vinculadas a su uso

A su vez, algunas innovaciones han sido consideradas como revolucionarias, aunque en realidad se trata de mejoras (eso sí, sustanciales) derivadas de armas ya existentes. En todo caso, su consideración como “revolucionaria” deriva de la superioridad alcanzada gracias a su empleo

El principal teórico de la RTM fue el mariscal ruso (soviético) Ogarkov, preocupado por la brecha tecnológica que los Estados Unidos estaban abriendo con la URSS en los años 80 del siglo XX (Roxborough, 2002: 69), brecha que él consideraba decisiva, además de muy difícil de cerrar.

Sin embargo, pronto aparece la sensación de que, si bien las RTM contienen una parte de las razones del éxito en alguna guerra, en realidad no lo explican todo. En ocasiones, la ventaja decisiva puede no ser tecnológica. Por ello, algunos analistas popularizaron en los años 90 del siglo XX el concepto de la Revolución en los Asuntos Militares o Revolution in Military Affairs (RMA, en adelante). La novedad reside en que se enfatizan los aspectos orgánicos y, sobre todo, doctrinales como principal causa de la ventaja comparativa (y decisiva, en los términos vistos) alcanzada frente a los antagonistas (Marshall, 1993: 1). Lo cual no significa que no se requiera también de algunas mejoras tecnológicas para sacarle todo el provecho

.

Finalmente, algunos autores han puesto de relieve que si las guerras son fenómenos políticos (lo cual parece razonable como premisa) no podemos observarlas como si se tratara de meros “juegos virtuales” ni entenderlas como “partidas de ajedrez”, desvinculándolas en ambos casos de su contexto (Rogers, 2000: 32; Konx y Murray, 2001: 7). Por ello, en un tercer nivel de análisis aparece la noción de Military Revolution (MR) que algunos hemos conceptualizado –para evitar ulteriores confusiones– como Revoluciones Socio-Militares (RSM, en adelante). En este caso, el énfasis se aleja tanto de lo tecnológico que este aspecto puede llegar a ser periférico (casi siempre) o hasta irrelevante (a veces) para su definición (Baqués, 2013: 124-125; Jordán y Baqués, 2014: 59 y ss).

En cambio, adquieren peso (como elemento causal) las exposiciones que atienden a cambios (en sí mismos potencialmente revolucionarios) en las instituciones políticas, en las ideologías, en la economía o en la demografía. El ejemplo con el que suelo trabajar es la confluencia –a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX– de una revolución política (la consolidación del Estado moderno)

En segundo lugar, los grupos insurgentes hacen un amplio uso de las tecnologías de la información y de la comunicación. E

 

Una revolución ideológica (el auge del nacionalismo), otra de corte económico (la revolución industrial) y una última de tipo demográfico (la consolidación de la revolución demográfica) que, aunadas, permitieron (o hasta estimularon) el tránsito de las viejas guerras limitadas a la época de la guerra “absoluta” (Clausewitz, 1999. A su vez, la derivada principal de esta mixtura fue la generalización del servicio militar obligatorio que, en sí, puede ser tomado como una RMA (cambio orgánico y doctrinal, con poco énfasis en lo tecnológico, aunque –una vez más– no sea incompatible con ello).

De esta manera, a la postre, las RSM serían el marco en el cual se despliegan posteriormente las RMA y las RTM. Emplear uno de esos conceptos no supone necesariamente anular a los demás, porque todos estos enfoques se complementan. Sin embargo, la decisión acerca de en cuál de los niveles se mueven los cambios realmente decisivos no es neutra desde el punto de vista analítico…ni práctico. Como hipótesis de trabajo cabe tener en cuenta la posibilidad de que las HW de nuestros días sean una tentativa de hacer la guerra de un modo diferente (luego habrá que discutir lo que eso tiene de revolucionario, o no) en función de una serie de cambios profundos que afectan a la RSM vigente desde los tiempos de Napoleón (y Clausewitz) hasta… casi nuestros días.

Si el debate en torno a las revoluciones en el ámbito de la guerra es reciente, el que concierne a las guerras llamadas “híbridas” nos acompaña, básicamente, en lo que llevamos de siglo XXI. Sus orígenes son modestos, pero pronto adquirió una resonancia inusitada en círculos de expertos, civiles y militares. La razón de ello estriba en la dificultad de la principal potencia militar mundial (los Estados Unidos) para derrotar a fuerzas insurgentes y warlords en Estados fallidos (Afganistán e Irak). A lo cual se sumó la de Israel para hacer lo propio con Hizbollah en el conflicto del verano de 2006. Dicho con otras palabras, no se trata de un debate meramente académico, ni tampoco de una disquisición teórica separada de la realidad. Al revés, el origen de este nuevo debate reside en la necesidad de adaptación a escenarios que ya no responden a los estándares de las guerras clásicas o convencionales. La sorpresa, a su vez, radica en que algunos de los Estados más avanzados en términos de RTM o RMA han sido incapaces de “ganar guerras” frente a enemigos manifiestamente inferiores.

Si ese es el contexto, las principales conclusiones derivadas de estos tres lustros de literatura especializada abrazan la idea de que los ejércitos regulares de los Estados están teniendo dificultades para gestionar conflictos armados en los que sus contendientes son (en principio) fuerzas irregulares. Pero esto es así porque dichas fuerzas han sabido adaptarse al conflicto asumiendo y explotando una serie de novedades entre las cuales cabe citar –de modo sumario y no exhaustivo– las siguientes:

En primer lugar, a nivel armamentístico, se trata de fuerzas irregulares, formadas por voluntarios (hasta aquí, nada nuevo), que logran hacerse con un arsenal más propio de ejércitos convencionales, lo cual incluye tecnologías de última generación y armas pesadas (ésa sería la novedad). Normalmente, esto es así porque obtienen ayudas de Estados que sí las poseen. Pero en otras ocasiones se produce, simplemente, la captura de medios de los Estados a los cuales o en los cuales combaten. De esta manera, las diferencias entre ambas formas de guerra (convencional e irregular) se difuminan. Tanto es así que este fenómeno (blurring, en inglés) es tomado por algunos de los principales expertos en la materia (v. gr. Gray, 2005; Hoffman, 2009),  como uno de los principales signos distintivos de las guerras híbridas.

En segundo lugar, los grupos insurgentes hacen un amplio uso de las tecnologías de la información y de la comunicación. Ello incluye desde los mass-media (si acceden a su control) hasta las redes sociales. Internet cobra una especial relevancia (YouTube como parte de su campaña de marketing, sin ir más lejos). Eso es debido a la convicción acerca de que el objetivo último de las guerras no son los caminos, canales y puentes, ni los puertos, ni los aeropuertos, ni las fábricas, sino los “corazones y las mentes” de la gente para que abrace su proyecto político. Algo que desde hace tiempo forma parte del discurso más ortodoxo en las guerras contrainsurgencia. Lo cual es válido, a su vez, para los dos bandos en litigio (es decir, ora sea para reforzar el discurso propio, ora sea para desarticular el ajeno o incluso para desmoralizar al rival). En el fondo, se trata de una guerra psicológica (Bond, 2007: 3), aunque con ramificaciones de tipo ideológico.

Las HW son guerras esencialmente urbanas. Es relevante, porque eso las distingue de las viejas guerras de guerrillas (pensemos en Malasia o Vietnam) que se libraban, fundamentalmente, en la selva. El contacto con la población civil contiene lógicos inconvenientes, en términos de bajas colaterales, afectación de infraestructuras básicas (energía, transporte) de modo que, en general, incorpora una enorme dificultad para atacar objetivos militares sin dañar a personas y bienes protegidos (Hoffman, 2007: 15). Claro que, de nuevo, nada de eso es casual. Uno de los contendientes (el promotor de las HW) desea generar confusión (o hasta desesperación) entre la población del Estado en cuestión, de modo que pueda derrotar a dicho Estado no tanto debido a una siempre difícil victoria militar, sino por medio del desencanto de los implicados. Por ello, prolongar indefinidamente una guerra de este tipo suele jugar a favor de quien ha optado por este modo de alcanzar sus objetivos (Smith, 2007: 8).

En muchos casos se ha observado que los combatientes de una HW suelen trabajar de consuno con grupos terroristas e incluso con grupos de delincuencia organizada que ni siquiera sostienen un proyecto ideológicamente fundamentado

. Algo facilitado por el hecho de que los Estados en los que actúan pueden terminar convertidos en Estados fallidos. La relación entre cualquiera de esos Estados y la proliferación de amenazas a la estabilidad del tipo de las indicadas es directamente proporcional, por motivos que no exigen mayor explicación. Aunque en otros casos sea más complicado demostrar la relación entre todos esos actores armados no-estatales sobre el terreno, un aspecto que comparten con ellos es que las fuerzas que practican la HW suelen menospreciar de modo interesado la legalidad y en particular, aquellos criterios más elementales de DIH y/o de ius in bello y tienden aponer en práctica lo que algunos han denominado como unrestricted operational art (Fleming, 2011: 1-2).

En términos de proponer una exposición más detallada de las guerras de nueva generación, podemos añadir que existe una discusión, más afinada en clave militar, acerca del nivel de integración de los diferentes actores participantes en estas guerras. Tiene que ver con si la convergencia alcanzada en el nivel operacional es debida a consideraciones de tipo puramente funcional (lo cual denota una menor intencionalidad de partida) o bien si forman parte de una coordinación explícitamente pergeñada para ello. De hecho, esto nos permitiría distinguir entre Compound Wars (CW, en adelante y las HW. De todos modos, a este nivel de análisis no es necesario entrar a fondo en estas distinciones.

Sea como fuere, el modo de entender la guerra aquí expuesto de modo sumario no es aleatorio, ni es fruto de la improvisación. Más allá de ello, las HW muestran que los antagonistas de los principales Estados occidentales han tomado buena nota de una serie de cambios políticos, ideológicos, económicos y demográficos característicos de estas últimas décadas, en función de los cuales detectan nuevos puntos débiles que se aprestan a explotar. Dicho de otra manera, pero manejando el argot de nuestro marco teórico básico, han detectado que estamos ante una nueva RSM cuyo rasgo principal es, precisamente, el desmantelamiento de los principales hitos de la vieja RSM

Algunas innovaciones han sido consideradas como revolucionarias,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (2025 noticias)
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