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6 grandes poemas de Pedro García Cabrera: el mar de la existencia

29/01/2015 22:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Poeta esencial de las letras canarias en el siglo XX, (Vallehermoso, La Gomera, 1905; Santa Cruz de Tenerife, 1981) miembro del grupo tinerfeño de Gaceta de Arte, es poeta del mar, un mar metafísico y sufriente, existencial y cautivo. Detenido el 18 de julio de 1936, fue enviado a La Isleta, en la ciudad de Las Palmas, y luego deportado a Villa Cisneros, Sáhara Occidental. Protagoniza una espectacular fuga en el barco Viera y Clavijo, con el que llega a Dákar, de ahí a Marsella y a Andalucía, para ser protagonista en el frente de guerra republicano. Conoce a Matilde Torres, su enfermera, y posteriormente su mujer. Su libro "La esperanza me mantiene" registra el paso del lirismo vanguardista al realismo social, según señaló en su momento Pérez Minik. El título lo extrae García Cabrera de una copla popular que había escuchado, de niño, muchas veces, en La Gomera y se mantenía, acosándolo, en su memoria, según propia confesión. Domingo Pérez ha dicho que en esta copla se resume "toda la condición geográfica y metafísica del hombre insular".

1

Un día habrá una isla que no sea silencio amordazado.

Que me entierren en ella,

donde mi libertad dé sus rumores

a todos los que pisen sus orillas.

Solo no estoy. Están conmigo siempre

horizontes y manos de esperanza,

aquellos que no cesan

de mirarse la cara en sus heridas,

aquellos que no pierden

el corazón y el rumbo en las tormentas,

los que lloran de rabia

y se tragan el tiempo en carne viva.

Y cuando mis palabras se liberen

del combate en que muero y en que vivo

la alegría del mar le pido a todos

cuantos partan su pan en esa isla

que no sea silencio amordazado.

2

En el tapete del mar el cielo con sus estrellas

está jugando a los dados.

Y el faro sigue en sus trece

guiñando el ojo a los barcos.

* Y por la tarde, las torres,

las chimeneas, las casas,

van de paseo, en sus sombras,

para bañarse en la playa,

y columpiarse en las olas

y aprender nuevas sonatas.

Y después, de mañanita,

y como siempre: descalzas,

se estiran por el paisaje,

se suben a las montañas,

para contarle las cosas

que aprendieron en las aguas.

PESADILLA

Esta casa la habían construido poco a poco mis padres, casi engendrada como un hijo.

Más que de cal, de piedra y de madera,

era de carne y hueso igual que los hermanos.

Nosotros no teníamos más que el día y la noche,

pero eran noche y día químicamente puros,

hechos para el estudio y la ternura.

Algunas tardes íbamos a mirarla crecer.

Mi padre era maestro y le estaba enseñando

a leer en voz alta

aires de libertad como a nosotros.

La escalera tenía la viveza

de una vena en el cuello de un caballo,

blancura de conciencia las paredes,

rectitud de conducta los cimientos.

Un día quedó lista:

le pusieron un número

y ya el cartero pudo traer a nuestras manos

todas las amistades de la sangre y los sueños,

poniéndonos el mundo a nuestro alcance.

Desde el zaguán nos protegía,

hiciera lluvia, frío, miedo, calor o estrellas,

y la noria de los peldaños

nos subía

a los albergues de los cuartos,

tibios como el silencio del vientre de una madre.

Era nuestra y bien nuestra,

no por estar sentada en un registro,

sino porque todos habíamos ayudado a levantarla

quitándonos el pan de nuestra boca.

En las cuatro paredes aprendí de esta casa

a viajar sin fronteras por el mar de los hombres,

a respetar los hombros de la noche estrellada

y a no volver la espalda a las tormentas.

Muchas epifanías amanecieron los reyes sus balcones,

en los trances difíciles

la amargura calzó nuestros zapatos,

alguna que otra vez nos pusimos enfermos.

En ella no temíamos a nada.

Mi madre nos miraba desde el fondo del alma

y su sonrisa, al vernos,

tenía justamente el tamaño de un hijo.

Una noche la puerta fue golpeada,

pasos distintos a los nuestros

atropellaron su descanso

y rostros armados de centellas

violaron el pudor de sus entrañas.

No quedó libro sin abrir,

objeto por registrar

ni papel en su sitio.

Todo, patas arriba,

blancas de miedo las paredes,

horrorizado el silencio en los espejos.

Esa noche la casa

se quedó a la intemperie,

como si un vendaval hubiera roto las ventanas

y levantado el techo.

Tanto perdió de intimidad y refugio

que, desde aquel instante, los manteles,

en lugar de la mesa,

era como si se tendiesen en la acera.

Y nunca más su corazón de fruta

volvió a ser el de antes.

Se había profanado su soledad nativa,

su interior apacible,

los anillos paternos que nos justificaban,

el arca de la alianza del hogar.

Cuando al día siguiente mi madre hizo la casa

sus brazos no podían barrer tanta tristeza.

ISLA Y MUJER

Hacia arriba tus días trepadores, tus prisas cenitales, tus montañas

escaladoras de águilas y nubes.

Hacia arriba tus cerros,

con sus verdes espuelas, sus morenos

ijares, sueltas en el viento rubio

las bridas trinadoras de los pájaros.

Hacia arriba tus valles atrevidos

como si una gran mano los llevase

desde la azul rodilla de las aguas

hasta los altos muslos de tus nieves.

Romería de piedra enamorada

desde el mar a la cumbre. Ésa es la isla,

que recoge la falda de la espuma

para ganar los áticos que vieron

brotar del pecho virgen de la roca

el silbo ardiente de un pezón de humo.

Desde entonces tu sombra da la vuelta

alrededor de cráteres lunares.

Pero ahora que nos hemos encontrado,

isla, madre, mujer, volcán, destino,

ven a dormir tu soledad de siempre

-oh amada de la noche y la distancia en

el tibio silencio de mis brazos.

CUARTO CRECIENTE

De las prisiones flotantes ?mar dormida, cielo claro?

de Tenerife salieron

treinta y siete deportados.

Fue un diecinueve de agosto,

día de mi cumpleaños.

Luces de duelo y de tierra,

de la ciudad, de los barcos,

por el aire, sobre el agua,

tendían sus largos brazos.

En medio de la bahía

el trasbordo presenciaron

la luna del desconsuelo

y un pelotón de soldados.

En la tercera del "Viera"

uno tras otro, encerrados,

entre un río de fusiles,

y un bosque de sobresaltos,

camino de Río de Oro

hacia Las Palmas zarparon.

Atrás quedó la familia,

quedó el amor desvelado.

Y todo el mundo fue llave

sobre los hombros amargos.

Azotea de mi casa,

calle alegre de mi barrio,

si el viento por mí pregunta

decid que voy desterrado.

GOMERA

A mi prima Camila Trujillo Cabrera de Hernández

A cara o cruz he lanzado a la mar una moneda;

salió cuna y nací yo:

cuna o concha es La Gomera.

Súbete al roque más alto,

silba con todas tus fuerzas

hacia atrás, hacia la infancia,

a ver si el eco recuerda

las bordadas camisillas

que abrigaron mi inocencia.

Sílbame más, mucho más,

que oiga las primeras letras

del alba silabeando

los renglones de mis venas.

Silba, silba sin cesar,

y tráeme la escopeta,

los caballitos de caña

con sus bridas y cernejas,

el croar de los barrancos

y las palmas guaraperas.

Silba, silba sin descanso,

hasta llamar a la puerta

de los que en lucha cayeron

con la rebeldía a cuestas.

Sílbame el Garajonay,

que va siempre sin pareja

bailando el santodomingo

camino de las estrellas.

Sílbame el ritmo de fuego

con que danzan tus hogueras

dando a la noche madura

la juventud de doncella.

Sílbeme el faro sus luces,

los alfileres que vuelan

a hundirse en el acerico

redondo de las tinieblas.

Sílbame la sal y el agua,

sílbame el pan y las penas,

y la libertad que amamos

sílbala a diestra y siniestra.

Cierto que no morirás,

mas si algún día murieras

entra en el cielo silbando

y silbando pide cuentas

de por qué te condenaron

a soledades perpetuas.

Y ahora silba más hondo,

silba más alto y sin tregua,

silba una paloma blanca

que dé la vuelta a la Tierra


Sobre esta noticia

Autor:
John Miller (1081 noticias)
Fuente:
blogdeleonbarreto.blogspot.com
Visitas:
3990
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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