Haití no existía
Las ruedas friccionan los raíles con chirriante inquietud, parece gozosa; que un hombre ha asido una cámara para filmar el espectáculo. No hay tiempo para asimilar la escena. El desarrollo de los acontecimientos ha inspirado un guión macabro que también chirría en nuestros oídos. Del polvo ha amanecido una mujer semidesnuda, ahora cierra sus párpados mientras musita frases indescriptibles. La anciana tiembla desde el cuello hasta los tobillos. Parece tratar de concebir un sueño interrumpido por espasmos. Antes vivió el estruendo y el silencio y los gritos, los gritos cerca, lejos, arriba, abajo, ¡Dios! Un periodista conversa por teléfono tras los actores de reparto. A sus pies, la herida enjuta mantiene sus hieráticas manos cerca del corazón. ¿Por qué? Se lamenta y se revuelve, redobla, revive y deja entrever sus ojos entre un remolino de polvo y luz, la indiferencia. Fíjate en sus facciones, sus labios carcomidos, sus pestañas espinosas, su piel gris, antes negra, su voz, su voz rota. ¡Llamen a alguien! ¿A quién? Déjenme consolarla antes de que la arrojen sobre una carretilla. Morirá de camino hacia ninguna parte, huyendo de nadie, se verá sola y se preguntará ¿pero que hago yo aquí? ¿Qué ha sido de los míos?
Observen. Intenten recordar los tiempos en que Haití no existía. ¿No se sorprenden? Decenas de aeronaves han despegado desde los más variopintos lugares. La madre naturaleza, dicen; su puta madre, digo yo. Y me mantengo en pausa, aquí, junto a la desgraciada. Ustedes continúen rodando, que los cadáveres parecen una macabra broma cubiertos por las mantas que ayer daban cobijo. ¡Miserables! La solidaridad se televisa, al igual que el sufrimiento, porque vende y consuela ¿a quién? ¡Siempre a los mismos! ¡Despierten! Pero con cuidado, no sea que se alteren las víctimas y frustren la quietud de la otra víctima que se aleja. No, no les traduzcan sus mensajes. Ustedes miren hacia las cámaras. Sonrían, por favor. Que nos han de informar de las novedosas acciones del gobierno de un país del que su gente huye despavorida o se queda para recoger toneladas de caña de azúcar por dos dólares. Vean que el terremoto no ha supuesto más que el inicio de este nuevo thriller. Los muertos no bailan, no se levantan y la única transformación se sucede en el rostro del espectador cuando expresa su espanto. La tragedia ya asediaba las vidas de quienes han caído. La muerte pudre y despierta, sí, zarandea los aledaños de un mundo devastado por la falta de solidaridad, de caridad, de humanidad...
Bebe un hombre de un charco a lengüetazos como un perro. Luego se aleja con el rabo entre las piernas. Y los canes olfatean sobre los bloques de granito.La búsqueda, la búsqueda. Aquí, allí, ayuden, ayuden... El cemento se confunde con ceniza. Los negros parecen más blancos tras su rocío, sus ojos ya no destacan, sus lágrimas escapan por la piel hasta detenerse en un remanso de barro. Digan que estamos aquí. Digan que nos han visto. Que la suerte ha tocado en una cárcel llamada Haití.
Del polvo ha amanecido una mujer semidesnuda, ahora cierra sus párpados mientras musita frases indescriptibles. La anciana tiembla desde el cuello hasta los tobillos
Pueden contigo. Puedes recuperarte. Que la confusión seguirá reinando en este mundo de contrastes casuales o intencionados. Vengan y naveguen en pateras por el mar Caribe, traten de consolar a las pequeñas niñas que vagan por las orillas con sus harapos. ¿Cuánto habrán de esperar hasta ser devoradas? No, yo no lo admito, y sin embargo sucede. Ahora no es tiempo de reproches, porque la mediocridad humana ha quedado otra vez de relieve, tan frágiles... Tú no puedes hacer nada más. Te han convencido de ello. Dormirás esta noche arropado. Y la negrura lo teñirá todo. Y nuestro mundo proseguirá en este juego de haces de luz y de registros en la sombra.
El color púrpura se interpreta en francés. No temas emocionarte. Las tragedias actúan como despertador universal de conciencias ante una humanidad dividida entre conformistas, inconformistas y aprovechados. ¿Qué muerte les impresiona más? Los terremotos son más vistosos e instantáneos. La miserable rutina nos ha acostumbrado a convivir con anónimas matanzas en la intimidad de los suburbios. La civilización señala con sorpresa al tercer mundo. La libertad es un tópico, la miseria se amontona en sus esquinas. ¿Recuerdan los niños guerreros? ¡Sigan sembrando minas! ¡Transpórtenlas en los mismos aviones Hércules utilizados para llevar pan y medicinas a Haití!
Centenares de cadáveres se pueden visualizar en imágenes vía satélite, la otra faceta de internet. Los escombros dibujan la crudeza de la calle y su silueta rota por los escombros y el humo. Mas, no te culpes. Pronto acabará este desalentador espectáculo, y los haitianos retornarán a sus chabolas y nosotros proseguiremos con nuestras espléndidas y confusas vidas.
Paco Bono
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