"Los jardines de Serenna", una novela de Víctor Virgós

SERENNA (MILENA VELBA) SE DIRIGE A LAS HABITACIONES DE SU SUNTUOSA MANSIÓN .
LOS JARDINES DE SERENNA -VÍCTOR VIRGÓS-
NOTA DEL AUTOR: ESTA NOVELA NO ES APROPIADA PARA MENORES DE 18 AÑOS, Y PODRÍA HERIR LA SENSIBILIDAD DE ALGUNAS PERSONAS. ME PARECÍA MI DEBER AVISAROS.
Nadie conoce a nadie. Eso aviva la magia y confiere a los encuentros mensuales matices clandestinos y morbosos, que alimentan el misterio e inflaman las pasiones. Cuando esas pasiones se desatan y las fantasías se materializan en tangible realidad, los invitados se desprenden de los disfraces y máscaras que mantienen confinados los más oscuros sueños y anhelos inconfesables. Cada uno de ellos escoge un papel y lo asume con verdadera devoción.
Se entregan con fervor a esos roles imaginados, y por unos instantes todo parece real, las fantasías y los sueños son tan vívidos e intensos que la franja que divide la realidad de lo ficticio es prácticamente indistinguible.
Paulatinamente van llegando, despacio, nerviosos, aturdidos, ávidos de emociones diversas, como un ejército de almas en pena que buscara la redención. Deambulan sin rumbo fijo e intercambian miradas avergonzadas, furtivas, curiosas, desesperadas o invitadoras. No se detienen para conversar o iniciar los primeros contactos sociales de cortesía. Todos comprenden los motivos por los cuales están allí, frente a la suntuosa e incomparable mansión de Serenna. Antes de traspasar el umbral imponente de la verja exterior, flanqueada por extensas plantaciones de rosales siempre frescos, los invitados ya intuyen como van a desarrollarse los venideros minutos y horas del día.
La excitación es incontrolable, y esta sensación adictiva promueve las necesidades imperiosas de prolongar los encuentros mensuales, hasta el punto de renunciar a tu propia vida, para girar en torno a una fantasía: los encuentros mensuales en los fastuosos Jardines de Serenna.
La inmensa mayoría son hombres. Las mujeres forman un grupo muy inferior, vienen acompañadas de sus esposos o sus parejas, amantes ocasionales o amigos desinhibidos.
Son ellos los verdaderos instigadores de esta aventura osada, que flirtea con las delicadas fibras del amor y los sentimientos, un campo volcánico y pedregoso plagado de minas que pueden estallar en cualquier momento. Ellas acceden gustosas contagiadas por el entusiasmo colectivo, la curiosidad, la rebeldía o la necesidad de abrir frentes novedosos e inexplorados en el complicado mundo de la sexualidad y los afectos. Lo asumen como un aderezo más de su personalidad, y creen firmemente que ello provocará una respuesta instantánea de lealtad y devoción por parte de sus amantes, esposos o parejas.
Los encuentros mensuales poseen un extraño influjo del que es difícil evadirse. Empiezan como meros juegos colectivos inofensivos y deleitosos. Pero son juegos con dos caras antagonistas.
La cara más amable te ofrece una experiencia hipnótica y adictiva que produce grandes dosis de placeres inalcanzables. Libera tu mente de las amarras de las normas sociales inquebrantables, disipa los miedos y los tabúes. La cara más agradable retoca los aspectos deformados y reprimidos de tu subconsciente. Te sientes etéreo y dichoso. Podrías flotar en una nube, mirar el universo desde las cumbres más altas del cielo. Pero a veces, los asistentes se topan con el frío anverso de los encuentros mensuales. Cuando se percatan de ello es ya demasiado tarde.
La amargura es como un torrente sanguíneo que te corroe las entrañas. Los encuentros mensuales pueden succionar la voluntad y la autoestima o la dignidad de los más veleidosos y frágiles. Pueden transformarte en una marioneta de los sentimientos, hasta el punto de atraparte en sus garras y hacerte su prisionero, doblegando tu voluntad.
Te destruyen, y sientes como te vas desmoronando sin remedio, como un castillo de naipes o un torreón de arena junto a la playa.
Serenna está ante la puerta esperando a sus invitados. Les observa con displicencia, sonriendo sin la menor emoción.
Un nutrido grupo de varones jóvenes escandalosos, liderados por un cabecilla ególatra y jactancioso trata de impresionar a los demás con una verborrea incesante, que narra historias de amor imposibles, como extraídas de los episodios más célebres del
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mismísimo Casanova. Otros invitados se acercan timoratos, formando una hilera desmadejada, mientras se aproximan por la arboleda serpenteante que desemboca en los admirables jardines que atrapan como un guante la fastuosa mansión.
Una avanzadilla de mujeres se ha detenido en el camino para deleitarse con la belleza de la panorámica que se despliega ante sus ojos como las alas de un ave Fénix. Hay laberintos de setos verdes que imitan formas de animales, o escenas obscenas que dejan poco margen a la imaginación.
Hay fuentes por todas partes, coronadas por imágenes de piedra invadidas por el musgo. Son estatuas pétreas que evocan escenas de la mitología griega y romana, legendarios héroes y hermosísimas diosas o musas de las artes.
La mansión es una inmensa mole de piedra roja cubierta de hiedras de color carmesí. Posee tres alturas, y a primera vista se asemeja a un castillo medieval. Una enorme cúpula roja con estrellas azules y amarillas pintadas se erige en la torre central. Hay decenas de minúsculos ventanucos con forma de hoja y grandes ventanas con cortinas de aspecto imponente. El valor de la mansión debe ser incalculable. Serenna, su propietaria, es la única heredera de la fortuna que su padre amasó durante décadas en negocios turbios de dudosa legalidad. Es una mujer de una belleza inquietante y perturbadora.
Por sus venas fluye sangre siciliana, por parte de su madre, y americana, en su vía paterna. Sus ojos rasgados parecen demasiado apesadumbrados para una mujer que acaba de cumplir los 25 años. Tiene la mirada perdida y vacía. Su piel es tostada y tersa, y su cabello oscuro, largo y lacio. Posee una boca grande y sensual de labios carnosos y rojos. Su cuerpo es exuberante, lozano, de formas rotundas y curvilíneas. Ha heredado el arrojo de su padre, su audacia y su espíritu batallador. El hipnótico magnetismo de su físico es el legado de su madre.
Es una mujer inquieta, que busca con anhelo y desespero una chispa de aliento y de vida en cada nueva situación. A veces cae en estado depresivos. Cuando esto sucede se adentra en su burbuja particular de su universo exclusivo, más allá de los confines del mundo físico y material. Es un universo de ideas, emociones y quietud. Allí puede evocar los escenarios de su niñez, truncada y devastada por los abusos físicos y psicológicos de unos padres enloquecidos. Entonces, llora sin emitir sonido alguno, mientras se mece al ritmo de una canción de cuna que sólo ella puede oír, como si fuese susurrada por el viento.
La mansión es su guarida, donde pasa los días sin más compañía que la de los numerosos animales callejeros que ha ido recogiendo y salvando de las calles desde décadas.
Allí recibe a sus invitados durante los encuentros mensuales. Son su válvula de escape de su mundo poblado de voces de antaño e imágenes caducadas. Funcionan como detonante de sus pasiones y asimismo, amainan el temporal desbocado de sus estados demenciales transitorios. Serenna aborrece el contacto físico, le produce una extraña sensación de vacío y repulsión difícil de entender si no se ha experimentado.
Considera el sexo como un efímero entretenimiento, que logra aplacar su soledad y la erige en un pedestal de oro y diamantes, que la dota de supremacía sobre los hombres volubles y enganchados en las redes del amor. Sus relaciones amorosas han sido numerosas y variadas, pero nunca se ha comprometido con nadie. Elude los compromisos y las declaraciones sinceras de amor eterno y lealtad. No cree en ellas, le aterra el fracaso, sentirse abandonada o burlada. Serenna jamás ha amado a nadie, no podría. No sabría como hacerlo.
Busca el amor con desespero, sin embargo este parece negarle su suave caricia cuando parece más sincera y honesta. Su corazón está revestido de una coraza pétrea de acero que mantiene amarrados sus sentimientos e impide que los latidos de su corazón alteren su acostumbrado ritmo cadencioso y tranquilo. Su mente, azotada por frecuentes delirios sorpresivos, la incapacitan para los afectos y la entrega incondicional.
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Los invitados deambulan como vagonetas descontroladas por la planta inferior de la mansión, donde el champagne burbujeante y dorado reluce en las copas, alineadas sobre una mesa que atraviesa de lado a lado la sala. En el aire flotan las palabras, la excitación es casi tangible, palpable, como una materia sólida y gelatinosa que lo impregna todo con su olor dulzón y contagioso.
El clamor queda irrumpido de pronto cuando la ven descender por la escalera de caracol, enfundada en un elegante vestido dorado muy ajustado, y que esculpe a la perfección su figura rebosante y voluptuosa. Serenna adora esos instantes de veneración y sumisión, sabe que podría tener a cualquiera.
Busca un candidato, uno tan sólo entre aquellos rostros ansiosos y expectantes, ávidos de emociones nuevas. Un hombre encapuchado y forzudo hace resonar en el suelo de mármol rojo una fusta de cuero. Unos chiquillos, parecen adolescentes, se miran con nerviosismo y sonríen como autómatas. Hombres negros, parecen proxenetas, vienen acompañados de mujeres de color, maquilladas de un modo burdo y exagerado. Algunos son prácticamente ancianos. Serenna se pavonea orgullosa como una diosa entre sus rendidos feligreses, les observa con atención, busca al candidato idóneo. Jamás ha aparecido. Le aterra pensar que tal vez jamás suceda.
Tal vez no exista su alma gemela, una versión masculina de su propio ego. En sus sueños todo parece tan dichoso y sencillo... En el reino de lo onírico, ese hombre humilde y amable, simpático y bueno, adora su belleza y su alma, le ofrece su mano como amigo, y su corazón como amante. Es bien parecido y la trata como a una princesa. Es apasionado, cariñoso, su corazón está lleno de música y poesía. Posee una gran inteligencia y sabe escuchar, habla el lenguaje de los sentimientos, y comprende el dialecto de la pasión y el amor, como si él mismo hubiese escrito los códigos secretos para su creación.
Es un hombre positivo y entusiasta, dotado de una fuerza interior milagrosa. Su alma despide un fulgor casi estelar, y su sonrisa es radiante y hermosa como un arco-iris. Su nombre es Kevin. Viven juntos entre nubes de algodón con forma de corazón. Cuando se tocan y se besan los cielos se rasgan, y mil ciclones asolan las tierras bajo sus pies; se desencadena una tormenta que destella con truenos y rayos multicolores. Las sirenas susurran sus nombres en el mar, y un coro de ángeles querubines velan su sueño. Es un amor imperecedero y legendario que se narrará durante milenios.
Algunos invitados han confeccionado sus propios disfraces, los han alquilado, comprado o extraído de un baúl ajado y vetusto que perteneció a una generación añosa ya olvidada. Disfraces de colegialas adolescentes, policías, bomberos, fontaneros, payasos e incluso domadores. Toda una comitiva de farsantes que inventan personajes imaginarios por unas horas, para zambullirse en fantasías, a veces retorcidas, a veces pueriles o poco imaginativas, todo ello para adentrarse por unos instantes en un mundo casi onírico e irreal, que les haga olvidar quienes son, de donde proceden y como son sus rutinarias vidas.
El aire pesado y caliente, que flota en la atmósfera enrarecida atrapada en las habitaciones, transporta los ecos de los gemidos femeninos insinuantes y excitantes. Voces hoscas, autoritarias, sollozos y gritos ahogados, respiraciones agitadas y exclamaciones gozosas implorando más pasión.
Una mujer insatisfecha recrimina a su amante y desdeña su conducta cobarde y desmañada, le insulta acaloradamente; se oye el chasquido que produce su mano al chocar contra su cara, le abofetea repetidas veces, riendo y descalificando su patente torpeza sexual. En otra de las habitaciones dos mujeres esculturales hacen el amor de un modo sensual, mientras un hombre de color las observa. Unos chiquillos imberbes, asustados, extremadamente nerviosos y excitados rodean a una mujer mayor de pechos desmesurados, que espera desnuda en la cama, mientras jadea como una gata en celo estimulándose con un voluminoso y grueso
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objeto fálico de plástico. Dos hombres, disfrazados de payasos, mantienen a una chiquilla atada a la cama, desnuda, rodeada de candelabros. Su piel presenta síntomas evidentes de tortura y vejaciones. Está llorando y tiembla aterrada. La han violado en repetidas ocasiones, y sus verdugos parecen reticentes a deponer su actitud brutal y sádica. En el suelo hay vibradores, cadenas, mordazas y pinzas que han utilizado para llevar a cabo sus juegos macabros. En la habitación de al lado, un hombre de mediana edad contempla el rostro extasiado de su bellísima mujer, que jadea y se retuerce entre dos hombres fornidos de aspecto atlético que la penetran, mientras un tercer hombre acaricia sus pechos y ella devora con ferocidad su miembro erecto. Su mujer ha tenido un orgasmo tan intenso y demoledor que arquea su espalda en un ángulo casi imposible.
Su marido se siente aterrado al escuchar los gemidos de puro éxtasis que escapan de su garganta. Con él jamás ha disfrutado de ese modo. Se siente traicionado, hundido, atacado en su propio ego; se arrepiente de haber venido, desea abandonar la mansión en la mayor brevedad posible. Después recriminará a su mujer. Ella le ignora, no sabe que existe, le ha olvidado por completo. Está embebida por las emociones y su cuerpo vibra con una energía desconocida hasta entonces.
La noche había sido larga y pródiga en sensaciones; así había sido al menos para los invitados, que abandonaban la mansión en tropel. Aún disfrazados, Serenna vio como se alejaban; toda una comitiva de enfermeras, bomberos, domadores, los negros que parecían proxenetas, sus mujeres recargadas de maquillaje, fontaneros, policías, hechiceros circenses... personajes de ficción que retornaban a su vida rutinaria y real. Se había quedado sola, otra vez sola, con sus recuerdos, en aquella mansión donde moraban sus peores pesadillas, en un hogar ávido de amor, risas y pasión.
En esta mansión su padre había llevado a cabo sus infames tropelías, los negocios turbios rayanos a la ilegalidad, si no la traspasaban con total desacato y osadía. En esta mansión había soportado sus abusos físicos y psicológicos, sus alaridos enloquecidos a su madre desquiciada, acobardada en un rincón, acostumbrada a los golpes, las palizas y los despotismos, o las riñas brutales que siempre terminaban con ella malherida.
Su llanto infantil, sus sollozos ahogados bajo la cama de matrimonio, o tras las puertas de un armario seguían atrapados entre las paredes de esta mansión maldita y desangelada. ¿Cuantos fracasos más podría soportar? Su amante, un hombre de aspecto escandinavo, musculoso y atractivo, resultó ser un experto conocedor de las artes amatorias. Obviamente era capaz de leer el lenguaje de su cuerpo, hacerlo vibrar, que estallara en mil pedazos y ardiera con la intensidad de las brasas de un fogón. Pero, ¿donde quedaban la conexión, la intimidad o la empatía? Ni siquiera recordaba su nombre, el timbre de su voz o sus modales. Jamás encontraría a Kevin, no en este lugar, él nunca vendría aquí. El vivía en la tierra de los sueños, donde el amor y el sexo eran la misma cosa. La mansión, la fabulosa mansión que heredó de su padre, era una ratonera infectada de un virus llamado lujuria. El amor jamás llamaría a su puerta, no en la mansión, no a través de los encuentros mensuales.
El escenario de caos y desenfreno era el habitual, el silencio ahora lo envolvía todo con su manto fantasmagórico. Paseó por las habitaciones, asoladas por el torbellino del sexo que no conoce límites ni reglamentos. Las mesas estaban volcadas y el champagne derramado. Había prendas femeninas desgarradas en jirones, instrumentos de tortura y de placer, vestuarios completos de látex y cuero, incluso algunos disfraces, ahora inservibles. Tendría que contratar los servicios de una empresa de limpieza para restaurar la armonía de su hogar, deformado por las pasiones.
Después de un relajante baño de espuma, escuchando la suave y mecedora música de fondo de la cantante irlandesa Enya. Serenna se sentía etérea, volátil, y su piel suave como la de un bebé. Se puso un albornoz y salió a recorrer los caminos
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serpenteantes de sus admirables jardines. Su madre los adoraba. Solía sentarse en el columpio con forma de cisne para leer; su madre era una ávida lectora de novelas románticas, el anverso de su padre, autoritario y siempre enfurecido con la vida. Ahora ella había retomado aquella costumbre, caminaba hasta el columpio con forma de cisne y leía novelas de amor. En ellas, buscaba siempre a Kevin, el imperecedero amante de sus fantasías y sueños. Le ponía rostro, y luminosidad a su sonrisa. Luego le otorgaba una voz, suave y educada. En las novelas todo era perfecto e idílico, no existía el desespero ni la soledad. Los amores más arrebatados e imposibles siempre terminaban en un sendero fecundo en besos, caricias y palabras maravillosas que componían la melodía del amor.
Paseando entre setos, arbustos y rosaledas que parecían girar infatigablemente llegó hasta la frondosa alameda, donde su padre le construyera una caseta de madera, suspendida entre las portentosas ramas de un majestuoso árbol de aspecto élfico. Allí se escondía de la tiranía de su padre, de las interminables tardes de palizas, abusos, gritos y castigos. A veces, simplemente se quedaba en silencio hasta altas horas de la madrugada, y trataba de ponerle un nombre a las numerosas aves que anidaban allí. En ocasiones, hablaba con seres imaginarios, que de pronto, se convertían en fieles amigos con quienes siempre podías hablar y confiar. Jamás había llevado a nadie hasta allí. Aquel era su refugio, exclusivamente suyo, su santuario, donde nadie ni nada podía hacerle daño.
Allí estaba a salvo de su padre, de las reprimendas de su madre, atormentada como su padre. Cuando estaba en la caseta de madera, suspendida en el aire, soportada por los brazos hercúleos de aquel árbol de aspecto mágico, su padre decía que se llamaba plátano de la sombra, nada ni nadie podía herirla, allí se sentía segura de las desdichas que asolaban el mundo. A veces se quedaba leyendo hasta tan tarde que la mañana la sorprendía besándola en las mejillas, con los cálidos tentáculos del sol, que penetraban delicadamente entre los juncos y cañas doradas con que estaba echa la cabaña.
Serenna contempló con deleite sus posesiones, desde la atalaya privilegiada de la caseta. La mansión como telón de fondo, los jardines pulcros, el laberinto interminable de setos serpenteantes que conducían hasta la alameda, hasta la cabaña. Su padre lo había diseñado pero siempre se perdía entre sus recovecos tortuosos. Sólo Serenna parecía capaz de recorrerlos sin errar una sola vez. Conocía el camino hacia la cabaña como conocía la profundidad de sus sueños o el vacío de su corazón solitario.
Los jardines de Serenna había servido en multitud de ocasiones de escenario para rodajes de películas e incluso campañas publicitarias. Serenna no era entusiasta de las multitudes que merodeaban libremente por su propiedad, pero equilibraba su desazón con los copiosos beneficios que le reportaba. No tendría necesidad de trabajar jamás. Cuando el tedio y la monotonía se hacían con el control de su vida decidía en un instante embarcarse en la aventura de algún viaje a un lugar exótico o lejano. Viajar abría su mente a nuevas culturas y gentes, y sobre todo, le hacía olvidar por unos días quien era Serenna; una bellísima mujer heredera de una fortuna inmensa, enloquecida y ensombrecida por la presencia inextinguible de su padre, sola y desesperada por amar y ser amada.
Fijó nuevamente la vista en los jardines. Dos dálmatas correteaban animadamente ante la mirada impasible de Cefalú, un impresionante gato siamés que les espiaba encaramado en un árbol. Otro, completamente albino, perseguía a unas urracas que remontaban el vuelo cuando se aproximaba demasiado. Sus ojos negros se detuvieron por unos instantes en la mansión. Una de las ventanas se había abierto de par en par. No podía ser, no quedaba nadie en la casa. Notó como su sangre se helaba dentro de los capilares y las venas. Entonces, al momento se tranquilizó cuando
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descubrió paseando por el alfeizar a Brenda, una gatita parda de ojos azules que rescatara de las calles semanas atrás. Descendió del árbol con agilidad y caminó hacia la mansión, lanzando ocasionales miradas furtivas a la ventana. Atravesó el laberinto de setos apresuradamente. La gatita seguía sobre el alfeizar, lamiéndose despreocupadamente, desconocedora de su turbación. La ventana estaba abierta; Brenda, la había abierto, no había otra explicación. Sus pasos acelerados ganaron enseguida el umbral de la puerta. Subió a la planta superior, y se dirigió hacia la habitación donde la ventana estaba abierta, la ventana por la cual había salido la gatita. La habitación estaba a oscuras. Observó la cortina amarilla; estaba plegada a la derecha. Entró. Todo estaba en orden. Entonces un sonido remoto la sobresaltó nuevamente. Abajo, algo se había caído al suelo, haciéndose añicos. Serenna bajó a toda prisa. Su corazón latiendo desbocado. ¿De qué tenía miedo? Estaba sola.
Decenas de guijarros azules y grises despedazados en el suelo. El jarrón egipcio se había desplomado. Los recogió entre las manos y los miró con atención, como si esperara que le hablaran y delataran al agresor que había provocado su caída irrefrenable al vacío. Levantó la mirada y se encontró con Darinka, una perrita Samoyedo que siempre merodeaba por la cocina, olfateándolo todo y aprovechando cualquier desperdicio que fuese a parar a la basura. Serenna le mostró los guijarros y la reprendió, pero Darinka se limitó a acomodarse entre sus pies, mirándola con sus increíble ojos azules que parecían de cristal.
"Los Jardines de Serenna" surgió de mi imaginación hace casi dos décadas. Ahora la he sacado de mi baúl de los recuerdos para evocar una época de rebosante fecundidad literaria
Se desprendió del albornoz y lo guardó en el armario ropero. Se puso una camiseta blanca de tirantes y un pantalón rojo corto que utilizaba exclusivamente dos o tres veces por semana, cuando salía a correr. Salió de la habitación; los disfraces de algunos de los invitados yacían desparramados en el suelo de la contigua. Se giro y bajó las escaleras. Entonces se detuvo; otro sonido, como un siseo. Provenía de la habitación que acababa de dejar atrás. Lentamente caminó hacia ella, aterrada. Su corazón latía con estrépito. Se aproximó hasta el umbral. Los disfraces seguían esparcidos por el suelo, todos excepto uno, estaba totalmente segura, Serenna poseía memoria fotográfica desde niña.
Abrió las persianas, la habitación estaba en penumbras. Cogió los disfraces del suelo y los amontonó sobre la cama, sin dejar de observar cada recoveco de la habitación. No había nadie. ¿Donde estaba el disfraz que faltaba? Lo había visto claramente, no era producto de su imaginación, o tal vez si...
Estaba aterrada sí, pero sabía lo que había visto. Faltaba un disfraz. Guardó los que quedaban dentro de un armario ropero. Con sus dedos rozó suavemente un vestido de lentejuelas doradas, que se ponía en ocasiones, tan sólo cuando acudía a fiestas de gran boato.
Entonces la vio, oculta tras las prendas. Sus labios temblaron, se abrieron como una flor para pronunciar un nombre o implorar ayuda. En su garganta murió sofocado un grito de terror. El asaltante, raudo y ladino, apretó contra su boca un paño de burda y gruesa tela. Mientras su mundo se desvanecía en silencio pudo vislumbrar su cabellera, larga y canosa, y un rostro arrugado y macilento de mujer, y sus ojos rasgados, su mirada intensa y maléfica.
Era más de medianoche cuando recobró la conciencia. Tenía frío. Se vio atada de pies y manos a un escuálido somier, tan desnudo como lo estaba ella misma. Una mordaza presionaba fuertemente sus labios. Su boca estaba deformada e hinchada debido a la presión que ejercía algo que habían insertado en su interior, probablemente sus bragas. Miró a su alrededor. Reconoció al cabo de unos segundos donde se hallaba: la sala del dolor. Tiempo atrás había confeccionado aquella habitación al más refinado y exquisito gusto de los masoquistas; muchos de sus invitados sentían una especial atracción hacia aquella tendencia.
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Los muelles del somier dibujaban rectángulos y formas romboides en su piel, produciéndole un dolor lacerante. Distinguió a duras penas su ropa desparramada por el suelo, hecha jirones, inservible. La habitación estaba a oscuras. La luna vertía un tímido chorro de luz que penetraba a través de una rendija en la ventana. No se oía ruido alguno en la casa, ¿donde estaría su asaltante?
Antes de ser engullida por el denso manto de las brumas, que la habían conducido hasta aquella situación de inesperada pesadilla, tuvo unos segundos para plasmar en su memoria el rostro de una mujer, demacrada y espantosamente delgada. Pese a su aspecto anoréxico y fantasmal, indudablemente poseía una fuerza desproporcionada e irreal. Unas maromas gruesas aferraban sus tobillos a las patas del somier, dos columnas de hierro negro forjado. Sus piernas estaban separadas formando un ángulo recto casi perfecto. Notaba dolor entre los muslos, acompañado de una desagradable sensación tórrida y húmeda, como si su bajo vientre fuera una fuente natural de la que manara un néctar dulce y pastoso. Sin duda había sido violada y vejada durante horas. No lo recordaba, debían haberla drogado mientras lo hacían. La angustia y el terror dieron paso a una sensación de pánico mucho mayor cuando escuchó el tintineo inconfundible de unas llaves. Alguien estaba entrando en la casa.
Pasos arrastrados, cautelosos y sofocados, en el piso inferior. Creyó escuchar un susurro, una voz femenina que sonaba ahogada, como una cometa vencida por el viento, o un asteroide moribundo que cae en picado para zambullirse en el océano. Era una voz presurosa y consumida por el miedo. Sonaba más y más próxima, parecía familiar, y no le era del todo ajena. De pronto reconoció a la protagonista exclusiva del monólogo atolondrado e incoherente; ella misma, era su propia voz la que escuchaba. Rezaba, imploraba ayuda o misericordia, o tal vez.. simplemente balbuceaba, por el mero hecho de encontrar consuelo en el sonido de su voz.
Pasos, mucho más cerca esta vez, arrebatados y decididos, justo al otro lado de la puerta. Serenna se removió con inquietud en el somier, tratando de liberarse de las ligas que la mantenían atada. El forcejeo produjo un efecto diametralmente opuesto al esperado.
Las cuerdas se hundieron más en su piel descarnada y enrojecida. Los muelles del somier lamieron con lenguas de fuego su piel desnuda, clavándose en ella como dagas envenenadas. Gimió de pura impotencia y horror ante la futilidad de sus esfuerzos malogrados por desatarse. Notó su corazón acelerado, que trotaba en su pecho como un torbellino sin dueño. Finas gotas de sudor descendieron por su frente como un torrente invernal. Notaba la boca seca, como las tierras baldías que no han recibido la caricia del rocío durante décadas. Los muelles del somier crujían bajo su peso emitiendo una sonata dramática. Las llaves, introducidas en el pomo de la puerta, produjeron un chasquido roto, la sintonía de un calvario anunciado.
La habitación se llenó de luz. Delante de ella, dos hombres disfrazados de payasos sonreían y la observaban mientras manipulaban algunos objetos de la sala del dolor. Su asaltante era una mujer, la recordaba perfectamente, delgada, canosa, mirada beligerante e inclemente. Entonces.. eran tres, los desconocidos que habían irrumpido en su hogar, poblado habitualmente de fantasmas y pesadillas emergentes de los arcones polvorientos de su niñez. Podía combatir a su padre, fallecido tiempo atrás, pero presente en las voces que solía oír dentro de su cabeza.
Podía hacerle frente, acallar sus gritos enfurecidos, burlarse sin temor de los abusos físicos y psicológicos que devastaron sus días de infancia. Su padre estaba muerto ya no podría herirla jamás. Su madre, enterrada junto a su esposo, no volvería tampoco, para disculpar las vejaciones y proclamar la inocencia de aquel monstruo con quien había decidido compartir su vida. Ambos estaban muertos, aunque trataran con obstinada crueldad de retornar a través de las delicadas telarañas que arropaban sus sueños. Podía combatirlos a ambos, batirlos en
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duelo, derrotarlos y devolverlos a su nuevo hogar de sombras y tinieblas. Sus ojos se anegaron de lágrimas, aterrada, ¿como se defendería de sus agresores? No podía, estaba atada a un somier, desnuda, indefensa. ¿Donde estaba la mujer? Eran tres, los agresores, engendros malditos escapados de alguna de las pesadillas que moraban en el reino de sus sueños, la mujer., .. eran tres, ¿donde estaba la mujer?
Disfraces de payaso. No recordaba haberlos visto en otras ocasiones, ni siquiera en esta. Uno de los disfraces desparramados en el suelo, que de pronto desapareció como por encantamiento, era un disfraz de payaso, ¿lo tendría la mujer en este preciso instante?
Les escuchó hablar. La estudiaban con descaro. ¿Qué estaban haciendo? Parecían embebidos en la tarea de manipulación de los instrumentos, que ella misma había adquirido en las tiendas especializadas, para deleite de los concurrentes a los encuentros mensuales atraídos por el dolor. Se sentía utilizada, humillada, un mero objeto de laboratorio, con el cual pudieras llevar a cabo toda clase de macabros experimentos y analizar con maléfica curiosidad las consecuencias y efectos posteriores.
Se habían situado a ambos lados del somier. Uno de los payasos, alto, fornido, de anchas espaldas, sonreía mientras atusaba su cabellera como lo haría una madre amorosa. El otro, mucho más bajo, rechoncho, sostenía unos candelabros, a la espera de instrucciones. El payaso alto y vigoroso debía ser sin duda quien dictaba las órdenes; el verdadero ingeniero de la descabellada representación criminal que habían urdido para ella. Les miró pidiendo clemencia, se retorció en el somier, consciente y sabedora de que su sufrimiento no había hecho más que empezar.
El payaso alto, que llevaba unas babuchas gigantescas de color naranja y gris, se alejó por unos instantes para regresar blandiendo un temible cuchillo entre sus manos. Dirigió la cuchilla afilada a su pezón derecho y la pinchó ligeramente. Serenna se retorció aterrada, pero la fría hoja de acero no había atravesado la carne. El payaso hizo un ademán para que mantuviera silencio, al tiempo que desataba la mordaza de su boca. Mientras lo hacía, el cuchillo parecía hundirse más en la rosada y suave piel que rodeaba el pezón redondo y abultado. Sintió un gran alivio cuando extrajo las bragas humedecidas con su propia saliva. Inmediatamente las remplazó con su miembro erecto y anormalmente grande. Serenna emitió un quejido angustiado de repulsión cuando lo notó en su interior, serpenteando y removiéndose como una alimaña invasora, llenando por completo su boca y forzando su progresión hacia la garganta. El maníaco tomó su cabeza entre las manos y la agitó en todas direcciones, bramando como una bestia del infierno. Sentía ganas de vomitar. Entonces chilló de dolor cuando sintió un calor intenso y abrasador entre sus nalgas. El payaso bajito había incrustado entre ellas los candelabros encendidos.
La cera caliente derramada formo grotescos riachuelos que zigzagueaban por sus muslos como peregrinos sin destino. La penetraron con brutalidad durante minutos que parecían pasar enlentecidos, como la dolorosa espera de los inquilinos del corredor de la muerte. El payaso fornido la abofeteó con dureza; su compinche, contagiado por el tratamiento de su compañero, retorció sus pechos y los ató firmemente con una cuerda de esparto. Aulló de dolor y se retorció como una fiera. El payaso bajito pareció complacido ante el resultado de su maniobra vil. Los pechos de Serenna, apretados por la cuerda, habían cobrado un tamaño enorme e inusual. De pronto la liberó de su tortura, para regresar al instante con unos amenazadores alfileres que hundió ligeramente sobre la superficie rosada y turgente de las dos ubres.
El payaso fornido se detuvo y comenzó a desatarla. Su compañero tomó entre sus manos el cuchillo y lo dirigió hacia la zona húmeda y en llamas de la caverna dilatada entre sus muslos. Con su mirada contempló la posibilidad de escapar, pero el payaso rechoncho captó sus intenciones y apretó más la hoja contra los labios rugosos y enrojecidos de su vulva palpitante. Se sentía dolorida, aterrada.
Estaba recibiendo su primera sesión de iniciación al masoquismo, que tanto veneraban algunos de los participantes que acudían regularmente a los encuentros mensuales. No podía comprender como alguien podía hallar placer o excitación ante actos tan bestiales como los que ella estaba recibiendo en todo su cuerpo. El payaso bajito retiró el cuchillo y sonrió con malicia. Entonces, su compañero la abofeteó con violencia haciéndola volar por los aires, para desplomarse finalmente contra el frío suelo de la habitación. Serenna trató de escapar, correr, pero el payaso rechoncho la golpeó nuevamente tomándola con fuerza entre sus brazos. Gritó alarmada, trató de liberarse de su abrazo asfixiante, utilizando sus uñas, sus piernas. Sus efectos pueriles sólo lograron agotar la escasa resistencia física de la que podía hacer acopio. Entonces su despiadado agresor la soltó. Serenna no lo esperaba y la caída fue aparatosa. Observó magulladuras, arañazos y sangre, que manaba tímidamente de heridas leves y superficiales, por todo su cuerpo apaleado. Se acurrucó en una esquina, indefensa, llorando.
Les vio aproximarse, como gigantes que hubieran escapado de las viñetas de algún relato sobrecogedor. El payaso alto la obligó a tumbarse boca abajo. Lo hizo de buena gana, no le quedaban fuerzas para resistir, esperaba la muerte en cualquier instante. Pero pronto supo que albergaban otros planes para ella, una prolongación de aquella locura de dolor y pánico. El payaso rechoncho se ausentó durante unos minutos. Serenna escuchó sus pasos acelerados, en la planta inferior. Cuando regresó lo hizo portando una cubitera, donde sobresalían como atalayas gélidos cubitos de hielo. Todo estaba en silencio en la mansión, salvo su sollozo continuo. Sintió lástima y vergüenza de su propia laxitud e irresolución. Había perdido todo el coraje, determinación y audacia que la caracterizaban.
Tan sólo deseaba descansar, poner fin a su calvario. Un calambre la recorrió el cuerpo, paralizándola por completo durante unos segundos, cuando notó la brusquedad de los gélidos intrusos de hielo perforando su orificio dilatado entre las nalgas. La sensación era espantosa, fría, desgarradora. Notaba el esfínter anegado, dolorido, renuente a aceptar con halagos la caricia abrasadora de los hielos. Trató de incorporarse, extraerlos. Su actitud provocó un nuevo arranque de furia en el payaso fornido. Sus manos, grandes, poderosas, golpearon airadamente sus nalgas, hasta que estas adquirieron un tono escandalosamente púrpura. Estaba a punto de desmayarse. No podría soportarlo por más tiempo. Las tinieblas la cubrieron con su manto etéreo, justo en el instante en el que el payaso rechoncho incrustaba con fiereza animal una botella de champagne por su parte más gruesa.
La sólida y rígida base de cristal se hundió en su interior hasta la mitad, desgarrándola por dentro y dilatando su esfínter de un modo increíble y brutal. Escuchó el crujido de los hielos desmenuzados, triturados por la botella, y su voz, aplacada por la sonata de su agonía. Después su mundo adquirió el color de la noche.
Reconocía la voz. Su tono era altivo y desdeñoso, cargado de la acostumbrada mofa que siempre la había hecho sentir humillada, pusilánime. ¿Donde estaba? No podía verle, pero su voz era tan diáfana como cualquier soleada mañana de Abril. Escudriñó entre las sombras de la habitación, dolorida con cada movimiento que realizaba. Todo su cuerpo parecía hecho jirones, como una muñeca de trapo a la que se le han arrancado los miembros y apenas es reconocible. Entonces reparó en que ya no estaba sobre el somier. Sus raptores la habían trasladado al potro de tortura; una enorme mesa de madera dotada de todos los equipamientos necesarios para infligir dolor. Proseguía desnuda y atada de manos y pies boca abajo. Sus pechos opulentos colgaban desmesuradamente a través de unas oquedades circulares en la madera. Los payasos la habían dejado por el momento, pero se habían asegurado de que en su ausencia siguiera en contacto con la espantosa realidad de vejaciones que habían urdido para ella.
Los pechos rebosantes, como fabulosos frutos de un mundo de seres gigantes, aparecían poblados de pequeños alfileres, hendidos en la piel como un bosque de abetos metálico
Autor: Victor Manuel Virgós Cantalapiedra - 11 –
en miniatura. Entre sus nalgas persistía la gélida sensación de los hielos, derritiéndose, fundiéndose en su interior como un colosal glaciar que se hunde en el océano, moribundo y agotado. Habían suplido la botella de cristal con algo totalmente distinto, de aspecto ovoide y duro, con formas rugosas como los labios arrugados de un nonagenario. En algún lugar de la habitación la voz rugió nuevamente, acompañada de una risa que no escondía la sorna. Era su padre, observándola con reprobación y perversidad. Sintió vergüenza de que él la viera así, atada y desnuda, sometida a toda clase de vejaciones, rendida a un fatal destino. Su padre siempre había mostrado una actitud implacable y cruel cuando se trataba de impartir las lecciones y consejos que ella debía tener siempre en cuenta, para sobrevivir en un mundo, tal y como él lo definía, poblado de alimañas hambrientas disfrazadas de ángeles y salvadores.
-Ayúdame papá, sé que estás ahí. Puedo oírte -imploró a la habitación vacía y en penumbras.
-Estoy secuestrada. Me han atado, violado y torturado. Van a matarme. No permitas que me pase nada, papá. ¿Puedes escuchar mi voz? Yo sí he oído la tuya, sé que estás ahí, por favor, te necesito, ayúdame. Van a matarme. Tú no puedes permitir que eso ocurra, nunca lo harías, ¿verdad papá?
Silencio. Era el método tradicional. No contestaría, permanecería impasible e indiferente a su dolor, se burlaría de ella y decidiría abandonarla a su suerte. Así aprendería a valerse por sí misma, aprendería a ser una mujer de valentía e inteligencia sin parangón. Siempre había sido así, antes de que desapareciera de su vida como un fantasma imaginario. Estaba muerto, igual que su madre, lo sabía, pero en muchas ocasiones creía escuchar aún sus discusiones acaloradas, las disputas y trifulcas escandalosas que parecían más bien el lenguaje ininteligible de unas bestias infernales, que se comunicaran a través de bramidos y chillidos de ultratumba.
-¿No piensas ayudarme verdad? Nunca lo hiciste, nunca me quisiste. Sólo me utilizaste para tus malditos juegos. Nos utilizaste, a mí y a mamá. Te divertías tanto....
¿porqué no dices nada? ¿Tienes miedo de tu hija, atada e indefensa como estoy ahora? Te debes estar divirtiendo tanto.. viéndome aquí, postrada en esta mesa, aterrada de miedo..
Silencio. Serenna no era ya consciente de su monólogo, de que estaba sola en la habitación y en la mansión. Los payasos la habían abandonado a su suerte, o tal vez durante unas horas; así de efímera se presentaba la tragedia de su futuro inmediato.
Pasaron minutos que se prolongaron en el tiempo con la parsimonia del caminar quejumbroso de los ancianos. Su padre había abandonado la habitación, socavando cualquier hálito de esperanza que albergara de recibir su ayuda. Estaba sola otra vez
Su madre jamás interfería cuando su padre llegaba a casa con su acostumbrado talante iracundo y violento. Se escondía tras una puerta y escuchaba, tal vez sollozando, tal vez implorando que a ella la respetara, que no la vejara, ni la forzara, ni la apaleara como hacía con su hija. Su madre incluso guardaba silencio y aceptaba de buena gana su versión descabellada de lo que debe ser una enseñanza adecuada, para sobrevivir en un mundo gobernado por la tiranía y la maldad. Debes ser más sagaz, más rápido y taimado, más inflexible y frío, más apasionado y temperamental, menos cobarde e irresoluto. No debes parecer vulnerable y quebradizo, sino, indestructible, sólido e invencible. No existe un patrón determinado, pero cuando llegue el momento, lo sabrás.
Así se expresaba su padre, siempre en términos densos y profundos, difíciles de comprender. Cuando la pegaba, la forzaba o la increpaba sin razón alguna, exigía que se defendiera, que repeliera la agresión y entrara en combate, con todas las armas que tuviera en ese momento a su alcance. Ella titubeaba, balbuceaba, lloraba desconsolada sin entender las pretensiones de su padre, y porqué la hacía daño, porqué parecía
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disfrutar sometiéndola a semejante calvario. Esto te será útil algún día, decía él, para sobrevivir en este mundo de depredadores hambrientos de víctimas fáciles, atemorizadas o demasiado crédulas como para descubrir las verdaderas intenciones de los embusteros. En una ocasión, su padre la abrazó y la besó con lágrimas en los ojos cuando ella se defendió de su feroz ataque, hendiendo en su espalda un cortaplumas de plástico, que tan sólo produjo un leve rasguño en la piel. Serenna lloró abatida por el terror y la vergüenza. ¿como podía hacerle eso a su padre? Él no estaba enfadado, sino orgulloso de su pequeña, dijo. Yo te he atacado, iba a violarte, posiblemente a matarte, pero tú has sido valiente esta vez, y no has permitido que eso suceda. Jamás permitas que nadie te toque de ese modo, ni que te hagan daño, jamás. Te has defendido, con lo que tenías a tu alcance. Siempre puedes defenderte, siempre se puede hacer algo, excepto perder la esperanza y dejar de luchar. Utiliza tu fuerza y tu astucia en la vida, y te prometo que nadie jamás volverá a herirte, mi pequeña Serenna, dijo, rodeándola entre sus brazos, emocionado. Nunca olvidaría ese instante, emotivo y dramático a la vez.
Cuando escuchó nuevamente las pisadas en la estancia inferior de la mansión, supo de inmediato qué debía hacer. No había escapatoria posible, estaba famélica y agotada. Se sentía desfallecer. Todo su cuerpo era una pira en llamas que se retorcía de dolor con cada nuevo derroche de coraje, en un intento fútil por desasirse de las ligaduras. Se aproximaban. Pronto comenzaría todo, otra vez. En ese instante, sonrió y se dispuso a recibir a sus secuestradores. Ya no había tiempo para el temor, había tomado una decisión. Imaginó que su padre seguía presente junto a ella, burlándose de su medrosa actitud, reprobando con acritud su pasividad. Había tomado una decisión, y ahora en su pecho no latían los tambores de la desesperanza, si no una suave y reconfortante cantinela, que la transmitían paz y sosiego.
La habían violado durante horas, primero el payaso rechoncho, luego su compinche forzudo, a continuación ambos a la vez, y acto seguido, aquellos miserables habían profanado el santuario empapado entre sus muslos con toda clase de artefactos cilíndricos enormes, pequeños, gruesos y finos, de superficies rugosas o lisas. Disfrutó viendo sus expresiones de total perplejidad cuando ella gemía y se retorcía de puro deleite. Estaba atada y su capacidad de movimientos era limitada, pero Serenna supo contagiarles y transmitirles su entusiasmo. Enseguida entendieron que ya no era su prisionera, sino una rendida esclava sedienta de pasión. Había comprendido que podía hallar una felicidad exquisita y liberadora en la simple sumisión. Los payasos, temibles y crueles antes, ahora se habían convertido en amos del universo, compañeros de este juego adictivo y excitante. Asumiría con regocijo y complacencia su recién adoptado papel en esta vida. Creía haber encontrado su auténtico destino, la verdadera razón de su existencia. Sería una musa del placer, una dócil doncella, siempre dispuesta a acatar la voluntad de sus todopoderosos amos.
Hacía semanas que Serenna deambulaba a sus anchas por la mansión, dichosa con su nueva vida, dedicada a servir y rendir tributo a los dos hombres maravillosos que la habían rescatado de su particular infierno en soledad. Todas las mañanas se despertaba temprano y salía a pasear por los jardines. Después se adentraba en el laberinto de setos ensortijados que conducían a la cabaña, el refugio de su niñez. En ocasiones había sorprendido a Arnaldo, el payaso rechoncho, siguiéndola a corta distancia. Aún desconfiaba de ella, no entendía el motivo. Jamás había sido tan feliz. No se consideraba ya una prisionera, sino una dichosa y afortunada mujer que había logrado darle un sentido a su vida vacía. Mucho más comprensivo resultaba su compinche, Conrad. Estaba enamorada de él, por su fortaleza, sus modales toscos y agresivos, su indiscutible masculinidad y la complacencia con la que la trataba. Era un
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hombre de grandes ojos azules, piel tostada y larga cabellera oscura, atractivo. Arnaldo, por contra, parecía más bien un bufón, poco agraciado, de miembros menudos y regordetes y mirada suspicaz. Ahora se sentía protegida y a salvo de ese mundo nocivo del que su padre hablara tan a menudo. Conrad nunca permitiría que nada malo le sucediese. Se acostaba con ambos, pues Conrad disfrutaba observándola haciendo el amor con su compinche. Pero ella le prefería a él, aunque aceptaba de buena gana cualquier mandato o deseo que emanara de su protector y salvador. Él respetaba su intimidad y no hacía preguntas cuando ella insistió en que no la privase de sus paseos matutinos.
La encantaba caminar distraídamente por los jardines, atender a sus numerosas mascotas. Pasaba horas en la cabaña, leyendo, escuchando música, escribiendo notas, que según le explicó, no eran más que ensoñaciones, pensamientos y reflexiones de cada día, una especie de diario. Arnaldo desconfiaba, pero Conrad la amaba y haría cualquier cosa para protegerla. Serenna sabía que Arnaldo no se interpondría en su idílica relación. Pronto su amante comenzó a desgranar detalles de su vida. Serenna se mostró delirante y feliz escuchando los más escabrosos detalles de su biografía, abundante en crímenes, violaciones, pedofília, atracos con violencia, condenas que según Conrad habían sido injusticias de una sociedad opresora empeñada en hostigarle. No se mostró sorprendida cuando narró con todo detalle como habían acudido a la mansión acompañados por una chiquilla adolescente que Arnaldo había encontrado, raptado para ellos. Después la habían drogado y violado durante toda la noche. Al parecer seguía prisionera en la mansión. Tania, su madre, la mantenía confinada en una de las habitaciones. Conrad le confirmó sus sospechas. La mujer que viera por primera vez, antes de su conversión de prisionera a fiel y leal amante, era su madre.
Cuando Conrad le permitió conocer a la muchacha Serenna se sintió tan dichosa que decidió compensarle con una suculenta cena romántica y una noche pródiga en sexo, brutal, perverso y demoledor. Así le gustaba a Conrad. Serenna sólo deseaba complacerle.
Diana vivía con su familia en Agrigento, a muy pocos kilómetros de la villa donde se encontraba la ostentosa mansión. Tenía 14 años y pronto se convertiría en una bellísima mujer italiana de increíbles ojos verdes y envidiable esbeltez. Era muy retraída y Serenna temía por su salud mental. No sabía cuanto tiempo más podría resistir. Se hallaba en un estado casi permanente de mutismo y parálisis, provocada por el terror que los payasos le infundían. Serenna sintió por aquella muchachita inocente una pena desgarradora. Cuando se despidió de ella y la besó en la frente, como haría una madre primorosa, creyó ver un destello de vida en sus ojos rasgados apagados por el llanto.
Las visitas se hicieron más y más frecuentes. Diana seguía inmersa en su propio mundo, donde nada podía herirla. Serenna la comprendía tan bien... ella misma se había refugiado en el suyo, con la esperanza de que allí nada pudiera lastimarla tampoco. Tania apenas conversaba con ella, lo cual hacía las cosas mucho más fáciles, pero era indudable lo que se agazapaba detrás de su fiera mirada: el recelo, primero el payaso rechoncho y bajito, ahora la propia madre de Conrad. Cuando se despidió de la pequeña aquella mañana, volvió a besarla en la frente, pero esta vez le susurró algo al oído.
NOTA DEL AUTOR: (POR CUESTIONES DE ESPACIO LA NOVELA ESTÁ INCOMPLETA) -VÍCTOR VIRGÓS-
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Comentarios de "Los jardines de Serenna", una novela de Víctor Virgós
bárbara (08-06-2011 15:05)
Victor Virgós (08-06-2011 15:31)
Victor Virgós (08-06-2011 18:49)
Usuario anónimo (09-06-2011 14:39)
Victor Virgós (09-06-2011 16:38)
Usuario anónimo (11-06-2011 14:29)
Zuleyma (04-07-2011 09:31)
Victor Virgós (04-07-2011 11:39)
Sanchís (27-10-2011 16:46)
Sobre esta noticia
Autor: Victor Virgós (558 noticias)
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Tipo: Reportaje
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