El jirón de las revoluciones: el Jirón Quilca y El Averno
Teatro Colón. Dos cuadras caminando en dirección a la Avenida Tacna. Nos da la bienvenida el tradicional Bar Queirolo. La bohemia que encierra una esquina llena de historias matizadas por el aroma del pisco y el sabor a Tacu Tacu. Los últimos rayos del sol despiden a la señorial Ciudad de los Reyes. Se abre paso una oscura calle. Cigarros consumidos hasta el borde del filtro. Botellas de cerveza -de las más baratas, por cierto-. Eso es parte del paisaje natural de esta calle. Un penetrante aroma a libro viejo se suma a los cigarros y las cervezas. Veredas destruidas y teñidas por lo que parece ser orín fresco. La contracultura y revolución intelectual: el Jirón Quilca.
La colonial calle San Jacinto albergaba una capilla del mismo nombre. Señoras vestidas adecuadamente con sus mejores alhajas. Caballeros en saco y sombrero. Olor a incienso, posiblemente. En tiempos republicanos, el jirón Quilca concentraba a cierto sector de la ciudad todos los domingos para encontrarse con el Señor. Sí, el mismo que ahora se encuentra retratado con una boina ‘a lo Che Guevara’ en una pared. Pared del último bastión de ‘punks’, ‘góticos’ y ‘metaleros’. Tribus urbanas -poco señoriales- que han edificado aquí su ‘capilla’. Su lugar de encuentro con ese Señor rebelde y comunista que han retratado. Si las señoras pensaban en ir al cielo, estas tribus prefieren “El Averno”. Obviamente, ese es el nombre de su ‘capilla’.
El sol se fue. Un foco de 100 watts y una señorita vestida de negro –lápiz labial, rímel y esmalte para uñas del mismo color- nos reciben. ¿Alhajas? Sin duda. El doble que cualquier señora de la Colonia perforando su cuerpo. El olor a incienso republicano ha desaparecido. En su lugar, la única señora de la noche que tiene la misma jerarquía de Dios: la marihuana. Por supuesto, no hay ventanas. Maderas devoradas por las polillas reemplazan la vista a la calle. Adentro las paredes también tienen pinturas cínicas sobre la palabra impronunciable: “Sistema”.
“El Averno” concentra durante los fines de semana a cientos de jóvenes en busca de música diferente. Gusto diferente. Cultura diferente. Lo que ese sistema suele llamar “contracultura”. Los extraños de pelo largo aquí son todo menos eso: extraños.
–¿Cuál es el problema de la gente? Si fuera a misa los domingos, tuviera un trabajo de oficina y me peinara con una raya al medio, ¿sería normal? ¿Qué es ser normal? –dice uno de ellos, al mismo tiempo que coge a su hijo pequeño –al cual le ha hecho un peinado ‘mohawk’ cual padre orgulloso- para entrar a escuchar a la banda estelar de la noche: Adictos al Bidet. Nombre predecible para una banda típica de Quilca.
El rock de protesta juvenil hace su aparición. La noche llega a su clímax cuando la banda toca una canción más que apropiada: “Eres capitalista”.
«Tu viejo te regala un carro nuevo cada año
Y a mí por mis dieciocho ni siquiera se acordó
Fotos: Valerie Dinev
Tu vieja lee “Cosas” y le encanta figurar
Mi vieja no chambea, no… [inaudible]»
La gente que puede saltar, lo hace. El resto está en su propio mundo de reglas que sólo la marihuana te puede ayudar a crear. Quizá lo hacen para olvidar el verdadero averno que puede ser una familia disfuncional. Quizá sólo lo hacen por joder al resto. En cualquier caso, se divierten.
Un nuevo día empezó. Es el contra-mediodía, para no desentonar. Al frente de la improvisada capilla, no se podría vender otra cosa más que biblias. Nietszche, Sartre, Cortázar, Borges. Ellos son profetas en esta tierra que parece al revés. “El Boulevard de la Cultura” aún sigue abierto. Al entrar, se descubre de dónde salía el olor a libro viejo de la bienvenida. Stands de libros originales, pirateados, recuperados y quizá robados se pueden recorrer. Uno tras otro. Todos con los mismos libros. Se puede encontrar desde “Las aventuras del Pezweon” –una caricatura de un pez con testículos- hasta “La Gaya Scienza de Nietzsche”. No hay restricciones. No hay temática. Es el comercio tan limeño que devuelve a la realidad.
–Señora, ¿tiene libros de Abelardo Gutiérrez?
–¡Uy! No, joven. Esos libros no traen mucho por acá. –me responde una despistada vendedora. Abelardo Gutiérrez es Tongo, un cantante de chicha, que poco o nada tiene que hacer aquí.
La Lima de siempre. Con sus regateos y vendedores despistados. El nexo entre la “diferente” Quilca y Lima, “la horrible”. La música también es parte importante de las ventas del lugar. Vinilos. Discos piratas. Música “caleta”, o sea, “para conocedores” o “de culto”. Serrat, Sui Generis, Silvio, León Gieco. Han puesto un disco de Sui. Con la voz de Charly García en los oídos, se va la noche.
«Hubo un tiempo que fui hermoso
y fui libre de verdad.
Guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal…»
Libres de verdad. El jirón Quilca otorga esa libertad, esos castillos de cristal. Todos reviven al compás de 33 revoluciones por minuto. Revoluciones. Palabra perfecta para entender estas dos cuadras. Concepto olvidado en una ciudad que “lee Cosas y quiere figurar”. La noche continuará, como todos los fines de semana. La Lima de siempre, también. “Hubo un tiempo que fue hermosa”. Ironías de la vida.
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Autor: Humanoloco (2 noticias)
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