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La constatación de un sueño

16/05/2011 23:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hace diez años, Vitoria fue el centro del fútbol europeo al lograr pasar a la final de la UEFA en su primera participación. Desgraciadamente, la regla del gol de oro provocó que regresasen a casa con las manos vacías de títulos

El trabajo es la acción y efecto de trabajar, lo que aplicado a muchos equipos significa intento de conseguir algo, en su mayoría de veces con esfuerzo. Nadie tenía apenas consciencia en España, y mucho menos en Europa, de la existencia del Deportivo Alavés hasta que dicho fenómeno se consagró como su seña de identidad para que, en apenas una década, colgase las embarradas botas que utilizaba en los inhóspitos campos de la división de bronce del fútbol español, por otras dignas de pasarelas tales como San Siro o el Westfalenstadion, de imborrable recuerdo para cualquier alavesista.

Ni mucho menos pudo imaginar 'Txutxi' Aranguren, cuando rescató al equipo alavés del anonimato de la tercera categoría del fútbol español, de lo que sería capaz una plantilla engendrada con sangre proletaria. Y es que después de una galopante crisis que amenazó con exterminar al club antes del inicio del siglo XXI, el cambio de manos para que Juan Arregui Garay tomase las riendas del club significó la implantación de Aranguren, una leyenda en la vecina Bilbao, en el banquillo vitoriano por segunda vez tras un receso de quince años. El de Portugalete cambió el destino del Alavés y el sentir de sus, por aquel entonces, parvos aficionados.

Tras acumular una escasa cifra de tres campañas en la máxima categoría y haber renunciado a la segunda hasta verse inmerso en otra inferior, el fútbol no despertó exorbitante pasión en Mendizorroza. Pero tras un lustro con la miel del ascenso a segunda en los labios, Aranguren culminó su proyecto al ascender al Deportivo Alavés en el verano de 1995. Cinco años, dos cambios de técnicos y un ascenso a segunda, con récord de puntos batido, después, una ciudad que no alcanza el medio millón de habitantes se coló entre los seis mejores equipos de España.

Un nuevo siglo había hecho su entrada con un presente bajo el brazo, que no fue otro que brindar al Alavés la oportunidad de disputar su primera competición internacional. Pese a no contar inicialmente con la repercusión mediática exigible, Mané y los suyos hicieron de la utopía una realidad. La clave habitó en el acierto en los fichajes, la base establecida en una combinación de bisoñez y experiencia que, junto a jugadores de calidad como Ivan Tomić o Jordi Cruyff, dio alas a un equipo que por momentos pareció no tener techo.

El toque de Jose Manuel Esnal Mané fue fundamental. El de Balmaseda tomó el mando de la plantilla y en su primera campaña registró 82 puntos en segunda, cifra posteriormente igualada por el Xerez y únicamente superada por el Valladolid nueve años después. Tras una campaña con la amenaza del descenso como principal compañera de viaje, consiguió salvar la categoría, acto que significó un espaldarazo al proyectivo del vizcaíno.

La construcción de la plantilla que saboreó la gloria tuvo su génesis con la llegada del otoño a la carrera de Julio Salinas, rompiéndose así el dueto que formaba con Kodro. Sin embargo, el bosnio siguió enrolado en las filas albiazules una campaña más en compañía de Javi Moreno como estilete ofensivo hasta su retirada y posterior sustitución por Jordi Cruyff. El hijo del mítico Johan cambió el edén que suponía convivir con jugadores de la talla de Beckham en Manchester para aportar su grano de arena en un club que desconocía el glamour.

Otro aspecto novedoso, que finalmente resultó exitoso, fue el acierto en el fichaje de un guardameta apenas conocido en su Argentina natal. Pero la confianza y el buen hacer hicieron a Martín Herrera ganarse la titularidad en detrimento de Kike. Para que el sudamericano viese sus dominios protegidos, Mané erigió por delante un muro infranqueable con tres defensas natos. Las llegadas del noruego Eggen y el madrileño Téllez imprimieron solidez a una defensa capitaneada por Antonio Karmona. Con el posterior aterrizaje de Contra primero y Geli después, se edificó por completo la defensa que convirtió a Herrera en en el 'Zamora' de la campaña, clave en la sexta plaza certificada por los albiazules.

Fue entre el último año del siglo XX y el primero del XXI cuando comenzó a fraguarse el anhelo babazorro. La coincidencia en el aterrizaje de Cruyff y Tomić en la capital vasca hizo que ambos jugadores tomasen el relevo de Pablo y Ángel Morales, claves en la evasión del descenso, en la medular. La inteligencia del tulipán junto a la privilegiada visión del serbio fueron los complementos perfectos para Astudillo y Desio. La pólvora albiazul tenía remite valenciano, ya que la firma de Javi Moreno condujo al éxtasis al Paseo de Cervantes en más de una ocasión. El 3-5-1 de Mané, pasó de insania a genialidad.

La fe fue ganando adeptos

Pese a ser la primera vez que una competición internacional tomaba cuerpo en Vitoria, Mendizorroza apenas registró media entrada en sus partidos iniciales, resultado de la escasez de convicción que inundaba a la población vitoriana.

Aquel 14 de septiembre del año 2000 está grabado a fuego en las entrañas de Mendizorroza. Con el graderío a medio poblar, el Gaziantepspor turco dio la bienvenida a los de Mané a Europa con un empate que acentuaba la desconfianza de los aficionados en el club. Dos semanas después, el Alavés sorprendió a creyentes y desconfiados cuando tras finiquitar la primera mitad con una desventaja de de 2-1, Tomić con un doblete y acompañado de Javi Moreno e Iván Alonso certificaron una remontada que rechazó cualquier tipo de coincidencia en lo que a la presencia del Alavés en la UEFA se refiere.

Aquella escasa centena de aficionados que no quisieron perderse el desenlace en tierras otomanas dieron fe de que la fortuna poco tenía que ver en este asunto. Casi un mes después de haber digerido la primera ronda, los alavesistas se embarcaron rumbos a tierras escandinavas, donde el asalto a Drammen con la victoria por 1-3 frente al Lillestrøm encarriló una nueva victoria que amenazó con no culminarse tras un opaco partido de vuelta.

Los dieciseisavos también condujeron a los vitorianos a tierras noruegas, pero el nombre del rival transmitía más que en rondas precedentes. El empate a uno que arrancó el Rosenborg de Vitoria hizo temblar las canillas a un equipo que con un exceso de moral en la maleta, endosó un rápido 0-3 en el 'Lerkendal Stadion' para despachar a su rival.

El conjunto gasteiztarra alcanzó el entreacto de la competición con su expediente de derrotas sin inaugurar. Aquel invierno abrió los ojos de muchos e hizo creer que la gesta era posible. Con esa esperanza se celebró el octogésimo aniversario de la entidad, poco antes de conocer que el Inter de Milán sería el próximo escollo del Alavés hacia la épica.

La gesta en San Siro apuntaba a poco menos de imposible, y más aún tras no conseguir superar al Inter en la ida (3-3). Aquel equipo dirigido por Tardelli y abanderado por Seedorf, Di Biagio, Recoba y Vieri entre otros hincó la rodilla por primera vez en toda la competición tras una exhibición albiazul que colocó a los de Mané en boca de toda Europa. Jordi Cruyff y Tomić asaltaron San Siro en el epílogo de un encuentro que apuntaba a coincidir con el del periplo albiazul por Europa. El Alavés no iba de farol.

La emoción ya estaba desatada en la ciudad norteña. Sólo quedaban cuatro partidos y la mitad de eliminatorias para alcanzar la cada vez menos apoteósica final de Dortmund. Era el año del fútbol español. Con tres representantes en la máxima competición europea y cuatro en la UEFA el éxito no se podía escapar. Con la ilusiones nacionales ya depositadas, el bombo determinó un duelo fratricida entre Alavés y Rayo Vallecano, en el cuál los primeros no dieron opción a un cuadro madrileño que enterró sus opciones de pase al caer por tres tantos a cero en Mendizorroza.

Vitoria ya lo saboreaba. Sólo quedaba el Kaiserslautern bávaro, pero el factor cancha no fue un lastre, ya que le endosaron nueve tantos entre ambos choques a un equipo que acumulaba cinco partidos sin ver su meta perforada. Hubo que frotarse los ojos. El Alavés estaba en Dortmund.

La final tomaba cuerpo un 16 de mayo de 2001 en el estadio Westfalenstadion, hoy Iduna Park, del Borussia Dortmund. Los de Gerard Houllier llegaban en una situación delicada, ya que acumulaban diecisiete años sin reinar en el viejo continente y seis menos en su torneo doméstico. Aquel triunfo de infausto final sirvió de bálsamo anímico para una plantilla que aún guarda resquicios de aquella final en las figuras de Gerrard y Carragher. El zaguero no mojó, no así un Gerrard que apenas contaba dos décadas y estaba dando el pistoletazo de salida a una carrera plagada de éxitos.

El Alavés competía sabedor de que el mero hecho de poder estar en ese lugar, ese día y a esa hora era ya un premio anticipado. Europa fue un regalo caído del cielo al que el Alavés sacó el máximo jugo. Los 'reds' tomaron esa final como una de las últimas vías previas a la desesperación que les condujo la ausencia de títulos en la última década. Un equipo liderado por McAllister y que contaba con clase en las botas de Babbel, Owen Heskey y Fowler entre otros no podía permitirse un batacazo contra la cenicienta de la competición.

Fuera de lo registrado por el tanteador final, Vitoria se rindió ante la entrega y pundonor de los suyos, brindándoles un recibimiento digno de grandes campeones. Además, el máximo organismo del fútbol europeo premió a la escuadra babazorra con el trofeo a la mejor afición del mundo, a la cuál el equipo había querido destacar utilizando una camiseta especial con el nombre y apellido de todos y cada uno de sus abonados. Todo ello al margen de que el partido quedó grabado como uno de los mejores de toda la historia del balompié.

Los albiazules se rehacen de sus propios errores

Como equipo con una historia como la que el Liverpool cargaba a sus espaldas, era lógico vaticinar que los británicos llevarían la manija del encuentro, pero no hasta el punto de aventajar a su rival en dos tantos en apenas quince minutos. Mané supo rectificar su erróneo planteamiento inicial que le costó dos tantos mas una pena máxima que Herrera no atinó a repeler. El 'Glorioso' parecía desahuciado, pero dos testarazos de Ivan Alonso y Javi Moreno mantuvieron con vida al Alavés hasta que el de Silla estableció las tablas en el electrónico.

El Alavés no cesaba de sorprender a medida que se sucedían los minutos e hizo soñar a la minoría de seguidores vascos desplazados a Alemania tras forzar Cruyff la prórroga con el cierre del choque a punto de alcanzarse. Herrera no tuvo su noche, la defensa no fue un apartado a destacar, pero la inconmensurable labor de la medular se vio absolutamente recompensada, e incluso en menor medida puesto que el trencilla francés obvió un evidente penalti sobre Magno que en la jugada siguiente acabaría en tanto del hijo de Johan.

El tiempo de añadido fue un martirio para los albiazules a raíz de la expulsión de Magno a los ocho minutos y la posterior de Karmona. Precisamente, tras botar la falta que acarreó la expulsión del capitán, Geli se impulsó por encima de su arquero con la potencia que nunca deseará que sus piernas le hubiesen proporcionado. El autogol no hacía justicia a lo visto sobre el campo y significaba un funesto final para un sueño que acabó envuelto en lágrimas de forma lacerante.


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Autor:
Kevin Fernández Rubio (5 noticias)
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