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La España del equilibrio

08/12/2009 22:59 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Otro aspecto clave es la relación entre el mundo laboral y la familia. ¿Ciertamente resultan tan difíciles de conjugar? ¿O será que nos hemos equivocado de interlocutores?

Se abotona la camisa y piensa, equilibrio. Junto a la mesilla olvidó a “Los Miserables”. Se le hizo tarde y aceleró calle abajo. Había de llegar pronto a la colina en la que brinda cada día su batalla particular, como los intrépidos genios novelescos de guerrilla. A esto hemos llegado, recapacita. De nuevo hemos de saltar a las trincheras intelectuales. Han lacrado nuestra oportunidad de inteligencia. Alguien nos ha suplantado y ha elaborado una nueva fórmula social desesperante. Y el maestro deja pasar las horas muertas mientras hace compañía a sus alumnos. Ya no enseña, ahora tan sólo observa como cavan aquellos las baldías tierras para sembrar un huerto de marihuana, o eso dicen. Ya se aleja ese equilibrio... Qué rabia, qué cerca lo tuvimos esta vez...

Es tarde. Comulga y se sienta en la tercera fila empezando por atrás. Sus íntimas plegarias le provocan una sensación de paz infinita. No hay manera de expresarlo. Sus manos tiemblan. Y parece que a otros les duela este silencio. ¿Tanto mal hacemos?

Nos obligan a la conversión, sustituyen Iglesia por Estado. Cambian voluntad por imposición. ¿Dónde me esperan? ¿Y mi patria? Compruebo triste que se la han repartido entre unos cuantos. Otros hablan de razón y la mayor parte de mi gente se dedica a predicar sus miserias. Nadie les escucha. Será porque ni ellos saben articular palabra; aprender no está de moda. Así empieza este relato de rotos y descosidos. De requiebros y aperturas, aperturas posibles en un horizonte tan previsible como pavoroso.

Este texto habla de eso, de equilibrio. Cuando a principios del siglo XX se inició en España el establecimiento de los seguros sociales, sólo unos cuantos ilustres patriotas fueron capaces de imaginar hasta qué punto se podría desarrollar el Estado de bienestar. Si nos remontamos hoy cincuenta años atrás, seremos conscientes de la gran evolución que se ha producido en occidente en materia de derechos fundamentales. No cabe duda de ello. Sin embargo, resulta curioso comprobar la manera en que estamos desaprovechando en estas últimas décadas la oportunidad de conjugar tradición y libertad. En nuestras manos como nunca antes.

Occidente es, no lo olvidemos, la cuna de la sociedad moderna, donde la prosperidad y la libertad se hacen inseparables. Esta realidad histórica, que tanto sacrificio ha costado forjar, se enfrenta básicamente a dos amenazas, una externa y otra interna. La externa radica del incremento del número de naciones asoladas por el islamismo o el socialismo, principal alimento del totalitarismo en este siglo (de nuevo damos alas al pasado más atroz). Y la interna parte de la supresión de principios fundamentales como el derecho a la vida, así como el menosprecio a valores tan importantes como la familia cristiana.

El progresismo sólo aspira a la apropiación de la verdad o, lo que es lo mismo, al asesinato de Dios. No hay mayor jaque a la libertad que la prohibición de la búsqueda de la verdad. Si consentimos que un Estado, auspiciado por grupos masónicos, nos diga cómo, dónde y por qué hemos de vivir, habremos finiquitado nuestra existencia, habremos consentido que nos introduzcan en una jaula y les habremos dado las llaves. ¿Y después qué?

Otorgar nuevos derechos no debería implicar la persecución de todo lo anterior, tal y como está aconteciendo en España

Emprendido el tan cacareado siglo XXI, deberíamos aspirar a conformar naciones que reconociesen la trascendencia de la familia tradicional y su importancia para garantizar la libertad individual. Otorgar nuevos derechos no debería implicar la persecución de todo lo anterior, tal y como está aconteciendo en España.

Otro aspecto clave es la relación entre el mundo laboral y la familia. ¿Ciertamente resultan tan difíciles de conjugar? ¿O será que nos hemos equivocado de interlocutores? Hemos dejado nuestro porvenir en manos de un descomunal Estado, pozo de despilfarro y división institucional, dirigido por un declarado enemigo de las familias y secundado por unos agentes sociales y empresariales (sindicatos y CEOE) subvencionados por aquél. Ellos negociarán consigo mismos lo que ha de conformar la España del siglo XXI. Sí señores, la trinidad estatal, a cuya cabeza está Zapatero. Analicen las consecuencias.

¿En verdad confían en que de esta manera vamos a evolucionar? ¿Qué farsa de progreso es este? Mánchense las manos. Salgan a la calle y cerciórense de lo que ocurre. La realidad es bien distinta a la que pintan los telediarios “oficialistas” y demás medios propagandistas.

Se hace imprescindible el restablecimiento de la legalidad constitucional y el retorno de competencias elementales al exiguo Estado central. Así como también urge la modificación de la ley electoral para que se le devuelva el verdadero valor al voto, que no es otro que la persona humana. Una vez liberado el sistema electoral de la intrusión del nacionalismo territorial, podremos emprender reformas constitucionales tan importantes como la separación de poderes y la necesaria independencia judicial.

¿Quieren hacer Nación? Pues no hay más que seguir estas prebendas. Estamos hartos de escuchar tanta palabrería mientras se desperdicia tanta acción. Palabra de ciudadano. ¿Dónde podemos ir? Yo propongo DENAES como un buen comienzo.

Paco Bono

Más en http://www.somoslibres.es

Fundación DENAES: http://www.nacionespanola.org/


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Autor:
Paco Bono (52 noticias)
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Opinión
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