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La fría habitación

22/01/2018 11:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Una unión sólida, pero rota a pedazos por ese maldito intruso que cuando aparece con las maletas cargadas se instala sin remedio en los huesos del hogar y ya no deja pieza en su lugar

Elisa descubrió en los brazos y el cuerpo de Zacarías a un amante experimentado. La genética se portaba tan bien con él que su piel se mantenía turgente y aún apetecía al bocado femenino. Elisa se sentía plena, tranquila y después de hacer el amor no padecía aquella angustia que tiempo atrás, en otras relaciones, le hacía pensar que así no, que ese modo no era el que a ella le satisfacía. Ahora los cuerpos terminaban escribiendo el final feliz de una historia y a cada vez, nueva y diferente. De él sabía que tenía cuatro hijos de su primera y única mujer. Mujer a la que él veneraba y a la que visitaba religiosamente y por la que sentía casi un amor filial porque Elvira, pasaba sus días olvidando quién era y por qué, aquel guapo señor le regalaba flores amarillas y pequeñas canastillas de hojaldre con cabello de ángel.

Elvira era una imponente mujer que sin la oportunidad de vivir una infancia llena de amor, atenciones, educación y felicidad, supo hacerse a si misma, que aparte de su belleza, fuerza e inteligencia enamoró por su alegría. La compañera a la que Zacarías no olvidaba y a la que la no memoria le arrebató demasiado pronto. Sus hijos crecieron entre la determinante voluntad maternal de tener que ser excelentes en todo lo que hicieran y el amor incondicional y extremado de una madre que no ahorraba en abrazar, besar y sonreír.

Con sus gozos y sus sombras, el matrimonio estuvo lleno de ricas experiencias y de ventajas para los hijos gracias a la labor de hormigas de sus progenitores. Una unión sólida, pero rota a pedazos por ese maldito intruso que cuando aparece con las maletas cargadas se instala sin remedio en los huesos del hogar y ya no deja pieza en su lugar. Elvira comenzó a tener descuidos y olvidos después de cumplir los sesenta y de ahí hasta perder su identidad sólo hicieron falta tres años.

Zacarías la visitaba cada tarde de martes, jueves y domingos y se esmeraba en cuidarla. Ella a veces hablaba con él sin saber de quién se trataba, otras lo confundía con su padre o creía que era un nuevo pretendiente. Él le ponía crema hidratante en las manos mientras que le hablaba de cómo iba el negocio y hasta le contaba de Elisa; esa buena amiga que lo ayudaba. Después de la cena le decía adiós besándola dulcemente y Elvira se dormía a la vez que llamaba uno por uno a los hijos y tarareaba quehaceres del negocio familiar de una manera vehemente e incansable.

Aquella tarde una luz especial bañaba a Elvira. Su hija estuvo con ella toda la mañana. Pasearon por el triste jardín, comieron juntas y Ana, dócil e incondicional a su madre le arregló las uñas, el pelo y masajeó sus paradas piernas; esas que pocos años antes habían sido tan andarinas y dispuestas y que ahora difícilmente la sostenían. En seco la madre le dijo a la hija:

La paciente se dejaba hacer y a cada instante pedía un beso a la hija quien le devolvía casi con devoción un torrente de ternura

Ana haz que esté guapa que esta tarde papá me lleva a cenar a las terrazas del Villa Magna. Es nuestro aniversario.

Ana tragó saliva y bajó la vista para evitar que descubriera el llanto que le amanecía. Era 15 de abril. Zacarías y Elvira cumplían 43 años de casados.

Ana llamó a su padre y le contó el sorprendente episodio vivido. Elvira recordó una fecha concreta. Contextualizó su existencia con un día importante. Lo esperaba a él, al hombre de su vida. Zacarías tranquilizó a la hija. Tenía pensado ir a visitarla. Jamás dejó de hacerlo. No había motivos para fallar. Cenaría con ella, no en las terrazas del Villa Magna pero sí en la intimidad de aquella aséptica habitación.

Cuando llegó estaba ausentemente sentada, le brillaban los cansados ojos de mujer enferma y sonreía con ilusión. Él se acercó a besarla y la sorprendió con aquel gran ramo de rosas amarillas. Elvira alargó sus brazos hacia él y le dijo al oído, te has acordado de nuestro aniversario, ¡qué bello eres mi amor!. La besó en los labios y la ayudó a sentarse en la pequeña y coqueta mesa que habían preparado para la cena romántica. ¡Qué bonito Zacarías! dijo ella. Me encanta este lugar amor. Pero todo esto te va a costar un Potosí ¿no? 

Cenaron en silencio porque la maraña de olvido la atrapó nuevamente. A los postres recuperó las ganas de hablar para decir que estaba muy cansada. Hemos bailado tanto que me duelen los pies, dijo.

Claro mi amor, mejor será que vayamos a dormir, ha sido un día largo. Zacarías la ayudó a levantarse y la acostó en su cama.

La cena de aniversario había tenido un único escenario: la fría habitación. Se recostó a su lado y le dio la mano. Elvira le pidió un beso, él obedeció, ella lo besó en los labios. Cántame ese bolero que tanto me gusta. Solicitó con voz débil. 

Zacarías la visitaba cada tarde de martes, jueves y domingos y se esmeraba en cuidarla. Ella a veces hablaba con él sin saber de quién se trataba

Se han clavado dos cruces en el monte del olvido...Ella se durmió al instante.

Ana Muñoz Cubero, ©.


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Contarenbreve (36 noticias)
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