La montaña de las fruslerías

Según iba escribiendo las palabras del enunciado de mi artículo matinal, mi mente, proclive a columpiarse en las lianas de mi hiperactiva imaginación, inventaba una historia pueril y un tanto ñoña acerca de una montaña de ambrosías y golosinas.
Había unos niños muy golosos y tragaldabas que recortaban la cumbre, del color de la frambuesa y la vainilla, de tanto libar y roer. Las laderas de caramelo estaban muy erosionadas a causa de tanto lengüetazo y lametón.
Es una historia fútil que inducirá al escarnio y el tedio a unos, y a la ilusión infantil más primigenia a otros.
Mi montaña de fruslerías es tan real como el mismísimo Moncayo o el Pico Aneto, pero su cima y sus laderas no están conformadas por toneladas de rocas y suelo firme, hollado por senderistas y montañeros.
Mi montaña de fruslerías se halla en un período de insaciable voracidad, y se alimenta de las naderías y bobadas más triviales de la vida cotidiana.
Bagatelas, zarandajas, nonadas, son sinónimos del menú predilecto de los comensales que asisten a una bacanal de banalidad y atribulaciones superfluas.
Medio mundo vive agitado por problemas intrascendentes mientras la otra mitad se muere de hambre o es víctima de las injusticias sociales

Así, mi montaña de someras preocupaciones insustanciales va creciendo y creciendo, acariciando las nubes con sus manos enfundadas con guantes de seda y de tul.
Pero mi montaña de fruslerías, un homenaje a la vacuidad y el hedonismo, se convierte en promontorio o en otero cuando vislumbro en la lontananza una inconmensurable atalaya inexpugnable, cuyos cimientos son los auténticos dramas humanos: la hambruna, guerras interminables, enfermedades incurables, suicidios, hijos toxicómanos, mujeres desoladas por el aciago recuerdo de una aberrante violación o niños y bebés raptados que dan pábulo a las mórbidas obsesiones de proxenetas y pedófilos.
Mi montaña de fruslerías se desmorona como un castillo de naipes cuando comparo mis gimoteos y quejas irrelevantes con los clamores estruendosos del tormento y el calvario que afecta a otras personas menos afortunadas que yo.
Mi montaña de fruslerías está habitada por cegatos y mentecatos que lloriquean por las esquinas por causas superfluas y naderías, mientras contemplan como se derrumba el mundo desde sus palacios y mansiones desde la cumbre de una montaña de fruslerías inexpugnable.


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Comentarios de La montaña de las fruslerías
Maria B. (19-08-2010 13:11)
Victor Virgós (19-08-2010 13:20)
Victor Virgós (29-08-2010 19:27)
Sobre esta noticia
Autor: Victor Virgós (505 noticias)
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Tipo: Opinión
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