La sala de los maniquíes

"La puerta estaba abierta, mostrando su interior lóbrego y hediondo, como la sonrisa sardónica de un moribundo. Media sonrisa, medio entornada, la puerta invitaba a pasar..."
El cine "Resplandor" llevaba décadas cerrado, clausurado como un pecado inconfesable que se hubiera recluido entre los pliegues más recónditos de la mente para así erradicarlo de la memoria.
A aquellas horas intempestivas de la noche, cuando el crepúsculo narraba leyendas de licántropos y alados seres demoníacos que libaban sangre humana en sus gélidos sepulcros, nadie osaba a merodear por los alrededores de la umbrosa y solitaria calle Abrahel.
Aaron se detuvo ante la puerta de aquel cine, donde, entre penumbras, con la imagen de Vivien leigh y Clark Gable como telón de fondo, había medrado a zancadas el amor de sus padres y el de los padres de sus amigos.
Las parejas, las más osadas, aquellas cuya pasión se alimentaba con la energía del tornado y desafiaba a las leyendas urbanas y los temores inopinados, todavía se confabulaban con la noche bajo la marquesina del cine para que les ofreciera abrigo y cobijo, mientras sus cuerpos se fundían en una danza simbiótica y eterna acompañada de gemidos ahogados y frenesí.
La puerta entornada encaraba un angosto corredor que se había convertido con el paso de los años en un muladar urbano rebosante de inmundicia variopinta.
Hedía... pero el aroma sepulcral, como de fosa común que aglutinara toneladas de carne de ganado pútrida, provenía, sin lugar a dudas, de la fisura, de esa rendija "guiñadora" que permitía entrever un minúsculo receptáculo donde asomaban vetustas butacas rojizas, tan sucias como el pavimento cochambroso y pringoso que pisaba.
Empujó la puerta, que parecía un manuscrito hebreo garabateado con cientos de pasajes absurdos.
Caligrafía lunática y grafittis abstrusos que pretendieran arengar algún tipo de proclama que moría en los labios de quien no había sabido expresarse de manera inteligible, quedando su estela sobre la madera sucísima como un exabrupto desdeñoso y huero.
Nombres anónimos, que mistificaban la verdadera naturaleza del escribano, conformaban un mapa de idiosincrasias colectivas aunadas en un conglomerado de tinta de colores diversos, patinando unas sobre otras como danzarinas de un cabaret antológico.
Los goznes chirriaron como marquesas ateridas de frío que echaran de menos el calor del fogón de sus palacios aristocráticos.
Algo trababa la puerta, probablemente facciones solitarias de hojarasca, chinas y guijarros atrapados bajo el peso orondo de la madera. Empujó con denuedo.
Extrajo su linterna del bolsillo derecho de su anorak azul metálico, que le confería un aspecto robusto y gallardo.
Bajo aquellas plumas sintéticas quedaba solapado su temor, ahuyentado por la curiosidad y la adrenalina que le instaba a profanar aquel santuario de silencio, otrora escenario fílmico y testigo de arrumacos clandestinos con el amparo y la anuencia de la oscuridad.
La rendija de la puerta se hizo más holgada. La negrura apareció interrumpida por un único ojo luminoso tan potente como un destello lunar.
La pestilencia se hizo mucho más patente y flagrante, casi tan tangible como la caricia de un anciano leproso de rugosas manos purulentas.
Aaron Contuvo las náuseas y entró, desobedeciendo a los más elementales preceptos de precaución.
Además, había que tener en cuenta que estaba profanando una propiedad privada, por muy abandonada que esta pareciera...

Pero la luz.... ¿Quién había encendido esa luz? era un foco... no, un foco no... era un proyector de cine, y funcionaba.
Había imagenes en la gigantesca pantalla, ese telón de fondo que había sido morada temporal de Vivien Leigh y Clark Gable mientras sus padres, y los padres de sus amigos, se hacían carantoñas amparados por las sombras.
El estado de la sala era espectral y post-apocaliptico, con aquellas ringleras de butacas rojas cubiertas de telarañas y podredumbre. El suelo aparecía repleto de escombros, cascotes y enseres diversos, como de zafarrancho de combate.
Circundaban el teatro Resplandor, donde se habían proyectado películas en blanco y negro, operetas, vodeviles, sainetes y funciones de corte clásico, majestuosos pilares ornamentadísimos más propios de un templo griego que de una sala dirigida al entretenimiento del espectador.
En la inmensa pantalla, dos personajes de cariz siniestro jugaban una partida de ajedrez frente a una playa. Uno de los contendientes era La Muerte, su oponente, un rubísimo caballero paladín interpretado por el actor sueco Max Von Sydow.
Entonces, Aaron dirigió su mirada hacia las butacas de la última fila: ¡tenía compañía!
Acaso distraído espiando su entorno, no había reparado inicialmente en las tetricas figuras agazapadas en las butacas de ese área aislado y remoto.
El corazón le dió un vuelco: ¡6 mujeres, medio desnudas!
La luz era pobre en ese recoveco arrinconado y clandestino. Se acercó como un depredador en la jungla, tomando por escudo las butacas alineadas, avanzando despacio, alerta ante cualquier movimiento, por sigiloso que este fuere, atento a cualquier actividad, amistosa u hostil...
No se movían, figuras inertes atrapadas en el hueco de las butacas...
Cuando las tuvo delante, apenas unos metros de distancia de seguridad, se apercibió de la verdadera personalidad espuria de las eremitas cinéfilas disolutas:
- " ¡Maniquíes! ¡Sólo son maniquíes! ¡Qué susto más tonto... ufffff! Parecen tan reales..."
Las exánimes espectadoras de plástica materia muerta iban ataviadas con procaces vestidos livianos que les conferían un aspecto de cabareteras disolutas, complacidas con el cortejo de la meretriz degradada que absorbe sus penas en drogas y alcohol.
Tenían los labios gruesos, pintados con agresiva tonalidad carmesí. Su cabello, cortísimo, era como una constreñida caperuza negra uniforme, como una cáscara pulcra y virginal o un yelmo incrustado sobre la testa.
La partida de ajedrez seguía su curso en la gran pantalla ante un público pasivo y mudo.
- "¿Pero quién había puesto en marcha la proyección? "
Alarmado se dispuso a investigar la sala. Entre las butacas alineadas era constante el ramillete de hallazgos inútiles, tales como viejas revistas de cine, carteles de inminentes estrenos, basura por doquier....
Revolvió por todas partes, escudriñó en cada recoveco de aquel panteón abandonado, estaba solo... no había nadie más allí, salvo él mismo y 6 maniquíes que parecían ramplonas rameras que se vendieran por una caricia aranera.
Se dirigió a los aseos, cuyas puertas estaban cubiertas de una materia indefinible y legamosa que se adhería a los dedos como si fuera baba de caracol.
El panorama en el interior de los dos habitáculos era hediondo y vomitivo. Aaron contuvo las náuseas. No era el primer visitante furtivo que había aparecido por allí... en el suelo abundaban las jeringuillas infectadas, colillas de tabaco, revistas pornográficas de temática sadomasoquista y zoofílica, botellas de cerveza a medio consumir...
Salió de allí a toda prisa, aturdido e indispuesto.
Levantó la mirada, como si buscara en ese aire rancio y pestilente una brisa reciclada y perfumada. Entonces se apercibió de un cambio sustancial en ese escenario ya conocido: ¡Sólo había 5 maniquíes! ¿Donde estaba la sexta?
La situación había dejado de ser aventurera e intrigante... le ponía los pelos de punta... aquello tenía muy pero que muy mala pinta...
-¿Hola? ¡Hoooooo.....laaaaa! ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?...
La voz le temblaba, así como las piernas, que ahora eran de gelatina, o, acaso, de la misma materia legamosa que se había adueñado de las puertas de los aseos.
Tenía que salir de allí. La situación ya no era divertida ni emocionante. Se giró a toda prisa. Entonces chocó contra algo... contra ¡alguien!
-¡Holaaaa!
Aaron escuchó su voz, eufórica, optimista, ufana, lunática, mientras notaba como una larguísima aguja oxidada se clavaba en su cuello, perforándole la piel, provocándole un dolor intenso, como el picotazo de un abejorro enfurecido.
La visión se tornó de repente caliginosa, como si alguien hubiera instalado un toldo brumoso sobre sus párpados.
Comenzó a gritar, sollozar, gemir de dolor y pavor... pero su voz era similar a la de un cachorro recién nacido que sólo sabe balbucear ruiditos incoherentes e ininteligibles.
Notaba todo su cuerpo inflamado de calor, abotargado, un arrebol tórrido en su rostro...
Le arrastraba como si fuera un odre pinchado hacia las últimas butacas del cine, donde esperaban en ademán imperturbable las cinco maniquíes.
-Tengo que coserte esa boquita, para que se quede calladita, que hace unos ruidos muy preocupantes...
La escuchó susurrar, o tal vez estuviera canturreando, no estaba seguro, todo se movía a su alrededor, las imagenes subidas a una noria que giraba muy deprisa.
Cuando Aaron abrió los ojos notó su cuerpo rígido, sólido, muerto... no sabía cuánto tiempo llevaba así, atado a una de las butacas de aquel cine, junto a las 5 maniquíes.... tenía algo en la boca, no podía abrirla, notaba los labios acartonados, fijados con algún tipo de gel o cordaje que los mantenía... ¡pegados, cosidos!
Entonces su raptora habló. Trató de chillar, de pedir auxilio, pero ni un sólo vocablo inteligible salía de su boca sellada.
-Ahora tengo que pedirte toda tu colaboración. Tienes que quedarte muy quietecito. De lo contrario no podré disecarte... si no te quedas quietecito te dolerá muchísimo. Relájate... que tengo que disecarte...

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Comentarios de La sala de los maniquíes
María (30-12-2011 09:04)
Victor Virgós (30-12-2011 12:02)
Camilo (06-01-2012 14:04)
Victor Virgós (07-01-2012 07:53)
Sobre esta noticia
Autor: Victor Virgós (558 noticias)
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Tipo: Reportaje
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