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La vejez y su mala imagen

08/06/2010 15:47 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Entre las obras literarias de Cicerón, todas de gran valor literario, nos encontramos con un diálogo filosófico dedicado íntegramente a elogiar la vejez. Se trata de un escrito, no muy largo, titulado Cato Maior de Senectute (Catón el Viejo o de la Vejez). Por boca de Catón el Viejo, protagonista intencionado en este diálogo, Cicerón nos habla de la vejez de una manera tan delicada que aún hoy, después de tantos años, nadie ha sido capaz de igualar.

Comienza Catón explicando a Escipión y a Lelio que no tiene problemas con la vejez, porque obedece ciegamente a las leyes de la naturaleza. Pues son esas leyes las que dan lugar a la vejez, "a la que todos desean llegar y, cuando llegan, todos la acusan" (quam ut adipiscantur omnes optant, eandem accusant adeptam). Y hasta hay necios que "atribuyen a la vejez sus propios vicios y su propia culpa".

Los que hemos llegado a esa etapa, debemos sentirnos felices y, como Catón, preferir "ser viejo durante menos tiempo y no ser viejo antes de serlo" (Vero me minus diu esse Senem Mallem Senem esse quam ego, essem ante quam). La vejez no es cuestión de edad, sino un estado de ánimo. El corazón no envejece nunca; es la piel, es nuestra envoltura física la que se arruga y se deteriora. Es cierto, como dice Cicerón en dicha obra, que la vejez tiene muy mala prensa y parece miserable por cuatro causas muy concretas, pues aparta a uno "del manejo de los negocios", "hace al cuerpo más enfermizo", te "priva de casi todos los placeres" y, además, "no está muy lejos de la muerte". Pero aún así, los años no deben conturbar, ni abatir a nadie.

A pesar de los años que los mayores llevamos encima, debemos seguir con el estímulo de seguir aprendiendo en la universidad de la vida y compartir nuestro tiempo y nuestra experiencia con las generaciones más jóvenes. La vida, no lo dudemos, aporta experiencia y la experiencia una vida más intensa y prolífica. La actividad, el aprendizaje y la dedicación, si queremos ser plenamente felices, deben ser una constante en nuestra vida, a pesar de la longevidad. Quien nada hace, nada es y si queremos ser algo deberemos estar permanentemente activos. El saber por el saber es ya suficiente premio, pues estamos convencidos de que esto nos ayudará a culminar creativamente nuestra propia existencia.

Es cierto que nos vamos a encontrar con muchas trabas para seguir formando parte activa de la sociedad que nos rodea. Esa misma sociedad, con relativa frecuencia, tratará sibilinamente de desvincularnos de nuestro mundo y tratará de que renunciemos a cualquier tipo de actividad pública, tanto política como cultural. Piensan, sin más, que los años nos han aparcado ya y no nos quedan más horizontes que el sillón y el sofá. No comprenden que seamos reacios a dejar el foco de la actividad en manos de los que vienen detrás y que no nos conformemos con actividades de segundo orden, mucho menos visibles. Aún así, debemos poner todo nuestro empeño en que se nos oiga, se nos valore y se tengan en cuenta nuestras opiniones.

Es cierto que cada día aparecen más organizaciones, tanto públicas como privadas, con la intención loable de organizar diferentes proyectos para recompensar a los mayores por sus aportaciones a la sociedad. Hasta se han instituido premios, destinados a este tipo de personas, como los del "Abuelo Actual" del País Vasco, más conocidos como "los Goyas de la Tercera Edad". Pero estos premios no pretenden borrar esa imagen tan extendida de colectivo social pasivo e improductivo. Continuamos siendo las "clases pasivas" de siempre. Y es normal que sea así, ya que dichas organizaciones están dirigidas por personas jóvenes que aún no han llegado a los 60 años, incapaces, por consiguiente, de interpretar correctamente cual es la manera de sentir y pensar de quien tiene bastantes más años.

Es frecuente que esas organizaciones, sobre todo si son públicas y anda la Administración de por medio, traten de dictaminar, desde su óptica particular, cuáles son los problemas que afectan a las personas de edad y hasta aventuran voluntariosamente la solución de los mismos. No se preocupan, en cambio, de averiguar cuáles son las inquietudes y la percepción que tienen los mayores de las realidades que les afectan.

Que estas organizaciones pretendan convertirse en lazarillos de los ancianos, sin que éstos se lo pidan, es más decepcionante que el propio exceso de años. Quien no ha experimentado la longevidad está totalmente incapacitado para adivinar e interpretar las necesidades que afectan a dicho colectivo, pues les falta ese plus que da la perspectiva inter generacional. Deben ser las personas mayores las que digan qué es lo que les preocupa, cuáles son sus problemas y la mejor manera de solucionarlos.

Ante todo, no debemos romper la comunicación social con nuestro entorno, físico y social, para que las generaciones jóvenes se aprovechen de nuestra experiencia y nosotros podamos dar mayor intensidad a nuestra vida. No olvidemos que somos el nexo entre el pasado y el presente y, por lo tanto, somos la clave que posibilita la continuidad de los valores culturales y la preservación de la diversidad de identidades. Con vistas a mejorar nuestra autoestima personal, no podemos renunciar a pensar libremente por nosotros mismos, pues renunciaríamos a ser nosotros mismos. Y ése, nuestro pensamiento libre, no podemos ocultarlo, debemos manifestarlo de viva voz cuando sea menester.

El tiempo pasa y pasa muy rápido, pero si sabemos vivir el presente fugaz y encarar debidamente el futuro que aún no existe, nos mantendremos culturalmente vivos y actuales. Y así podremos repetir con propiedad lo que contestó el sofista griego Gorgias de Leontino a quienes le preguntaron que para qué quería vivir tantos años: Nihil habeo quod senectutem accusem, "No tengo nada de qué acusar a la vejez". Pues cumplir años, más que de envejecimiento, se trata de un proceso de culminación y plenitud.

José Luis Valladares Fernández

Criterio Liberal. Diario de opinión Libre.

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