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Los Futbolistas y el Placer

02/12/2009 10:31 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Beckham se aficiona a los puros habanos Cohibas

¿Durante cuánto tiempo puede un deportista ser una estrella mediática sin perder el tipo? ¿No se halla en contradicción total esa cosa sufrida, estricta, espartana que es el deporte con los focos, las lentejuelas, las bambalinas y las cámaras que son las antecámaras del placer con todo su variopinto relajo? La gloria, el estrellato, la popularidad sin límites no invitan a castigarse y a flagelarse con una disciplina castrense, sino a recostarse en la recámara mientras la fama: La diosa perra como la llamaba Lawrence, te lame sumisa de los pies a la cabeza. Debe de ser una tensión insoportable ésa que se crea entre el deber de estar en forma, y el placer de dejarse arrastrar por lo multiforme o por las múltiples formas tentadoras que escoltan al triunfo cuando te brinda su rebosante copa.

Quizás es por eso que la mayoría, si no todos los futbolistas estrella, se casan. Para que su mujercita mantenga a raya sus apetitos y los lleve cada noche bien derechitos, sin torcerse ni a izquierda ni a derecha, por el paseo de la fama hasta casita. Es por ello que Victoria obliga a Beckham a que fume sus habanos en el jardín de casa, poniendo una raya al vicio. ¿Habrá alguna droga más antideportiva que el tabaco que ni si quiera dopa? Es mala a corto plazo y a largo plazo. Confieso que cuando me contaron el chisme (que Beckham fuma habanos cubanos) la revelación me resultó bastante decepcionante. Esperaba que tuviera algún vicio más inconfesable si es que existe ya algún vicio inconfesable. Pero, ahora que lo pienso, es posible que éste sea el vicio más inconfesable que puede confesar un futbolista.

Fumar es un placer total y genial (como cantaba nuestra Sara Montiel) que Beckham está empezando a conocer. ¡Ah! ¡El placer de fumar habanos castristas y comunistas en la cúspide del éxito consumista y capitalista! ¡Qué contradicción tan excitante y tan subyugante!

La verdad es que esa popularidad tan arrolladora y tan universal del deporte rey me desconcertaba bastante hasta que después de un largo peregrinaje por lo largo y ancho de este mundo, volví a mi tierra natal y descubrí o redescubrí que en algunos sitios el fútbol es una cosa que te tiene que gustar, no cabe elección. O te gusta el fútbol o te vas a esconderte en un rincón y sanseacabó. Este totalitarismo del divertimento, por llamarlo de alguna forma. Este deber arrabalero y suburbial de amar el fútbol se diluye, gracias a Dios, en la gran ciudad. Yo viví en Londres durante varios años (nada menos que en UK, la patria de los hooligans) y no oí hablar de fútbol en una sola ocasión. Sencillamente, esa (baja) pasión dejó de existir para mí. Tuve que volver a “Región” para recordar que existía esa cosa tan popular llamada balompié. Para mí la obligación y la devoción no se deben mezclar. Está muy feo, está muy mal, esa dictadura sobre el gusto que te quieren imponer los domingueros del balón.

Lo que no entiendo muy bien es por qué tienen que desnudarse los futbolistas (como hacen los futboleros de Alcorcón en cierto suplemento dominical) ¿Será por que lo exige el guión como decían las estrellas del destape durante la transición al despelote? Y es que ahora el equipo de Alcorcón promociona su asalto, al parecer imparable, al centro de la urbe con el torso al aire. Ya no sólo las señoras se despelotan sobre el capó de los deportivos para vender los coches, sino que también los deportistas aparcan la pelota en un “corner” y se despelotan un poco frente a las cámaras para llevarse al huerto, quiero decir al estadio ¿A quién? ¿A las señoras? El fútbol es cada vez más unisex, y aumenta el número de mises, de doñas y de dueñas que se exaltan en los estadios y ante las pantallas gigantes de los bares de copas y puros (cubanos o no cubanos). Eso está muy bien, supongo; la pena es que no descuelle de pronto una futbolista y se enfrente en el estadio frente a Ronaldo, con la melena al aire, en una especie de remedo de aquel enfrentamiento épico y legendario entre Aquiles y Pentesilea la Reina de las Amazonas.

Está claro que ser una estrella del deporte rey a parte del premio (nada menos que el diablo mundo con todo su esplendor (pasajero) y sus miserias, tiene un precio: La humilde corona de laurel, símbolo de la auténtica gloria, que se otorgaba a los atletas vencedores en la antigua Grecia. ¿Pero quién quiere una simple corona de laurel pudiendo tener unos cientos de millones de euros y el diablo mundo a tus pies?


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Autor:
Francis Bullion (17 noticias)
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Opinión
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