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Los misterios de Bhaktapur

23/12/2012 22:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Leyendas rituales sensaciones vividas en Bhaktapur, NEPAL, noviembre y diciembre 2000

Los misterios de Bhaktapur

por Gianandrea Di Terlizzi

Llegamos a Bhaktapur desde Kathmandu, y por fin encontramos el Nepal legendario. La ciudad emana una energía intensa, profunda, como si del recóndito umbral de otro mundo se tratara. Los continuos rituales de la devoción popular y su estilo de vida, inmutado desde la Edad Media, colocan claramente esta ciudad fuera de nuestro tiempo histórico.

Bhaktapur, pendiente siempre de sus imprevisibles dioses, posee la capacidad inquietante de dejar inútiles nuestros prejuicios racionalistas; la mente, asombrada, se ve forzada a experimentar una realidad alterada. Mientras tanto, la sombra de la duda agrieta sin remedio nuestras certezas más arraigadas, y de la ruina del sistema va brotando el destello de una Realidad más ancha, más porosa e indefinida, más rica y aterradora a la vez...

Bhaktapur fue capital del tercer reino del Nepal antiguo, rival de Lalitpur y de Kathmandu durante centenares de años. Sus casas, construidas la mayor parte durante el glorioso reino de la dinastía Malla, tienen ventanas de madera finamente tallada, muy elaboradas, y fachadas de ladrillos bruñidos abiertas a estrechas callejuelas, también empedradas de barro cocido. Éstas forman un retículo serpentino y fascinante, como meandros psíquicos de un pasado semi - olvidadado y, sin embargo, todavía actual, que reverdece en la frescura un poco estupefacta del presente.

En muchas de las plazuelas hay lavaderos antiguos al aire libre, con escaleras de piedra que bajan a los chorros de agua; allí las mujeres lavan la ropa con los mismos gestos de sus antepasadas, y el agua que brota de las viejas cabezas de serpiente está llena aún del recuerdo del Himalaya. Cerca de otro chorro, unos muchachos se enjabonan y aclaran los cuerpos con lánguida indolencia, como si su vida entera se agotara en esos interminables instantes.

A lo largo de las callejuelas se abren los talleres artesanos, y los monjes ancianos enseñan a novicios y aprendices los símbolos secretos de las pinturas budistas, los Tangka. Concentrados, absortos, los chicos pintan sus telas, y poco a poco se materializan los rostros de los Bodhisattvas, los santos del budismo Mahayana, con sus rasgos de sobrehumana serenidad. El budismo convive con el hinduismo en Nepal desde hace milenios, y los fieles de las dos confesiones se mezclan en los rituales creando un pacífico sincretismo.

Los ceramistas también trabajan en las plazuelas, que se vuelven espontáneas muestras al aire libre de ánforas, fuentes y copas para el yogur que se cuecen al sol; a su lado las mujeres, rodeadas de chiquillos y cabritos, muelen el grano aplastándolo con palos en grandes morteros cónicos, graciosamente alargados.

La atmósfera es la de un lugar sumergido de lleno en la edad media, con los artesanos agrupados por barrios según el gremio, y las calles mostrando impúdicas las tantas actividades que la modernidad ha escondido en la intimidad de las casas.

La Durbar Square, la plaza del palacio real, es una obra maestra de la perspectiva: enmarcada al norte por el Palacio de las Cincuenta y Cinco Ventanas y por la magnífica Puerta de Oro; la pueblan templos de madera en forma de pagodas superpuestas, con los extremos de los techos curvados hacia arriba, entremezclados con los de piedra tallada al estilo de la Indio. Expresa el triunfo del hinduismo, religión de los reyes, y de la imparable proliferación de dioses e ídolos que su arte genera; la multiplicidad infinita de la realidad, sus incontables variaciones, parecen aludir a su inconsistencia última, al velo de Maya, el engaño o broma de los dioses que cubre el mundo humano de un carácter ilusorio.

Los edificios están tupidos de estatuas de dioses, de animales simbólicos, de ídolos con sus legendarios "vehículos", y de las retorcidas decoraciones en bronce que adornan y llenan cada espacio libre. Las vigas curvadas de los techos llevan tallados numerosos relieves eróticos tántricos, escenas de sexo explícito que muestran la unión de los principios masculino y femenino en el éxtasis orgiástico. La plaza al amanecer se envuelve de una bruma vaporosa, casi rosada. Veladas por esos bancos de impalpables y húmedos vahos, las mujeres cumplen con su sagrado y cotidiano recorrido: de templo en templo, ídolo por ídolo, ofrecen flores, arroz, dulces, y polvillos de brillantes colores, que amorosamente amasan con leche en los rostros de las estatuas. Lentamente, sin olvidar ninguna deidad, llevan cuidadosas sus bandejas repletas de cuencos y de fuego sagrado, cuyos resplandores entrevemos inciertos, ahogados en la niebla, escondidos por el humo de los inciensos; con sus letanías susurradas, sus reverencias y rezos, mudras sagrados que dibujan con las manos y los brazos, suplican el favor de los dioses protectores y aplacan la cólera de los destructores.

Cuando las brumas poco a poco se disuelven, llevándose a esas mujeres incorpóreas, de repente, como en un espejismo, van apareciendo otros seres fantasmales, unos ascetas cubiertos de blancas cenizas y harapientos taparrabos, con el tridente dorado de Shiva en la mano. Estos sadhus han muerto para el mundo, su carne ha sido humillada, pero sus ojos llamean como brasas ardientes en los rostros cadavéricos cuando se acercan a los templos de los dioses que adoran y sirven.

Un poco más abajo de la Durbar Square se encuentra Thaumadi Tol, la otra gran plaza de Bhaktapur: allí se alza el templo Nyatapola, el más alto de todo el Nepal , con sus cinco pisos de pagodas superpuestas y las enormes gradas de la base. Cada nivel de estos escalones lo protege una pareja de grandes animales simbólicos, diez veces más poderosos a medida que suben de nivel. Así la diosa que el templo celebra, cuyo sancta sanctorum está en el sexto piso, viene a ser un millón de veces más poderosa que los comunes mortales.

Pero al contrario de todos los demás templos del país, éste no contiene ninguna representación de la deidad que celebra, la diosa tántrica Siddhi Lakshmi, de la cual casi nada se permite saber; su templo no recibe nunca ofrendas ni rituales, su cámara sagrada está vacía, y sólo algunas extrañas leyendas agrietan el silencio en que está envuelto.

Se cuenta que fue construido aposta para compensar el extraordinario poder del templo de Bhairab, el alma negra de Shiva, la deidad más destructora del panteón nepalí, cuyo venerable templo se encuentra justo enfrente, en la misma plaza de Thaumadi Tol. Se cree que la diosa tántrica tiene sobre Bhairab un efecto sedante...

Bhaktapur, cuyo nombre significa ciudad de los devotos, parece depender totalmente de los humores cambiantes de sus dioses, y se abandona por completo a su abrazo caprichoso de amor y de muerte. A pesar de su gran belleza, no es una ciudad solar. Se percibe una sensación de extrañeza, y la ausencia de la serena alegría del resto de Nepal. Hay en sus aires la pesadez de un misterio profundo, de algo indecible que embruja como un grito estrangulado...

Este misterio, casi sutil inquietud, se fue agudizando con el transcurrir de los días, hasta que un encuentro aparentemente casual empezó a arrojar algo de luz. Justo al lado del templo de Bhairab colgaba un pequeño letrero descolorido, en el que apenas se podía leer: BIRENDRA – Pinturas sagradas hindúes - BIENVENIDOS .

Llamaba la atención la pequeñez y la discreción de ese letrero, hecho para que no todos lo vieran, y también que el taller se encontrara en el patio al lado del templo de Bhairab, justo lo que parecía ser el foco más intenso de irradiación de esa oscura extrañeza que acababa impregnando la ciudad entera.

Entré. Birendra estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, absorto en su pintura. Sus ojos brillaban, y la cabeza la tenía reclinada y toda rasurada, a excepción de un pequeño mechón en la nuca. Me contó historias y leyendas, sonriendo con los ojos, e invocando a menudo la Shanti, esa paz sobrenatural que es quizás la meta más conocida del hinduismo. Me enseñaba sus pinturas, de preciosa factura, y explicaba dulcemente algunas de las complicadas simbologías. Se notaba que intentaba simplificar, que no quería ir más allá de unas cuantas generalidades. Extrañamente, no hizo el menor intento de vender sus pinturas. Al despedirme, le prometí que volvería, y mientras salía me di cuenta que había otra puertecilla en el patio, que tenía que ser el único acceso al interior del templo de Bhairab...

La mañana siguiente, como siempre, me fui a Thaumadi Tol, que funciona como un imán en el centro de la ciudad. El templo de Bhairab estaba más adornado de lo normal: guirnaldas de flores colgaban del techo y coronaban las estatuas, las ofrendas eran más abundantes, los ídolos más embadurnados que nunca; y había un continuo ir y venir de fieles que rezaban, tocaban las campanas, se inclinaban con las manos juntas...

Se hizo una multitud, y aparecieron dos sacerdotes brahmanes vestidos de blanco que cantaron las tristes letanías rituales subiendo y bajando las voces y los brazos. Luego, se colocaron ante el nicho cavado en la fachada del templo; allí está la piedra sagrada en cuyas entrañas mora la divinidad destructora y terrorífica. Cuando un cabrito blanco fue llevado al nicho, el gentío se aglutinó, recorrido por sonidos guturales. Nuevas, lóbregas letanías resonaron, un sacerdote untó la cabeza del cabrito con leche y perfumes. De repente, como un relámpago, brilló la hoja de un puñal. Con los gestos rígidos de una marioneta el sacerdote degolló al animal y separó limpiamente la cabeza del cuerpo.

La cabeza la pusieron en el nicho. El cuerpo se quedó en el suelo de bronce, empapado de sangre. Con el mismo puñal abrieron el vientre, y sacaron las vísceras cándidas atándolas en forma de lazo. Ese lazo inflado de inquietante blancor quedó colgando entre las coronas de frescas flores coloridas, un poco salpicadas de sangre.

Cada movimiento, subrayado por los tambores y las campanadas, tuvo la rigidez embalsamada de un ritual inmutable, repetido por milenios; pero, al mismo tiempo, la más cruda fragancia sensorial del presente brotó de esa sangre cálida y espumosa, sumamente inocente.

La piedra muda, informe, que alberga al dios rabioso, fue aplacada.

Yo no entendía. No podía explicarme todo ese terror que inspiraba el templo de Bhairab, tantas ofrendas, tantos sacrificios. ¿Porqué toda la devoción se dirigía a él, mientras el esbelto y hermoso templo Nyatapola, erguido sobre sus grandes escalones, justo allí delante, era ignorado por completo? ¿Porqué ese magnetismo, que me obligaba a pasar hora tras hora sentado en el mismo lugar, observando los rituales? Pregunté a la gente, pero sólo me dieron respuestas elusivas, banales. Entonces me acordé de Birendra, de su sabia sonrisa, y decidí volver a verle. Él podía saber algo, pintaba imágenes sagradas y vivía al lado de la entrada del templo.

Cuando entré en su taller, levantó apenas la cabeza y volvió a pintar una tela extendida en el suelo. No dijo nada. Sin embargo su actitud no me echó para atrás. Yo también me senté en el suelo, guardé silencio y esperé, tercamente. De alguna manera presentía que aquella era una especie de prueba. Tras una media hora de pesado silencio, Birendra levantó por fin la mirada y me dijo, directo: “¿Qué quieres saber?”. Entonces le pregunté por el templo de Bhairab, por su extraño magnetismo. Quise saber de esa aura de misterio que percibía alrededor del edificio.

Él empezó con la conocida leyenda que narra de la visita del dios a la ciudad, de cómo fue reconocido y decapitado por los brahmanes que luego guardaron la cabeza en el interior del templo. Pero yo le paré. “Esto ya lo sé, Birendra” le dije, “pero siento que hay algo más”. Birendra me miró a los ojos, profundamente, y murmuró: “Entonces tú sabes, tú puedes ver... Verás, aquí, donde ahora está el templo, hace mucho tiempo, se encontraba el lugar de las cremaciones. Aquí durante siglos se quemaron todos los muertos de Bhaktapur, entonces llamada Bhagdaon. Con el tiempo la ciudad creció y se decidió trasladar las cremaciones más al sur, cerca del río Hanumante, que se lleva las cenizas de los difuntos. Para que Bhairab no se ofendiera, el Rey Bhupatindra levantó el templo que te ha hechizado. Pero el dios de la muerte se enfureció. Terribles calamidades se abatieron sobre la ciudad, las desgracias se hicieron cotidianas, las epidemias diezmaban la población aterrorizada; los sacrificios incontables para nada ya parecían servir, todo su poder se había desvanecido...

Entonces los brahmanes decidieron levantar el gran templo Nyatapola delante de éste para que calmara la cólera de Bhairab. Pero la furia del dios era tan grande que nunca pudo ser aplacada del todo. Hubo que construir otro pequeño templo cerca del río Hanumante, para intentar encerrar allí la inmensa fuerza destructora de Bhairab. Los sacerdotes astrólogos lo hicieron colocando en el nuevo templo una imagen pintada del dios, imagen que tiene que ser renovada cada año en correspondencia del festival dedicado al dios, cuando su cabeza es sacada del templo viejo y llevada en procesión”

Aquí Birendra calló y su cara se oscureció, recorrida por temblores; me observaba largamente, y parecía que estuviese reviviendo momentos terribles. Luego volvió a hablar, en voz baja: “La imagen que atrapa la venganza de Bhairab ha de ser pintada por un artista perteneciente a la casta de los pintores sagrados, y cada año uno de nosotros es elegido para llevar a cabo el ritual. Encerrado en el templo, debe pintar la espantosa figura de Bhairab con sus colmillos ensangrentados, su collar de calaveras y todos sus atributos mortíferos. Nadie más puede mirarla, porqué sería fulminado por su maldición. El mismo pintor, en el momento de concluir la obra, cuando sólo le quedan los ojos del dios por abrir, toma bien las medidas y advierte a los sacerdotes. Cuando el brahmán degüella una oveja y riega de sangre el altar del dios sediento, el pintor infunde la vida en la imagen sin mirarla ya, marcando las pupilas con el rostro girado hacia atrás.

Entonces sale, y tras él se cierran rápidamente las puertas hasta el año siguiente. Sin embargo, ese instante en que quedan abiertas es suficiente para que se produzcan en Bhaktapur, simultáneamente, varios inexplicables fallecimientos. Es el precio que hay que pagar para salvar la ciudad de mayores desgracias”.

Así habló Birendra, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Escuchando la historia de ese hombre pude ver con certeza que él había sido uno de los pintores elegidos, y sentí que el soplo helado de la muerte había rozado su cuello, inculcándole el mismo terror sagrado del dios que inquieta y oprime la población entera.

Entonces supe que Bhairab es el demonio, la sombra oscura que cobija todos nuestros miedos más profundos. Bajo su maldición perenne está sumida Bhaktapur, puerta del infierno. El reino de los muertos se desborda por la boca del templo de Bhairab con hálitos siniestros, y se cierne amenazante sobre los vivos que le adoran implorantes.


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Autor:
Gianandrea Di Terlizzi (4 noticias)
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