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Los pilares de la libertad

11/03/2010 19:34 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hemos vuelto. Hemos llegado a casa. Hemos colgado nuestras insignias y nos hemos desprendido de los lazos blancos. El domingo fue un día para la esperanza, pero también supuso una dura experiencia. La cruda realidad nos ha sacado de nuevo a la calle

Hemos vuelto. Hemos llegado a casa. Hemos colgado nuestras insignias y nos hemos desprendido de los lazos blancos. El domingo fue un día para la esperanza, pero también supuso una dura experiencia. La cruda realidad nos ha sacado de nuevo a la calle. La plaza de la Virgen, en Valencia, sirvió de escenario para el desgarrador grito de la vida. Llegamos a las once y media. Algunas personas se arremolinaban con sus sonrisas y sus gorras coloradas. Las palomas sobrevolaban nuestras cabezas entre el estruendo de una traca que resonaba en la lejanía. Quienes estábamos allí por convicción, nos observábamos de reojo, pero también nos sonreíamos con aprobación mientras pensábamos: “bien hecho”.

A las once y cuarenta y cinco habíamos alcanzado la mitad del aforo. Algún que otro balón rojo botaba sobre manos finas, arrugadas, suaves, austeras, manos con artrosis, dedos más largos, cortos, delgados... Cada impulso significaba un grito, el latir de un corazón multitudinario que rompía el cielo gris, sus remolinos, su presunto rocío, con sus lágrimas, las nuestras... Unos jóvenes pasaron cerca de mí y comentaron: “vaya panda de retrógrados, mira aquel idiota del altavoz...” Los tres adolescentes cruzaron nuestro espíritu como su voz se clavó en mi alma. ¿No me comprenden?

A las doce, las campanas golpearon nuestro ánimo. Las banderas parecían ondear con más fuerza, como los cabellos en las frentes, como los sueños de tantos ciudadanos anónimos enfrascados con valentía en la batalla más digna que puede librar un ser humano, la de la defensa de la vida. Porque la vida es el único camino para la libertad. ¡”Vida Sí”! Exclamaba la plaza repleta. A mí, que suelen incomodarme las multitudes, me resultó reconfortante y pasional, la combinación de voces y ruegos, la coral improvisada que imploraba piedad y exigía sin miedo la dimisión de quien ha aprobado una ley que permite el asesinato del los seres humanos más inocentes.

Envuelto entre la muchedumbre cerré los ojos y me dejé llevar por la imaginación. ¡Estamos equivocados! ¡Nos han engañado! ¡Lo hicieron ya con nuestros padres! ¡Pretenden adoctrinar ahora a nuestros hijos para perpetuar su perversidad! Derecho de la mujer, decía Pajín. Sobrecogedora contradicción la de eliminar los derechos de un ser humano para, supuestamente, “garantizar” los de otro. La muerte de un hijo jamás puede ser el camino para ningún nuevo derecho. ¿Quién en su sano juicio no es consciente de esta trampa? La vida es el principio. Convertir a la especie humana en un conglomerado de células sin espíritu y sin proyección, es descabellado. Compartir la responsabilidad por ley, es mezquino. Porque una ley asesina no deja de ser una ley asesina, ya se haya promulgado en “democracia” o lo haya sido en una dictadura. Una ley como el aborto, que arranca de raíz el derecho fundamental de la vida, convierte el resto del ordenamiento jurídico en una farsa, lo anula. ¿A qué podemos aspirar ahora? ¿Qué nos aguarda en el futuro?

Compartir la responsabilidad por ley, es mezquino. Porque una ley asesina no deja de ser una ley asesina, ya se haya promulgado en “democracia” o lo haya sido en una dictadura

La aventura del progreso supone un juego maquiavélico que nos seduce con la trampa de la responsabilidad general. “El mundo va mal, la humanidad es destructiva, estamos acabando con el planeta, consentimos la pobreza...” Nos venden. Pero si nos encerramos voluntariamente en una habitación, entornamos la puerta y abrimos los ojos en la oscuridad, tal vez caigamos en la cuenta de que el mundo jamás podrá ser sanado desde arriba, sino sólo a partir de nosotros mismos. Nunca dejará de haber asesinos crueles, o violadores de mujeres y niños, o ladrones despiadados, o estafadores, o políticos corruptos, o maltratadores de mujeres... Porque cada persona elije su propio camino, unas veces más o menos condicionada, y perpetra sus acciones desde el bien o desde el mal. El bien y el mal son una elección en la que ni siquiera Dios se ha querido inmiscuir. El socialismo y los progresistas se han apoderado del “bien” a través de “su supuesta verdad”, y han pretendido construir un mundo en el cual los actos de unos pocos sean asumidos por la totalidad. De tal forma que aquellas personas que quieren ejercer el bien se descubren cada vez más coartadas, limitadas y humilladas. Y aquellas otras personas que optan por la práctica del mal se descubren toleradas y libres de responsabilidad. “La culpa es de la sociedad...” Se justifican.

Una sociedad sin justicia es una sociedad muerta. Una sociedad que consiente el asesinato de los niños no nacidos, una sociedad connivente con los terroristas, una sociedad permisiva con quienes han asesinado a niñas como Sandra Palo o Marta del Castillo, una sociedad que convierte a los seres humanos con discapacidad o con enfermedades crónicas o raras en un lastre que hay que lanzar por la borda, una sociedad que niega la razón misma de la vida, es una sociedad injusta de raíz.

“Amnistía Internacional” ocupó una esquina de la plaza con sus estandartes amarillos. En sus carteles anunciaban una campaña “contra la violencia a las mujeres”, la cual no deja de ser laudable. ¿Pero cómo pretenden concienciar a nadie si no reconocen el aborto como la mayor transgresión de esos derechos humanos que tanto presumen defender? De nuevo se vislumbra la diferencia entre el bien y el mal. Otra vez, el primero estaba presente en una amplísima mayoría, pero el segundo se sabía dueño bajo el amparo del poder. Si no despertamos, si no hacemos reflexionar a nuestros hijos, hermanos y amigos acerca de lo imprescindible de la justicia, entonces, habremos condenado la humanidad a la esclavitud. “En pleno siglo XXI...” Dicen las televisiones. Pero esto es ya sólo un tópico. Queda mucho por hacer y hemos empezar por los cimientos.

El lunes por la noche emitieron un programa de televisión en Antena 3 titulado: “Los invisibles”. En éste, algunos famosos se introducían, por unos días, entre personas “sin techo”, compartiendo las experiencias de quienes se encuentran de verdad atrapados en la calle. Durante el breve tiempo en el que visioné el espacio, me llamó la atención una joven que conversaba en una cafetería con Blanca Fernández Ochoa. La muchacha le comentaba que se había quedado embarazada y no disponía ni de nada, ni de nadie, ni de ningún lugar adónde ir. Blanca le preguntó: ¿te has planteado que no es el momento adecuado? ¿Cómo vas a afrontar el embarazo en tu situación? ¿Cómo vas a cuidar a ese hijo? La "vagabunda" contestó: “Voy a salir adelante, porque yo ahora he dejado de ser la víctima y tengo que luchar por mi hijo”. A Ochoa se le adivinaban las lágrimas. Si la vida de un niño no nacido, sea cual sea su circunstancia o condición, ya no vale nada en España. ¡Qué valor y que esperanza habitaba entonces en esa frase! Ahora te digo a ti, lector: ¿de dónde vienes? ¿Dónde vas? Tal vez a tratar de cambiar el mundo desde abajo... Empecemos por el principio, protejamos la vida, luego garanticemos la justicia. Sólo así edificaremos los pilares de nuestra libertad.

Paco Bono

Más en mi blog personal http://www.pacobono.com


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Paco Bono (52 noticias)
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Opinión
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