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Los últimos coletazos del virus

04/12/2020 08:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ocho meses conviviendo con la Covid y su comportamiento aún mantiene abiertas muchas incógnitas. La relación causa efecto nos deja, sin embargo, muy claro que la curva de incidencia siempre se dispara después de los puentes.

Así ocurrió en todos y cada uno de los festivos del calendario desde que arrancó la desescalada y cabe temer que así ocurrirá, si nadie lo remedia, en el puente de la Constitución que hoy comienza. Las imágenes del pasado fin de semana con cientos de miles de personas colmando las calles del centro de las ciudades atraídos por las luces de Navidad empalidecen las de aquella temeraria manifestación del 8 de marzo a la que se atribuyó la dispersión iniciática del virus.

El mes de noviembre ha sido el segundo más letal tras aquel fatídico abril en que almacenamos los cadáveres en las pistas de hielo. Por mucho que las cifras de incidencia hayan caído, los niveles se mantienen en lo que los expertos sanitarios consideran "riesgo alto" e incluso "extremo". Corremos pues el peligro de relajar la prevención y entregarnos al espejismo de unas fiestas navideñas que a todos nos gustaría que fueran casi normales. No lo pueden ser y, sobre todo, no lo deberían ser por mucho que la iluminación de las calles y plazas nos alegre la vista y el espíritu.

Los sanitarios coinciden en transmitir que esta Navidad ha de ser necesariamente distinta y que, independientemente de lo que nos permitan hacer o no, hemos de renunciar a la sociabilidad tradicional de estas fiestas. Los desplazamientos masivos de personas de unas comunidades a otras, las reuniones multitudinarias, sobre todo en espacios cerrados, y la mezcla de núcleos de convivientes han de ser reducidos a la mínima expresión si no queremos convertir la Navidad en un inmenso caladero para la Covid-19.

Cada gobierno regional matizará las normas de prevención, según su criterio y circunstancia, pero de nada servirán si los ciudadanos tratamos de hacernos trampas en el solitario. La mayoría de las comunidades se alinean con el borrador del Ministerio de Sanidad que recomienda los cierres perimetrales, los toques de queda nocturnos y la limitación a diez del número de personas en las cenas y comidas familiares.

Ni que decir tiene que ninguna Administración local, autonómica o central va a enviar un agente a cada casa en Nochebuena o Nochevieja para controlar lo que hacemos o cuántos nos juntamos ni pueden determinar quiénes son o no allegados. Nadie puede entrar en un domicilio particular sin una orden judicial o el permiso del inquilino a no ser para evitar la comisión de un delito flagrante, y el exceso de invitados nunca lo sería. Nadie vigilará si se juntan dos, tres o más núcleos de convivientes ni tampoco nuestro proceder en esas reuniones y si ventilamos las estancias o usamos en ellas la mascarilla cuando puede que sean tan importantes o más esas cautelas como el número de personas que se sienten en torno a una mesa.

A quien hemos de temer, en definitiva, no es a la Administración, sino al virus, al que no podemos engañar ni ocultar nuestras imprudencias. Por muy doloroso que sea no besar, abrazar o compartir una mesa con nuestros familiares más queridos, más cruel resultaría verlos después en una UCI o que esta Navidad sea la última de su vida.

La caída de los contagios e incluso la proximidad en el tiempo del comienzo de la vacunación tiende a transmitir una percepción equivocada de cuál será el desarrollo de la pandemia a corto plazo. La realidad es que el frío y la sociabilidad de los festejos podrían conformar una mezcla explosiva que convierta a enero y febrero en meses tan negros como el de noviembre. Así ocurrió tras la desescalada del verano y ni siquiera la canícula frenó las andanzas del bicho. Los últimos coletazos del virus pueden ser temibles y hemos de evitar por todos los medios que resulten letales.


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