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Luz para los muertos en San Andrés Mixquic

15/06/2020 11:19 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

“Yo visito a mis padres, a mis abuelitos y mis tíos. Mi madre tiene 25 años de muerta; mi padre, cinco y a mis abuelitos no los conocí. Vengo desde pequeña a alumbrar y a velar”, dice Lourdes Castillo

 Mixquic y su tradición de día de muertos | ActitudFem

 

Era casi imposible ingresar al panteón de San Andrés Mixquic. Avanzábamos despacio, exageradamente despacio. Sin embargo, para la gente, para el río de personas que iban en pareja,   en grupo o a solas; vestidas de forma casual, con disfraces típicos del Día de Muertos parecía que el tiempo era sólo un concepto abstracto. Lo real, lo concreto se hallaba  más adelante. Algunos se encontrarían con sus muertos,   otros con la representación del ritual de la muerte. Para todos, así queríamos pensar, la muerte encarnaba la fragilidad de la vida y la eternidad de las almas.

Mientras esperábamos o avanzamos de a poco,  los comerciantes aprovechaban para ofrecer  su mercancía,   como una manifestación de la vida, queríamos entenderlo. Los comerciantes eran discretos, algunos, incluso, sólo estaban detrás de sus productos, sin decir nada, como entendidos de que el silencio era parte de la complicidad con los que queríamos tocar la realidad de la cercanía de los muertos, con  los que,   aunque no tuviéramos un pariente, un amigo reposando  en ese lugar, queríamos arrendar,  con nuestra presencia,  la certeza de la frontera entre la vida y la muerte.

El amaranto, atole, mezcal con arándanos, rábanos preparados, quesadillas, alegrías, en fin,  flanqueaban  nuestros pasos, que se movían a pesar de todo.

“Y si nos regresamos?”, dijo un joven a su acompañante ante la dificultad de avanzar.

“¿No vas a querer que te visite cuando mueras?”, le respondió la muchacha con una mirada de amonestación. Ante ese argumento, el joven no contestó nada. “Va a ser un pedo llegar hasta allá”, dijo otro muchacho. “Ya falta poco”, le respondieron.

Aunque había ligeros empujones, una que otra protesta, los ciudadanos se comportaban respetuosos, platicaban entre ellos, como una charla de sobremesa.

La puerta estaba cada vez más próxima, era una paradoja, pero ansiábamos llegar a ella.

Por fin estábamos cruzando la línea que divide o vincula el mundo de los vivos con el mundo donde reposan los restos de los muertos,   y  era algo  más que  un espacio terrenal. La sensación de que se ingresaba a una dimensión sagrada se advertía  en los rostros de la gente. Las expresiones de fiesta o júbilo adquirían un tono de solemnidad, cercano al ensimismamiento. Y es que la muerte obliga al pensamiento a la reflexión.

Los visitantes veían las tumbas, veían la belleza con que estaban adornadas,  veían a los familiares de los muertos, que al lado de las sepulturas permanecían sentados o parados, acompañándose mutuamente, sólo estando, aunque no sabíamos si ese escenario no les recordaba a sus propios muertos que en algún lugar debían estarreposando.

 “Yo visito a mis padres, a mis abuelitos y mis tíos. Mi madre tiene 25 años de muerta; mi padre,   cinco y a mis abuelitos no los conocí. Vengo desde pequeña a alumbrar y a velar”, dice Lourdes Castillo.

�“Y si nos regresamos?”, dijo un joven a su acompañante ante la dificultad de avanzar

No hay pesar en su voz ni en su rostro como si este encuentro perteneciera a la vida cotidiana o al sueño provocado por alguna ligera inquietud.

Avanzábamos, mientras un mundo de luces producidas por las velas, veladoras y luces artificiales hacían de este espacio, al menos así nos parecía,   un espacio distinto,   con un aire más denso, como si se pudiera tocar, era una especie de isla de luz en medio de la noche.

“Aquí están mi hijo y mi sobrino que murieron al nacer”, nos dice Yolanda Martínez, señalándonos con el dedo índice unas lápidas.

Era una mujer de alrededor de 50 años, estaba sola, sentada de frente a la tumba. Cuando hablaba perdía su mirada en un punto lejano. Hubiéramos querido preguntarle que por qué nadie la acompañaba. Pero comprendimos que ahí se encontraba con su hijo y sobrino.

El mundo de los vivos estaba allá afuera, con sus problemas y sus alegrías. La música, los vendedores ambulantes, las prisas, estaban detrás de los muros. Aquí se anulaba ese orden, o tenía otro nombre. Lo veíamos en las miradas, en el silencio de los familiares ante sus muertos, como si el silencio fuera el requisito o el canal para comunicarse o simplemente fuera un intercambio de silencios.

Los visitantes tomaban fotos de todo tipo, enfocaban a los dolientes que permanecían velando a sus muertos, a las lápidas con el color vivo del cempasúchil, la luz que se extendía como si quisiera alcanzar el cielo. Era una maravillosa isla de luces en medio de la noche, un espacio surrealista que tenía de fondo  la iglesia  que lucía igual de colorida y alumbrada.

“Nosotros visitamos a mi hermano mayor. El murió cuando nació, hace 47 años. En la casa le preparamos una ofrenda con productos para niños. Allá lo recibimos y luego venimos al panteón a acompañarlo, nos confiesa  Gabriel Pineda.

La gente se detenía a saludar, a intercambiar unas palabras, amables, a contemplar los detalles de algún arreglo,   a señalar alguna inscripción o simplemente veían y seguían caminando.

Yo visito a mi mamá y a mis abuelitos. Mi mamá tiene 35 años de muerta y mis abuelitos 45. Mi mamá nos enseño a venir a velar. N casa colocamos arroz, mole tamales, fruta, pulque, cerveza, dice Laura Elena Galicia.

El tiempo pasó o se detuvo. Ya no supimos cuando abandonamos el cementerio. Lo cierto es que ya no éramos los mismos. Quizá la cercanía de la muerte nos había humanizado un poco.

La puerta estaba cada vez más próxima, era una paradoja, pero ansiábamos llegar a ella

 


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Leonel Robles (505 noticias)
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