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De matar por un iPhone a morir por él

16/01/2012 07:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El revuelo fue tal que el presidente de Foxconn, el tercer hombre más rico de su país, con una fortuna valorada en 6.000 millones de dólares, prometió reaccionar en su justa medida: contrató un ejército de psicólogos que fácilmente solucionarían el problema

En sólo unos años, la revolución tecnológica se ha presentado en nuestras vidas como un símbolo más de nuestro estado de bienestar. Hoy por hoy, un aparato electrónico como el iPad se ha convertido en un regalo ideal, una compra donde la plena satisfacción del cliente está asegurada; su posesión es tan codiciada como cualquier producto de primera necesidad, tan presente ya en nuestro entorno que ha terminado por formar parte de la rutina. Ahí está el caso LetsBonus, portal de internet especialista en ofertas y cupones, que ofertó un iPac con un 38% de descuento. Mil quinientas unidades que en cuestión de horas tenían dueño. Aunque al final todo quedase en humo: el portal canceló la compra, devolviendo los 499 euros que habían abonado sus clientes, mientras pedía disculpas, alegando discrepancias con un proveedor que ya arrastraba antecedentes similares. Las protestas de los compradores no se hicieron esperar y aún a día de hoy siguen exigiendo el producto que ya habían comprado.

En China ha pasado un poco lo mismo, donde la presentación del iPhone 4G en tan sólo dos grandes tiendas ha provocado un tumulto tal frente a sus puertas que no tuvieron más remedio que cancelar la inauguración, intentando evitar disturbios. Un ejemplo que parece repetirse allí donde se produce el lanzamiento de algún producto estrella ideado por los de Cupertino.

Claramente, las ganancias que tienen estas grandes compañías son enormes. Y tal vez el ejemplo más reconocible es el de Apple, con un capital bursátil superior a los 400.000 millones de dólares. Equiparable a los sueldos de algunos altos cargos: Tim Cook, el consejero delegado, por ejemplo, percibe una nómina que ronda los 900.000 dólares, a lo que hay que sumar la retribución de un millón de acciones de la compañía, con un valor aproximado de 500 millones de dólares, que percibió el año pasado. No hay que olvidar que la compañía, orientada por el banco de inversiones Goldman Sachs, marca en bolsa sus máximos históricos, y ya prevén que seguirá aumentando, en pos de una previsible subida de las ventas del iPhone. Después de todo, este último año fiscal han obtenido en beneficios 108.200 millones de dólares, lo que supone un incremento del 36% respecto al anterior año.

Claro que luego está el otro lado de la moneda. Porque esta gran compañía, al igual que muchas otras grandes corporaciones, deja el desarrollo de sus productos a proveedores extranjeros. Fábricas situadas en China, Taiwán, Indonesia..., donde la mano de obra es más barata. Ya a finales de mayo de 2010, saltó la polémica en una de las fábricas que suministraba a Apple, una fábrica con 420.000 trabajadores llamada Hon Hai Precision Industry Co Ltd, más reconocible por el nombre de Foxconn, donde se había estado produciendo una sistemática oleada de suicidios. Habían llegado hasta un total de diez, sin contar los intentos fallidos.

Se descubrió entonces, para sorpresa de muy pocos, que las condiciones en las que sobrevivían los trabajadores eran indignantes. Se ignoraban fervientemente sus derechos, manteniendo condiciones dantescas, intentando cumplir con los objetivos de producción que les marcaban las multinacionales. El revuelo fue tal que el presidente de Foxconn, el tercer hombre más rico de su país, con una fortuna valorada en 6.000 millones de dólares, prometió reaccionar en su justa medida: contrató un ejército de psicólogos que fácilmente solucionarían el problema.

Paralelamente, Apple prometió intensificar las auditorías a todos sus proveedores y Foxconn decidió subir un 30% el salario a sus trabajadores (de algo más de 100 euros). Así y todo, el resultado que Apple obtuvo del encuentro con todos sus proveedores fue más que demoledor: sobrexplotación, sueldos raquíticos, condiciones militares, explotación infantil, privación del periodo vacacional, humillaciones..., en fin, un conjunto de condiciones a cada cual más denigrante que, sin embargo, ha servido para encumbrar a estos países como algunos de los más prósperos y aventajados de la economía mundial.

Hace tan sólo unos días volvió a surgir la polémica, también en la misma fábrica, Foxconn, cuando 300 de sus trabajadores prometieron suicidarse como medida de protesta. El motivo provenía, esta vez, de una subida de sueldo que la empresa no estaba dispuesta a cumplir, dándoles a los trabajadores la opción de regresar a sus puestos de trabajo o marcharse con una indemnización bajo el brazo. Tres centenares de estos trabajadores accedieron a esta última propuesta, ser despedidos. Sin embargo la sorpresa surgió cuando, al ir a recoger su dinero, les informaron que en realidad no existía esa indemnización. Ante lo cual, no tuvieron los 300 más remedio que subirse hasta la azotea del edificio y amenazar con suicidarse.

La amenaza, que en eso quedó, ha servido, una vez más, para retomar la polémica que se creaba hace año y medio. Una polémica que subvencionan la gran mayoría de multinacionales, que escogen a sus proveedores en función de los costes de producción: es su principal política. En el caso de Apple, tan sólo se dedican a diseñar sobre el papel proyectos que luego desarrollan lejos de sus fronteras, allí donde los costos de producción son mínimos, en sintonía con las condiciones laborales y sociales. Luego, amparándose en el libre comercio, saquean los bolsillos de los compradores que pagan, por una marca, un valor determinado, donde cada margen está estipulado, revisado y ajustado; no sucede igual con el margen destinado a las ganancias, un porcentaje que va retribuido a inversores que se han dejado orientar por algún tipo de banco de inversiones, sin conocer realmente dónde están invirtiendo, o conociéndolo ya de sobra.

Estas grandes multinacionales tienen, sin embargo, una nacionalidad, una patria que les alberga. Han nacido y se amparan tras las fronteras y bajo las leyes de un determinado país. Sus marcas están allí amparadas legítimamente. Motivo suficiente por el que se esperaría cierta reciprocidad moral, cierta responsabilidad respecto al proceso de desarrollo del producto que van a vender: lo mismo que hace un padre procurando el bienestar de su hijo. Después de todo, estas multinacionales sobreviven y se amparan bajo la tutela de una sociedad que les sirvió para echar raíces. A cambio, ellas priorizan el beneficio, buscando proveedores que atiendan a la exclusiva cualidad del bajo coste, sin prestar atención a las condiciones sociales y morales que existen allí donde van.

Sucede, que como el mercado es global, los propios compradores que han pagado por cualquiera de estos productos fabricados en el exterior, viven y trabajan a su vez elaborando otros muchos productos que, afortunadamente, sí nacen y crecen aquí. Pero, atendiendo a esta globalidad, los dueños de estas últimas empresas se ven obligados a competir contra grandes marcas con renombre, con mayor capital, marcas que no gastaron la misma cantidad de dinero en desarrollar el producto, teniendo así la oportunidad de invertirlo en marketing. De esta manera, la competencia pasa por la necesidad de una mano de obra cada vez más barata, intentando a su vez mantener el volumen de beneficios. En muchas ocasiones, la solución pasa por unirse al enemigo: parten en busca de una sociedad más barata.

Las empresas con tan abultados beneficios siguen, a día de hoy, esta política: buscar beneficios en detrimento de una mano de obra barata. Buscarlo en países que no han alcanzado el mismo desarrollo social, sin tener en cuenta los derechos más básicos del ser humano, es síntoma exclusivo de la avaricia y ambición sin límite. Además del hecho de no corresponder con el país que le ampara: la única riqueza que crean es la suya. Como respuesta, se limitan a mostrar la espalda, como si la sociedad no fuera con ellos. Hacen oídos sordos a palabras como derechos humanos, explotación infantil, prevención de riesgos, derechos del trabajador, alegando que la responsabilidad ha de ser, y siempre lo será, del país en donde esté ubicada la empresa proveedora. Mientras tanto, todos nosotros tendremos que seguir comprando sus marcas, productos por los que, probablemente, más de uno mataría y por los que, seguramente, más de uno habrá muerto.


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Autor:
Enrique Madrazo (65 noticias)
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