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Mateo Orfila, química y pasión

04/07/2010 14:27 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

AVISO: El presente post corresponde a una versión abreviada del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de julio de 2010.

imgUsted sabe que D. Hernández me dijo que la Universidad Valencia era la mejor de España y quizá de Europa; yo como un inocente lo creí. Ah, Padre: sólo tengo aliento para decirle que primero morir antes que quedarme diez días más en esta Universidad, primero ser zapatero, sastre, tejedor; que, ¡morirme primero de hambre que quedarme perdiendo mi juventud entre bárbaros como son los que aquí habitan! En esta Universidad donde hemos computado otros y yo, y se hacen cincuenta y cinco o cincuenta y seis veces Escuela al año, y si no quite desde 10 de Mayo hasta 4 de Noviembre, que está la puerta cerrada; quite un mes por Navidad; quite un mes por Pascua; quite quince días por Carnaval; quite jueves. Fiestas de Misa y de precepto, todos los días que hace un poco de frío y llueve y verá lo que queda del año: los días de Escuela dura tres cuartos de hora cuando más; unos fuman, otros hablan, otros cantan y los Maestros lo que quieren es que los Estudiantes se queden tan burros como son ellos: la lección es una hoja muy pequeña y, a veces, se ha de repetir tres o cuatro días, por haber la mitad que no la saben: el Autor que estudian es lo más indigno que se ha escrito, y la causa es porque es fácil, pues si fuese difícil no sabrían explicarlo y esto no les tiene cuenta: los Catedráticos todos, desde el primero hasta el último, son unos pedantones, como sabe toda España, que no saben más que liar cigarros y fumar, hacer visitas si las tienen, pues de otra manera se morirían de hambre, porque la Universidad no les da lo bastante para merendar: con todas estas circunstancias nos quedamos nosotros, infelices, sin aprender una palabra.

Fragmento de una carta de Mateo Orfila enviada a su padre el 17 de agosto de 1805, traducida del mallorquín y publicada por Juan Farré Oliver en Nuestro Tiempo, Madrid, número 186 del mes de junio de 1914.

Pasmado quedo al leer el anterior texto y, sin saber si Mateo tenía toda la razón de su parte, o no, termino de repasar la carta al completo con la sensación de que el futuro padre de la toxicología no podía hacer otra cosa que marchar de España para cultivar su talento. Realmente retrataba muy mal a la Universidad, no solo valenciana, sino en general a todo el estamento educativo español y, muy a su pesar, decide avisar a su padre que cualquier opción sería buena con tal de encontrar horizontes más prometedores. En dicho aviso, el mismo Mateo decide renunciar a cualquier tipo de ayuda económica que pueda hacerle llegar su padre, por no convertirse en una carga para él, e incluso se plantea abandonar el estudio de la medicina por algo más lucrativo, léase las cuestiones de leyes.

Ciertamente, hubiera sido una pena perder el genio de Orfila, convertido en simple tendero por ejemplo, cuando ya desde su infancia había demostrado múltiples y sobresalientes talentos. Por fortuna, prevaleció su amor por la química y la medicina, por lo que el mundo perdió seguramente un abogado con garra, pero ganó una figura inolvidable para la ciencia. Haciendo caso a su instinto, Orfila abandonó la Universidad de Valencia con presteza y se encaminó a Barcelona, donde estudió química, anatomía y medicina, hasta llegar a los límites de lo que en su tiempo eran las fronteras de la ciencia. El joven, gracias a sus méritos que garantizaban un futuro provechoso en el estudio, fue pensionado en 1807 por la Junta de Comercio de Barcelona para que dedicara todo su esfuerzo a labores intelectuales sin que se viera obligado a buscar otro sustento que ocupara su tiempo lejos de los libros. Dicha pensión, de seis mil reales al año, permitiría a Orfila estudiar en Madrid y en París, para finalmente establecerse como profesor de química en la ciudad condal.

Objetivo París

Realmente no era mal plan, la Junta ponía el dinero, el chaval de su parte aportaba su genio y España ganaría una figura de renombre para la ciencia, establecido como reputado profesor en Barcelona. No, verdaderamente el camino empezaba a limpiarse de obstáculos para Orfila, una pena que todo se torciera y, quién sabe, puede que finalmente todas las piedras en esa ruta fueran lo que terminó por convertir al jovencito airado pero cultivado en la eminencia que hoy brilla en la historia de la ciencia.

Y digo bien, piedras, porque molesta y dura tuvo que ser la primera experiencia de Mateo en París. Se matriculó simultáneamente en el verano del mismo año en que logro su pensión en las facultades de medicina y de ciencias de la capital francesa. Su plan era claro y completo: estudiaría sobre todo química, lo que más le apasionaba, sin por ello emplear menos esfuerzo en su formación como médico. Como sucede con muchos planes de futuro, todo se torció al poco de ser puesto en práctica. Al estallar la guerra entre España y Francia el dinero dejó de llegar, la pensión desapareció pues la propia Junta de Comercio se vio dirigida hacia la ruina y, sin posibilidad de hacer compatibles los estudios de química y los propiamente médicos, Orfila optó por centrarse en lo más práctico.

Olvidó así durante algún tiempo la tecnología química y las fábricas, prometedoras en su época pues la Revolución Industrial no habían hecho sino nacer. Dejó paso a los primitivos laboratorios para terminar la carrera de medicina, cosa que logró en París en el año 1811. ¿Cómo sobrevivió en Francia al desaparecer su pensión? Alguien con la capacidad y recursos intelectuales de Orfila no tuvo problema en lograr subsistir, porque si bien era un grave contratiempo el quedarse sin dinero, tampoco tuvo que pensar mucho para ganarse la vida: él mismo se convirtió en un producto o, como se dice hoy día, tornó su nombre en marca personal asociada a la sapiencia más elevada.

La cosa venía de lejos, y por ello no extraña que sus clases de química fueran célebres. Cuando Mateo llegó al mundo en la isla de Mahón en 1787, como Mateu Josep Bonaventura Orfila i Rotger, poco tardó el pequeñuelo en sobresalir. Dos elementos fueron fundamentales para favorecer que descollara el inquieto mozalbete. Por una parte, su familia era acomodada, no es que fueran grandes potentados pero los ingresos de los negocios familiares eran suficientes como para que el dinero no fuera un grave obstáculo. De otro lado, Menorca, isla en la que se mezclaban culturas y gentes de procedencias diversas, contaba con un ambiente muy adecuado para el cultivo de ideas que, en otras partes de España, incluso eran consideradas todavía como algo poco menos que impío.

Creciendo en Menorca

Orfila no perdió el tiempo, aprovechó la oportunidad que su padre le ofreció para estudiar cuanto quisiera y, fruto de ese trato fue su cultivo de las lenguas y las ciencias con verdadera pasión. A los quince años ya era capaz de comprender, y de hacerse entender sin problemas, en varios idiomas que aprendió gracias al buen hacer de un profesor de origen alemán, Carlos Ernesto Cook, quien también abrió al joven los mundos de la ciencia y las matemáticas.

Era el bueno de Carlos, o Carl Ernst como a veces es conocido, un personaje singular. Se decía que era un caballero inglés, refugiado en Menorca, pero su origen era alsaciano. En 1803 fundó en la isla que se convirtió en su hogar una escuela muy especial, un lugar destinado a cultivar las inquietudes intelectuales de los jóvenes acomodados de Menorca. No sólo fue alguien especial por su forma de enseñar, siempre incitando al pensamiento libre, sino también porque su actividad no se limitaba a los libros. Cook sentía fascinación por los límites de la ciencia, dedicó tiempo con pasión a sus propias investigaciones de laboratorio, sobre todo en diversas áreas de la fisiología, y a todos sus escritos científicos los teñía con cierto halo de misterio romántico que los convertía prácticamente en relatos de aventuras.

Perfecto, tenemos un ambiente adecuado, un niño despierto y un maestro excepcional. No extrañará por ello que Orfila con apenas catorce años ya fuera capaz de impartir clases de ciencias y matemáticas de forma tan eficaz que sus alumnos se mostraban encantados. Ese talento para transmitir sus conocimiento de forma efectiva y, cosa rara, con pasión e incluso alegría contagiosa, fue el que puso en práctica en París, de tal forma que la academia privada que fundó para salir del bache motivado por la pérdida de la pensión, se convirtió en todo un modelo de enseñanza. Los cuarenta francos que sus alumnos abonaban para recibir conocimientos de química, medicina legal o anatomía del gran maestro eran, sin duda, una inversión bien empleada, pues pocos en el mundo podían compararse con Orfila en esa época en sapiencia y talento como profesor, sobre todo en el campo de la química.

Nace la toxicología

Volviendo atrás en este juego de destellos con la vida de Orfila, cabe imaginarle en el momento de decidir a qué dedicar su vida. Había viajado por diversos países, conocía idiomas, matemáticas y ciencias, las leyes eran algo prometedor en cuestión de dineros como le sugería su padre, pero finalmente pensó en estudiar medicina. Así es como llegó en 1804 a Valencia y, como puede leerse en la carta que abre este artículo, lo que allí encontró no le hizo nada de gracia. Esperaba todo un templo del conocimiento, a gentes volcadas en desentrañar los enigmas del mundo y, al contrario, encontró desidia y hasta desdén hacia sus aspiraciones. No localizó en Valencia los grandes laboratorios con los que soñaba, en los que pretendía ahondar en los experimentos que había desarrollado de forma autodidacta en Menorca y que continuó en la ciudad levantina acompañado de algunos amigos aficionados a la ciencia práctica.

He ahí el motivo por el que en el verano de 1805, sin llegar a cumplir un año de estancia en Valencia, el joven explotó y avisó a su padre en varias cartas de su trascendental decisión: antes que ver quemarse su genio entre tanta desidia, buscaría nuevos aires por su cuenta. Llegó así su etapa barcelonesa y su posterior vida en París, que ya no abandonaría. Diversos intentos se hicieron desde Madrid en tiempos de Fernando VII para lograr que el sabio se estableciera nuevamente en España como profesor, pero la decisión estaba tomada. Orfila contaba con fama, posición relevante, estima como profesor y dinero suficiente como para que la tentación de regresar no lograra su objetivo.

Con todo lo anterior ya tenemos elementos suficientes como para pintar el cuadro definitivo de los logros de Orfila. Acomodado en París, al fin pudo dedicar tiempo al trabajo de laboratorio. Entre 1812 y 1819 estudió con minuciosidad cercana a la obsesión la química de los venenos. Entre arsénico, estramonio, opiáceos y multitud de otros compuestos peligrosos, alumbró en 1813 un tratado sobre venenos que es considerado como el acta fundacional de la toxicología. Casado por entonces con una mujer francesa muy bien relacionada con la alta sociedad de París, cosa que hizo acrecentar la fama de Orfila pues su nombre sonaba ya por doquier, los reconocimientos no dejaron de llegar a partir de entonces. Médico de la realeza francesa, catedrático de medicina legal, decano de la Facultad de Medicina de París y, como pausa entre tanta responsabilidad, cantante de éxito. ¿He escrito cantante? Sí, el canto era para Orfila un modo de abstraerse del mundo y disfrutar de la vida con alegría. Llegaron a ofrecerle un puesto magníficamente remunerado en un teatro, pero el profesor no dejó sus experimentos y, para disfrutar de su canto, la única oportunidad era coincidir en algún salón parisino donde el menorquín se hubiera animado a cantar de forma espontánea.

Mateo abandonó el mundo en 1853, no sin antes haber dedicado varias décadas a atender multitud de cargos, siempre con gran diligencia y, a pesar de ello, logró dar forma a una ingente producción científica en forma de decenas de artículos, libros y compendios, que hoy día son considerados trabajos seminales en varias áreas de la química y, en especial, de la toxicología y las ciencias forenses. A pesar de su fama, su posición y de la celebridad que su participación como perito científico en diversos juicios le otorgaron, el viejo profesor nunca abandonó su forma de llegar a la gente. Seguramente recordando las ampulosas y vacías clases magistrales de sus profesores en Valencia, el estilo docente de Orfila se hizo célebre, casi tanto como sus magistrales tratados de química, pues cuando hablaba todo era claridad y ninguna de sus palabras era articulada por mero artificio. Iba al grano, atacaba la raíz de los problemas sin distracciones inútiles y, posiblemente por ello, logró que su vida fuera tan fecunda.

Tratado de los venenos

El Diario de Madrid, en su edición del martes 1 de junio de 1819, anunciaba de la siguiente forma, repleta de elogios, la primera edición en español de la obra de Orfila Tratado de los venenos o Toxicología General, que originalmente apareció en francés en el año 1813.

Entre la multitud de malos libros que diariamente se publican, suelen aparecer de tiempo en tiempo algunos dignos de la lectura de los hombres sensatos y amantes de los conocimientos útiles; y de esta clase es la obra que anunciamos. (… ) El Doctor Orfila no necesita de nuestros débiles elogios porque su mérito está bien cimentado en las obras que lleva publicadas y su reputación literaria se halla sólidamente establecida en toda Europa. (… ) Convencido el célebre Orfila (… ) de que sólo repetidos experimentos podrían ilustrar una materia tan ardua como interesante, ha procurado ensayar en los animales vivos todos los venenos que se conocen en los tres reinos de la naturaleza, observando prolija y científicamente su acción deletérea, empleando cuantos antídotos son imaginables para la curación de los envenenados y valiéndose de todos los reactivos químicos que se conocen, para descubrir el agente mortífero en los casos dudosos, contribuyendo de este modo a los adelantamientos de la medicina legal y reuniendo cuantos conocimientos se pueden desear en una materia tan vasta. Siendo el autor uno de los mejores químicos que se conocen en el día y escribiendo en uno de los puntos mas ilustrados de Europa, ha podido dar el mayor grado de perfección a su obra, que ha merecido la aprobación del Instituto de Francia y los mayores aplausos de todas las naciones cultas, traduciéndola a sus respectivos idiomas…


Sobre esta noticia

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Fuente:
alpoma.net
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Reportaje
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