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15 DE MAYO: Día de la democracia española

23/05/2011 20:47 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Antonio Hermosa Andújar*    El cadáver de la democracia española no está muerto. Y no será porque entre todos no lo hayamos intentado una y mil veces; y no será porque gran parte de nuestros esfuerzos no se hayan visto coronados por el éxito. Pero quizá seamos chapuceros hasta en eso, lo mejor, parece, que colectivamente sabemos hacer. El bipartidismo imperfecto en que se resume nuestra democracia partidocrática deja exánime el poder de revitalización política que la teoría adhiere de manera mecánica a la alternancia de partidos en el gobierno; consciente cada partido mayoritario de ser la sola alternativa al otro -a no ser que el azar revolucione el escenario en uno de sus golpes teatrales, tan imprevistos como raros-, la principal estrategia a desarrollar es acelerar la caída del otro a fin de volver al trono cuanto antes. 

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En esa insensata y circular carrera lo primero que uno gana, y por contagio, son los defectos del otro, y lo primero que ambos pierden es la referencia de la ciudadanía en su quehacer político, el elemento de idealidad con el que se presentaban en la arena pública siendo parte pero aspirando a representar a la mayoría y con un programa para todos . Ése es el punto de partida o de cruce de varios de los elementos que alejan a la política de la ciudadanía y desvirtúan la esencia del gobierno democrático, en el que la oposición también tiene responsabilidades de gobierno. Ya no hay cooperación sea cual sea el estado de la cosa pública, salvo si la necesidad impone con urgencia su ley o si se trata de aplastar alguna propuesta minoritaria, coincida o no con el interés general pero desfavorable para ellos; ya cada jefe de la máquina ordena a sus subordinados cerrar filas ante el enemigo; ya las personas se vuelven más poderosas que las ideas, las cuales, por otro lado, empiezan a ser consideradas persona non grata de la política; ya las palabras mismas desdibujan su sentido al ser una de las primeras víctimas del proceso barbarizador de la política: vehículo favorito de intereses espurios y mentiras sectarias devienen asimismo razón sin alma.

Quizá en buena lógica quepa decir que a partir de ahí el terreno ya está abonado para la corrupción, pero una lógica mejor nos dice que en España ya hace tiempo que se llegó y sobrepasó esa situación, por lo que el contexto de degradación de la vida pública es tan fuerte que en realidad se desarrolla en un gigantesco estercolero. De no ser por la exención de responsabilidades que implica, hasta cabría decir que la corrupción se ha vuelto independiente de la voluntad de quienes operan en medio del estiércol y es una criatura con vida propia que deambula a sus anchas por dicho escenario; pero si mantenemos con firmeza la idea de que corrupción y responsabilidad conviven en un mismo sujeto con nombre y apellidos concretos, sí podríamos retener de cierto en aquella afirmación el hecho de que la fortaleza de la corrupción es tal que escapa al control de los protagonistas, que se expande con instinto imperialista y que produce fenómenos propios que degradan más y más la política: el intento de someter a control político la independencia del poder judicial -ese reducto de la libertad en las instituciones, como nos enseñara el gran Montesquieu-, o la inoculación de veneno en el honor de determinados jueces cuando son desfavorables a una parte, en tanto se proclama el respeto a las instituciones en general , son sólo algunos de los más vistosos y comunes si nos circunscribimos al ámbito de la magistratura.

Con todo, tan terrible o más es pensar que incluso sin corrupción es posible que el horizonte de nuestro presente fuera igual de negro, porque desde el tiempo y desde el espacio nuestra historia y nuestra situación en el mundo estrangulan el futuro de nuestra democracia. Un ejemplo de lo primero: somos, al decir de nuestra Constitución, un Estado aconfesional y laico, equidistante entre las diversas confesiones religiosas a las que trata con imparcialidad. ¿Somos realmente eso? Un concordato con il Capo , de la iglesia católica española, el Vaticano, humilla la autonomía de nuestra política exterior casi tanto como los privilegios educativos, fiscales, políticos y hasta ideológicos humilla la autonomía de nuestra política interior, ofendiendo en ambos casos la dignidad de nuestra conciencia. Se dilapidan anualmente millones de euros en beneficios a esa jauría eternamente insaciable, que responde desacreditando o amenazando, directamente o por medio de sus sicarios en los medios de comunicación, a quienes no comparten su visión del mundo o, más simplemente, a quienes se atreven a alzar su voz para recordarles lo que son por medio de lo que hacen. Un Estado vicario de la iglesia no sólo no es un Estado democrático: no es ni siquiera soberano.

Y otro de lo segundo: ¿qué soberanía posee hoy cualquier pueblo democrático, no solamente nosotros, cuando los agentes del poder financiero, en un mundo tan hiper-regulado como en el que viven, dictan sin embargo las normas por las que realmente se conducen según su capricho, y luego de producir una crisis económica brutal tras una actuación sobresaliente en delitos salen a escena saludando como héroes al auditorio? Y, sobre todo, ¿qué soberanía política real tiene un país, incluido el nuestro, cuando su política económica danza al son del arbitrio de alguna agencia que evalúa su deuda soberana, y con solo fruncir el ceño recarga el fardo de sus obligaciones financieras?

Hay más factores para la desesperación. Otro proviene del fatalismo aún no derrotado de nuestra cosmovisión del mundo, en el que dejamos que las cosas sucedan porque sí, y renunciamos a penalizar sus consecuencias cuando está a nuestro alcance hacerlo: ahí está el factor Camps , en el que el pueblo soberano de la Comunidad Valenciana, al decir de las encuestas, se propone castigar la corrupción del presidente de la Generalitat Valenciana aumentando sus votos y escaños: y otros premios similares aguardan a otros corruptos, y no la cárcel o el desprestigio. A la inmoralidad de determinados políticos se suma la inmoralidad de los ciudadanos, que por fatalidad o corrupción, cuando no una mezcla de ambas inercias, responden en elecciones libres con el voto cautivo del clientelismo político.

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La autocrítica de la sociedad española a todo ese breve muestrario de grandes males es el movimiento social del 15 de Mayo , verdadero autor del que puede ser el milagro de la resurrección de la democracia española. Un levantamiento social , reconozcámoslo, y no sólo generacional, si bien sea la cara de la esperanza la que mayoritariamente prevalezca. Un desmentido rotundo al poder de la rutina de corromper las expectativas de una sociedad mejor; una burla a la sirena del fatalismo, a su capacidad de embelesar la voluntad y convertir la corrupción en destino y su tolerancia en moralidad natural; una refutación del azar. Y sobre todo, una advertencia de lo que somos y podemos ser, de nuestra posibilidad para ser dueños de nosotros mismos. De ahí el eslogan exhibido por uno de los manifestantes de que no tenemos pasado, sino futuro.

Personalmente, lo que más estupefacto me ha dejado del movimiento, más aún que su eclosión, es su imprevisión total por parte de la clase política. Habituada a un cadáver de la ciudadanía siempre amortajado ante sus ojos, y a regarlo sólo con colores de crisantemos en periodos electorales, difícilmente podía imaginar vida propia en el difunto. Pero ahora que ha resurgido con vitalidad árabe , ¿seguirá asombrándose de la indignación ante el deterioro de la vida pública a que ha conducido su operar, o del amago de regeneración que tan nobilísima pasión amenaza con introducir en la misma?

La indignación, en efecto, no carcome, como el resentimiento; y, a diferencia de la rabia, no ciega. Tampoco es intencionalmente destructiva, como el odio, ni extrae de la ley del Talión sus máximas, como la venganza. Se trata de un sentimiento racional que en su fuente ya ha comparado y constatado la inconsecuencia entre cómo se actúa y la norma establecida, o entre lo que se dice hacer y lo que se hace, entre lo que se exalta y lo que se practica. Por eso junta el corazón con la cabeza, se toma tiempo para la reflexión, debate para la decisión y recarga después la voluntad para la acción. Y justo por eso se ha visto a la nueva ciudadanía meditar sobre los mil y un problemas de la convivencia y aportar soluciones, aunque algunas sean contradictorias entre sí; y por eso las quejas subyacentes recordaban a los responsables primeros del deterioro de lo público que sólo les interese del ciudadano su dimensión de consumidor o de mecánico votante, y en lo que hace a su educación sólo su condición de mano de obra más o menos cualificada en detrimento de las humanidades que lo forman y lo realzan como tal. Que les interese, en suma, su valor para el mercado en lugar de su valor de ciudadano, aunque ese modo de obrar rinda homenaje al mercadeo político.

Y por eso, en fin, cuando el varias veces alcalde de Madrid y nuevamente candidato asevera con cínico descaro que "no ha fracasado el sistema, ha fracasado el Gobierno", no puede no respondérsele que tiene razón , pues de haber fracasado el "sistema" la ciudadanía española no estaría protestando, que sobrevive pese a ellos. Mas no lo tiene, en cambio, cuando exonera la infinita corrupción del PP de la calamitosa situación de la democracia en España.

Aún es demasiado pronto, cierto, para precisar el significado de este movimiento ciudadano recién gestado; es incluso pronto para saber cuál será su incidencia en la jornada electoral de mañana, pero su nacimiento ha dado vida a muchas cosas con él, al punto de elevar la indignación a obra de arte. De momento, nos ha demostrado que no hay fatalidad en la política española, sino sujetos responsables de su deterioro; y, al tiempo, nos ha ilustrado de cómo la democracia puede aspirar en España a un uso distinto del que hacen de ella los partidos, sobre todo los mayoritarios. En suma, nos ha iluminado acerca del hecho de que en España es posible separar la política que se ha hecho y sigue haciendo de la política, devolviéndole así el prestigio perdido para la mayor parte de la sociedad; que la democracia no es una realidad pútrida por cómo se gestiona en España ni un ideal caduco: y que siendo posible una nueva política democrática, España podrá quizá un día rehacerse con los materiales que dan forma a los sueños .  

 


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guadalupelizarraga.blogspot.com
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