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Mendoza y la madeja enmarañada: Romeo y Julieta (capítulo 3)

29/04/2011 00:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

BANDERAS

Canción elegida por lo lectores como banda sonora para este capítulo: Romeo & Juliet (Dire Straits) .

Y si me reí cuando Mendoza me dio aquel libro para mejorar mi conocimiento sobre el comportamiento humano, fue porque pensé que era una broma. Y cuando me enseñó trece ejemplares diferentes de aquel mismo título recordé la obsesión de mi amigo por el número trece. Fue unos días después de visitar al primer sospechoso del asesinato de Daniel Blasco.

Mendoza me había dicho que debía presentarme a las once en punto en el Ayuntamiento y tenía que preguntar directamente por Sergio Gómez, concejal del partido de la oposición. Y así lo hice. Me acerqué al mostrador de Información y dije que tenía una cita con el señor Gómez. La señorita que me atendió me pidió el DNI, descolgó su teléfono, consultó un número en un papel, marcó y habló con alguien que contestó al otro lado.

–El señor Santiago Lucano está aquí –dijo mientras leía mi nombre en el DNI–. De acuerdo, le mando para allá.

Tras colgar anotó mis datos en una hoja de registro, me entregó una tarjeta magnética que tuve que acercar a un sensor que me abrió un torno y me dirigí a la segunda planta, despacho 13 (de nuevo aquel dichoso número). Golpeé la puerta con los nudillos y abrí ligeramente la puerta.

–¿Se puede? –pregunté.

–Adelante –me permitió una voz al otro lado.

Sergio Gómez es un animal político; estoy seguro de que llegará a ocupar un puesto importante en la estructura de su partido y no descarto que forme parte de algún gobierno autonómico o nacional en unos cuantos años. Sabe comunicar, manipular y confundir a su antojo y muestra una inteligencia emocional digna de admiración. Me invitó a sentarme frente a él, me ofreció un café que acepté gustosamente y que él mismo se encargó de prepararme en una Nesspresso que tenía en su despacho.

–¿Café fuerte, suave, largo, corto, con leche, solo...?

–Con leche. Y normal, por favor.

–Pues usted dirá... –me invitó a comenzar la entrevista mientras me acercaba la taza de café.

–Bueno, imagino que ya le han informado del motivo de mi visita.

–En realidad solo sé lo que me contó su editor: que es escritor y que está preparando un libro sobre el asesinato de Daniel Blasco.

–Oh, vaya –solté sin querer al comprender que Mendoza no le había contado exactamente la verdad, como yo había imaginado–. Efectivamente –me rehice como pude, y en esas ocasiones siempre tengo la impresión de que se nota que miento–; no quiero que interprete que estoy jugando a los detectives, pero me gustaría reconstruir los últimos meses de la vida de Blasco... para la novela.

–Claro, usted pregunte... –me volvió a ofrecer, aunque enseguida tomó la palabra para contarme lo que quería decir sin necesidad de escuchar mis preguntas–. El caso de Blasco demuestra desgraciadamente la bajeza moral del alcalde y de su equipo y de todo su partido, que son capaces de utilizar electoralmente la muerte de un compañero para acusar a la oposición de instigar el crimen, cuando no de ser los mismísimos ejecutores. A mí me han llegado a acusar, con nombres y apellidos, de ser el autor material del asesinato, imagínese –acompañaba la gravedad de sus palabras con un tono y una gestualidad realmente chocantes, porque sólo mostraba calma.

–¿Conocía personalmente a Daniel Blasco?

–Por supuesto, aquí en el ayuntamiento nos veíamos a diario y compartíamos plenos y grupos de trabajo. Aunque ya semanas o meses antes de su asesinato parecía que había abandonado su carrera política, prácticamente ya no participaba en la vida municipal.

–Ah, sí, ¿y eso?

–No lo sé. De repente empecé a darme cuenta de que no asistía a los plenos, no participaba en los grupos de trabajo, no enviaba mensajes en el listado de distribución de los grupos municipales, no sé, luego le veías por el edificio y parecía ido, con la mente en otro sitio e igual ni te saludaba...

–¿Cree que podía estar recibiendo amenazas?, ¿quién podía imaginar lo que le iba a pasar?

–Sinceramente, no tengo la más mínima idea, pero se rumorea que su jefe no le iba a presentar en las listas a las elecciones del 22 de mayo y quizás se veía ya como un cadáver político.

–¿Y qué opina de esas acusaciones de que ustedes, desde la oposición, han alentado un crimen político? ¿Cree que hay alguna motivación política en el asesinato? –intenté calentarle un poco la cabeza para que soltara algo interesante.

PlenoMunicipalWEB–Pero por favor, qué tontería. La única relación con la política en este asunto es que el muerto era un político, nada más. Y algunos medios de comunicación le han seguido el juego al alcalde y parece que nosotros fuéramos Herri Batasuna señalando con el dedo para que otros aprieten el gatillo. Se lee cada cosa... Pero puestos a leer, yo también he visto en los periódicos que si Blasco tenía acciones de no sé qué inmobiliaria, cuyo dueño es amigo personal del presidente de ese partido, o que si Blasco quería conceder a dedo un concurso...

–Ah, eso no lo había visto yo; lo buscaré.

–Hágalo.

–Y hablando de periódicos, he estado viendo en algunos periódicos que usted había tenido algún rifi rafe con Blasco a cuenta de unas acusaciones de corrupción.

–Eso fue vergonzoso, ver-gon-zo-so. En ese partido los únicos méritos que hacen algunos son acumular insultos contra la oposición y Blasco debía de estar ya en la cuerda floja cuando empezó a meter cizaña con el tema de la autovía. Es lamentable, qué bajeza moral.

–Usted se sintió especialmente concernido por una acusación de recibir sobres...

–Pues le voy a decir una cosa: por lo único que siento que este señor esté muerto es porque no va a haber el juicio que le condene por injurias y calumnias.

–¿No cree que alguien relacionado con aquella trama podría tener ganas de matar a Blasco?

–¡¡¿Qué trama?!! ¿¿Eh?? –se enfadó el concejal Gómez–. Aquí no hay ninguna trama de nada, lo único que hay es un partido que sólo actúa en clave electoral y no tiene ética ni moral alguna. ¡Las tramas están allí! –se estaba alterando–. Investigue lo que le he dicho, la inmobiliaria y los concursos a dedo, ahí hay mucho dinero en juego.

–Bueno, bueno, sólo preguntaba...

–No, ni bueno ni malo, ya estoy harto de que se nos acuse –puntualizó mientras acompañaba sus palabra con un movimiento pendular del brazo derecho guiado por el dedo índice extendido–. Y el Blasquito ha creado un monstruo que espero que desde el infierno se esté descojonando, porque aquí el que se descojona ahora soy yo. El que siembra vientos...

–¿Entonces cree que se mereció lo que le pasó?

–No, amiguito, no ponga palabras en mi boca. Yo no he dicho eso. Lo que le puedo decir es que el partido que gobierna en esta ciudad tiene muchos trapos sucios y a lo mejor Daniel Blasco quería sacar a la luz alguno de esos trapos. Yo miraría en casa, a ver si está todo en orden, antes de ir a otras casas a buscar complots.

Me quedé pensando un momento. Tenía una pregunta en la punta de la lengua, pero se me había escapado. Me recompuse como pude, hice como que anotaba algo en mi cuaderno y a continuación le pregunté:

–¿Cuando fue la última vez que vio a Blasco? –según el dossier con información sobre el caso que me había facilitado Mendoza, Gómez se había reunido con Blasco el día de su muerte antes de comer, apenas seis u ocho horas antes de su asesinato.

–No sé, ¿cómo podría acordarme? Supongo que esa semana, la semana que murió. Nos veíamos casi todos los días.

–¿Estaba especialmente nervioso en esos momentos, poco antes de morir?

–Ya se lo he dicho: estaba raro, quizás desde la vuelta del verano; desde luego, no era el tío de la primavera, que sacaba a los perros a morder a la oposición cada día. Insisto en que yo miraría en su casa, ahí tenía unos cuantos enemigos y parecía desahuciado.

Derivé la conversación hacia el trabajo de su grupo municipal, para que se confiara un poco; me estaba divirtiendo aquello del interrogatorio. Aunque siempre me ha gustado escribir relatos nunca me había dado por sentirme periodista o policía; en ese instante me sentí una mezcla de esas dos profesiones. Gómez me expuso varios elementos de su programa, me habló de los incumplimientos del alcalde, de las razones para no votarle... estaba haciendo campaña.

–Una última cosa –le dije al final, cuando ya me había levantado y me estaba poniendo el abrigo para irme–. Si la Policía no encuentra al asesino, yo tendré que inventarme uno para la novela; al fin y al cabo es ficción y puedo fabular. Si usted tuviera que escribir ese final, ¿quién sería el asesino?

–Si estamos hablando de ficción, yo podría ser el asesino, le daríamos así la razón al alcalde, que se quedaría encantado y recomendaría la novela a todos sus amigos... No, en serio, creo que las luchas internas del partido les han vuelto locos y capaces de cualquier cosa. Buscaría en la Ejecutiva Federal, alguno de los que salió perdiendo cuando el alcalde eligió a Blasco como su delfín y le catapultó a la secretaría general del partido en la región.

–Muy bien, muchas gracias. No le molesto más; ha sido usted de mucha ayuda, señor Gómez –me despedí.

Antes de llegar al taxi traté de digerir mis impresiones. Me resultaba muy sospechoso que él se situara, aunque fuera en la ficción, como posible asesino. Le fui dando vueltas ya en el taxi, de camino a mi nuevo hogar en la casa de Ernesto. Pensé que Gómez había dejado claro su odio a todo lo que oliera al partido en el Gobierno municipal. Blasco, en concreto, no le resultaba especialmente simpático. Todo empezó a cuadrarme y cuando llegué a casa, entré por la puerta y me dirigí corriendo hasta Mendoza y le dije:

–Creo que tenemos el primer sospechoso.

–Pues entonces ya tenemos dos –me contestó–. He estado hablando con la mujer del alcalde y de sus palabras deduzco que el propio alcalde es claramente sospechoso del asesinato de Daniel Blasco.

A continuación conecté la grabadora al ordenador y escuchamos mi conversación con el concejal Gómez

–Hombre, amigos, lo que se dice amigos, ya sabíamos que no eran –dijo Ernesto con cierta conmiseración.

–Joder, pero que demuestre así de claramente su odio y que encima no le incomode presentarse como posible asesino en la ficción... no sé –reaccioné con mi desagrado habitual cuando se me llevaba la contraria–, a mí me parece que por lo menos no podemos descartarle; y ese es el primer paso que debemos afrontar, ¿no? ¿No es eso lo que tú dices siempre?

–Sí, sí, hombre, tranquilo –acompañó sus palabras con un gesto de sus manos que me pedían calma y entonces vi ese temblor de sus manos, un exagerado traqueteo en el aire–; no le podemos descartar, claro que no. Ni tampoco al concejal Ramos ese, que no sé quién es, pero tendremos que investigar... para descartarle, claro –me miró con una sorna que me irritó ciertamente–. Bueno, yo te cuento si quieres mi charla con la mujer del alcalde.

–Por favor ­–le contesté con cierto tono irónico.

–Pues lo primero es que me da que la señora oculta algo, pero como para salir de casa voy hasta arriba de ansiolíticos y encima me he tomado un gin-tonic antes de subir a su casa, no sé si se me habrá escapado algún detalle importante –la frialdad con la que abordaba su decadencia me pareció en ese momento casi entrañable–. Lo cierto es que no parece desconsolada por la pérdida del mejor amigo de su marido. Mi impresión, quizás apresurada y condicionada por la mezcla de alcohol y medicamentos, es que no le tenía mucho aprecio a Daniel Blasco, porque le he notado a la mujer aliviada, en cierto modo. Mira, me he inventado que gente del ayuntamiento me ha dicho que su marido había tenido fuertes discusiones con Blasco, que los gritos se oían desde varios despachos. Y se ha mostrado extrañada.

–Supongo que es normal, ¿no? Dirá que su marido era el hombre perfecto y que no levantaría la voz a nadie –me atreví a sugerir.

–Sí, pero no es eso lo que dijo. Me soltó sin ningún pudor que Daniel Blasco era un imbécil, un don nadie al que su marido había tenido en buena estima, aunque ella no entiende por qué. "No creo que Ignacio hubiera perdido medio minuto en discutir con él; lo que tenía que hacer era no meterle en las listas y ya lo había hecho"; algo así es lo que me dijo.

–¿Y qué sacas de todo ello? –le pregunté.

–Lo primero es que se confirma que no había una buena relación entre el alcalde y Daniel Blasco, al menos desde hace unos meses. Lo segundo es que esta mujer no es una mujer florero; creo que influye mucho en su marido y a día de hoy no podemos descartar que la señora sea cómplice del asesinato y que el alcalde sea el asesino.

–¿En serio? ¿Pero por qué iba a contratarte entonces el propio alcalde?

–Buena pregunta. No lo sé... Pensaré sobre ello.

–¿Y cuál sería el móvil del asesinato?

–Eso es evidente, Santi. Sea quien sea el asesino, lo que hay es una motivación pasional –se levantó hasta la librería y tomó un ejemplar de su tesis–. La forma en que fue asesinado y, sobre todo, la forma en que se dejó el cadáver, en un lugar público, completamente desnudo –pasaba las páginas con rapidez, parecía buscar algo concreto–... todo eso indica un odio que sólo puede venir de un profundo problema amoroso o, mejor dicho, de desamor.

–¿Qué? ¿No hay una trama política? ¿Lo podemos descartar? –insistí en utilizar ese verbo con cierta mala leche.

–De momento hay muchas cosas que no podemos descartar –me aclaró Mendoza mientras cerraba el libro de su tesis con el dedo índice marcando una página–. Solo te cuento lo que he sacado de la conversación con esta mujer. Si no pudiera tener acceso a más información, si toda la investigación se basara en esta conversación te diría que el alcalde mató a Blasco porque había tenido un lío con su mujer; ella quiso dejarlo, él se negó, el marido se enteró y la cosa acabó muy mal. He visto decenas de casos similares.

–Oh, vaya –dije completamente desconcertado.

–Pero, Santi, esto son meras conjeturas. Es muy muy pronto y tenemos muy poca información. Improviso una teoría con lo poco que tengo.

–Pero estoy acostumbrado a que tus conjeturas sean certeras –le halagué.

–¡¡Para nada!! Yo casi nunca hago conjeturas en voz alta. Lo que tú me has oído siempre son teorías ya formadas con información suficiente.

–Ah, bueno... ¿Me quería enseñar algo? –le hice un gesto con la cabeza señalando su tesis?

–Sí, sí –abrió el libro por la página por la que había sujetado su dedo y me lo entregó–. Lee. El segundo párrafo de la página 74.

Y leí en voz alta:

"El amor nunca correspondido, el que fue correspondido y dejó de serlo o el que sí es correspondido pero es imposible por culpa de terceras personas o de situaciones sobrevenidas es el primer causante de crímenes. El odio con el que generalmente se ejecutan estos asesinatos ha creado un patrón: cuanto más amor hay o hubo, más odio se genera; y cuanto más odio existe, más humillante trata de resultar la muerte o el aspecto del cadáver; además, cuanto más odio, más irracional es la actuación del asesino, por lo que el crimen puede producirse incluso en lugares públicos y a plena luz del día. El objetivo primero no es salir impune, sino acabar con la vida de quien provoca tanto sufrimiento. Las teorías de Lombroso sobre el apasionamiento salvaje o las de Yela en torno al enamoramiento químico tienen su reflejo en...".

–Vale, vale, vale – me cortó Ernesto–. Es suficiente. Te animo a que te la leas entera, pero simplemente quería que vieras lo de los crímenes pasionales. El hecho de que el cadáver de Blasco apareciera en pelotas en un lugar público indica por un lado humillación y por otro descuido; dejar allí el cadáver supuso un riesgo adicional.

Le pedí permiso para quedarme con aquel ejemplar de su tesis. Quería leerlo con calma. Pareció agradado por la idea. Imagino que le ocurre como a mí: sentirse leído por otros es un placer difícil de explicar. Me llevé a la cama el libro y comencé a leerlo desde el principio. Decidí saltarme los agradecimientos y el largo prólogo y me situé en el capítulo 1. Sinceramente, pocas veces me he enfrentado a algo tan insoportable. De cada 10 palabras había cinco o seis que no entendía: nombres de elementos químicos, sustancias, hormonas... Claro, se trataba de una tesis de un alumno de Químicas, pero tras la lectura del párrafo que Mendoza había escogido, pensaba que todo sería más "terrenal". Me sentí como cuándo de adolescente me leí Caballo de Troya y tuve que saltarme toda la explicación técnica sobre el viaje en el tiempo porque me quedaba dormido en cada párrafo. Me acosté con la intención de volver a intentarlo en otro momento.

Al día siguiente me desperté pronto y tuve la idea de ir a comprar unos churros. Quería tener un detalle con mi casero que, por cierto, no me cobra un euro por el alquiler de la habitación. Y menos mal, porque ya pago la hipoteca de la casa en la que no vivo y que sí disfruta la zorra de mi ex mujer. Volví con los churros y Ernesto había puesto su cartel de "No molestar". El caso es que me tomé los churros y esperé toda la mañana a que me llegaran instrucciones sobre los próximos pasos de nuestra investigación, pero Mendoza no dio señales de vida así que por la tarde decidí salir al cine; quería ver Torrente 4. No es un alarde de intelectualidad confesar que uno se ríe con esas películas, pero es así; me puede gustar una película intimista iraní pero también me gusta Torrente y sus desagradables y escatológicas bromas. Y como yo debe de haber unos cuantos porque cuando llegué al cine había tal cola de gente para comprar entradas que me marché. Me fui al Retiro, que ya ni me acordaba de cómo era. Y paseé un buen rato. Y pensé en Rosa y en mi destartalada vida, que se había desarmado súbitamente; todas las piezas tiradas por el suelo. Y ahora me tocaba darle forma de nuevo. Podía tratar de reconstruir lo que había: retomar mi trabajo en el centro de salud, volver a casa con unos cuernos gigantes, evitar a Ernesto... O podía intentar construir una nueva vida. El cuerpo me pedía dejarme llevar, intentar disfrutar sin pensar en las obligaciones... Encontraba muchas razones para tomar una decisión y la contraria.

Estaba sentado en un banco del Retiro y el viento, que llegaba frío, se me colaba por dentro del abrigo. Me fui para casa con la única idea de que no iba a tomar ninguna decisión; de momento, me dejaría llevar.

Tomé el autobús, me senté en la última fila, junto a la ventana, y me quedé mirando las calles de Madrid durante todo el trayecto. Al pasar por la glorieta de Alonso Martínez me acordé de aquellos bares de la zona a los que Ernesto y yo solíamos ir los fines de semana. Y, en concreto, me acordé de uno de la calle Campoamor que creo que se llamaba Autores. Allí me enamoré una vez, una de tantas, de una rubia despampanante. La verdad es que no soy un Adonis, nunca lo he sido, pero estuve con algunas chicas que ahora me parecen completamente inalcanzables, aunque tuviera 15 años menos. Recuerdo que estaba tan borracho que a aquella preciosidad no la ligué yo, sino que Mendoza me lo dio todo hecho. Se acercó a hablar con ella mientras yo me sujetaba a la barra para no caerme. Y a los cinco minutos volvió y me dijo que la chica estaba interesada en mí. No me lo creí, pero como el alcohol desinhibe me acerqué a comprobarlo en persona.

–Hola –le dije.

–Hola –contestó ella.

–Me ha dicho mi amigo una cosa, pero no sé si es verdad –fui al grano.

–¿Y qué te ha dicho? –me preguntó.

Como respuesta, me abalancé sobre sus labios y la devoré. Y se dejó. Y me besó como no recuerdo que me besara nadie en toda mi vida. Y era preciosa. Y guardo en la memoria la vergüenza de una erección por aquel simple beso. Claro que... no fue un simple beso.

rubia_mendoza_y_la_madeja_enmaraadaEl autobús había pasado de largo hacía rato y yo seguía estancado en la calle Campoamor. Pensé que me encantaría volver a encontrarme con aquella preciosidad de mujer, con aquel cuerpo que sin duda no estaba hecho para mí. Sólo recordaba su nombre, Juliet. Como Julieta pero sin a, me aclaró ella. No llegó a decirme su apellido; una lástima porque me pondría a buscarla en Facebook ahora mismo. Si uno pudiera pedir un deseo, con lo que soñaría en este momento es con quedar con Juliet, como Julieta pero sin a, y volver a recibir aquel beso y volver a sentir aquello que me avergonzó y que ahora miro con la nostalgia de quien sabe que es algo que no volverá a pasar. Y meses después de buscarla en el mismo bar y no encontrarla nunca más descubrí aquella preciosa canción de Dire Straits que siempre, desde entonces, me recordó aquella noche, aquella mujer, aquel beso.

Llegué a casa cargado de recuerdos, dispuesto a descargarme en el ordenador la discografía completa de Dire Straits. Iba tarareando la única parte de la canción que recordaba porque había sido la que con más insistencia había cantado y llorado:

"All I do is miss you and the way we used to be

All I do is keep the beat the bad company

All I do is kiss you through the bars of orion

Julie I´d do the stars with you any time"

Quería compartir con Mendoza esos recuerdos, pero seguía con la puerta cerrada y el cartel de "No molestar", así que me metí en mi cuarto y escribí la carta que me gustaría poder hacerle llegar a Juliet, como Julieta pero sin a. Después de escribirla me puse un whisky con hielo, y me lo bebí mientras escuchaba viejas canciones de Dire Straits en iTunes.

Pasaron tres o cuatro días hasta que volví a tener noticias de mi compañero de piso. Una mañana me lo volví a encontrar en la cocina, con su look habitual, en calzoncillos, cigarro en mano, con las costillas intentando desembarazarse de ese pellejo que parecía atenazarlas.

–Buenos días, Santi, ¿qué tal todo? ¿estás feliz en esta casa? –joder, me dejó seco con aquello.

–Eh, sí –me entró una risa nerviosa–, estoy de puta madre, ¿por qué?

–No te estoy haciendo mucho caso, ya sabes cómo soy. Me he vuelto más raro, necesito mi espacio, mi tiempo, ya te lo advertí.

–Sí, no te he pedido explicaciones ni...

–Es que no quiero que te vayas –me cortó y además me dejó cortado–. No eres consciente de lo que me ayuda tenerte aquí, amigo.

–Gracias –fue todo lo que acerté a responder con cierta emoción. Me sigue pareciendo increíble que no me odie por lo que le hice, me sigue pareciendo admirable que no haya habido ni un reproche–. A mí también me estás ayudando, Ernesto.

–Bueno, pues como diría el señor Lobo –cambió radicalmente el gesto–, dejemos de chuparnos las pollas. Vamos a trabajar un poco –apuró el cigarrillo, bebió un sorbo de café, apagó el pitillo en un plato sucio, dejó la taza sobre el fregadero y se fue a su habitación–. Te voy a dejar un libro que te ayudará a conocer la naturaleza humana; su utilidad es enorme; no creo que ningún psicólogo pueda hacer una obra semejante aunque viviera 100 vidas –volvió con unos papeles y un libro en una mano y una camiseta en la otra. Dejó los papeles sobre la mesa del salón y se puso la camiseta.

–Voy enseguida –me terminé de servir el café con leche, cogí un par de magdalenas y me llevé todo al salón en una bandeja–. Cuéntame.

Romeo-and-Juliet-by-William-Shakespeare-1564-1616-1597-Posteres–A ver, por un lado tengo esto –me entregó un ejemplar del Romeo y Julieta de Shakespeare. Y si me reí cuando Mendoza me dio aquel libro para mejorar mi conocimiento sobre el comportamiento humano, fue porque pensé que era una broma–. Tienes que leerte esto hasta que te lo sepas de memoria si quieres dedicarte a interpretar el conocimiento humano –ignoró mi cara de sorpresa y a continuación me dio varios sobres abiertos; el destinatario era el alcalde, aunque no ponía ninguna dirección, solo su nombre–. He avanzado bastante, pero no llego a ninguna conclusión. A ver cómo lo ves. Y además tengo más información de varias fuentes y la cosa se complica. Lee, lee eso –me indicó señalando los sobres–. Son cartas con amenazas que ha recibido el alcalde. Todas iguales. Todas recibidas en su casa. Anónimas, por supuesto –las fui mirando mientras me hablaba–. Pero eso es lo de menos. Lo que mola es que he hablado con la secretaria del alcalde y tiene algo muy muy importante que contarnos. No ha querido hacerlo por teléfono. Va a venir esta tarde a vernos. Creo que tiene que ver con una sospecha que tengo.

–¿Cuál?

–Que el alcalde guarda un secreto inconfesable sobre Daniel Blasco, algo que hizo que perdieran su relación tanto personal como profesional, algo de lo que hablaron el 13 de septiembre.

–¿Alguna idea al respecto?

–Demasiadas... todo conjeturas. La principal es la aventura con su mujer... Desde luego, ella oculta algo y quizás sea lo mismo que esconde el alcalde. Y eso, querido Santi, hace que se coloque ahora mismo en el primer puesto de mis sospechosos. Aunque esas malditas cartas anónimas...

Santiago Lucano publicará cada viernes un capítulo de El caso de la madeja enmarañada, una nueva aventura de Ernesto Mendoza. El autor propondrá al final de cada capítulo varios temas musicales para que los lectores escojan la banda sonora de este relato. Se podrá votar desde el viernes en que se publique un capítulo hasta el martes siguiente y se contabilizarán los votos realizados a través de Facebook, los comentarios publicados en cada capítulo y los mensajes al mail de Santiago Lucano.

Opciones para la música del capítulo 4. Elija votando en los comentarios una de estas tres canciones:

A) Univited (Allanis Morrisette).

B) Wonderful tonight (Eric Clapton).

C) Interstate love song (Stone Temple Pilots).

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