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México y el Sur. Procesos políticos latinos no representan al pueblo

07/08/2018 15:24 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

L abuelo de Esteban Moctezuma es descendiente del emperador Moctezuma, que se rindió a Hernán Cortés

Aventis

 

Los procesos políticos en Latinoamérica, deben revisarse porque no representan en ningún momento al pueblo, quien ha sido tomado como una prenda de vestir para ser el mullir de muchos. Las estrategias han sido determinadas como un fraude y las instituciones solo buscan moldear las decisiones del presidente de la República de manera particular, con el solo deseo de impactar al pueblo.

Cada director institucional desea figurar su trabajo de una manera muy personalista. Debido a esto, los impactos gubernamentales deben revisarse para iniciar cualquier ciclo del gobierno bolivariano. Los partidos, deben asumir su vigencia histórica y, más si esta en el poder, La nueva imagen de México, tiene nombre y revolución, pero, no al estilo socialista. Las imágenes lo dicen todo.

Si los sobrevivientes priístas decidieran revivir el PARM descubrirían que quizás el futuro secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, reclamaría derechos de autoría sobre el nombre del partido que fundó su abuelo, el general Juan Barragán.

El abuelo de Esteban Moctezuma es descendiente del emperador Moctezuma, que se rindió a Hernán Cortés, pero también de, por lo menos, dos ex presidentes de la República, Pedro María Anaya y Juan Bautista Barragán.

El gran mérito de Juan Barragán, según el general Adolfo León Osorio, fue rescatar, en su condición de miembro del Estado Mayor del presidente de la República, de la choza de Tlaxcalantongo, en la Sierra de Puebla, en donde murió Venustiano Carranza, una máquina de escribir y papel de la guardia de cuerpo que cuidaba al presidente de México.

Esto sirvió para probar que Adolfo Ruiz Cortines era correo de Francisco I. Madero y no colaboró con el ejército gringo cuando tomó el puerto de Veracruz. Fue así como Barragán consiguió, en sociedad con el también general Jacinto B. Treviño, un partido político para su uso personal, el PARM.

Está claro: La Revolución sabía pagar.

En Venezuela es poco, lo que debemos agradecerle al Psuv, por sus intereses adversos al sentimiento popular.

El PARM fue un partido político inexistente que sólo sirvió como apéndice del PRI; le aportaba siglas, pero votos no. Lo que queda del PRI podría usar sus siglas, es cierto, pero primero tendría que revivir lo que dejó morir, el ideario de la Revolución Mexicana, y solicitar autorización a Esteban Moctezuma Barragán para usar el partido que el sistema obsequió a su abuelo.

Educados en la disciplina a rajatabla (la misma que permitió modificar sin objeciones los documentos básicos para dar paso a las reformas estructurales, y los estatutos para crear la disparatada equidad de género y edad, así como destruir la militancia como requisito para obtener candidaturas), los sobrevivientes quizá estén a la espera del final del sexenio para, ya sin jefe en Los Pinos, empezar a pensar en el futuro. Analistas y estrategas aconsejan al priismo mantener la unidad, no anticipar una guerra fratricida por los escombros que quedan y propiciar un proceso honesto de reflexión que los lleve a la conclusión de que el PRI como tal ya se acabó y que sólo le queda reinventarse en un entorno hostil.

Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo no están en el entorno íntimo de AMLO, pero iniciaron la debacle priista con la fundación del Frente Cardenista que luego se convirtió en PRD y más tarde en Morena.

Si el PRI no parece tener con quién y persiste en perder el tiempo esperando a que concluya noviembre para ser libre. Sólo queda la frase acuñada por René al despedirse: como no pudimos cambiar, nos cambiaron.

Es buena para discurso, pero tiene una falla: los nuevos personajes del primer nivel son priístas, en su mayoría, incluido quien los encabeza. Andrés Manuel López Obrador parece dispuesto a expulsar a los gobernadores de su paraíso federalista.

Reflexión y reinvención en un contexto hostil se antojan quimeras,

Ahora el virtual presidente electo está decidido a tomar ese control de los estados, con dudosas figuras políticas que coarten la autonomía, a través del dominio de los recursos vía ‘procónsules’ nombrados por el Ejecutivo, llamados “coordinadores estatales de programas de desarrollo” -entre los que aparece Delfina Gómez, ex candidata a la gubernatura del Estado de México y asignada a ese territorio- que estarán bajo el mando del actual Secretario de Organización de Morena Gabriel García Hernández.

La tendencia del conteo pronostica más de 23 congresos estatales dominados por Morena, sin embargo, Andrés Manuel asumirá la presidencia con solamente cinco gobernantes de las 32 entidades: Chiapas, Morelos, Tabasco, Veracruz y Ciudad de México.

Nada fácil será reinventarse en un entorno ciertamente hostil, sobre todo porque Andrés Manuel López Obrador está rodeado de ex priístas. ¿Cuál sería el nuevo ideario priísta? Cualquier discurso sonará a mentada de madre. Ni modo que sin morderse la lengua los nuevos paladines hablen de justicia social, de lucha contra la corrupción

Mantener la unidad, sí, pero en torno a qué ideología o a qué persona.

Miro la fotografía en un diario mexicano, que lo muestra con sus antecesores cuando los convocó para decirles que él también se convertiría en ex y me pregunto si ese grupo representa lo que le queda a un partido que, después de casi un siglo de existencia (en marzo próximo cumplirá 90 años), parece caminar paulatina e irremediablemente al final de su historia después que un meteorito llamado Morena marcó en la vida nacional, no la extinción, sino la sustitución de unos dinosaurios por otros.

Pero más allá del cumplimiento formal de los tiempos para el verdadero cambio en el mando mediante una Asamblea, ¿hay alguien a quien realmente interese lo que pase con el partido? A simple vista parece que no.  Me queda la impresión de que el caso PRI se está planteando como un asunto burocrático más, como muchos otros temas que exigían y no recibieron una respuesta política.

Acabar con el caudillismo fue el pretexto de Plutarco Elías Calles para fundarlo, pero la paradoja fue que dio paso a la efímera jefatura máxima. Ahora el caudillo está enfrente, tomará el poder en 4 meses e inaugurará la jefatura máxima sin discusión, pues posee todo lo dilapidado por el PRI: el Congreso federal, los Congresos locales, las Fuerzas Armadas, la capital de la República y algunas gubernaturas, entre ellas la emblemática del Estado de México, y además colocará en todas las entidades federativas a sus representantes personales con poder por encima de los mandatarios locales.

Quizás la historia contada por León Osorio a El Universal, en días pasados, fuera consecuencia del celo entre los jóvenes que asistieron al martirio de Carranza, pero lo cierto es que el PARM fue propiedad particular hasta que se lo entregaron a Cuauhtémoc Cárdenas para iniciar la aventura que hoy tiene a Andrés Manuel López Obrador en la antesala de la Presidencia de la República. Peña Nieto, debe entregarle pronto las banderas presidenciales y la banda oficial de gobierno.

La sociedad mexicana tiene singulares prácticas frente al poder político. La renovación presidencial ha sido, de siempre, una actualización de la esperanza y de la expectativa de que las cosas mejoren. En ocasiones, tanto la valoración crítica al pasado, como la convicción de que las cosas habrán de cambiar pronto y de manera profunda se vuelven algo desproporcionadas. Las elecciones de eso se tratan: de movilizar a los ciudadanos para que el voto defina rumbos; lo mismo sirva de castigo a lo que no se quiere o de aval para quien más y mejor convence. En estos tiempos, se viven de manera acentuada ambos aspectos, el del pasado que se reprueba y el del futuro mejor que se anhela. Los ánimos se han exaltado en ambos sentidos y eso explica el resultado del 1º de julio, que han colocado en una posición complicada como país a México, en donde, si bien se reconoce el resultado como fruto del sistema democrático, también preocupa lo que este ha generado: la ausencia de contrapesos, y la posibilidad de que esto conlleve a situaciones indeseables a partir de la visión y de las decisiones ya no de un partido o grupo, sino de un solo hombre. No creo que tal efecto sea sano, deseable y tampoco útil. Los grandes cambios no han sido de un hombre, sino de una generación, más allá de que siempre ha habido quienes coordinen y motiven.

Es el deseo de todos, o al menos de los más, que la renovación a la que convoca López Obrador sea para bien, que el cambio que se avecina acabe con muchos de los problemas viejos y nuevos que aquejan al país. No se trata del interesado y obsequioso beneplácito de algunos; lo que se anhela es que las cosas mejoren, nada más, pero nada menos. También es de preocupar que el pasado se vea bajo el prisma del reproche acrítico y totalizante: que todos los funcionarios son corruptos, que las empresas exitosas lo son gracias a la corrupción, que el país se divide entre buenos y malos y que un cambio en la cúpula política será suficiente para la regeneración nacional. Las reservas o el escepticismo a lo que viene no son pecado. Tampoco lo son el apasionado entusiasmo y optimismo de muchos. Ni unos ni otros tienen derecho a negar al diferente. No hay nada de democrático en una mayoría que avasalle, como tampoco lo hay en una minoría que pretenda imponer su visión

Es imperativo llegar a un entendimiento que acredite las libertades y la pluralidad. El voto es un mandato, y en este caso, lo es para emprender una reforma profunda, pero no es cheque en blanco. El anhelo de lograr transformaciones inmediatas y de que el mandato no pierda impulso se entiende, pero el gobierno del futuro presidente deberá ser cuidadoso ante la tentación de emprender esos cambios de manera precipitada. La equidad social a la que se pretende llegar no se niega ni se entorpece con las libertades, tampoco con el deseo de lograr un consenso incluyente, ni mucho menos con ajustes importantes al gobierno y a su relación con los poderes y las entidades. El pasado no debe ser concepto rector de lo que funciona. El pasado inspira y enseña, pero no manda. Debe ser así porque la sociedad mexicana se ha transformado de manera profunda, porque el pasado lejano y muy lejano, con frecuencia, se aprecia con el prisma del prejuicio o del interés, sin considerar la complejidad del mundo actual y de las transformaciones en la economía, la política y en lo social. En ese sentido, la economía es uno de los temas de mayor atención y cuidado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (790 noticias)
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